Este ensayo es de Myhrra Duarte. Puedes leer más de ella en la biografía que incluimos al final del texto.
Mi hija duerme; es Año Nuevo y estoy metida en la cama esperando a que me pida su toma de las 12. Para matar el sueño, descargué una novela de dragones que una amiga me mandó por Instagram. Dicen que es el Harry Potter de nuestra era, y estoy tan cansada que tomé como medicina esta promesa de pausa y nostalgia.
Pasó lo que se siente como unas cuantas páginas y me di cuenta de que, en unos días, mi hija cumple tres años. En estos años —alumbrada por la lámpara de mi celular, abajo de una manta, junto a su cuna, esperando en la fila de la escuela, en breves minutos entre siestas—he leído más de setenta tomos de este género, además de mis lecturas habituales. Me llama la atención que siempre tengo que justificarme a otros —y a mí misma— que no he dejado de leer “buena literatura”—y me pregunto: ¿en qué se parecen estas historias y por qué tantas mujeres estamos experimentando un nuevo enganche con ellas?
Pienso en las líneas argumentativas que contestan a la realidad del otro lado de la página: ¿Te agendaron tres reuniones seguidas? Seguro que entrenar para ser un jinete de dragón sería menos cansado. ¿Tu pareja no muestra interés por tu día en casa? El príncipe de los demonios seguro mataría por ti… ¿No recuerdas quién eras antes de ser mamá? Tu mejor amigo, que también es un hombre lobo, te sacaría de aventura para que te reencontraras con tu fuego.
En apariencia lejanas, estas fantasías no son meros caprichos: tocan la llaga de lo que la rutina diaria reprime—el deseo, la ternura, el reconocimiento, la rabia—y lo hacen con la precisión de un espejo que refleja lo que la vida cotidiana niega. Funcionan como válvulas de escape, pero también como un imaginario de deliberación: un espacio donde la mente puede ensayar formas de poder y deseo que en la realidad permanecen contenidas.
Frente al panorama de un lavabo lleno de platos sucios y el zumbido de los pendientes del hogar y el trabajo, que compiten por silenciar todo lo que desborda esos dos universos, ¿quién puede culpar a la mujer moderna de sucumbir al paliativo de la novela romántica, mejor conocida como novela rosa? Una novela que cumple la promesa que solo la ficción puede ofrecer: un mundo donde el empoderamiento inicia con la aparición de un villano que, en realidad, es un héroe y donde aquello que la rutina intenta acallar con el bullicio de la urgencia —el deseo de aventura, de reconocimiento, de cariño— puede vivirse de forma segura a través de la imaginación.
Así, la novela rosa es el placer culposo más político de todos: un género que, bajo la etiqueta de “basura literaria”, ofrece a millones de lectoras un espacio para experimentar y reflexionar sobre cómo reclamar su deseo y su poder en un mundo que preferiría verlas calladas.
Crecí clasificando los libros en un binario: “lo que valía la pena” y “los libros para leer en el aeropuerto”. La escuela me comprobó que ese binario tenía varios nombres: unos lo llamaban canon y otros mercadotecnia. Lo que nunca se decía, pero se dejaba entrever, era lo obvio: que incluso el placer de la lectura tenía que ejercerse de la forma correcta. De otro modo, sería una verdadera pérdida de tiempo.
Dependiendo del profesor frente al aula, una cosa podía ser mejor que la otra; a mí, en lo personal, me seducía más la hipótesis de que solo el paso del tiempo podía legitimar un libro, aunque no dejaba de remorderme el oído el rugido de la bestia editorial devorando los engranajes del reloj. Porque fuera de las aulas, aquello que se tacha de “chatarra mental” no dejaba —y no deja— de crecer a paso acelerado. Y no solo triunfa en las carteras de las editoriales, también arrastra consigo una larga tradición que rara vez se reconoce. De ahí la pregunta inevitable: ¿por qué seguimos aceptando que ciertos placeres —como las novelas rosas— solo cuentan como un gusto culposo femenino?
Por ello, antes de sumergirnos en debates sobre valor literario, conviene detenerse en lo que implica encontrarse con un libro catalogado como “best seller”. Esta clasificación no solo guía nuestras expectativas como lectoras, sino que también condiciona la forma en que abordamos la historia: nos prepara para encontrarnos con viejos amigos estilísticos, nos alerta sobre lo que podría ser predecible y, al mismo tiempo, nos invita a preguntarnos qué nos atrae de esos mundos aparentemente simples. Comprender esta dinámica es crucial para analizar cómo la literatura popular construye experiencias de lectura significativas, incluso bajo la sombra de etiquetas como “chatarra mental”.
Y en este contexto, ¿qué entendemos por novela rosa? Si le preguntas a cualquier bookfluencer de TikTok, te dirá que más que una definición clara, existen cientos, casi tantos subgéneros como peces en el mar. Lo más prudente será, entonces, imitar a Linneo —el naturalista sueco que en el siglo XVIII clasificó plantas y animales en familias y géneros— y aplicar su método de “taxonomía jerárquica” a la literatura.
De este modo, la novela rosa se revela a sí misma como un espécimen engañoso: pretende, tal como el amor, ser un objeto de estudio sencillo, cuando en realidad no lo es. Su clasificación fluctúa entre la etiqueta popular, el juicio de valor de los literatos y las percepciones cambiantes del mercado editorial. Para algunos, no es más que un romance formulaico diseñado para el consumo rápido; mientras que otros la entienden como un fenómeno cultural que va mucho más allá de la trama sentimental. Para ordenar este caos de definiciones y prejuicios, conviene adoptar una mirada más sistemática.
De esta manera, podemos identificar primero la categoría general: la novela rosa pertenece a la familia de los best sellers, lo que significa que cumple dos características iniciales: lograr vender muchísimo y tener varias tiradas. Esto nos permite diferenciar el criterio comercial del criterio literario, que evalúa la forma, el estilo y la riqueza narrativa de la obra. A partir de esta base, podemos profundizar en lo que entendemos por lectura rosa y por qué queremos separarla tajantemente de sus hermanas “cultas”, como las obras de las Brönte, El conde de Montecristo o Drácula (todas, en su momento, también best sellers).
Aquí, más que taxonomía, nos ayuda el sujeto; la lectora.
Coloquialmente, la lectora típica de este género que entra a su librería de confianza —preferentemente con un café helado en mano— sabe lo que busca en la sección de romance: una fórmula familiar. La protagonista suele empezar en condiciones de subyugación, descubrir que no siempre fue la poca cosa que creía y, mientras reclama su poder, enamorarse de un hombre moralmente gris que la acompaña en su misión, formando además un grupo de amigos leales. Aunque no todas buscan esta fantasía, el patrón es reconocible. Dependiendo de la historia, la acción puede situarse en una oficina (romance de oficina), combinar ficción y romance en un “romantasy”, o alternar entre vaqueros, jugadores de hockey, mafiosos y millonarios. Las lectoras no firman con la autora un contrato de maravilla literaria; buscan un pasaporte hacia un lugar reconfortantemente familiar, pero también rodeado del aura de lo imposible que la vida cotidiana les niega. Aquí surge una de las principales críticas al género: la aparente irrelevancia del estilo, o lo que Shklovski llama el “extrañamiento del lenguaje” que logra presentar como nuevo algo que es viejo.
En la novela rosa, la lectora no solo anhela la fórmula; también tiene sus favoritas. Sabe lo que busca porque debe exprimir las pocas horas que le roba al día para leer. Vive en la sociedad del cansancio, donde cada minuto se mide en productividad y el ocio se hace culpa; donde detenerse a consumir un libro que no aporte al “mejoramiento” del sistema sería casi un acto de herejía. Por eso, el efecto que la lectura produce es clave: un refugio seguro que permite desconectar, ensayar deseos, recuperar energía y sostenerse frente a las exigencias de la vida diaria. La novela rosa funciona así como válvula de escape y laboratorio de emociones: un espacio donde la mente puede respirar y la imaginación tomar el control.
Tal vez, por eso mismo, aquí sea interesante ir más allá de la querella sobre si la novela rosa es “Literatura” así, con mayúsculas para enfocarnos en el impacto social y personal de sus lectoras. Leída desde la lógica de la cultura popular, estas novelas dejan de ser “chatarra mental” y se vuelven un campo de batalla donde se disputan significados, identidades y afectos. Estos universos crean un espacio seguro para ensayar deseos y conflictos emocionales, donde la protagonista puede reclamar su poder y vivir aventuras que muchas lectoras no pueden experimentar en su rutina cotidiana. Es decir, diría la teoría, son herramientas para evadirse.
(Sobra decir que, en la lectura, el cuerpo juega un papel tanto adentro como afuera y estas lecturas se vuelven encarnadas. De cierta forma, y esto lo estudian otras mucho mejores, este tipo de historias se convierte en manuales de cómo amar, ser amado y relacionarse con el placer. La novela rosa es, aquí, como los lentes verdes de la Ciudad Esmeralda: una herramienta para torcer la realidad al gusto del consumidor).
Sin embargo, esta promesa de escape se revela rápidamente como una paradoja. Lo que para la lectora aparece como el tan necesitado descanso frente a la maquinaria del deber ser moderno también puede ser leído como una extensión de esa misma lógica: un producto cuidadosamente diseñado para mantener el equilibrio justo entre la evasión y el retorno dócil a la rutina. Es aquí donde la novela rosa deja de ser un refugio íntimo, una decisión personal y se revela como un mecanismo de control, en el cual se negocia y condiciona la forma en la cual las mujeres imaginan su libertad, su deseo y su afecto.
Vale la pena cuestionar el efecto de estas narrativas sobre sus lectoras. Diseñadas para escapar de la rutina, las novelas rosas se podrían entender como la segunda parte del mito de la belleza descrito por Naomi Wolf en The Beauty Myth. Wolf sostiene que, en la modernidad, el control sobre las mujeres dejó de ejercerse únicamente por la vía legal o política, y se trasladó al terreno del cuerpo y de la subjetividad: la exigencia de mantenerse bellas, jóvenes y deseables funciona como un dispositivo de poder que consume tiempo, dinero y energía. Si las mujeres no tuvieran que invertir tiempo y recursos en esta carrera interminable por alcanzar un ideal de belleza, podrían dedicar sus fuerzas a transformar el mundo.
Es posible argumentar que la novela rosa prolonga este mecanismo ocupando el espacio de la imaginación. Si el mito de la belleza traza el ideal del cuerpo deseable, el mito romántico obliga a moldear los afectos y los deseos según una fantasía genérica: ahora son cuerpos que leen, escuchan y anhelan historias donde siempre hay finales felices y la carne alcanza el éxtasis.
Flaubert lo mostró en Madame Bovary: cuando la mente se llena de imágenes materialistas y se habita un entorno burgués sin pensamiento crítico, el desencanto es inevitable. Emma Bovary no se suicida por haber leído una novela, pero sus lecturas moldearon los deseos y expectativas que hicieron insoportable su vida cotidiana: un matrimonio frustrante, el consumo como fuga y la urgencia de transformar la ficción en vida. Su tragedia no radica en la ingenuidad lectora, sino en el intento desesperado de convertir en experiencia vital aquello que la literatura y la moda le habían prometido: una ficción de vida donde el deseo siempre encuentra su cumplimiento.
Entonces, la novela rosa aparece no tanto como un mecanismo de escape, sino como la vía ideal para reforzar la imposibilidad de hallar goce en las vicisitudes de la vida cotidiana. ¿Para qué ejercitar el amor fati si es posible huir entre páginas impresas? Hoy las lectoras en TikTok lo sintetizan con ironía: “Tengo dos esposos: el de carne y el de ficción”. La pregunta sembrada aquí es: ¿es esto vivir?
La respuesta depende. Al cruzar al otro lado del espejo —como Alicia— la lectora entra en un mundo tejido con las herramientas del amo: narrativas prefabricadas que garantizan ventas, sueños de amor y pertenencia listos para tomar y consumir. Al beberlos, como un brebaje de bruja, se encuentra con la ilusión de la compañía: todas leen lo mismo, todas suspiran en la misma escena, todas acarician la posibilidad de ser ellas quienes cabalguen junto al jinete de dragón. Ya no está sola, abrumada, quemada.
Pero esta aparente comunidad es un espejismo. No surge de la pluralidad viva de cada experiencia —la infinidad de formas en que cada lectora siente, desea y se relaciona—, sino de un molde que homogeneiza el afecto, la pasión y el cuidado. Cada voz se funde en un eco común, cada deseo se ajusta a la misma partitura, y lo que parecía libertad se convierte en uniformidad. La ficción promete conexión y autenticidad, pero entrega reflejos domesticados: espejos donde la singularidad se diluye y la imaginación se rinde a la repetición.
Y justo aquí late la tensión que eriza la piel: resulta más sencillo descargar el siguiente nivel de la saga que enfrentarse a las vicisitudes de la vida real, donde la modernidad líquida exige navegar relaciones complejas sin mapas prefabricados. La lectora vive, sí, pero sorbiendo sueños preparados que anulan su agencia y la riqueza de su pluralidad; como si cada ilusión fuera un cristal encantado que promete un mundo completo, mientras oculta que el verdadero juego —el de sentir, equivocarse, reinventarse— ocurre fuera del espejo.
Mucho antes de Flaubert, Platón ya había advertido en La República sobre los peligros de la ficción: para él, las historias que apelan a la emoción más que a la razón corrompen el alma y apartan a las personas de la verdad y la virtud. Cervantes, por su parte, ridiculiza esos excesos al mostrar cómo don Quijote se extravía en las novelas de caballerías hasta perder el juicio. Spinoza también previno sobre el riesgo de confundir ficción y realidad, recordando la fuerza que tienen las ideas y los relatos sobre la mente humana.
La ficción, entonces, siempre ha tenido un filo doble: puede enseñar, conmover y abrir mundos posibles, pero también distraer, alimentar expectativas irreales y producir desencanto si no se lee con conciencia crítica. Esta tensión—entre deseo, fantasía y reflexión—es precisamente lo que permite entender el poder de la novela rosa: como Madame Bovary, despliega un juego de anhelos y promesas; como Platón, recuerda la capacidad del arte para modelar afectos y juicios.
Estas lecturas, con escasa experimentación formal y orientadas al consumo rápido, privilegian la compra reiterada de sagas. Tienen un efecto doble: enriquecen a unos pocos y, al mismo tiempo, ofrecen una guía emocional a millones de mujeres que quizá carecen de otros espacios para ensayar vínculos, deseos y relaciones de poder. La académica Janice Radway ha observado que este tipo de ficción provee recursos psicoanalíticos para sentirse menos solas, gestionar la vida amorosa y resistir la carga de los cuidados.
Sin embargo, estas mismas obras contribuyen a fijar un estereotipo de lectora: solteras melancólicas o esposas blancas desesperadas, el reverso femenino del lector de novela negra. Resulta curioso que un grupo heterogéneo de lectoras termine reducido a estas dos grandes categorías: las que están casadas y sufren por ello, y las que no lo están y sufren por no estarlo. Este cliché no solo simplifica la diversidad de experiencias, sino que desvía la atención del verdadero quid de la cuestión: el malestar generado por un sistema social que, mediante expectativas de género y roles afectivos, limita la autonomía y produce frustración emocional.
Lejos de ser un mero entretenimiento para pasar las horas muertas, la novela rosa cumple una función mucho más compleja. Según Radway y la tradición de su investigación, estas narraciones se convierten en un mecanismo de supervivencia afectiva: un espacio donde las lectoras pueden explorar deseos, ensayar relaciones y encontrar consuelo ante un entorno social que rara vez les proporciona esos recursos. La ficción, entonces, no es un lujo sino una respuesta estructural a condiciones de vida que generan ansiedad, soledad y presión constante.
Es en este contexto, los Rolling Stones sintetizan con ironía en Mother’s Litte Helper lo que Radway describe desde lo académico: estas historias ayudan a mamá a seguir adelante. Es decir, estos romances funcionan como una “píldora” emocional, Lo mismo que esa aspirina que se toma tras una mañana especialmente difícil, ofreciendo consuelo, guía y a veces hasta ese empujón que las lectoras requieren para lidiar con las vicisitudes del día a día y poder ejercer su deber ser. Entre páginas impresas y sagas repetidas, se despliega una forma de resistencia sutil, una manera de habitar la vida sin abandonar la imaginación ni la agencia personal, aun dentro de los límites impuestos por la sociedad. Diría Platón, la dosis hace al veneno.
Cada libro tiene un lector ideal. El autor puede no advertirlo, pero existe una química irrepetible entre un texto y el instante en que se encuentra con los ojos dispuestos a descifrarlo. Casi siempre, este encuentro ocurre al azar. En la novela rosa, sin embargo, la industria y la crítica han delineado con claridad la silueta de sus lectoras “naturales”. Una silueta que suele ir acompañada de adjetivos condescendientes: lectura floja, formulaica, frustrada. El resultado es la asociación inmediata entre el romance y la noción de gusto culposo, es decir, la lectura contaminada por la culpa. Y aquí conviene detenerse: ¿necesitamos las mujeres más culpa en nuestras vidas?
El descrédito de la lectora de romance nace en los cánones, pero en la vida cotidiana encuentra un verdugo inesperado: sus propias congéneres. Lo vimos en el reciente estreno del tráiler de la nueva adaptación de Cumbres Borrascosas, de Emily Brontë. El material audiovisual desató una reacción inmediata en redes sociales. Para unos, resultaba excesivamente lascivo; para otros, las críticas eran poco menos que una caricatura: la película no era más que el eco de miles de mamás atrapadas en el romantasy y el dark romance, un producto fabricado al gusto de los algoritmos del mercado.
No se trata solo de una pugna sobre la pertinencia estética o la legitimidad cultural del género: lo que está en juego es el viejo problema de quién dicta las reglas del gusto. La etiqueta de “culposo” funciona como un mecanismo de disciplinamiento: obliga a las lectoras a justificarse, a esconder sus preferencias o a defenderlas en clave irónica, como si la pasión por lo romántico fuese un desliz vergonzante. Así, más que discutir sobre literatura, se perpetúa una disputa por el control de lo deseable y lo aceptable en la esfera cultural.
El punto no es dirimir quién tiene razón, sino subrayar un detalle fundamental: la falta de sororidad que atraviesa la discusión. Mujeres criticando a otras mujeres por sus gustos, por emocionarse con una adaptación, por leer —o no leer— “lo correcto”. En lugar de reconocer en estas narrativas un espacio compartido para pensar el deseo y la agencia, el juicio reproduce las jerarquías patriarcales del valor literario. Paradójicamente, la novela rosa —desdeñada por tantos— resulta ser más sororal en la práctica, gracias a las redes de lectoras que la sostienen, que los debates públicos que presumen defender la “alta cultura”.
Esta tensión no es nueva: los juicios sobre lo que las mujeres leen o disfrutan han acompañado a la literatura desde hace siglos. Lo que hoy se etiqueta como “correcto” o “incorrecto” en las redes, antes se discutía en reseñas, tertulias o academias que delimitaban qué lecturas eran válidas y cuáles no. Así, cada generación encuentra su propio vocabulario para deslegitimar ciertos placeres de lectura.
No está de más recordar que Cumbres Borrascosas fue, en su tiempo, un best seller, y que su uso “bestial y violento del lenguaje” llevó a muchos a creer que debía de haber sido escrita por un hombre. El prejuicio era claro: lo femenino no podía producir una obra de tal intensidad. El eco de ese juicio resuena hoy en el debate digital: las mismas estructuras que deslegitimaban a Brontë por su género son las que, siglo y medio después, desacreditan a las lectoras por el suyo. Ayer se dudaba de la capacidad creadora de una autora; hoy se ridiculiza la capacidad crítica de las mujeres que leen y disfrutan ciertas narrativas. La historia, parece, no ha cambiado tanto: lo femenino sigue siendo campo de sospecha.
Más aún, pareciera que el juez decimonónico, desde su torre de marfil, ignora un detalle fundamental: quien lee tiene agencia. Elegir leer por placer puede ser considerado un acto de rebeldía contra un modelo patriarcal que genera culpa por no dedicar cada segundo del tiempo a la productividad. Somos habitantes honorarios de la sociedad del cansancio, y cada acto de rebelión contra el guión establecido nos acerca a imaginar maneras distintas de habitar y construir el mundo. Como planteaba Ricoeur, la imaginación es el puente hacia la acción; y los neurocientíficos lo subrayan con las neuronas espejo: ¿qué posibilidades más allá del erotismo crean estas historias en sus lectoras? Ignorar cómo cada obra aborda diferentes aspectos y cómo se interpreta y actúa en el día a día implica desconocer un universo de redes de lectoras que se generan no alrededor de estas historias aparentemente nimias.
De ahí la proliferación de clubes de lectura, talleres de mediación, colectivos en línea, ferias y bazares donde se ofrecen artículos inspirados en personajes de la literatura romántica. En estos espacios, la lectora puede sumergirse en una arquitectura tangible de aquello que, en principio, solo acariciaba en el mundo de las ideas, y debatirlo como si existiera un a priori kantiano que lo justificara todo y lo hiciera real. Se generan así burbujas en las que el texto se asume como “real” y funciona como base fundacional para discutir en comunidad temas tan diversos como el abuso, el abandono, la violencia, el deseo de amistad, el acompañamiento y el autoempoderamiento. Basta con recorrer los títulos más vendidos de los últimos años para sentir el pulso de esa vena que han tocado autoras como Sarah J. Maas, Rebecca Yarros o Caroline Peckham y Susanne Valenti. En sus ficciones, estas escritoras ofrecen a sus lectoras herramientas para conectarse entre sí y construir diálogos que trascienden la página.
Aunque leer es un verbo que suele conjugarse en primera persona, la novela rosa es partícipe de un curioso fenómeno. Lo que empieza como un acto individual de evasión se transforma en un tejido social invisible: conversaciones compartidas, recomendaciones, debates y suspiradas complicidades. La lectura —incluso la considerada “chatarra”— adquiere así una dimensión política y cultural que desafía la idea de que sólo la literatura canónica tiene valor público. Mientras que Madame Bovary o El Quijote se consumieron en silencio, las lectoras de novela rosa buscan activamente estas redes de cuidado.
La literatura, con mayúscula o sin ella, nos recuerda que no estamos solos y que nuestra historia personal no es un copo de nieve; nos permite reflexionar más allá de datos duros, videos de WhatsApp o fotos en Instagram. Rita Segato plantea que estas redes de cuidado representan alternativas de existencia: cuando mujeres de todo el mundo comentan, hablan y suspiran por estas historias, están reconectando entre ellas y recuperando lo que el sistema buscaba borrar: ver el rostro del otro.
Este tipo de lectura, por supuesto, es un engranaje más de la industria, pero también es un espacio que permite existir de otras formas. Y aunque no siempre hagan grandes aportes a la literatura con mayúsculas, funcionan como puertas de entrada hacia ella. Sin Woolf, la introspección de la protagonista sería menos rica; sin Dostoyevski, la exploración moral y la complejidad del “héroe gris” serían superficiales; sin Dumas, la aventura perdería dinamismo; y sin Plath, la voz femenina que confronta deseos y emociones estaría limitada.
La novela rosa actual bebe de estas tradiciones para ofrecer, en su simpleza aparente, mundos que enseñan a sentir, desear y actuar. Confirma, así, un adagio esencial: lo personal es político, ya que ¿hay algo más personal que el deseo de amar? Leer por placer, incluso cuando se trata de fórmulas conocidas y comunidades de fantasía, se convierte en un pequeño acto de rebeldía y en un laboratorio de imaginación donde la lectora puede habitar su propio poder y llevarlo a través del diálogo al mundo más allá de la página.
Myhrra Duarte, comunicóloga mexicana formada en IE University, escribe sobre arte y cultura. Ganadora del Premio IBBY 2019 y del IE Foundation 2022, co-dirige Reflexiones y Letras, un taller de lectura que inspira diálogo y comunidad alrededor de los libros.



