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Los delirios y las bestias

de Claudia Bravet

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sep 21, 2026
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El estelar es nuestra historia insignia de la semana: textos que lees una tarde y piensas toda tu vida. En el pasado, hemos hablado de templos satánicos y osos en peligro de extinción.

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La semana pasada:

  • En nuestro podcast, Masa Crítica, hablamos con Leo Zuckermann sobre cómo los debates deben adaptarse a los tiempos.

  • En Inferencia, desmenuzamos cómo la IA orquestó un ataque contra una empresa privada.

Sin más, les dejamos la historia de la semana…


Recomiendo fervientemente a los cubanos curarse del hambre antes de opinar sobre su mudanza. No solo el hambre física del cuerpo, sino el hambre de decir que toda ruta de fuera siempre es mejor. Temo a diario que el recuerdo del hambre no me deje describir con justicia la mudanza de un país que entiende con claridad la raíz de su trauma, a una ciudad que todavía discute si el problema fue construirse sobre el agua.

Cuba es un país que no sabe exactamente en qué momento está de su historia, porque la Historia está secuestrada. México, incluso con el libro abierto sobre las piernas, no ha tenido tiempo de entenderla porque está preocupado en dejar de ser un virreinato de castas. Mientras, yo no puedo hacer mi duelo como Dios manda, porque tengo que concentrarme en ser negra aquí y no contaba con eso.


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Los dolores de ser negra

Mi primera renta en México fue al sur de la capital, en un departamento dentro de un condominio arbolado, con una caseta de vigilancia en donde quienes trabajaban recibían los paquetes y separaban la basura. El lugar era esencialmente aburrido y yo me moría del asco de vivir así, porque la única relación con los vecinos eran los saludos que ellos me arrojaban sin mucho contacto visual. Venía de haber vivido veinticuatro años en el mismo barrio y de tomar café descalza en el portal de mis vecinas. Esta nueva realidad me incomodaba.

Antes de llegar había pasado mucho tiempo investigando cosas del país que me iba a recibir y ya sabía, por ejemplo, que habían tiendas abiertas veinticuatro horas por si me quedaba sin cigarros, que su «coger» para nosotros es «singar» y que Xóchitl, en realidad, nunca tuvo oportunidad de ganarle a Claudia. Y sabía, claro está, de los tianguis. Mi roomie —que también es cubano y había llegado dos años antes que yo— me dijo que el viernes era el día del tianguis en el barrio y lo esperé emocionada. Estaba ansiosa por ver los colores vibrantes de las frutas que no conocía o de las que ya no tenía memoria, la ropa de segunda mano, los pregones.

Sin embargo, el tianguis fue la primera advertencia de cierta hostilidad que ha sido una constante desde que llegué.

En ese momento me pareció —y aún me parece— un espacio de belleza casi literaria por las formas, los olores y los sabores inagotables. Pero, a lo largo de todas esas cuadras repletas de gente, sentí las miradas más pesadas que había sentido nunca. Al contrario del poco contacto visual de mis vecinos, en el tianguis la gente no parecía interesada en disimular un asombro que yo traduje en repulsión. Si fuera posible nivelar las miradas, el primer gradiente sería la curiosidad y esa la he sentido de los niños en el metro: una mirada suave e ingenua que se desliza sin percibirse agresiva. Caminando entre los puestos, en cambio, la gente se concentraba en mi cuerpo en una observación milimétrica.

Ese día no compré nada; regresé casi llorando a mi habitación preguntándome si siempre iba a ser así o si la gente en algún punto se acostumbraría a mi presencia. Dos años después la respuesta es que, con el paso del tiempo, me miran con menos repulsión, siempre con extrañeza.

Caminar en la Ciudad de México ha sido la toma de posesión de una idea: soy diferente y no me gusta. Nunca he sido tan consciente de que soy un cuerpo que anda, una carne sintiente y grosera. Una amiga me explicó que para ir al centro y no pasarla mal, la clave era no parecer extranjera. Hubo un silencio y luego unas risas porque ambas nos dimos cuenta de lo tonto que había sonado eso.

No está dentro de mi posibilidades no parecer una bestia. Solo puedo decidir qué tipo de bestia soy.

En la Roma, unos de los lugares más gentrificados de la CDMX, soy una una bestia que aparentemente tiene dinero, una que parece gringa, un cuerpo que puede pagar. Las dinámicas que sostienen la existencia misma de la Roma, tal y como existe ahora, son problemáticas. La Roma es una de las tantas representaciones del despojo que ha atravesado la historia de México, el capitalismo danzando en todo su esplendor y la separación de castas que no se supera. Pero si no lo intelectualizo como la izquierdosa de mierda que soy, es el lugar de mis afectos más calmados. No tengo, en la Roma, la necesidad de desaparecer.

En donde la gente no está acostumbrada a convivir con extranjeros y menos con gente negra soy irremediablemente bestia y ostensiblemente haitiana. Nadie sospecha que soy cubana hasta que lo explico, porque cuando hablo también puedo ser venezolana, dominicana, puertorriqueña. Para controlar la grosería que es mi cuerpo en estos lugares evito, en la medida de lo posible, cruzar avenidas o puentes donde la claridad del sol ilumine demasiado mi cuerpo entero; evito hacer contacto visual y gestos innecesarios. Otra herramienta efectiva es salir con un mexicano. Siento que cuando salgo con alguien de aquí la gente se dará cuenta que estoy domesticada. Y sí, me contemplo a mí misma como un animal, porque ese es el efecto de ser una persona sobreobservada; tengo que ser un perro callejero al que la gente quiera alimentar sin miedo a que muerda.

Muchas veces se piensa en el racismo como un espectáculo que en realidad no es tan habitual, en gritos de «vete a tu país» o en «aquí no entran extranjeros». Muchas veces es así, pero el racismo está también en la sutilidad con la que se despliega el asco. Las miradas escurridizas de las señoras que no pueden evitarlas incluso cuando la atmósfera está cargada de incomodidad, incluso cuando hago claras expresiones de molestia. Es difícil escapar de esos afectos en la calle y una vez se pone a circular el asco mi única respuesta es la reducción. Estoy fingiendo todo el tiempo una ceguera demente; actuando todo el tiempo como si todo el tiempo no me estuvieran mirando. Por primera vez estoy sintiendo la experiencia de la negritud a través del lente de la supervivencia cotidiana, del dolor de las cosas pequeñas.

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