Este texto es parte de La sobremesa, nuestra sección de opinión dedicada a amplificar perspectivas que vengan de todos los rincones donde se hable —y escriba— el español.
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En los años que trabajé en un consulado mexicano en Texas, descubrí que hay muchas maneras de sentirse cerca de casa. Una de ellas es reencontrarse con sabores propios, algo bastante sencillo en los supermercados texanos. La emblemática cadena H-E-B era una parada habitual, pero en las tiendas latinas, como Fiesta o un pequeño establecimiento llamado La Hacienda Market, en la ciudad de Austin, había algo más. Aparte de encontrar de todo —bolillos; achiote— de fondo siempre sonaba música en español y, entre las melodías, las de Los Tigres del Norte eran inconfundibles.
Pensé en estos mercados latinos al ver al grupo en el Tiny Desk, la popular serie de conciertos de la radio pública estadounidense, NPR. Su presentación coincidió con el cierre de las celebraciones del Mes de la Herencia Hispana en Estados Unidos. Bastaron unos acordes de «Somos más americanos» y cuatro palabras, «la frontera me cruzó», para recordar que la historia de la migración también incluye mapas que se redibujan. En 1848, tras la guerra entre México y Estados Unidos, una nueva línea divisoria atravesó territorios y, con ello, la identidad de sus comunidades.
Confieso que no soy una seguidora asidua de la banda. Sin embargo, reconozco lo que significan para millones de personas en ambos lados del Río Bravo; para mexicanos, mexicoamericanos y latinoamericanos que transitan cotidianamente entre dos culturas e idiomas distintos, sus versos son una expresión de pertenencia. Acompañan lo mismo celebraciones familiares que jornadas de trabajo. Hablan de amor y desamor, de la distancia y el desarraigo. Probablemente por eso su presentación fue tan emotiva para el público, con un recorrido musical que incluyó temas como «Golpes en el corazón», «Quiero volar contigo», «Ni parientes somos» y «La puerta negra».
También hubo controversia. NPR recortó de su versión original unas palabras introductorias de Félix Contreras, periodista y productor de la serie de conciertos, en defensa de los latinos donde dijo: «Nuestra comunidad está bajo ataque». Aunque la emisora restituyó el mensaje, el episodio resultó especialmente sensible en un momento en que la radio pública de Estados Unidos ha perdido financiamiento federal por iniciativa de la administración de Donald Trump y ocurrió a pocas semanas de las elecciones intermedias en ese país.
Más allá de la controversia, las palabras de Contreras contienen harta verdad. La comunidad latina —y la migrante en general— vive bajo el asedio de las redadas de ICE y de una retórica política que la presenta como una amenaza. Un discurso que, por cierto, trasciende las fronteras estadounidenses. Hace unas semanas, Trump responsabilizó a la inmigración por las protestas del 17 de octubre en Francia.

La inmigración ha dejado de ser un asunto que concierne a una comunidad específica, ha creado una crisis en la idea que Estados Unidos tiene de sí mismo. El país que se enorgullece de ser el melting pot (crisol de culturas) por excelencia —donde más de uno de cada siete habitantes nació en el extranjero— es también el mismo que ha elegido dos veces a Trump como presidente.
Considero que la migración necesita orden, desde luego, pero éste no puede reducirse a deportaciones. Exige políticas que protejan los derechos y faciliten la integración de quienes llegan. La demografía manda, pero también lo hace la historia. Caracterizar a las comunidades latinas como una presencia ajena olvida que algunas de ellas anteceden, incluso, las fronteras actuales. Los migrantes han construido Estados Unidos, forman parte de su presente y son fundamentales para su futuro. Y eso lo llevan décadas cantando Los Tigres del Norte.
Alexia Bautista es internacionalista por el Colegio de México, analista y exdiplomática. Puedes leerla en su Substack Letters from Mexico.



