Este texto fue publicado en el volumen IV de El creativo, nuestra newsletter de escritura literaria y cultura. Para recibirla directo en tu correo, suscríbete a Perpetuo:
Alguna vez Umberto Eco se refirió al libro como medicina. Lo hizo para defender las bibliotecas personales y argumentar que no tenía nada de malo acumular libros sin leer, puesto que las personas coleccionamos medicinas que no consumimos hasta ser necesarias. Sin embargo, todo medicamento, así como todo libro, debe presentar una fórmula, dosis y vía de administración. También debe tener una razón de estar en el botiquín.
Así como con las medicinas, hay lecturas obligatorias que ahuyentan un resfriado; hay, también, enfermedades que requieren mayor respuesta y por ello los antibióticos… Si ya probaste de todo en tu biblioteca y la gripe continúa, no te preocupes: en Perpetuo te damos consulta y prescripción.
Si eres autor o tienes una editorial, ¡envíanos tus libros! Aquí los leemos, seleccionamos y reseñamos.
La máquina de escribir — Antología
Alejandro Arras comanda la selección de esta antología que recupera un momento y un proyecto insólito en la literatura mexicana: ese extraño momento latinoamericano en los 70s, cuando aún parecía que la atención internacional a la literatura de la región duraría para siempre. Para llevar esa atención hacia el nuevo talento, Federico Campbell creó, en lugar de una revista, una editorial donde se forjaron muchas de las mejores voces de la generación. El libro te cuestiona cómo hubiera sido el panorama de haber construido una revista: ¿habrían destacado más los autores que publicaron en La máquina de escribir? El resultado es una reflexión sagaz, pero llena de nostalgia por parte de José María Espinasa al respecto de la edición de Arras sobre el proyecto de Campbell. Entre los textos elegidos, destacan los de David Huerta, Evodio Escalante y Carmen Boullosa. Una Súplica Mineral, es por mucho, el mejor texto de esta compilación; Del Toro fue una revelación que recibimos con culpa y confusión —pero culpa sobre todo— por no haber oído antes sobre este talento tan especial. A este poema le añado la exquisita introducción biográfica que se hace a ese extraño personaje que es Antonio López Chavira.
Las tarántulas — Elaine Vilar Madruga
Hay dos tipos de poemarios; o, al menos, eso sosteníamos: aquellos que compilan una serie de versos escritos en momentos dispares y cuya publicación no tiene mayor sentido que la del autor con criterios vagos de calidad —que, más bien, recolectan poemas escritos en un tiempo—; y aquellos que son un proyecto colectivo, ambicioso, donde el autor se sienta a escribir de un solo tema de versos —El canto general de Neruda; Wild Iris de Glück—. Vilar Madruga trata de hacer lo segundo con los vicios de lo primero. El poemario tiene sus temas recurrentes —el exilio, las tarántulas, la rebeldía—; batallamos por encontrar una teoría que los una. Si es un poemario cohesivo, lo es por un par de imágenes que se repiten. Como las imágenes son tan constantes, nos hace suponer que pertenece a ese segundo tipo de poemarios y que Vilar Madruga, en verdad, lo planeo. Pero como no hay mucho a modo de argumento que una los poemas, nos parece más del primer tipo de poemario. Será algo en medio. Poemas escritos en un solo tiempo con una obsesión recurrente.
Pleistoceno — Hiram Ruvalcaba
El Pleistoceno es la época geológica previa a la que hoy transcurrimos. «La muerte vino por medio de un hombre», dice el epígrafe general del libro, perteneciente a Corintios 15:21; con ello, Ruvalcaba marca el inicio de su propuesta: un retorno a la época de climas extremos, «la memoria justa del fin del Pleistoceno». Con un tono bíblico, los versos bien podrían ser versículos de estas nuevas escrituras que el autor plantea y agrupa en seis capítulos que exploran los grandes conflictos de nuestra era. Eso sí, inicia con una fuerza que mantiene casi por completo la angustia del camino; sin embargo, termina algo débil: el último capítulo, correspondiente al agua, se queda corto ante un problema que no sólo compete a los mares: ¿dónde quedan los ríos, los lagos o las lluvias limpias que abastecen los aljibes? ¿Dónde quedan las gargantas sedientas de los mencionados migrantes? El cierre no le hace justicia al resto del libro: se desinfla y deja un sabor semiamargo. No obstante, el poemario acerca la complejidad del mundo al lector con versos que lamentan el silencio que nos regresará al Pleistoceno.
Sendero de suicidas — Rubén Rivera
Sendero de suicidas es un repertorio biográfico de muertes autoinfligidas. Ganadora del Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2021, hemos de retomar una línea del jurado que nos parece acertada, puesto que el autor «[…] construye un monumento a la vida al poetizar sobre la muerte». El poemario, escrito en prosa, comienza con una introducción donde Rivera adelanta la tensión que conecta todos sus poemas —o pequeñas biografías de suicidio—. Es un recorrido por diez secciones que agrupan a los poetas suicidas según el método que usaron: desde la bala que atravesó las cabezas de tantos, como la de Torres Bodet, hasta métodos diversos como el afilado cuchillo de Karoline Von Günderrode que atravesó su corazón. En cada poema, Rivera encarna la muerte de cada poeta y vuelve a morir con cada uno de ellos.
Respirar bajo el agua — Olivia Teroba
¿Lo recomendamos? Parcialmente. El público es específico: personas que disfruten una lectura ligera, quizás mientras beben una taza de café o que necesiten un libro fácil de retomar entre los ratos de traslado y espera que invadan nuestro día a día. Más que las historias, lo que vale la pena es la capacidad narrativa de Teroba. Es capaz de brincar de golpe en tiempo, espacio y voz con aterrizajes precisos que te hacen cuestionar: ¿cómo llegué a este punto o a este personaje? La autora plasma las letras a su antojo sin dejarse obstruir por paradigmas o imposiciones. Puede dejar una oración a medias, no por desdén a la historia, sino porque hace perfecto sentido. En una página leemos la carta de una mujer dolida tras una ruptura y, unas cuartillas más adelante, conocemos a un niño enamorado cuya vida se ve alterada por el narcotráfico. Las voces de niños son recurrentes; aparecen como narradores, con su propia voz y una curiosidad infantil genuina. Las temáticas, sin embargo, llegan a ser reiterativas. Algunos elementos recurrentes: descripciones sexuales explícitas, porros compartidos —a veces entre hermanas, a veces entre extraños—, corazones rotos —de jóvenes y grandes— y el crimen organizado —desde los ojos de las víctimas y los perpetradores—. Teroba escribió un breve compendio de cuentos en escenarios cotidianos que funcionan como su propia cotidianeidad.
El periódico de la democracia — Javier Cercas
Cercas ha llegado a ese nivel de talento y fama en que se puede dar el gusto culposo de escribir lo que le venga en gana y nosotros, sus lectores, podemos darnos el igual de morboso —mas no menos dichoso— placer de leer sus diatribas. Este librito de El País es, quizá, la mejor introducción a esa escritura de Cercas que sólo puedo llamar diatriba. Es un ensayo sobre la historia del periódico, sí. También es una recolección personal de todo lo que el periódico le ha dado y cuánto le ha dado en su formación. Más aún, es una cátedra del escribir como práctica y no como arte. Como en todo lo de Cercas, el tema central intriga, pero sus desviaciones te hacen querer con desesperación otro libro suyo.
El amigo muerto — Antonio Ortuño
¿Qué pasaría si la cotidianidad, la realidad social, los modismos, y los clichés de México fueran plasmados en una serie televisiva de misterio? Dado el terrible apoyo a las producciones cinematográficas mexicanas, la respuesta quedará pendiente; pero, de querer disfrutar una historia con ese estilo, tenemos la novela El amigo muerto. La lectura se la avienta cualquiera —joven o adulto y experimentado lector— de un sentón. Sus personajes atrapan, su trama también. Destacamos la capacidad de plasmar diálogos de manera totalmente convincente, con groserías por muletillas y albur conversacional. En más de una ocasión, detuvimos la lectura para reír. Así de envolvente. Ortuño nos presenta una serie de clichés que no son estereotipos, sino parte del contexto mexicano: Javi y Gina los fresas, el «guarro» de Maples —cuyo nombre real desconocemos—, Last el «joven veinteañero, jodido promedio», Carlitos el bulleado enclosetado, Gaby la becada y aspiracionista, Max el comerciante que anda en negocios turbios y, claro, una serie de padrecitos pederastas y encubridores. En la novela, los amigos intentan descifrar por qué uno de ellos fue asesinado. No es una novela de misterio común, sino una que se plantea cómo resolver un crimen con investigación amateur y la imposibilidad de recurrir a las autoridades. ¿Lo recomendamos? Sí, definitivamente.
Agradecemos a Planeta Libros, Sexto Piso, Concreto Editorial, Ediciones Níspero, Ediciones Piedra del Río y al Fondo de Cultura Económica por su amable contribución de libros que dan sentido a esta sección.

















