«Tendrá un hogar en el color del haya quien los defienda. Hay árboles que parecen anteriores a la tierra, los robles y los tejos, por ejemplo, arraigados en una mano perdida y mortal que quiso hacer el mundo y no pudo. Escuchadlos en sus ramas; nos avisan, aconsejan. Son las obras completas del reposo.»-Ramón Andrés, Árboles finales (fragmento)
La lluvia cae sobre Xalapa, primero como caricia, luego como si tuviera una cuenta pendiente con la ciudad. No es una lluvia cualquiera: es esa lluvia finita pero densa, a la que localmente se le ha llamado chipi chipi; una lluvia típica de un clima que se extingue velozmente: el bosque mesófilo de montaña. Como si la idea anterior se volviera premonición, la lluvia arrecia y convierte las calles en ríos improvisados, obligando a la gente a correr y guarecerse.
En la avenida Araucarias —donde se ubica una de las zonas residenciales más famosas de la ciudad— la entrada al parque «Del huarache» se ha transformado en un espejo turbio donde flotan hojas, basura y el reflejo distorsionado de los árboles. Es la hora de la comida de un día cualquiera y un hombre con medio kilo de tortillas envueltas en papel de estraza busca refugio bajo el quiosco del parque.
Se llama Fidel Villegas, tiene cincuenta y cuatro años, las manos grandes y callosas de quien se ha pasado la vida trabajando, manipulando herramientas, palas, machetes, ramas, tierra. Viste una camisa de trabajo manchada de verde y carga las tortillas contra el pecho como si fueran algo frágil. Vive cerca, en una casa humilde que le dejaron construir a él y a su madre en una zona aledaña. Una de esas casas que existen porque alguien permitió que existieran, no porque alguien las planeara. Su madre lo espera para comer. No tenían tortillas. Él salió a comprarlas y por nostalgia o por costumbre, o por ese impulso que nos lleva a recorrer los lugares donde fuimos otros, pasó por el parque. Ahí lo agarró la lluvia.
Dos personas compartimos ahora el quiosco. Una de ellas soy yo. La otra es Fidel, que se mueve con cuidado, como si cada gesto le costara un esfuerzo extra. Ayer se cayó. Cargaba una estufa que le regaló una familia para la que trabaja hace años. Se golpeó la espalda y ahora tiene miedo: miedo de no poder trabajar, miedo de quedarse quieto, miedo de que el dolor sea algo más que dolor. No fue al doctor. No tiene seguro. Tiene las tortillas en una mano y el peso de la incertidumbre en la otra.
Hablamos porque la lluvia nos obligó a hacerlo, porque el silencio compartido en un quiosco siempre termina convirtiéndose en conversación. Me cuenta que este parque fue su lugar de trabajo durante años, que su madre también trabajó aquí, sembrando árboles cuando el parque no era del ayuntamiento sino de un hombre llamado Don Justo, un empresario local. «Todo este suelo está bien abonado», dice, y señala con la barbilla el piso del parque, como si pudiera verse a través del concreto y el pasto. «Nosotros lo trabajamos. Sembramos varios árboles y café aquí». Habla en plural aunque su madre no esté a su lado, como si el trabajo compartido los mantuviera unidos todavía.
Lo que Fidel dice es cierto, pero también es una metáfora involuntaria: toda esta enorme zona de Las Ánimas, hasta hace medio siglo eran puros cafetales. Hectáreas de plantas bajas y verdes donde ahora hay casas de dos o más pisos con portones eléctricos, bugambilias bien recortadas y coches de lujo en los garajes. La ciudad creció sobre el café como crece la enredadera sobre una barda: cubriéndolo todo, borrando lo que había antes.
Fidel nació en 1971 en un ejido cerca de Minatitlán. Su madre llegó con él a Xalapa buscando lo que todos buscan cuando se van: algo mejor. Consiguió trabajo aquí, en este parque que entonces era propiedad privada, y trajo a su hijo a trabajar con ella. Él aprendió observando. Cargaba, sembraba, se subía a las palmas a cortar cocos sin arnés, sin red, solo él y el tronco áspero bajo las manos. Cuando era adolescente sembraba café entre los árboles grandes, pomarrosas que nadie comía, plantas ornamentales para las veredas.
Ahora el parque es público. Su nombre oficial es La Alameda, aunque nadie lo llama así. Todos le dicen Parque Del Huarache, y ese nombre contiene su propia historia de violencia casual y clasismo disfrazado de diversión. Lo sé porque me lo contó alguna vez un compañero de escuela, uno que solía juntarse con los juniors de Las Ánimas para salir en sus autos, beber y matar el tiempo —que siempre les sobra— con violencia, con poder. Uno de sus hobbies, me dijo —y lo dijo como quien cuenta una travesura, no como quien confiesa una crueldad—, era pasar por el parque en las tardes o noches y molestar al encargado de cuidarlo. Un señor mayor que calzaba huaraches y traía su machete al cinto, dispuesto a las faenas cotidianas. Los jóvenes le gritaban: «¡Huaracheee! ¡Sal pinche huaracheee!». Algunas veces el cuidador, molesto, salía blandiendo el machete o tirando piedras. Los juniors, entre divertidos y asustados, corrían a sus autos para seguir gozando su noche de niños ricos. Así se quedó el nombre: Parque Del Huarache. Un insulto convertido en dirección, una burla fosilizada en el lenguaje de la ciudad.
Fidel no sabe esta historia, o tal vez sí, pero nunca la menciona. Él solo conoce el parque desde dentro, desde el trabajo, desde la tierra abonada y los árboles que plantó su madre. Le pregunto si ella ha podido volver, si ha visto los árboles que sembró. Fidel mira hacia las copas de los árboles. Es una mirada larga, como si estuviera buscando algo específico entre las ramas. «No», dice finalmente. «Ya no sale de casa. Un accidente la dejó inválida. Ya no puede caminar».
Hay algo en ese recuerdo que lo atraviesa. Algo que lo conecta con su propia caída de ayer, con su espalda lastimada, con el miedo de no poder seguir trabajando. Se le nota en la forma en que aprieta el paquete de tortillas, en la forma en que desvía la mirada. Su madre, quieta en casa. Él, cargando una estufa que le hacía falta a los dos… Ambos atrapados en cuerpos que empiezan a fallar, en una ciudad que los necesita pero no los ve.
Fidel lleva veinte años de jardinero en casas de Las Ánimas. Conoce esos jardines mejor que sus propios dueños. Sabe cuándo hay que podar, cuándo regar, cuándo dejar que las cosas crezcan solas. Las familias lo llaman cuando algo se sale de control: una bugambilia que invadió la cochera, un pasto que ya no es pasto sino monte, un árbol que amenaza con caerse. Él llega, arregla, cobra. A veces le regalan cosas: ropa usada, una estufa vieja, zapatos que ya no les quedan a nadie. Ayer cargó la estufa, y aunque lo hizo con ayuda, se cayó y se lastimó con ella.
La lluvia empieza a ceder. Fidel se mueve despacio, se acomoda las tortillas bajo el brazo y hace una mueca de dolor. Tiene que irse. Su madre lo espera. Le pregunto si va a estar bien, si va a poder seguir trabajando. Dice que sí, pero no suena convencido. Le pregunto si algún día va a traer a su mamá al parque, a ver los árboles. Dice que le gustaría, pero tampoco suena convencido. Hay cosas que uno quisiera hacer y cosas que uno puede hacer, no siempre son las mismas.
Nos despedimos. Les deseo buen provecho. Él camina hacia su casa, cojeando apenas, con las tortillas protegidas de la llovizna que aún cae. Yo me quedo un rato más en el quiosco, mirando los árboles que su madre sembró y que ella ya no puede ver. Pienso en las manos que los plantaron, en las que ahora podan otros árboles en otros jardines, en todas las manos que trabajan para que otros tengan sombra. Pienso en Fidel, en su espalda lastimada, en su miedo. Pienso en su madre, quieta y anciana en una casa a unos veinte minutos de aquí, esperando las tortillas, esperando una visita al parque que probablemente nunca llegue.
Pienso en los cafetales que había antes, en los juniors que gritaban «¡huarache!» desde sus coches, desde su privilegio, en el suelo bien abonado que nadie ve bajo el concreto y el pasto. Pienso en cómo se construye una ciudad: sobre qué, a costa de quién y con qué manos.
La lluvia se ha detenido por completo. Los árboles gotean. El parque Del Huarache —La Alameda, según el letrero oficial que nadie lee— brilla, verde y sucio y hermoso, en medio de una Xalapa que lo contiene sin entenderlo, como contiene a Fidel, como contiene todas las historias que nadie escribe.
Me voy también. Pero antes miro los árboles una vez más, tratando de adivinar cuáles fueron los que Fidel y su madre plantaron, sabiendo imposible que todos y ninguno son los suyos.
Este ensayo fue escrito por Christian Axel Juárez Ramírez.



