Este cuento es de Ricardo Boada. Puedes leer más de ella en la biografía al final del texto.
Hace mucho tiempo, en un templo de cualquier religión, había cuatro inquietos muchachos esperando a que su dios hablara. De repente llegó una señora vestida de negro, muy recogida en sus rezos, y les dijo:
—Muchachos, dejen de hacer pereza y comiencen a rezar, a sacrificarse y a despreciarse, pues dios es puro amor y si no hacen lo que les digo, sufrirán el castigo eterno.
El primer muchacho, escandalizado, salió y declaró que no creía más en su dios, que ahora era ateo y que todo era una invención de su iglesia para sacarle plata y controlarlo. Acto seguido, se fue donde una adivina, que cobraba la mitad de lo que él ganaba y comenzó a creer en las señales que el universo le transmitía. En una ocasión, enfermó gravemente, como para ir a urgencias, pero no salió porque era día impar, de mal augurio; al siguiente día, su pan del desayuno le salió con dos huecos, signo de desgracia; al siguiente, pájaros volaron a su izquierda, anunciando un camino peligroso… Al último día ya no pasó nada porque ya estaba tieso en el suelo.
La segunda del grupo, cansada de la institución, se fue a otra iglesia de un dios parecido. Se hizo líder y se dedicó a criticar todo lo malo de su anterior comunidad. Un día vio a un tipo de ojos rojos, sucio, descuidado y con ampollas en la piel, e hizo lo que le dictaminó su orgu… Digo, su corazón. Se le acercó y le dijo “si no te conviertes y dejas las drogas y tu vida de pecado, te condenarás…”. No había terminado cuando el hombre tosió estrepitosamente encima de ella, para luego caer al suelo sin vida. También sin vida quedó la predicadora unas semanas después, a costa de un virus infecto-contagioso rarísimo y frenéticamente mortal sólo para aquel segmento de la población que tuviese ojos azules y dos lunares en la nalga izquierda. Sin embargo, su cuerpo no fue tratado con los honores de una líder por el estado en el que se encontraba, semejante a un drogadicto cualquiera, ni tampoco lo fue su memoria, perdida en aquellas bodegas que posee cualquier institución para esconder sus peores vergüenzas.
El tercer muchacho, también cansado de que lo controlasen, decidió seguir creyendo en su dios de amor, pero se olvidó de todas sus enseñanzas, especialmente, de aquella que recuerda que cada acto tiene su consecuencia. Así se fue por la vida: ¿Fiestas? Claro que sí; ¿Drogas? ¡Aquiles Vengo!; ¿Utilizar su cuerpo y el de otros a capricho? ¡Hakuna Matata!; ¿Sacrificios humanos? ¡Uy, no, qué miedo…! ¿O será…? Luego de algunos años, su cuerpo, agotado, no dio más y su alma naufragada, cómo si de una esposa desilusionada se tratara, decidió armar maletas y abandonarle para siempre.
La última chica miró a la señora y, con una sonrisa, le dijo:
—Muchas gracias por su interés en ayudar, no obstante, le recomiendo que se preocupe por sí misma, así como yo me preocupo por mí; no vaya a ser que vivamos el terror del Infierno aquí arriba.
…y Dios habló.
Ricardo Boada (Bogotá, Colombia) es un joven estudiante y escritor. Nacido en una familia católica, salido de un colegio laico y formado durante dos años en un ambiente rígido arraigado a la tradición, en la escritura —la que considera su lenguaje más íntimo—explora, entre otras cosas, las dualidades y contradicciones más profundas que han marcado su vida.
Actualmente, estudia Comunicación Social y Estudios Literarios en la Pontificia Universidad Javeriana.



