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-JL Sabau, Editor General
«Sus plumas son azules cuando son pequeñas», cuenta Catherine Roco, guardaparques, refiriéndose a las loicas, aves nativas del sur de Chile que, al crecer, se caracterizan por su plumaje negro y un brillante color rojo en el pecho; su canto es uno de los sonidos más reconocibles de la Patagonia chilena. Hace tres años que trabaja como guardaparque en el Parque Nacional Torres del Paine, que, desde 1959, fue declarado como área protegida por ser el hábitat natural de una amplia variedad de ecosistemas y especies. Entre ellas destaca el avistamiento de aves representativas como cóndores y ñandúes, además de pumas, guanacos, zorros y huemules.
En la última temporada alta de turismo, el Parque Nacional Torres del Paine, recibió cerca de 300 mil turistas, de los cuales un 76% fueron extranjeros. Es una zona extensa, de más de 200 mil hectáreas en la zona más al sur de Chile: la región de Magallanes. Ahí, en un lugar que llaman popularmente «el fin del mundo», un grupo ávido de guardaparques, movidos por distintas fuerzas, cuida la octava maravilla del mundo.
Catherine es una de ellas. Estudió Ingeniería en Administración Pública y luego, en su último año, decidió cambiarse a Turismo. A Paine llegó desde la ciudad de Talca en busca de su vocación.
«Decidí probar una temporada como guardaparque para entender las dos caras de la moneda» me dijo cuando hablamos «el beneficio económico para la localidad a través del turismo y también el de la conservación».
Encontré su experiencia una y otra vez en el fin del mundo. La de guardaparques que se mudaron de todas las regiones de Chile para llegar aquí, donde acaba el país y, en su final, guarda una de sus mayores bellezas.
Para Catherine, su tiempo de guardaparques no solo le permitió explorar el oficio de proteger la naturaleza y profundizar su fascinación por los animales desde muy cerca; también le mostró el límite de su tolerancia y convicción. Eso lo comparte con Yara Vargas, de veintiséis años; guardabosque también, es oriunda de Puerto Natales, la ciudad más cercana de Torres del Paine. Tiene seis años en el rol y su pasión es el estudio de los hongos—esos pequeños organismos que son una diversidad clave para los ecosistemas de este territorio—. «Es impresionante darse cuenta de cómo todo está conectado», reflexiona Yara, consciente de que son pequeñas formas de vida y que pocas veces captan la mirada de los turistas.
Ubicada en el sector Torres, una zona montañosa cerca de la Base Torres del Paine y a más de 70 kilómetros de donde trabaja Catherine, Yara observa el paso de las estaciones con el crecimiento de los hongos. En primavera, brotan los digüeñes y las morchellas; en verano, se asoman los conocidos «sombreros de tinta» del género Coprinopsis. Ya en otoño es la temporada de los Cortinarius magellanicus y las Ramaria; en invierno, los que siempre están presentes son las Guepiniopsis alpina, también llamadas «gomitas de bosque» y los Polyporus.
Estudió Ingeniería en Conservación de Recursos Naturales y, por crecer en lo que muchos llaman «la capital del turismo», siempre estuvo rodeada de personas que le inculcaron el valor del medio ambiente en la vida cotidiana junto con la importancia de preservar tanto los grandes como los pequeños organismos.
Para ella, el parque representa un territorio cercano y un camino personal que ha ido construyendo desde su niñez como natalina: una de las pocas guardabosques del área.
Heriberto Yeager es otro de ellos. Tiene cincuenta y nueve años; treinta y ocho de ellos los ha pasado en Torres del Paine hasta ser, ahora, el jefe de la portería Laguna Amarga—uno de los principales accesos y puntos de control de ingreso al parque—.
Su llegada al parque fue mucho antes del auge turístico, cuando Torres del Paine aún era un destino aislado, mucho menos masificado y con menor intervención humana. Los senderos eran solitarios y todavía no existían varios de los servicios de lujo que hoy forman parte del lugar, como el Hotel Lago Grey o las villas privadas de Awasi Patagonia.
A lo largo de los años, cambiaron las condiciones del entorno, especialmente para la fauna. Heriberto recuerda, por ejemplo, que antes era común ver ñandúes dentro del parque, pero que tras el llamado «terremoto blanco» de 1995—una de las nevadas más intensas registradas en la región de Magallanes—su presencia se desplazó hacia sectores más periféricos.
«En ese entonces la portería Laguna Amarga era solo una entrada secundaria», me cuenta «ahora es la más grande y la más transitada».
A esto se suma la expansión de la infraestructura y los incendios que han transformado el parque con el paso del tiempo. No tanto a nivel visual—aunque aún hay sectores con vestigios—, sino a escala administrativa. Los guardaparques comenzaron a convivir más estrechamente con los turistas, a fiscalizar el cumplimiento de las normas y a requerir mayores recursos para resguardar el territorio.
De hecho, tras construir una larga vida en Puerto Natales y en el parque, este guardaparque con casi cuatro décadas de trayectoria ha visto de todo: desde asistir en accidentes y rescates, hasta bajar fallecidos en la montaña. «En su mayoría, escaladores», recuerda Heriberto «es un deporte que de por sí considero de alto riesgo».
Entre turnos 8x6; ocho días viviendo dentro del parque y después seis días libres en Puerto Natales, jornadas de hasta 11 horas, un sueldo promedio de 800 mil pesos líquidos—que equivale aproximadamente a 875 USD—con varios mates en los descansos y una atención constante al viento, Catherine, Yara y Heriberto dividen sus días entre guarderías, patrullajes y temporadas de alta exigencia. A ese ritmo—y en sus respectivos roles—han aprendido a desenvolverse en un lugar que cambia constantemente por las inclemencias meteorológicas y el avance progresivo del turismo.
Esa diferencia entre turistas y guardaparques—los que se van y los que permanecen—se vuelve evidente en lo más cotidiano: construir un barandal, atender a un visitante lesionado o recibir un bus que recién llega.
Visitar y pertenecer
Catherine se levanta a las 7:00 de la mañana, cuando todavía está oscuro y en el parque solo quedan los que habitan en él. Junto a su compañera de guardería, Maura Machuca, lo primero que hacen es coordinar quién subirá hasta la cascada Salto Grande para monitorear el viento—una caminata de casi dos kilómetros—mientras la otra prepara el fuego para calentar la casa y cocinar el desayuno. En ese rincón del mundo, la sensación térmica es baja, la conexión a internet es limitada y la naturaleza marca el ritmo de cada jornada.
Desde la altura, si notan que la velocidad del viento supera los 80 km/h, inmediatamente dan aviso a los otros guardaparques y a las empresas de turismo. «Para informar que el sendero se mantendrá cerrado por mal clima», explica. Un dato que, tanto para quienes viven allí como para los que están por llegar, no es menor.
Las condiciones meteorológicas en la Patagonia son impredecibles y adversas; en cuestión de horas, el sol puede transformarse en ventisca blanca y la temperatura descender hasta siete grados, particularmente en invierno. Su constante supervisión es clave para garantizar la seguridad de los turistas. Por eso, varios días al año, Catherine debe notificar y colocar un cartel—hecho y escrito a mano—que indique el cierre del paso vehicular como medida preventiva ante posibles accidentes.
A las 8:30, si el clima lo permite, suben a los catamaranes para saludar a los viajeros, informar sobre las reglas del parque y entregar datos sobre el clima. El mismo protocolo se repite con el grupo de las 10:30. En paralelo, comen, cortan leña y ayudan a los viajeros a comprar sus tickets de navegación o planificar sus itinerarios.
Tras el almuerzo, dedican las tardes a patrullar distintos sectores. Es ahí donde ponen especial atención al comportamiento de los animales, a los cambios en la vegetación y el rastro que algunos turistas dejan tras su paso.
Ella recuerda que, no hace mucho, encontraron un nido muy cerca del sendero, al costado de un tronco, con cuatro polluelos que todavía tenían las plumas azules. Una mañana, poco después,ya no estaban. No había ni una pluma alrededor. Al revisar el sector, advirtieron una huella humana fuera del camino. Lo más triste, dice, es que las loicas adultas aún rondan el lugar, moviéndose entre los matorrales, como si esperaran que sus bebés regresen.
Durante esta temporada, Catherine y Maura trabajaron en un proyecto para delimitar los miradores. Surgió al percatarse de que muchos turistas no respetaban las señaléticas ni las estacas que indican que está prohibido salir de la ruta; sus pisadas terminan por dañar o erosionar zonas de flora y fauna prístinas, importantes para conservar «La Octava Maravilla del Mundo».
Para llevar a cabo la iniciativa, utilizaron únicamente materiales reciclados: troncos de los bosques quemados por el incendio de 2011—una tragedia provocada por un turista que quemó un rollo de papel higiénico a orillas del Lago Grey y que arrasó con más de 17 mil hectáreas—. También aprovecharon troncos derribados por el viento, que con el tiempo adquieren un color blanquecino y se vuelven más duros que los normales. Durante varias semanas, entraron al bosque a recolectar los más gruesos para usarlos como pilares. Los cortaban hasta dejarlos de 1.30 metros y luego los cargaban en sus mochilas durante casi seis kilómetros hasta el Mirador Cuernos.
En total fueron 22 troncos. Catherine cuenta con orgullo que muchos visitantes se detenían a fotografiarlas al ver a dos mujeres cargar todo ese peso en la espalda. «El resultado fue un barandal precioso», dice. «La gente ya no puede salir del mirador y las aves están muy felices, porque los troncos les sirven como perchas: pueden parar a descansar, comer y dejar semillas que hacen que crezca nueva vegetación alrededor».








