Mucho se ha escrito sobre cómo a Laura Bozzo—la presentadora televisiva, conocida por sus programas Laura en América y Laura en México—realmente no le interesa ayudar a la gente, sino comerciar con su desgracia. La acusan de bruja explotadora y capitalista (nunca entendí bien eso de acusar a la gente por capitalista, ¿acaso alguien prefiere todavía el sistema de trueques?), pero a pesar de su historia personal, hay que reconocer que Laura tiene lo suyo. Tiene sus méritos agarrar a una señora guadalupana, persuadirla de que «no sea pendeja» y que «deje a los malos hombres»; que trabaje y que se dé a respetar. Ya sea Laura en América o Laura en México, la señorita Laura nunca discrimina entre exhibir al ofensor y al humillado: ambos salen afectados…
Recuerdo bien cuando debutó el programa de Laura en México, nos dio mucho para reflexionar. El programa es tan malo y caótico que sencillamente es sublime; en él se funden los pares opuestos del alma humana.
En un momento del talk show Laura pide respeto y al siguiente llama desgraciados a sus invitados (con Paquita la del Barrio como respaldo, quien más bien se limitaba a asentir). La gente súbitamente llora o ríe —a veces las dos cosas a la vez— y bailan; todos bailan. Luego otros discuten y el público se regodea. Paquita se queda sentada en su sillón con una mirada completamente ausente, quizá indagando en los argumentos sofistas de los debatientes. Después de unos minutillos de incitar a la pachanga, Laura perversamente pide orden y silencio en su set. Ya quisieran los guionistas escribir algo así de chistoso.
Pero preguntémonos qué pasaría si los programas de Laura renunciaran a todo ese folclore; qué tal si de verdad siguieran las reglas de un debate como debe ser, con ella como moderadora; si las ideas fueran claras y bien planteadas en lugar de espontáneas y desordenadas.
Bueno, si Laura hiciera un programa de discusión con ese formato, imagino que versaría más o menos así:
Las tribunas comenzarían a aplaudir con un gesto uniforme y ropa formal. Una voz diría: «¡Bienvenidos a Laura en dialéctica!», mientras el tema oficial del programa comienza a tocar algo impactante, pero sobrio (quizá un concierto para violín de Vivaldi o una sonata de Beethoven). Entonces llegaría Laura a presentar el programa —desconcertándonos por la ausencia de su guardarropa de leopardo—, vistiendo, en su lugar, un saco gris con pantalones de dril negro; tiene el cabello recogido hacia atrás y, por alguna razón, usa lentes. Como invitado musical estaría tal vez Joaquín Sabina, íntimo amigo suyo, quien ha seguido la trayectoria intelectual de Laura desde hace varios años. El público risotea por un par de chistes políticos o filológicos que intercambian Laura y Joaquín; luego llega el momento de presentar a los invitados.
Pasan un video de una señora de tez clara y elegante, tranquilamente sentada en un set con fondo negro (cabe mencionar que la toma de la cámara nunca cambia). Ella nos describe las infidelidades de su marido, quien, complotando con su secretaria, pretende hacer unas adquisiciones fraudulentas utilizando su buen nombre con el fin de hacer que la encarcelen y, finalmente, escapar con el dinero y la amante. Al concluir el video, la invitada entra al set, donde la sientan en la mesa de debates, del lado opuesto donde seguramente se sentará el esposo. La señora María nos expone su argumento de forma clara y precisa; la misma historia del video, pero ampliando en su descripción.
Entonces viene el turno del apologista. Laura no grita desgraciado con música inmunda, sino «Háganme el favor de hacer que pase el esposo, muchas gracias». Se siente una espesa discordia en el set cuando él entra y se sienta frente a María, con Laura en medio de los dos. Todos guardan silencio. Raúl lo niega todo y argumenta que el peso de la evidencia recae en aquella persona que hace la afirmación; como su esposa no tiene más prueba que su palabra, entonces está cometiendo una acusación vacía. Laura asiente, dándole una falsa sensación de seguridad. Pero a la vuelta del corte comercial, aguarda una sorpresa que nadie esperaba: se trata de la amante de Raúl, quien viene a revelarnos la verdad.
Ante las continuas provocaciones de su marido, María pierde el control temporalmente y blasfema: «¡Ya ve lo que le digo, señorita Laura! Es que él es un desgraciado, un mal hombre». Indiferente a sus lágrimas, Raúl contesta diciendo que cómo es posible: «Señorita Laura, ella está cometiendo una falacia ad hominem, la validez de su premisa no puede basarse en juicios o ataques personales». Laura calma las aguas, recordando que es necesario mantener el lenguaje civilizado: «Este es un programa familiar; sé que es un reto emocional para ti, María, pero no hay necesidad de enunciar tales calificativos al aire. Desgraciado es una palabra que no usamos aquí».
María y Raúl se baten en una presentación interactiva de premisas y argumentos. Aunque él pretende hacerla quedar en ridículo con una máscara lógica, la evidencia es contundente con la nueva presencia de la amante en el set. Laura le pregunta a Sabina, que se ha sentado a tomar un trago por ahí, por una alternativa a los paradigmas unidimensionales del matrimonio a los que estamos acostumbrados. El cantante responde que no es malo ser mujeriego, lo malo es mentirle a las mujeres. El público ríe frente a esta ruptura de pensamiento que Joaquín ofrece tan contemplativamente.
Entonces surge un espíritu nietzscheano que siempre ha estado presente en los programas de Laura, donde en medio del abismo y de la nada, el ser humano baila: llega lo dionisíaco, el levantarse de las cenizas. Esta danza espiritual invade el set y Laura llega a conclusiones inesperadas sobre la condición humana, demostrando una vez más que el ser humano es un ente pluridimensional.
Pero este espíritu no es propio de Laura en Dialéctica, no señor. Todo esto nos lo regala la Laura original, cuando una viejita que parece Mamá Coco está llorando a moco tendido porque se le murió su hijo o se le quemó el negocio, o algo así; y Laura le dice que se calle, le regala un carrito de elotes y la pone a bailar a moco tendido en el set, como si Laura fuera la representación misma de Zorba el griego.
¿Cómo no ver a Laura?
Abraham Soto es escritor creativo, productor y guionista. Es Licenciado en Comunicación y Maestro en Docencia Superior.




Esto es realmente fantástico. Me ha tenido pegado a la pantalla sin pestañear. Lo dionisíaco se revela en gran parte de las culturas latinoamericanas, llegando hasta Laura, genial, jaja.