Atravesamos unos tiempos calamitosos imposible hablar sin incurrir en el delito de la contradicción-Tiempos modernos, Nicanor Parra
I
Tijuana es una ciudad que, hasta mi amistad con Omar, sólo consideraba de paso. Incluso, a pesar de esto, durante dos años di largas a las invitaciones para conocerla: minucioso como soy con mis gastos para viajes, no veía ningún atractivo en ella; poseía el prejuicio de lo bonito y de lo feo. Finalmente, entre la culpa por el rechazo inicial a conocer el entorno de mi amigo y la motivación gastronómica que utilizó para persuadirme, organicé mi visita para el puente de septiembre, durante las festividades independentistas del frágil orgullo nacional.
Cierto es que Tijuana no me pareció una ciudad particularmente bella —en cuanto a arquitectura y diseño urbano—, pero cierto es también que existe una belleza particular en las historias que entre sus calles se respiran. No sólo eso: es una ciudad con vida, con arte, con luchas. Es una ciudad multicultural. Es violenta, es amable, es trabajadora. Es una de las ciudades, también, de El Muro.
II
El Muro, esa enorme valla de seguridad que divide parte del territorio de Estados Unidos con el de México —y no al de México con el de Estados Unidos, puesto que la intención nunca vino del sur—, no es El Muro si no se contempla como es debido; esto es: viajar a Tijuana; más específicamente: viajar a Playas de Tijuana. Ahí, los barrotes de acero, de entre cinco y nueve metros de altura, se sumergen en el Pacífico, cortando el paso en un litoral con dos pasaportes.
En La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, Walter Benjamin, filósofo alemán, escribe sobre lo auténtico, sobre el aura y la reproductibilidad teniendo como su objeto la obra de arte; entre las disputas: cómo la masividad ha alterado la recepción y percepción de ésta —en su caso, con el cine—. Pero los años han pasado y el objeto no puede limitarse únicamente a la obra de arte. El mismo filósofo ejemplifica cómo el aura de una montaña puede sentirse a través de su sombra. Sucede así con El Muro.
Al contemplar El Muro sucede lo mismo que con la montaña aludida por Benjamin; así también con la Torre Eiffel, el castillo de Chichén Itzá, el Coliseo Romano, el Empire State o las calles acuáticas de Venecia: tomando conciencia de su aura —ese brote de energía que combina tiempo y espacio para crear expectación— el estómago da un vuelco que nos recuerda cuán minúscula es la existencia individual, pues tales monumentos han prevalecido por sobre generaciones enteras.
No obstante, El Muro no es como la montaña, pues trasciende lo natural; porta más un título de monumento, se sienta en la misma mesa que otros tantos, ya sea en París, Yucatán, Nueva York, la capital romana o en la de Véneto. Empero, El Muro igual trasciende al monumento. No es un lugar para tomarse fotografías, a pesar de que miles lo hagan —para retratar o retratarse—. Su función no es adornar, si bien millones lo contemplan como algo casi decorativo, tan inmiscuido en la identidad moderna-reciente que su ausencia podría provocar extrañeza. Su estética es, en realidad, la del miedo, la nostalgia. Para algunos, también lo es de la esperanza.
El Muro es un cúmulo de sentimientos. Si bien no es una obra de arte, en él existen expresiones artísticas. Si esto no es suficiente, se puede señalar el fondo ritual que miles de personas realizan al visitar El Muro sin la intención de cruzar, sino recordar u honrar memorias. Sin embargo, El Muro también es política: una política en boca de todos, aunque sólo en la mirada de unos cuantos. En El Muro, por tanto, el aura aparece y desaparece mediante la indiferencia de la imagen que nace por medio de su lejanía virtual: ¿cuántos aquí lo han contemplado? Hasta hace poco, yo ni siquiera lo conocía fuera de la prensa o las redes sociales.
Para Héctor, otro amigo tijua, el énfasis de El Muro está en la nostalgia. Durante algunos años, antes del primer gobierno de Donald Trump, la Puerta de la Esperanza se abría de una a dos veces al año en Playas de Tijuana para que familiares separados pudieran convivir y observarse, intercambiar palabras, abrazos, algunos regalos. Luego se cerró, se reforzaron con acero los barrotes y ese pasado es ahora una ilusión. Para quienes venimos de lejos, muy al sur de la frontera norte, contemplar El Muro y escuchar aquello, ante la situación actual, suena a fantasías.
III
Hablemos un poco más sobre el valor artístico, ritual y político de El Muro. En realidad, el arte que en él subyace sólo se encuentra en tramos pequeños. El más emblemático es ahí, en Playas de Tijuana, donde acompaña al corredor que atraviesa el llamado Parque de la Amistad —una amistad no recíproca— y el cual llega hasta el mar, bien adentro, para que ningún soñador pueda superar el embate de las olas.
Desde hace algunos años, artistas se han reunido en aquel tramo. A unos tantos kilómetros de distancia, es visible la ciudad de San Diego. Sobre los barrotes de acero se comparten en el lienzo algunos rostros de personas deportadas, cuya historia puede leerse escaneando un código QR. También: una paloma blanca, corazones, la Serpiente Emplumada, El Principito de Saint-Exupéry o una enorme águila que alude a la profecía Kumiai, cultura originaria que ha habitado la región mucho antes de las divisiones fronterizas. Éste último tiene por nombre Abrazo Mutuo: un abrazo a suceder cuando el águila y el cóndor se reencuentren, un reencuentro que llevará paz a todo territorio de las Américas. Irónicamente, supe investigando por internet, fue financiado desde Estados Unidos —cuyo gobierno se niega a abrazar— y visto con indiferencia desde México —que insiste en el abrazo—.
Debo echar un paso hacia atrás: no me agrada generalizar un estado de ánimo tal como la indiferencia. Cada día, miles de personas contemplan El Muro. Al hacerlo, la imagen del ser querido vivo, desaparecido o muerto toma por asalto la memoria. A los rostros deportados en pintura acompañan cientos de nombres sin rostro, escritos en distintos tamaños y colores. También hay numerosos carteles de se busca. Unos tienen retrato; otros, no. Cuando se observan, un nuevo vuelco en el estómago pide a gritos contemplación; empero, la lejanía en ellos no es visible a través de ninguna sombra, sino por medio de algo más… fantasmagórico. En estos nombres, pienso, yace el ritual: familiares, amigos o conocidos los han colocado para que su recuerdo circule en El Muro. Aquí, donde los muertos suelen vivir más allá de la muerte, el peregrinaje de las ánimas sólo será interrumpido por el olvido.
Lo cierto: la esencia de El Muro es política. Las obras artísticas en sus barrotes están por que él existe; por él es que significan. El ritual peregrino de los vivos y los muertos se da porque él existe. Y si bien Trump lo toma como promesa de gobierno, cierto es también que desde 1994 forma parte del imaginario colectivo migratorio.
Sucede, además, algo curioso: del lado mexicano hay carteles en inglés que agradecen a los veteranos del ejército gringo por su labor. Según dan a entender, protestan por la deportación de sus antiguos reclutas naturalizados. En él, mencionan algunos de los Peligros de deportar a veteranos estadounidenses —con ascendencia de otro país—, entre los cuales destacan que existe la posibilidad de que enfrente cargos penales en su país natal por los servicios prestados en la guerra; y que existe la posible exposición a la jurisdicción de la Corte Penal Internacional (aunque Estados Unidos no participe) o de los tribunales de sus países de origen por presuntos crímenes de guerra cometidos mientras vestían el uniforme estadounidense.
Vaya, la ironía se cuenta sola: protestar contra la deportación ante el miedo a represalias por crímenes que el uso del uniforme ampara… siempre y cuando la nacionalidad y el territorio donde se habite lo permitan —como es el caso del país de la libertad y la justicia—. Además, ¿qué hace del lado mexicano algo que, da la impresión, tendría que estar del otro? Se me ocurre una respuesta: la proximidad. En Playas de Tijuana, la gente convive con El Muro a diario; también, un poco más al este, en Tijuana y San Ysidro. Mas en el paraje inmediato a la costa mexicana, al otro lado de El Muro, no hay nada: acaso, quizás, sólo aquellos que viven para vigilarlo.
El lienzo de El Muro no nace del arte, nace de la política. A su reproductibilidad —es decir, a su capacidad de ser reproducida y difundida por las masas— concierne esa paradoja que supone lejanía en el discurso sin proximidad hacia el objeto de éste, como una obra invisible. Y, sin embargo, El Muro no escapa de su calidad de objeto artístico, pues en esta modernidad la política, al tiempo que limita al arte, lo motiva.
IV
Una pregunta nace de mis entrañas como ente ajeno a la razón misma de ser de El Muro: ¿su función artística y ritual justifica su esencia política? Cualquier respuesta contraria a no podría llamarse romanticismo. También una aceptación de la realidad: El Muro existe, a pesar de los supuestos. ¿Es resiliencia, pues, la solución? Cualquier respuesta similar a sí es tan humana como terrible. Esto, claro, según cómo entendamos resiliencia: si se concibe como un pese a lo que pase, seguiré ahí, entonces podría, incluso, convertirse en factor de resistencia; antes bien, si se plantea un sinónimo con resignación, termina por evocar pasividad y conformismo: una mirada indiferente a las causas; un discurso para tapar la grieta, sin arreglarla. Este es el caso que compete a nuestro texto. Es así como volvemos a Benjamin: El Muro como digno representante de la estetización de la política perpetrada por las doctrinas totalitarias.1
Muy a pesar, la resiliencia-resignación no es el único camino. Ante la existencia de El Muro, queda entender su aura. Hacerlo brinda esperanza, esa misma que sintieran los migrantes con sus familias, una o dos veces al año, a través de una puerta en Playas de Tijuana.
Entender el aura encauza un recuerdo: mientras éste persista, uno nunca dejará de luchar por la espera —tesoro tan codiciado en épocas de la inmediatez—. Fe, le llaman algunos: la seguridad de que el tiempo oxidará cada tramo hasta tumbar la valla completa. No obstante, es un camino difícil y lleno de angustias kierkegaardianas2 que hacen tambalear a la fe. Sabernos ante El Muro evoca un qué hicimos para, sumado a un qué haremos: la duda perfecta que acecha el pecado. Y este, para la lucha, no es otro sino la resiliencia-resignación.3
A su vez, una reproductibilidad de El Muro encauza la pérdida de su aura —o bien su extrema politización—. Consiste en resignarse totalmente a su razón de estar y ser, suprimiendo toda bondad del término resiliencia. La resignación no llega si se vive día a día frente a El Muro: viene de lejos. Por eso la importancia de su contemplación: una fotografía no comprende de nostalgias. Al menos no en la prensa, al menos no en las redes. Ahí se pierde entre tantas otras. Normaliza lo anormal; hace de la omisión lo cotidiano: resignarse confiere olvidar cada por qué de nuestros pasos. Confiere, también, negar los pasos que se han dado. Por tanto, confiere sellar el camino de las ánimas.
Enfrentamos tiempos calamitosos. El hic et nuc, el aquí y ahora, nos ha quitado los tapabocas. Lo mismo ha hecho con la capacidad de voltear a ver, observar, contemplar. Las historias de Instagram, Facebook, WhatsApp, Tiktok nos roban la vista, nos dejan ciegos. Sin embargo, en éste país de El Muro, los dolientes y sus muertos no se dejan engañar.
Debajo del retrato de otro Benjamín, tildado en la i y de apellido Netanyahu, reza un elegante y bien atribuido encabezado en inglés: FASCIST. A un costado, ya sea por mera causalidad o espléndida casualidad, reza con justicia otra leyenda: Antes estaba todo bien y era MENTIRA; ahora estamos mal pero es VERDAD. Esa es la conciencia que puede dar la comprensión de El Muro en su dimensión total, en plena contemplación de su aura, pues la ironía, siempre y cuando suscite una búsqueda y/o una espera, evitará la hibernación de los despiertos.
Alonso Millet es escritor y editor en Perpetuo. Quiso ser pirata; terminó jorobado, con lentes y entre garabatos. Le gustan las biografías. Fantásticas y eróticas nomás.
Walter Benjamin, Escritos franceses. La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (Buenos Aires: Amorrortu Editores, 2012), p. 198.
Kierkegaard, en El concepto de la angustia (Ediciones Austral, 1967), entiende la angustia como “[...] la realidad de la libertad como posibilidad antes de la posibilidad” (p.43); es decir, la apertura radical de la elección y, por tanto, una antesala al pecado, concebido como la desesperación y el alejamiento de Dios —o bien, el objeto de la fe—. En Temor y temblor (Greenbooks editores, 2019), el danés ilustra esta concepción a través del caso de Abraham; y es que, ¿no habría cambiado drásticamente la cosmovisión judeocristiana si éste hubiera dudado en sacrificar a Isaac, si hubiera puesto en juego su fe?
Aquí me permito caer en aparente contradicción respecto al uso kierkegaardiano de la resignación. El filósofo danés utiliza el término en una amplitud mucho mayor a la mía, llamándole resignación infinita, la cual constituye “[...] el último estadio que precede a la fe” (p.156): un movimiento activo que abre la posibilidad de la acción —aunque sin garantizarla—. Mi planteamiento, en cambio, introduce la noción de una resignación finita, más pasiva, que rehúye a toda posibilidad y, en consecuencia, también a la angustia y a cualquier posibilidad de trascendencia. Como señala Kierkegaard: “Si el individuo engaña a la posibilidad [...] no llega nunca a la fe” (1967, p.154). En este sentido, nuestra resignación —a diferencia de la del filósofo— implica traicionar la causa de la fe que pregonamos: aquella que exige no dejar de creer ni de luchar por los encuentros y las posibilidades que se ven limitadas por la existencia de El Muro.





Muy buen escrito. Muchas felicidades