Las vende-dulces
Las vidas y los medios de los migrantes más jóvenes de Nueva York
[Esta crónica se publicó originalmente en inglés en agosto del 2023 en New York Magazine]
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Una mañana de viernes, a principios del verano, Gloria Vega, de 16 años, estaba vendiendo dulces a los transeúntes en una de las estaciones más concurridas del centro de Manhattan cuando una mujer se le acercó y le exigió que entregara sus paquetes de M&M’s. “Se veía completamente loca”, dijo Gloria, su voz quebrada y cansada “y me dijo que le pegaría al bebé”. Apuntó a su hija, Yuleidys, que estaba amarrada firmemente en una chalina a su espalda, su pelo negro azabache, recogido en tres coletas cortas, cada una con un coletero distinto, rojo, amarillo, o azul. “Claro que le di las M&M’s”.
La mujer agarró los dulces y se fue; Gloria se subió al siguiente tren. Menos de una hora después, estaba en una estación distinta, contando lo sucedido y amamantando a Yuleidys mientras le acariciaba suavemente el pelo. “No le gusta la comida sólida ni las botellas todavía”, me dijo. “Solo de mamá ¿No es así, mi vida?” A un costado de ellas, había una caja de cartón abierta, llena de dulces, con un espacio vacío donde antes estaban los M&M’s.
Gloria emigró a los Estados Unidos de Ecuador el otoño del 2022, poco antes de dar a luz a Yuleidys. Para noviembre, había llegado a Nueva York junto con sus padres, su hermana gemela y el padre de su hija. En Ecuador, la familia Vega vivía en la provincia de Cotopaxi, en la sierra central del país, donde vendían legumbres y vegetales. Ahora, comparten un apartamento de un solo cuarto en Corona, un barrio de Queens. Más tíos y primos les han seguido en los meses desde que llegó Gloria.
Cada día, los hombres de la familia buscan trabajo como jornaleros y las mujeres y los niños marchan hacia el tren, vendiendo dulces en los trenes y estaciones desde las diez de la mañana hasta las seis y media de la tarde. Acomodan sus productos con cuidado en cajitas surtidas—M&M’s amarillos, chicles azules Orbit, Snickers, Oreos, Welch's Fruit Snacks—que cuestan dos dólares por pieza.
Le pregunté a Gloria dónde compraba sus dulces. No estaba segura del nombre de la tienda o el barrio donde se encontraba. Lo que sí pudo decirme, sin embargo, fue exactamente cómo llegar ahí; un viaje que hace una vez por semana, más o menos. “Tomo el tren R casi hasta el final. Después, tomo el bus Q59”, dijo, pausando para repetirme el número como si estuviera dándome las instrucciones meticulosas tal y como le fueron dadas a ella. “El Q59, exactamente 22 paradas”. Ahí, hay un mayorista con precios lo suficientemente buenos para que Gloria gane un dólar por cada venta. Llena sus bolsas y se embarca en la travesía de una hora para volver a la casa en Corona.
La familia Vega acostumbra ponerse en un par de estaciones ajetreadas a lo largo de la línea del tren 7, viajando juntos en horas determinadas de las mañanas o tardes, y manteniéndose al tanto de sus andares por notas de voz en grupos de WhatsApp. Hay otras familias ecuatorianas que trabajan en el metro, y muchas chicas adolescentes como Gloria, con niños atados a sus espaldas en mantas llamadas chalinas; algunas con niños junto a ellas, a pie. A veces, los niños más pequeños—de cinco, ocho, once años—son los que están vendiendo directamente. “Cómpreme un chicle, un chocolate, cómpreme”, dicen, en voz baja. O “Ayúdeme, por favor, con una compra”. Otros se acercan a sus posibles compradores sin decir palabra alguna.
Como Gloria, muchas de las vende-dulces son indígenas kichwa-parlantes de las comunidades rurales y montañosas de Ecuador. Forman parte de la ola más grande de migración ecuatoriana a los Estados Unidos desde el principio del milenio. En enero, por primera vez, la ecuatoriana fue la nacionalidad de inmigrantes más comúnmente detenida por autoridades mexicanas. Familias enteras huyen de un país sumido por una crisis socioeconómica, tras una serie de cortes radicales al gasto público y un sistema de salud desbordado, que aún trata de recuperarse desde la pandemia. Más de una cuarta parte de la población vive en pobreza y, en muchas regiones, pandillas y cárteles de la droga han impulsado un aumento en índices de violencia. El 9 de agosto de 2023, un candidato presidencial fue asesinado en pleno evento de campaña celebrado en Quito, la capital. Un año antes, tan solo en noviembre del 2022, se registraron unos 12,000 encuentros con migrantes ecuatorianos a lo largo de la frontera sur con los Estados Unidos—casi veinte veces más que el año anterior.
En Nueva York, los que entraron al país en busca de asilo, han batallado por encontrar lugares en el sistema de albergues de la ciudad, que, actualmente, hospeda a unos 57,000 migrantes recién llegados—una cifra que, por primera vez, supera la de vagabundos. A principios del mes, cientos de migrantes tuvieron que dormir en las calles cuando la ciudad se quedó sin fondos para darles camas. “Estamos en un punto crítico”, dijo el alcalde Eric Adams. “La compasión de los neoyorquinos tal vez carezca de límites, pero nuestros recursos, no”. Los migrantes han saturado los mercados laborales informales de la ciudad—incluyendo los trabajos en construcciones, restaurantes y de ayuda doméstica—mientras que el precio de rentas, incluido para cuartos compartidos en casas saturadas, ha aumentado drásticamente. Las familias no pueden cubrir sus necesidades básicas.
“Estamos recién llegados todos y no tenemos el dinero para comprar pañales”, dijo Gloria. En los días buenos, la mayoría de las vende-dulces no ganan más de ochenta dólares. “Algunas personas son buenas y te dejan quedarte con el cambio y otras personas te dan dinero sin comprar nada”. En los días malos—los días calurosos y lluviosos cuando menos gente anda en transporte público—casi nadie compra.
Los trabajadores más jóvenes en la familia Vega son casi media docena de primos entre los cuatro y los catorce años. Ellos se quedan en alguna de las estaciones el día entero, supervisados por un adulto—usualmente, Juana, la madre de Gloria, una mujer de edad media que habla kichwa con sus hijas quienes, a su vez, le contestan en español. Mes tras mes, los niños trabajan la semana entera, incluso los fines de semana. Aún si los padres quisieran meterlos a la escuela, saben la verdad: Los niños venden más.
“Es como una postal de mi país”, dijo Soledad Álvarez Velasco—una antropóloga social de Quito, quien estudia la inmigración ecuatoriana a los Estados Unidos como profesora en la Universidad de Illinois en Chicago. “Siempre verás a mujeres cargando a sus hijos, o con los niños alrededor de ellas, vendiendo lo que pueden”. En Estados Unidos, dijo ella, “están haciendo exactamente lo mismo que hacían en Ecuador”.
La mayoría de las vende-dulces trabajan en las líneas de subte que conectan con Elmhurst y Corona, Ridgewood y Bushwick—los barrios donde históricamente viven los inmigrantes ecuatorianos. Tienen un mapa mental de las estaciones más transitadas, de estaciones con transbordos gratuitos, de estaciones con baños. “Si tengo que ir al baño tomo el tren a la Times Square”, dijo Gloria. “Pero, a veces, el baño de esa estación está cerrado. Si el baño de Times Square está cerrado, me toca ir a la 74”. El baño en la estación Jackson Heights-Avenida Roosevelt, por la calle 74, suele estar abierto, así que Gloria y Yuleidys toman el metro hasta llegar, de vuelta, a Queens solo para no tener que gastar otros dos dólares con setenta y cinco centavos para pasar de nuevo por los torniquetes.
Los individuos y familias que trabajan en las mismas áreas tienden a protegerse entre sí—pero no siempre se toleran.Hay, cada vez más, disputas sobre territorio al llegar más personas a vender al metro. “Ese señor”, me dijo una joven vende-dulces de una comunidad de Ambato, Ecuador, en una estación de la línea F, apuntando discretamente a un señor de mediana edad vendiendo refrescos de una hielera hacia el final de la estación, “Nos dijo que nos van a pasar cosas malas si vendemos aquí. Que este es el lugar donde él vende y nadie más.”
La Autoridad Metropolitana del Transporte de la ciudad de Nueva York (MTA por sus siglas en inglés) prohíbe la venta en el metro sin una licencia oficial, así que las vendedores informales son perseguidos constantemente por policías que, a veces, les ponen multas de hasta cincuenta dólares—mismas que, en efecto, borran un día de ganancias para las vende-dulces. Un portavoz de la policía de Nueva York dijo que los “oficiales usan un alto nivel de discreción para corregir una situación sin imponer una multa civil”. Hasta el 23 de julio, el departamento había emitido 415 citaciones por venta o intento de ella no autorizada en el metro.
Muchas de las vende-dulces tienen miedo de llamar la atención. “Por favor, váyase”, me pidió una mujer vendiendo dulces en la estación Grand Central-Calle 42 cuando me presenté como periodista. Cuando me acerqué a otra, en la estación Avenida Lexington-Calle 63, se dio la vuelta y corrió hacia su hijo pequeño, quien estaba trabajando solo, al otro lado de la plataforma; ambos entraron con premura al tren Q mientras su puertas se cerraban momentos antes de dejar la estación. Aquellas que estaban dispuestas a hablar, me dieron nombres falsos al principio (casi todas las mujeres con las que hablé me dijeron, en un principio, que se llamaban María) y todas hablaron en condición de anonimato por los riesgos que podrían resultar para su estatus migratorio el trabajar en el sistema de tránsito neoyorquino y el hecho que, usualmente, trabajan con sus hijos.
Cuando llegó humo de incendios en Canadá al área metropolitana de Nueva York a principios de junio, muchas de las vende-dulces me dijeron que no podían aguantar más. Ese día, regresaron temprano a casa. Pero, al siguiente, con mejores sutiles, tan solo, en la humareda, estaban de vuelta en el trabajo. Cancelaron las clases por la baja calidad del aire, así que habían más niños vendiendo dulces con sus padres de los que había visto en otras ocasiones. Una mujer señaló a su hijo de ocho años, quien estaba llorando a unos metros junto a un cartel publicitario. “Ya no quiere caminar más”, me dijo. “No me siento bien”, me dijo el niño. Su prima, una chica de más o menos la misma edad, estaba llorando junto a su madre cerca de ahí.
Vi a gente gritarle con fuerza a vende-dulces jóvenes que les estorbaban en las escaleras por haberse sentado a descansar unos minutos. He visto cómo otros tratan de engañarlos para que les regalen dulces. Una tarde, en la línea N/R/W, vi como unos niños molestaban a un hombre llamado José quien vendía dulces, taciturno, con una caja sobre un carrito de churros.
“¿Me das un dulce gratis?” preguntó uno de los niños en inglés.
José parecía no entender la pregunta y permaneció en silencio. “No, no free ”, dijo una señora que vendía dulces cerca de él.
“¿No me das uno gratis?”, preguntó el chico de nuevo, acercándose.
“¿No dejarías que tu mamá me la chupe?” le contestó, de inmediato uno de sus amigos. Iniciaron a molestarse mutuamente y se olvidaron de José, quien parecía aliviado.
Múltiples personas, en su mayoría hispanohablantes, detuvieron a las vende-dulces para decirles que lo que estaban haciendo estaba mal. “No puedes trabajar así. Tienes que ir a la escuela”, una mujer mayor dijo en español a uno de los niños, reprimiendo, cuanto éste le ofreció dulces en la estación Jackson Heights-Avenida Roosevelt. “¿Dónde están tus padres?”, preguntó, determinada a hablar con la madre del chico. Pero su madre no estaba ahí. En su lugar, la señora miró al niño cautelosamente, mientras seguía vendiendo dulces en la plataforma hasta que llegó el siguiente metro y se pudo subir, silenciosamente, a bordo.
Los ecuatorianos que quieren entrar a los Estados Unidos sin papeles cuentan con dos rutas principales. La primera opción es volar a Centroamérica; a Panamá, Nicaragua, Honduras, o El Salvador—países que no les piden visa—antes de continuar por tierra a la frontera México-Estados Unidos. La ruta más barata es completamente por tierra e implica una caminata inclemente de varios días a través del tapón del Darién, un trayecto de unos 100 kilómetros sin carretera alguna, a través de la selva, en la frontera entre Colombia y Panamá, donde decenas de migrantes han muerto en años recientes. En el tren 7, conocí a una niña de cuatro años quien, evidentemente, llegó de esta manera. “Yo vine por la selva”, me dijo, “tomamos un barco y después caminamos”.
Ana Toaquiza, de veintiocho, y su esposo, Manuel, escogieron la primera ruta—más cara, pero menos peligrosa—para ellos y sus tres hijos, dos niñas, de cinco y nueve, y un niño de ocho meses. Me contó su historia una sofocante tarde de junio, mientras sujetaba a su bebé. Sus hijas, Naty y Cynthia, jugaban a su lado en el pasto del parque Flushing Meadows-Corona.
A principios de 2023, la familia de Ana voló de Ecuador a Panamá, evadiendo el Darién. “Por el bebé”, me dijo. “No podía dejar que viviera eso”. Continuaron de ahí, a pie y en autobús, a través de Centroamérica. “Dormíamos en parques y en la calle. Nuestros zapatos se rompieron, nuestra ropa se mojaba y, a veces, mi hija, la más grande, tenía tanta hambre que pedía a restaurantes que nos dieran sobras de comida”. Después de cruzar el Río Bravo, cerca de Eagle Pass, Texas, me dijo, fueron detenidos mientras aplicaban para tener estatus de asilo. Tres días más tarde, fueron liberados en una iglesia y les dijeron que podían tomar un autobús gratuito a Nueva York—uno de cientos enviados por gobernadores republicanos con destino a ciudades demócratas en protesta a las políticas migratorias del presidente Joe Biden.
Cuando la familia llegó a Manhattan, les dieron un cuarto en uno de los muchos hoteles al centro de la ciudad que, recientemente, habían sido adaptados como albergues. Pero el albergue en cuestión no tenía cocina, así que la familia se puso a buscar un apartamento que rentar cerca de la calle 103 en Corona, donde vivía el hermano de Manuel. A una semana de haber iniciado la búsqueda, encontraron una casa en el extremo sur del barrio que anunciaba un cuarto a la renta y lo tomaron. “Pagamos 1,100 dólares al mes”, me dijo Ana. Los cinco miembros de la familia duermen en un colchón viejo sobre el piso, “Nos dijeron que es más caro por los niños”.
La familia de Ana vivía en Alausí, un pueblo de casas coloridas al centro del país. Manuel era de una comunidad rural cerca de Ambato, más al norte. La pareja se conoció en Quito, donde miembros de sus comunidades indígenas viajaban en autobús al mercado de San Roque para vender cereales, frijoles y vegetales.
“En Ecuador, sabíamos qué cosechar y qué comer”, dijo Ana. Los guisantes eran un clásico, pero también comían guisos hechos de machka, una harina kichwa hecha de cebada tostada, con zanahorias, papas y arroz fresco; lo mismo con el chapo, una bebida caliente hecha de plátanos dulces hervidos. “Teníamos animalitos—vacas, ovejas, cerdos; un poco de todo—”. A dondequiera que fuera, cargaba a sus hijos usando una chalina a sus espaldas—una kashpa guagua, como se le dice en kichwa. Pero, después de la pandemia, la familia ya no podía ganarse la vida. “Decidimos venir aquí”, me dijo “para que mis hijos pudieran tener una mejor vida”. Poco después de partir, un deslave devastó a Alausí, matando a los abuelos de Ana y a más de sesenta otros, destrozando, a su vez, la casa de la familia. “Ya no nos queda nada ahí”, me dijo.
Ana me contó que sus primeras semanas en Nueva York no fueron sencillas. “Todo me ha sorprendido. No sabía lo que sería vivir aquí,” me dijo. Memorizó la dirección de su casa pero aún batallaba al moverse por la ciudad (cuando yo le decía la palabra “Queens”, Ana me miraba como se mira al vacío, hasta que entendí que no tenía idea que ese era el nombre del municipio donde vivía). A eso de las seis, cada mañana, Manuel camina unas 30 cuadras para llegar a Woodside, donde decenas de jornaleros se enfilan para recibir trabajos de construcción. A diferencia de la familia Vega, ella y su esposo inscribieron a sus hijos en una escuela pública, donde recibían desayunos y almuerzos gratuitos, aunque había noches en las que comían nada más de un poco de arroz blanco. .
Ana empezó a trabajar en el metro poco después de llegar a la ciudad. Otra persona que vivía en su casa—“un señor” dijo Ana vagamente—le sugirió que usara su tarjeta de Costco para comprar dulces y bebidas al mayoreo para venderlas. Los fines de semana, emprendía el rumbo a las estaciones de metro con su hijo a su espalda; Naty y Cynthia se unían al salir de la escuela para ayudarle.
En las últimas semanas , ha sido detenida en múltiples ocasiones por policías dentro de las estaciones para darle advertencias. “Me dijeron que si seguía vendiendo con mis hijos, me los quitarían y me meterían en prisión”, me dijo, “pero lo hacemos porque no tenemos otra opción. Hay hombres y niños que viven en los otros cuartos de nuestra casa. ¿Cómo puedo dejar a mis hijas solas ahí?”
Naty me dijo que soñaba con ser doctora algún día, pero primero tenía que aprender inglés. “A veces, mis amigos tratan de enseñarme, pero cuando yo les hablo en español, me entienden también, así que todo está bien por ahora”, me dijo. Su maestra es bilingüe, lo que ha hecho que la transición sea más sencilla para ella. Aún así, tenía preguntas. “¿Cómo se dice ‘árbol’ en inglés?”, me preguntó. “‘Tree’”, le contesté. “¿Y cómo se dice ‘hielo’ o ‘carro’? Puedo contar hasta diez…”
“¿Cómo dices ‘chicles’ en inglés?”, la interrumpió Ana, su madre. “‘Gum’”, le contesté. Me preguntó por un par de palabras más, como si estuviera recorriendo una lista en su cabeza. “Candy, cookies, gum”, se repetía en un murmullo. “Candy, cookies, gum”.
A mediados de junio, Cynthia casi se cayó a las vías del metro. “Estaba dormida y un señor me empujó”, me contó.
“Estábamos en la plataforma y el señor se vio un poco loco”, Ana continuó. “La empujó por detrás y yo la agarré del pelo para que no se cayera a las vías”. Ana se alegró que sus hijos no estuvieran con ella en el metro más de lo que ya estaban. “Nadie quiere traer a sus niños al metro”, me dijo.
Uno de los grupos dedicados a ayudar a que gente como Ana encuentren trabajos más seguros es Voces Latinas, una organización sin fines de lucro ubicada en Queens, que brinda apoyo a migrantes de América Latina. Pero su directora, Nathaly Rubio-Torio, me dijo que llegar a ellos es un proceso lento. “No puedes iniciar metiendo a gente en problemas o amenazándolos con que vas a quitarles sus hijos”, me dijo”, “es una conversación; es educación; es explicarles con una taza de café”.
Voces Latinas usa lo que llama “promotoras” para llegar a migrantes. Tanto en América Latina como en comunidades latinoamericanas en los Estados Unidos, promotoras son asesores que ofrecen información sobre servicios sociales a miembros de sus propias comunidades. Especialmente en partes rurales de Centro y Sudamérica, las promotoras sirven como un enlace necesario entre comunidades e instituciones para brindar apoyo. Durante varias de mis visitas a las vende-dulces, me acompañaron promotoras y miembros del equipo de Voces, algunos de los cuales, también eran inmigrantes sin papeles, lo cual agregaba un grado de confianza a la conversación.
Voces Latinas envió a promotoras a hablar con mujeres inmigrantes que trabajaban como meseras en los bares a lo largo de la avenida Roosevelt, donde la prostitución es común. “Íbamos de noche y los gerentes confiaban en nosotros”, me dijo. “Nos daban el cuarto de karaoke; sus oficinas. Y nosotros dábamos talleres sobre ETS, sobre VIH, sobre bienestar. Dábamos talleres a estas mujeres y les dábamos seguimiento.” En las oficinas de Voces Latinas, el equipo distribuye comida, ropa y tarjetas del Metro a precio reducido, ayudando, también, a que los migrantes se registren para recibir un seguro médico y a que encuentren apoyo legal pro-bono. Asimismo, le muestran a las familias cómo inscribir a sus hijos en escuelas de la ciudad.
Rubio-Torio ve una oportunidad para entrenar a mujeres que venden dulces con sus niños como promotoras. “Entiendo que esto es modo supervivencia”, me dijo, “pero creo que hay una necesidad enorme de educar al menos a las madres que veo—porque muchas son mujeres con hijos—sobre lo que dicen las leyes de bienestar infantil en Nueva York. Imagina que lo hacemos en la estación del metro. Reconocer su situación actual mientras venden dulces ofreciéndoles una compensación por una pequeña parte de su tiempo. Solo necesitamos una o dos familias o mujeres con hijos que nos conecten o conectar a un niño con el programa y la información se esparcirá rápidamente”.
Voces también trata de llegar a algunas de las vende-dulces por medio de TikTok, red social que era popular entre casi todos los ecuatorianos que entrevisté. Los momentos libres dentro del metro, se los pasan viendo —y haciendo—videos. Muchos de los TikToks hechos por migrantes proyectan una imagen de éxito a su audiencia en la red social—principalmente, otros ecuatorianos. En redes, las vende-dulces están viviendo el sueño americano. Usan esas palabras, “sueño americano”, una y otra vez en sus publicaciones y comentarios. Se visten bien, en ocasiones usando ropa tradicional de las culturas indígenas de los Andes, como sombreros y faldas hasta las rodillas. Muchas veces, los videos están dedicados con amor o con lágrimas a los familiares que, todavía, están en Ecuador, con mensajes en pantalla como “Estoy tan lejos de mi mamá, te extraño mucho” y “Ñaño [hermano], nunca te olvidaré”.
De aquellos que están aún en Ecuador, hay videos abriendo paquetes enviados por familiares en el extranjero con ropa, medicinas y otros regalos desde los Estados Unidos. Hay videos que muestran a migrantes que acaban de sobrevivir el viaje y se reúnen con familiares en Nueva York. En el día del padre, Gloria y algunos de sus primas vende-dulces posaron en el mar durante un día de playa en Coney Island. No traían trajes de baño, así que se metieron al mar en sus leggings y jeans.
Gioconda Herrera, una especialista en migración en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales en Quito, cree que las redes sociales podrían ayudar a facilitar el viaje a los Estados Unidos. “Todo es sobre redes de contactos; sobre tener la imaginación social de la posibilidad de ir ahí”, me dijo. En TikTok, la gente también puede seguir a sus familiares que van en camino y darles aliento en tiempo real. “te..Falta..Lo Más.. difícil.. MiiJo..💪Pero SoLo Fé..” , lee un comentario en un video de un chico haciendo camino hacia el norte. “No estás ni en la mitad Broder suerte 👍”, escribió otro.
Una pregunta aparece frecuentemente: “¿cuanto se necesita para ir?”
Recientemente, cuando me reuní con la familia Vega en uno de sus lugares habituales, Gloria me dijo que iba a conocer a alguien nuevo. “Una prima”, me dijo. “Llegó ayer”.
Se llamaba Victoria. Tenía, apenas, 14 años y traía puesto una camiseta, leggings negros y zapatos de un rojo brillante que parecían nuevos. Cargaba una caja de cartón llena de dulces. Ese día, me acompañaba una antropóloga quechua parlante de Ecuador llamada Aida Yanza, con la que empezó a hablar.
“Todo es horrible aquí”, nos dijo Victoria. Estaba claramente consternada: no esperaba estar vendiendo dulces así un día después de bajarse del avión que la trajo, con su padre y hermano, de la frontera—el último capítulo de un viaje largo a través de las Américas. En TikTok de su llegada al aeropuerto de LaGuardia, se ve cómo Victoria se limpia las lágrimas al bajar de las escaleras eléctricas y abrazar a sus tías, abuelos y primos. Mucha de la gente que reconozco de las estaciones del metro estaba ahí, una familia extendida de, más o menos, una docena, posando para las fotos.
Pero Victoria no se quedaría mucho tiempo con su padre y hermano. Hoy, sin un teléfono propio, no tenía idea de dónde estaban. “Dijeron que estaban buscando trabajo en algún lugar”, nos comentó. De acuerdo con una publicación en TikTok que hizo su padre un par de días después, parece que él y el hermano de Victoria se registraron en el Hotel Roosevelt en el centro de la ciudad, el primer lugar para los que buscan asilo en Nueva York. Les dieron un espacio dónde quedarse.
Victoria se fue a vivir en una habitación rentada en Corona con su tía y algunas otras mujeres en la familia que venden dulces. Rubio-Torio conjeturó que esto, probablemente, era para evitar las reglas de los hospicios estatales sobre inscripción escolar para que Victoria pudiera trabajar—contribuyendo a los costos de vivienda de la familia y apoyando a su madre y otros hermanos que, le han dicho, todavía siguen en algún lugar de Centroamérica sin suficiente dinero para comprar comida.
A Rubio-Torio le preocupa esta dinámica—migrantes a los que les dicen que son responsables por el bienestar de sus familiares en el viaje al norte—; le preocupa que pueda guiar a más tráfico de personas y explotación dentro de estas comunidades. “Ya hemos visto que pasa”, dijo. Pero no piensa que haya una organización que controle el proceso; no hay una sola pirámide donde, alguien en la cima, se beneficie de las vende-dulces.
Álvarez Velasco especuló que los prejuicios dentro de la sociedad ecuatoriana podrían estar dificultando la vida a los nuevos migrantes. “Ecuador es una sociedad de castas”, dijo, y las personas indígenas han sido excluidas de redes laborales y comunitarias tanto en su país de origen como en la diáspora. “Dentro de la población ecuatoriana en Nueva York, la población inmigrante, todas estas formas de dominio y represión se están replicando”. Mientras la familia Vega no pueda encontrar otra forma de trabajo, seguirán vendiendo en el metro.
Victoria y sus primas acaban de ser perseguidas fuera de la estación de metro por dos oficiales de la policía de Nueva York que llevan uniformes blancos de manga corta. “No pueden vender aquí”, gritaron los oficiales mientras las niñas corrían a los trenes, regresando a la estación poco después de que se fueron los policías.
Yanza le preguntó a Victoria si había pensado en ir a la escuela.
“Esta gente con la que me quedo me dice que la escuela cuesta dinero”, contestó.
Yanza me vio preocupada, mientras le explicaba a Victoria que la escuela pública era gratuita.
“Aún así”, dijo Victoria, moviendo la cabeza en negación, “tengo que trabajar para enviarle dinero a mi mamá y tengo que pagar mil dólares este mes de renta y comida solo para mí”. Ya eran las cuatro y había ganado, tan solo, treinta dólares en su primer día. En su mente, procesó los números. “Treinta dólares no son nada aquí”.
Dieron las seis y media y la familia Vega empezó a reunirse cerca de una banca en el extremo más lejano de la estación donde vendían. Las mujeres colocaron cuidadosamente sus cajas de dulces en bolsas de tela antes de ayudar a otras a cargar a sus bebés en los rebozos que traían a sus espaldas, como siempre hacían.
Dentro del metro, los primos ocupaban dos de las hileras largas de asientos; una hilera delante de la otra. Los más jóvenes estaban inquietos, corriendo y jugando entre los asientos. Las madres—niñas que tenían niños—miraban TikToks y parecían exhaustas. Antes, le pregunté a Gloria qué era lo que más extraña de su hogar mientras los videos en su teléfono se desplazaban entre sí. “Todo”, me dijo y dejó salir un suspiro. Era impactante pensar en todo lo que a estos niños les había pasado; cuánto habían cambiado sus vidas en cuestión de meses: un país nuevo, nuevas responsabilidades y, en algunos casos, la maternidad, todo al mismo tiempo. Gloria nunca esperó que su vida en los Estados Unidos fuera tan difícil como lo es ahora. “Nada es igual”, me dijo, mirando el piso del vagón mientras se movía debajo de sus pies.
En la espalda de Gloria, la bebé Yuleidys—a quien, también, le dieron un nombre estadounidense, “Julie”—miraba y sonreía, curiosa, a dos niños que hablaban inglés con sus padres al otro lado del metro. Cada tantos momentos, Gloria agarraba las manitas de Yuleidys entre las suyas, girando la cabeza para ver que su hija estuviera cómoda. “Somos tú y yo, mi querida Yuleidys”, escribió la madre de dieciséis años en una publicación de TikTok dedicada a su hija hace, tan solo, unas semanas. “Eres mi amiga para todo momento, vas a ser mi princesa, y, por ti, pelearé día tras día”.
El metro 7 salió de entre los túneles a vigas elevadas; el sol de la tarde se reflejaba en las brillantes torres de cristal, inundando de luz el vagón del metro. Las mujeres y los niños entrecerraron los ojos ajustándose tras un día bajo tierra. En la estación de la calle 103, en Corona, las puertas se abrieron y la familia se bajó. La plaza Corona, abajo de la estación, a lo largo de la avenida Roosevelt, era un laberinto de vendedores comerciando con cualquier cosa que encontraran: maíz asado de puestos callejeros, camisetas en carpas, joyas en mesas plegables, tamales en carritos del supermercado. Perdí a las vende-dulces ahí, entre la multitud, en la marea de gente volviendo a casa del trabajo.
El texto es de Jordan Salama.
La traducción, es de J. L. Sabau.
Nota del editor: En inglés, el título de la crónica carece de género. Hablando con el autor, decidimos traducirlo al femenino, reflejando la realidad. La mayoría de las personas vendiendo dulces en el metro de Nueva York eran mujeres con sus niños.











¡Está increíble tener la opción de escuchar la historia de la voz del autor!