Este ensayo fue escrito por Antonella Parolini Arroyo. Puedes leer más de la autora en la biografía al final del texto.
Estás manejando con tu hermana en camino a una fiesta. Chismean sobre quienes estarán ahí y de lo que te enteraste recientemente sobre su vida. Te da gusto platicar con ella, cada una tiene su vida y pocas veces puedes explayarte sin distracciones. El Waze te marca una vuelta ilegal. Sabes que no deberías pero aún así te la das.
Una cuadra más adelante, te para un policía que no es de tránsito. Te han dicho muchas veces en tu vida que solo te pueden parar los policías de tránsito. Igual te paras porque no hacerlo implicaría entrar en una persecución con un policía y sabes que viene armado. Él te explica de forma condescendiente que la vuelta que diste es ilegal. Tú ya sabías. A él se le olvida pedirte tu licencia, el primer paso en falso del teatro que está montando. Te alarga el discurso diciendo que la multa por dar una vuelta ilegal cuesta $6,300 pesos, te explica en dónde está el corralón, te pregunta si conoces por ahí, respondes que no y dice “Aaah ya, no conoces” de manera que te hace ver que está leyendo de un libreto, repitiendo un discurso regurgitado. Le preguntas por qué el precio de la multa, él te pasa su celular para que lo veas. Te enseña una captura de pantalla de ChatGPT mientras le tiembla la mano. Tu intuición te dice que no se puede llevar tu coche al corralón, pero la situación no te permite pensar con claridad. Piensas en la vez pasada que la armaste de pedo, abajo de un puente en la carretera hacia Guadalajara.
Ibas jugando veo veo con tu novio. Estaban en camino a Guadalajara para llegar a un evento de tu trabajo que te tenía muy nerviosa. Entre Michoacan y Jalisco, había un retén debajo de un puente. Los uniformes de los supuestos policías no tenían ninguna identificación. Le pidieron a tu novio que se parara en la lateral.
Supuestamente tenían una orden de cateo aleatorio, te enseñaron un papel impreso en la papelería de la esquina y tú sabías que todo eso estaba mal. La armaste de pedo, porque no querías que te vieran la cara de pendeja. Les dijiste que eso era ilegal, que no tenían tu autorización para revisar tu coche. Le dijiste a tu novio, que venía manejando, que se arrancara. Él no lo hizo, estaba en shock pero estaba siendo más prudente que tú. Te rehusaste a cooperar, abrieron tus maletas y te pusiste a gritar. Ningún coche se paraba, todos se seguían hacia la caseta que estaba 500 metros más adelante. Te dijeron que te iban a llevar a una oficina cercana para finalizar el cateo, y que si no te calmabas te iban a esposar. Te metiste al coche y un “policía” metió su mano por la ventana y te arrebató el celular. Forcejeaste con él unos segundos pero usó su fuerza para arrancártelo. Empezaste a llorar, ya sin saber si lo hacías como táctica de manipulación o de forma auténtica. Te repitieron que si no te hubieras puesto así, ya te hubieran dejado ir. Tú novio te pidió que esperaras en el coche mientras iba a hablar con los “policías”.
Ahí tuviste unos momentos de silencio. El matón todavía tenía tu celular y tú solo esperabas con esperanza que tu novio arreglara tu cagadero. Intentabas revisar en tu mente qué hubiera sido mejor: Arrancarse, callarse y ser complaciente, saberte tus derechos de antemano para debatir con lógica, no haber manejado en carretera hacia Jalisco desde un inicio. Tu novio regresó al carro y te dijo “Te voy a decir cuánto les tenemos que dar, y no vas a reaccionar. Es un chingo de dinero”. Imaginaste que serían 10,000-15,000 pesos. Te iba a costar pero tenías ahorros. “40,000 pesos”. Se te abrió la boca ante la cifra. Ya no sabías si por el puto descaro de los weyes o porque era hasta el último centavo que tenías ahorrado. Pero ya no la hiciste de pedo, ya aprendiste.
Bajo un puente en la carretera hacia Guadalajara abriste la app de Nu y depositaste $40,000 a la cuenta que te dieron los hijos de su puta perra madre. Nu te pide comprobar que eres tú a partir de una verificación facial, entonces estás bajo un puente en la carretera hacia Guadalajara tomándole fotos a tu cara hinchada para que la puta app le pase el varo a los policías.
“Espera un segundo”
“Acércate más”
“Aléjate más”
“Acércate más”
“Aléjate más
“Esto tardará unos segundos”
“Mire señorita, se está portando muy bien”. Regresas a Av. Cuahutémoc, nueve de la noche en la Ciudad de México. El policía dice que no te debe decir esto, pero quienes forman parte del fuero federal reciben un descuento en este tipo de multas, él te puede ayudar para que solo pagues $3,800 en efectivo en ese momento y puedas seguir con tu camino. Piensas en qué hacer: Sabes que no te debería de estar cobrando, sabes que te está pidiendo una mordida. Evalúas tus posibilidades. En un último intento por mantener algo de dignidad, le dices que él no te puede parar porque no es de tránsito. Te responde que forma parte del escuadrón de seguridad vial y bla bla bla no sé qué mamadas. Le pides que te ponga la multa y la pagas después, te dice que en tal caso tendrían que ir al corralón.
Te das cuenta que esto es un teatro, él interpreta el papel de policía compasivo y tú interpretas a la niña rica complaciente. Esto es un performance y la desviación de tu papel será severamente castigada. Recuerdas la última vez que decidiste salir del papel: cuando te rehusaste a ser la niña pendeja e intentaste ser la activista social por un México justo. Recuerdas lo pinche ojete que te salió.
“Está bien oficial, hagamos eso”. Te dice que va a hacer una llamada y empieza el show. Te da tus líneas, “Cuando pregunte, dile que formas parte del fuero federal”. Le das una sonrisa. Él es el director y tú eres la actriz. Él hace la llamada en alta voz frente a ti. Le explica al recipiente lo sucedido con el mismo tono que haz escuchado en la televisión mexicana una y otra vez. “Sí señor, les pregunto ¿De qué forman parte?” Te acerca el teléfono y sabes que llegó tu escena. Dices “Del fuero federal”, casi con entusiasmo. No puedes evitar más que reírte. Haz ido a obras de teatro, cines de arte, performances y nadie nunca había estado tan comprometido con su papel como este cabrón en este momento.
Le haces un retiro sin tarjeta de $3,800. Dejas que le tome foto a tu celular y te arrancas. Sabes que lo podrías cancelar pero piensas que no vale la pena. No sabes si con las placas de tu coche se puede alargar esto a más que solo está interacción y prefieres no enterarte. Piensas si debiste de haber apuntado sus placas, o haberle pedido su nombre para denunciarlo. Te preguntas que hubiera pasado si la hubieras armado más de pedo, tal vez te hubiera dejado ir. Si le hubieras insistido que no es de tránsito y que no se puede llevar tu coche al corralón por una vuelta ilegal. Luego piensas que si de verdad habían foto multas, como él te dijo, se haría la multa automáticamente y no tendrían porque pararte. Piensas que con la lógica le pudiste haber ganado. Te da coraje que haya jugado con tu pensamiento. Te da coraje que te diste esa vuelta, y no sabes qué tanto de todo esto es tu responsabilidad. Tu hermana llora a un lado de ti. Se orillan para que se tranquilice un poco.
Llegas a la fiesta a la que ibas y platicas lo sucedido. A nadie le sorprende, todos han estado ahí. Cada uno platica la vez que un policía les pidió un soborno. Te acuerdas que no pudiste haber hecho absolutamente nada por librarte. Hay quienes a través de armarla de pedo se zafaron, pero a ti una vez ya te fue peor. Hay quienes se escaparon y se quedaron solo con la adrenalina de la anécdota. Hay quienes no vivieron para contarla. Hay quienes pagaron más, hay quienes pagaron menos. Pero a todos se los cargó la verga alguna vez. Y te acuerdas que vivir en México es así. En general vivirás tu vida normal, con tus amigos, tu trabajo, tu cotidianidad. Pero de vez en cuando vas a caer en un pozo: un asalto, un policía torcido, un roce con la ley... y como si fuera una ofrenda, algo vas a dejar ahí. Dignidad, tiempo, dinero, en el mejor de los casos. Te puedes carcomer la cabeza pensando en todo lo que pudiste haber hecho para que no te chingaran, pero la realidad es que no pudiste haber hecho nada. Eres una cifra, una estadística más en el sistema que permite y reproduce estas vivencias. Tal vez las cosas pudieron haber sido diferentes, pero no vale la pena pensar en cómo. Lo importante es que ya no estás ahí, y puedes regresar a tu vida donde ignoras que esto pasa a diario, y tarde o temprano, te va a volver a pasar.
Antonella Parolini Arroyo es una escritora del Distrito Federal. Se desempeña profesionalmente como guionista, donde escribe coming-of-age e historias que centran mujeres. Actualmente desarrolla su primer largometraje. Sus prioridades son la comunidad, la vivencia consciente y la justicia social. En su blog (antonella en cdmx) escribe ensayos personales sobre política, cultura popular y otros pensares que le surgen. En el día a día trabaja como cheesemonger.





