Este texto fue publicado en el volumen XIII de El creativo, nuestra newsletter de escritura literaria y cultura. Para recibirla directo en tu correo, suscríbete a Perpetuo:
Bolaño decía que los libros son cromos coleccionables. Hay algunos que nunca se leen y acumulan polvo en las estanterías de nuestras casas. En Perpetuo queremos quitar esa mala costumbre —de la tendencia al polvo, no la de nuestra predilección por Bolaño— y hemos dado un paso adelante en ello tras sumergirnos en la búsqueda de historias que avivar, estirando sus piernas para hacer que corran de la mano de ustedes, sus próximos lectores.
Esta nueva edición recopila textos de caras variopintas: ensayos, crónicas, poesía, novelas. En fin, lecturas que perduran más allá del adorno.
Sin más, les dejamos escoger su(s) cromo(s) favorito(s).
Si eres autor o tienes una editorial, ¡envíanos tus libros! Aquí los leemos, seleccionamos y reseñamos.

Crónica
Palmeras de la brisa rápida — Juan Villoro

Nos han malacostumbrado a que las historias de aventura deben ser en lugares recónditos, con muchas horas de viaje para el cuerpo; escalas, cambios de transporte, siestas en banquetas. Villoro no se va muy lejos: vuela de la Ciudad de México —entonces DF— a Yucatán, donde encuentra objetos de observación para sus ricas descripciones. Encabalgado en un viejo vocho, recorre el estado peninsular mexicano en una atmósfera de finales de los ochenta; en cada parada, el cronista narra lo que sus ojos escuchan en boca ajena y que enriquece al pensamiento propio. Revisita lugares visitados con anterioridad en relatos de su madre y de su abuela, yucatecas ellas, lo que le da un tono de viaje a los orígenes de su familia. Palmeras de la brisa rápida es un llamado a la curiosidad, a caminar con extrañeza los contextos cercanos, sean conocidos o estén por conocerse.
Psicopombos — Amelié Nothomb (traducción de Sergi Pàmies)

Para Nothomb, la biografía es algo más grande que una concatenación de hechos. Que tenga mayor ambición no implica que sea totalitaria en ambición. Estas, sus memorias, son mejor entendidas como el libro de una obsesión que hilvana los días de su vida. Su tema central, en realidad, son las aves y cómo de una fascinación infantil se convierten en una guía hacia el final de la vida —que, al escribirlo, no hay más que percatarse del hechizo que genera Nothomb para que una idea tan abigarrada suene coherente—. Lo atrevido no es la vida de la autora; más bien, es este cambio en la tradición biográfica: pensar en la vida como una unión que generamos por los temas que nos interesan. Imposible ver los pájaros de la misma manera al terminar. El lector sale con ganas de encontrar la metáfora propia para su vida.
Redada en una fiesta hippie — Rafael Cabrera

Redada en una fiesta hippie es una crónica, ante todo, entretenida. No reveladora, no particularmente profunda, pero sí una lectura de esas que te dejan picado página a página. Cabrera, quien se plasma como un férreo defensor de la mota, la libertad y la juventud inconforme, explora un suceso que hasta este libro sólo había sido superficialmente narrado: la redada en una casona de Las Lomas en la madrugada del 12 de febrero de 1971. El libro sirve como manual de lo que el periodista medianamente decente no debe hacer: caer en el amarillismo con fines lucrativos, irse con la versión oficial sin cuestionar y revictimizar a los implicados. La clase de ética periodística hace todo el sentido; Cabrera, además de autor, es profesor universitario. El único problema es con quien sea que haya realizado el trabajo de edición. En más de una ocasión, se repetían reflexiones y contexto previamente establecido. Faltaron unos cuantos recortes por ahí.
Ensayo
Antonin Artaud Obras selectas I — Antonin Artaud

Leer las obras de Artaud es, genuinamente, asomarse a la conciencia de un artista que parece estar «atravesado por el infinito» según la fórmula Michel Camus. La presente edición, fruto de la colaboración de Sexto Piso con la Universidad Autónoma Metropolitana, no se detiene en antologar; restituye, tanto la amplitud de una obra que resiste fácil clasificación, como el espíritu y la intensidad de una búsqueda artística que nunca supo apaciguarse. Acompañada por los escritos de Camus, Yébenes, Aurouet y Milán, la colección nos pone frente a pedazos enteros de su obra: la cáustica correspondencia, textos célebres como El teatro y su doble; y hasta sus cinetextos, acaso lo más interesante, donde se lee la obsesión del artista con ese medio en el que creyó, por un momento, capaz de traducir los sueños.
Del miedo y los extranjeros — George Makari (traducción de Ricardo García Pérez)

A veces nuestra historia parte de una palabra; en el caso de George Makari, esa es «xenofobia». Él, hijo de migrantes, se pregunta por los orígenes del término: ¿qué provoca la ruptura en el trato que el anfitrión da al viajero? ¿En qué momento el «extraño» comienza a ser el «enemigo»? ¿Es nuestro vecino un intruso? Su repaso histórico, filosófico y psicológico, lleno de revelaciones, es sagaz al momento de responder a estas y otras muchas cuestiones que explican el comportamiento de las sociedades modernas y sumamente polarizadas. El autor se remonta a la antigua Grecia, de donde nacen las raíces xénos y phóbos, mas no la xenofobia, y su recorrido va desde la conquista española de América hasta el Holocausto. Del miedo y los extranjeros, traducido al español por Ricardo García Pérez en esta edición de Sexto Piso y la Universidad Iberoamericana Puebla, es un llamado a comprender lo que está sucediendo actualmente en distintas partes del mundo; la mirada de Makari busca abarcar la historia personal desde un ángulo plural, consciente de que la xenofobia es un problema que hay que enfrentar de manera sistemática y desde varios frentes, dadas sus múltiples causas. Como bien concluye Makari, entenderla es un ejercicio de memoria; ergo, un ejercicio de responsabilidad.

Novela
Alicia nunca miente — Jorge F. Hernández

Jorge F. Hernández es un maestro del humor y la ficción que aquí empuña sus dos armas para luchar contra la crisis de nuestros tiempos, la de la simulación y la posverdad. Hace también Hernández un despliegue prodigioso de su conocimiento de la cultura popular, de leyendas urbanas, de anécdotas simuladas y amplificadas y del mundo de la publicidad. Así logra convencernos, ingeniosamente, de que todo o casi todo está sostenido por una mentira. Pero la novela de Hernández, desde su estructura, sus cambios de voz, sus listas y viñetas, parece redimir también, frente a los mentirosos, a los exagerados; frente a los embusteros, a los cuenteros; frente a la afirmación mentirosa, a la ficción honesta.
Cartografía de los dinosaurios — Vicente Alessandri Basaure

Cartografía de los dinosaurios es un juego. Uno en el que todos participan: lector, narrador, personajes. Es un juego, sí; lo es para adultos y niños; lo es en sus ires y venires temporales, en cada una de sus repeticiones; en sus balbuceos que el autor convierte en palabras que, al juntarlas, conforman algo hermoso. La inocencia infantil provoca tensiones en esta novela en la que cada pregunta tiene su trama, siempre alrededor de la vida fantástica del juego de los dinosaurios: esos que nacerán de las piedras que los niños siembran en el parque. Es, también, una historia de reencuentro: el de un padre que se perdió y una hija que lo esperó. Vicente Alessandri Basaure logra en esta novela —tal como señala la sinopsis en la contraportada de la edición del Fondo de Cultura Económica— algo dulce y brutal.
La biblia vaquera — Carlo Velázquez

Es sorprendente cuán confusa es esta novela de Velázquez —reeditada a casi veinte años después por Océano en un compendio de las obras del autor—; más aún, cuán fácil es de leer. La prosa de Velázquez te engaña. Toma un lenguaje sencillo para guiarte por absurdos que, al terminar cada sección, te hacen pausar y preguntar: «Bueno, ¿qué carajos acabo de leer?». Esa ha de ser la mejor definición de la Biblia Vaquera: una serie de historias que, en su ambigüedad, se prestan a la interpretación. Por algo, La Biblia Vaquera es, en iguales partes, la motivación de un luchador, un campeón de la tragadera y una mujer obsesionada con el deporte de depilar vellos púbicos. Y no, ninguna de esas frases es inventada; todas son parte de la narrativa del libro. El lector se queda entonces preguntándose el vínculo entre ellas —y evadiendo la tentación de decirse «son solo historias del norte»—. Impresionante cuán sencilla de leer es esta complicación narrativa. Vale la pena adentrarse para probar que, al menos en el norte, México sí que jugó al posmodernismo.
La mano que cura — Lina María Parra Ochoa

Una novela que le cae como anillo al dedo a esa generación que creció leyendo de magia con Harry Potter como referente. Los paralelismos están ahí: la niña de once años que descubre sus poderes; la guía de una mentora, Ana Gregoria, a la que poco le preocupa poner a su joven estudiante en riesgo; y hasta la presencia de una figura canina oscura que sigue a la protagonista. En este caso no es un animago, sino Babalú, un ser espiritual. Lo que hace la lectura disfrutable —y un tanto desconcertante— es que aparecen tantos símbolos de lo que folklóricamente entendemos como parte de la brujería o chamanería: leche de media noche, limpias, amuletos, círculos de sal, sacrificios de gatos negros; estos elementos disuaden la línea entre lo ficticio y lo documental. Pasando la página, inevitablemente nos preguntamos si, como Lina, contamos con «los poderes» y simplemente no los hemos canalizado. A través del misticismo en Colombia, explora los planos de nuestra existencia: la vida y la muerte. Para algunos, estos planos llegan a tener puntos de encuentro —a través de espiritistas o apariciones—, pero son espacios distintos. La novela nos lleva de la mano a aceptarlo y a ver a la muerte como fuente de aprendizaje. En ocasiones, como la única cura.
Lázar — Nelio Biedermann (traducción de Alberto Gordo Moral)

Biedermann escribió el borrador de una gran novela. Lamentablemente, se queda en la teoría sin llegar a materializar la épica familiar. Su revuelo en Europa se puede entender dado a la inusual combinación de talento literario —un par de oraciones, genuinamente, merecen su sitio en los anales de la literatura— con la escasa edad de Biedermann. Pero el genio de sus oraciones no se traduce al de su estructura. La novela se pierde entre la ambición de una historia intergeneracional y el detalle histórico que entra con minucia relativa pero insuficiente. Biedermann parece saber lo que se requiere para contar una gran historia pero, como aquel que se encuentra ante un gran paisaje, se ve perdido por sus detalles infinitos. En un esfuerzo por hacerlo todo, termina perdiéndose. Lázar tiene un par de oraciones que se sienten como poesía, pero no es un poemario; tiene personajes que, asumes, llegarán a proporciones épicas, pero no lo hacen; y una trama histórica que supera la narrativa una y otra vez. La historia de Lázár se pierde, pero da, en momentos contados, la impresión de volver por el buen camino. Le auguran cosas buenas a Biedermann; le vendría bien leer a García Márquez.
Poesía
Bruma — Cielo Uscanga

Uscanga demuestra que el poemario puede ser más que una recolección de versos. Varios de los poemas que aparecen en Bruma llegaron a Perpetuo en borrador; publicamos, entre ellos, el que se titula «Machín» hace ya meses en una edición de El creativo. Al leerlo ahora, con otros poemas suyos, deja de ser un testimonio personal. Se lee, en conjunción con «Ana», como una oda al pasado; también, al emparejarlo con «Patria», como un testimonio de los vicios de México como país. Todo mientras, a su vez, opera como un apunte de la vida de Uscanga pasando de México a Estados Unidos, de historiadora a poeta, de licenciada a académica. Su poemario es una obra de la yuxtaposición; cada poema es una bruma que se pone sobre el poema siguiente y cambia su interpretación. Quizá es leer de más, pero es una lectura esperanzadora. Hace creer que los poemarios pueden ser más que una colección de versos escritos en tiempos dispares: son, mejor dicho, una conversación entre partes distintas de una misma vida.
La mata — Eliana Hernández

Lo de Hernández es una nueva frontera poética. Su sujeto es el problema perenne de Colombia: la violencia. Su método, es el de la verdad que baila con el verso. Usando los testimonios de víctimas en uno de los tantos ataques contra grupos guerrilleros, logra contar en poema lo que pertenecía solo a informes de la verdad. Evolucionan los versos; pasan de la experiencia individual a la mirada colectiva y al esfuerzo de mantener la historia de los hechos. Sirve de testimonio a la ambición del español en el siglo XXI. Si los rusos contaron el Eugene Onegin en verso, Hernández se atreve a contar la reciente historia de Colombia con el mismo método. Deberían haber poemas como el de Hernández para el problema del narcotráfico en México, la debacle político de Venezuela o los conflictos agrarios en la amazonía. Que este sea el primero de una tradición que, por falta de mejores palabras, habrá que llamar la épica del siglo XXI.
Poesía reunida — Esther Seligson

La poesía de Esther Seligson es de profunda búsqueda. En ella inventa su mapa, su lenguaje, su ritmo. Leer a Seligson es explorar las posibilidades del enunciado, de la vida a través de la palabra. Esta edición de Elefanta pone por primera vez juntas todas sus preocupaciones y hace de ese prisma de emociones que busca Seligson un solo universo creativo. Puesto así, parece de una enorme consistencia y profundidad, desde el intenso viaje sensorial en Diálogos con el Cuerpo (1981) a la alquimia del dolor que ensaya con Simiente (2004): «no basta con suicidarse». Entre estos dos poemarios hay varios tonos para Seligson, pero se unen por una metafísica que se desarrolla en cada salto de línea, en cada verso aspirado: «y sueña su andar inconcluso,/ travesea,/sin conciencia de su fuego arde».
Agradecemos a Anagrama, Océano, Planeta Libros, Sexto Piso, Concreto Editorial, Ediciones Níspero, Ediciones Piedra del Río y al Fondo de Cultura Económica por su amable contribución de libros que dan sentido a esta sección.


















