Los Miserables, novela publicada por Victor Hugo en 1862, es al mismo tiempo una oda a la revolución, una aventura de amor, un manifiesto político, y un debate teológico. Hilvanando estas historias, sobresale un elemento siempre constante: la pregunta de la redención ¿Puede un malhechor, un hombre nefario y desgraciado (que roba a un obispo dadivoso y a un niño indefenso) reformarse? ¿Es un auténtico “miserable” capaz de mutar en un ser noble y respetable? ¿y viceversa?
La capacidad o incapacidad humana de “transformarse” entrama profundas consideraciones filosóficas — ¿existe tal cosa como la naturaleza individual y es ésta inmodificable? ¿Es el ser humano libre de pensar y actuar según dicte su conciencia? Más aún ¿es libre de decidir lo que ésta dicta? recordemos la fórmula de Schopenhauer: “un hombre puede hacer lo que quiere, pero no querer lo que quiere”.
No se debe responder a estas preguntas con mirada abstracta, sino plantearlas en términos concretos: ¿puede un ex-convicto convertirse en un ciudadano de valor para la sociedad? ¿Es un joven sin educación, sin recursos, y sin apoyo familiar, verdaderamente libre en su actuar? Victor Hugo nos demuestra a través de Jean Valjean, que estas preguntas no deben constreñirse a discusiones doctrinales. Los supuestos que toda sociedad adopta en torno a la naturaleza humana conllevan implicaciones reales y determinan, entre muchas cosas, el trato que se da a los criminales.
La sociedad francesa del siglo XIX, por ejemplo, casada con el supuesto ontológico de que la naturaleza humana es inmutable, condena a Jean Valjean a diecinueve años de “esclavitud y tortura”, sólo para después arrojarlo como hombre libre a un mundo sin libertad: es obligado a portar un pasaporte amarillo que lo tacha de “hombre peligroso”, negándole toda oportunidad de trabajo, de asilo, de amistades, y por encima de todo, de redención—entiéndase la oportunidad de una nueva vida—.
Considerado causa perdida por todos quienes atisban su pasaporte amarillo, Jean Valjean se repliega en su odio y encarna la identidad impresa en el desdichado documento. La percepción de que, como ex-convicto, es incapaz de reformarse lo arrincona, paradójicamente, a redoblar su odio ante la sociedad y convertirse en el criminal desdeñable que ésta lo creía:
“Así, de padecimiento en padecimiento, llegó a la convicción de que la vida es una guerra y que en esta guerra era él el vencido (…) El punto de partida, como el de llegada de todos sus pensamientos, era el odio a la ley humana.”
La ontología de Victor Hugo es a todas luces Rousseauniana: según su visión el hombre es noble por naturaleza, son la sociedad y el destino quienes lo corrompen. Jean Valjean robó un pan para alimentar a su hermana y sobrinos; padeció como consecuencia diecinueve años de trabajo forzado. Fue dado de alta sólo para rendirse ante una sociedad hostil al perdón y negada a la misericordia. Los años de abuso en el presidio, así como los primeros días tras su liberación, lo tornaron en un hombre vil—o a lo menos en un hombre de actos viles—. Victor Hugo siembra la incógnita:
“¿Puede la naturaleza humana transformarse por completo? El hombre bueno, creado por dios, ¿puede ser maleado por el hombre? ¿Puede ser el alma reformada completamente por el destino y volverse mala si el destino es malo?”
La respuesta se devela en la afirmación “Jean Valjean no tenía (…) una naturaleza malvada. Era todavía bueno cuando entró en presidio. Condenó a la sociedad y sintió que se volvía malo”. Jean Valjean, como tantos otros, no es más que la desafortunada víctima de una profecía auto-cumplida. Hombre bueno acusado de malvado y tratado como tal, abraza la actitud que le fue imputada.
Tras su encuentro con el obispo, Jean Valjean se deshace de la cadena que significaba el pasaporte, cambia de nombre y desecha su antigua identidad. Sólo así logra transformar su vida, convirtiéndose en empresario y alcalde. La condición necesaria para reformarse fue un borrón y cuenta nueva ante la sociedad; de haber mantenido su nombre el mundo le habría sido perennemente hostil y el patrón se habría perpetuado hasta su muerte.
Se trata de un sistema que asume, al igual que Javert (detective que lo persigue a lo largo de los años) que un criminal siempre lo será y que por consecuencia la única ruta de acción viable es la punitiva. Paradigma que resulta contraproducente, no sólo en la vida de nuestro personaje, sino también en la de tantos otros invisibles (aunque reales) a lo largo de los siglos. Es un ciclo perverso dentro de un sistema que concibe el castigo como fin en sí mismo, negando toda posibilidad de metamorfosis ética.
Sin más, la severidad hace crecer la semilla del odio y trastorna al “estúpido en perverso”, según lo enuncia Jean Valjean cuando se inculpa ante el jurado. En ese discurso Victor Hugo plasma su postura acerca de la libertad, el castigo y la redención:
“Hay razones para decir, como han dicho, que Jean Valjean era un miserable, malvado; pero quizá no sea suya toda la culpa (…) El presidio hace al presidiario. Háganse cargo de esto, si quieren. Antes de ir a presidio, era un infeliz aldeano, muy poco inteligente, casi un idiota; el presidio me cambió. Era estúpido, me volví perverso; era un pedazo de leño, me volví tizón. Más tarde, la indulgencia y la bondad me salvaron, de igual manera que la severidad me había perdido. Pero perdónenme, pues no pueden comprender lo que yo digo.”
Desmembremos este extracto para aproximar la opinión de Victor Hugo al respecto de los temas ya mencionados:
1. “Jean Valjean era un miserable, malvado; pero quizá no sea suya toda la culpa.”
Victor Hugo intenta decirnos algo: ¿quién comparte la culpa si ésta no es enteramente del criminal? La pregunta se presta a dos lecturas, entre sí complementarias.
En la primera, el “quizá no sea suya toda la culpa” se presenta como acusación. El autor se dirige a sus lectores con la insinuación de que todos tenemos la culpa, recordándonos que como sociedad cargamos con la responsabilidad compartida de brindar igualdad de oportunidades a todos quienes la conforman. ¿Será que el fracaso en este menester nos hace cómplices en el infortunio de aquellos menos favorecidos? De nuevo, combinando sus dotes de filósofo y novelista, Victor Hugo da voz a su opinión en la reflexión de Jean Valjean, quien
“se preguntó si la sociedad humana podía tener el derecho de hacer sufrir igualmente a sus miembros, en un caso por imprevisión racional; en otro por su impía previsión; apoderarse para siempre de un hombre entre una falta y un exceso; falta de trabajo, exceso de castigo.
Si no era injusto que la sociedad tratase así precisamente a aquellos de sus miembros peor dotados en la repartición causal de los bienes, y por tanto, a los miembros más dignos de consideración”.
La crítica es contundente. Aquellos que padecen “falta de trabajo” son retribuidos con “exceso de castigo”, cuando deberían en cambio ser “los miembros más dignos de consideración”. Victor Hugo comprendía, ya en 1862, que para juzgar a todos con la misma vara hay que antes dar a todos el mismo piso; de lo contrario se intuye una injusticia.
Esta lección no ha perdido vigencia, basta con ver de ejemplo el trato que se da a los drogadictos en casi todos los rincones del planeta. Existe amplia evidencia de correlación entre drogadicción y abusos o traumas durante la infancia. ¿Cuál es la respuesta preponderante en las sociedades modernas? Castigo. Reclusión. Humillación. El adicto huye de un mundo que le es indeseable, por no decir insoportable. La reacción del estado, irremisiblemente punitiva, da aún mayor motivo para rehuir la vida a través de la intoxicación.
En su libro Chasing the Scream, Johan Hari argumenta que el fracaso de la guerra contra las drogas a nivel global se debe en gran parte a esta incomprensión. A los adictos se les destierra de la vida en comunidad cuando son precisamente a quienes deberíamos atender con mayor compasión y dignidad. En palabras de Victor Hugo, los miembros de la sociedad “más dignos de consideración.”
Una segunda lectura del “quizá no sea suya toda la culpa” concierne la pregunta del libre albedrío. Tal vez Jean Valjean no es enteramente culpable pues no es enteramente consciente de las fuerzas que guían sus acciones y por consecuencia no es enteramente libre en su actuar. ¿Tiene libertad alguien cuya hermana y sobrinos pasan hambre y se encuentran al borde de la muerte? Aterrizando a un contexto más generalizado ¿tiene libertad en su actuar un niño con padres alcohólicos, sin educación, y cuyo único medio de supervivencia — e identidad — se encuentra en su pertenencia a una pandilla o cartel? En casos más extremos, ¿es libre en su actuar alguien con un tumor en la amígdala — parte del cerebro encargada, entre otras cosas, de contener pulsiones violentas y reconocer pautas sociales? En código con este razonamiento, algunos filósofoscontemporáneos sugieren que el criminal podrá ser culpable pero nunca responsable.
El neurocientífico y filósofo Sam Harris argumenta en su libro Free Will que, si bien hoy exculpamos a individuos por tener tumores cerebrales que vulneran su buen juicio, pronto reconoceremos que todo acto criminal está previamente determinado por la composición neuroquímica, entre otras variables, del acusado. En el mismo espíritu, David Eagleman, también neurocientífico, propone ejercicios para ayudar a convictos a fortalecer las redes neuronales asociadas al razonamiento de largo plazo, así permitiéndoles tomar mejores decisiones.
Absurdo sería suponer que Victor Hugo previó los avances neurocientíficos que hoy permiten absolver, (en ciertos casos controversiales) criminales de todo tipo. Menos drástico es afirmar que intuyó el trasfondo detrás de estos desarrollos; es decir la existencia de limitantes al libre albedrío. En efecto, Victor Hugo se cuestiona acerca de si Jean Valjean tenía conciencia del porqué de sus acciones y, como implicación lógica, acerca de si tenía control sobre su comportamiento.
“Aquel hombre rudo ¿se había dado cuenta clara de la sucesión de ideas por la cual había ido, grado a grado, subiendo y bajando hasta los lúgubres espacios que formaban desde hacía tantos años el horizonte interior de su espíritu? ¿Tenía conciencia completa de todo lo que había pasado y de cuánto había removido?.”
Existe una diferencia importante a trazar entre Victor Hugo y Sam Harris: para el autor de Los Miserables la libertad existe pero de forma irremediablemente constreñida. Para el autor de Free Will la libertad es una ilusión, hecho que según él, nos será inescapable con el pasar del tiempo y con la acumulación del conocimiento en genética y neurociencia.
¿Existe entonces el libre albedrío? Lamento decepcionar. No osaría ofrecer una conclusión definitiva, probablemente nunca la habrá. Recordemos que para Immanuel Kant esta pregunta constituye una de las cuatro antinomias de la razón pura, aquellas incógnitas que rebasan los alcances del raciocinio.
Independientemente de su existencia o inexistencia, la ciencia ha confirmado la intuición inicial de Victor Hugo: la libertad está más confinada de lo que los sistemas judiciales y penitenciarios se dignan a admitir. El ser humano no es enteramente libre lo cual debería bastar para cargar mayor culpa sobre la sociedad, el sistema, o como quiera llamársele y menos sobre el individuo. Vale la pena reiterarlo: “Jean Valjean era un miserable, malvado; pero quizá no sea suya toda la culpa.”
2. “El presidio hace al presidiario. Háganse cargo de esto, si quieren.”
El entorno importa. Ni tú, estimado lector, ni yo, ni nadie, es la misma persona en un entorno de paz o de guerra; bajo un gobierno democrático y bajo uno autoritario; en libertad y en presidio. Fácil sería optar por una visión del mundo según la cual existen los buenos y los malos optar por la postura maniquea según la cual el mal es una propiedad inherente a ciertos miserables, de la cual el resto de los afortunados fuimos absueltos. Difícil, en cambio, es internalizar la visión de la maldad propuesta por Victor Hugo, según la cual la perversidad es un fenómeno situacional ante el cual todos somos vulnerables en función de las circunstancias.
De nuevo, el autor de Los Miserables anticipa la pléyade de evidencia, tanto histórica como experimental, que postula la vileza como una propiedad del contexto y sólo en menor grado del agente; así confirmando su intuición, un siglo a la zaga.
El famoso experimento de la Prisión de Stanford apunta hacia esta conclusión. En 1973 el Dr. Philip Zimbardo creó una cárcel en un sótano de la universidad de Stanford. En ella asignó aleatoriamente a estudiantes “normales, sanos e inteligentes” los roles de carceleros o prisioneros, insertándose “en un entorno carcelario en el que iban a vivir varias semanas”. El ejercicio se canceló al cabo de cinco días a causa de consideraciones éticas, a la postre de que los carceleros degradaran y violentaran a los reclusos de forma sistemática.
Zimbardo observó cómo una estructura perversa puede convertir a un ente bueno en alguien vil en cuestión de cinco días. Jean Valjean, recordemos, pasó diecinueve años en presidio.
Zimbardo concuerda con Victor Hugo en que un sistema desquiciado convierte al ingenuo en malvado. Recordando las palabras del novelista, Zimbardo nos sugiere que el contexto o el sistema—el presidio en el caso de Jean Valjean—tienen el poder de convertir a cualquier santo en demonio.
3. “La indulgencia y la bondad me salvaron, de igual manera que la severidad me había perdido.”
De igual forma en que el contexto corrompe, la bondad corrige. Al decir que “la indulgencia y la bondad [lo] salvaron,” Jean Valjean hace referencia al obispo a quien años atrás robó unos cubiertos de plata, después de que éste le brindara asilo y comida. En lugar de exigir castigo para el ladrón, el obispo dice a los gendarmes que los cubiertos fueron un obsequio y ordena que lo dejen libre. A los cubiertos el obispo agrega unos candelabros de plata, su más preciada posesión material, susurrando al ex-presidiario las siguientes palabras:
“Jean Valjean, hermano mío, vos no pertenecéis al mal, sino al bien. Yo compro vuestra alma; yo la libro de las negras ideas y del espíritu de perdición.
El obispo se presenta como el primer personaje en ver a un hombre más allá del pasaporte amarillo. Tras este encuentro, Jean Valjean pasa por un limbo entre identidades, durante el cual no come, no bebe y en su crisis roba una moneda a un niño. Al recordar las palabras del obispo, llora por primera vez en diecinueve años, momento en que enuncia las palabras que darían título a la obra: “soy un miserable.”
A partir de ese episodio, comprende que “le sería preciso renunciar al odio que había alimentado en su alma por espacio de tantos años” y se compromete a “librar una lucha colosal y definitiva entre su maldad y la bondad del anciano sacerdote.” El obispo detona la metamorfosis que llevaría a Jean Valjean a “ocultar su nombre y santificar su vida,” convirtiéndose en empresario magnánimo, alcalde ecuánime, y padre ejemplar.
De ahí Victor Hugo nos ofrece una conclusión un tanto melosa, mas no por ello menos válida: los “Jean Valjeans” del mundo son reformables si tan solo cuentan con la bondad e indulgencia que le fueron mostradas al Jean Valjean de la novela. Siguiendo el razonamiento Rousseauniano del cual Victor Hugo claramente es adepto, la maldad es un desvarío de la naturaleza humana, producto de sistemas severos más que de voluntades perversas. Al “comprar su alma”, el obispo sustrae a Jean Valjean de aquel vórtice y le permite empezar de cero.
Algunos países han acatado las lecciones de Victor Hugo y de su obispo ficticio. Notablemente, Noruega optó desde hace más de veinte años por la rehabilitación y la reinserción como el eje rector de sus programas penitenciarios. Las “prisiones” noruegas se conciben como centros de rehabilitación. Todo tipo de criminales, desde asesinos hasta narcomenudistas, gozan de clases de yoga, pintura, música, deportes, entre otras actividades dedicadas a la persecución de un telos. Si bien nuestra reacción inicial ante esta política es incrédula y vengativa, propia de Javert (“cómo otorgarle tales lujos a asesinos?”) un vistazo más profundo a los resultados exige mayor consideración. Por dar una cifra, la reincidencia criminal en Noruega disminuyó 20% después de tan solo dos años y cerca del 25% al cabo de cinco años de pasar estas reformas.
Are Hoidal, director de la prisión de Halden, explica que Noruega ha trocado el castigo por la rehabilitación, desembocando en un rol radicalmente distinto para los carceleros:
“No somos guardias,” dice Hoidal, “somos ‘oficiales’ de prisión y, por supuesto, nos aseguramos de que los internos cumplan su condena, pero también les ayudamos a convertirse en mejores personas. Somos modelos a seguir, entrenadores y mentores.”
Queda patente que los oficiales de prisión en Noruega cumplen una función más afín al obispo de Los Miserables, que al Javert que prepondera en casi todos los rincones del planeta. Si bien el sistema escandinavo es difícilmente extrapolable por un sinnúmero de consideraciones prácticas (entre ellas población y costos), provee una lección invaluable: la bondad, la empatía, y la rehabilitación funcionan — y vale la pena explorarlas como alternativas dentro de las limitantes materiales que impone cada jurisdicción . El castigo como fin en sí mismo, si bien satisface un impulso primordial de justicia, ofrece resultados contraproducentes tal y como lo hizo en el caso de Jean Valjean. En cambio, “la indulgencia y la bondad” salvan.
4. “Pero perdónenme, pues no pueden comprender lo que yo digo.”
Victor Hugo sabe que sus ideas habitan un espacio temporal distinto al de su cuerpo físico. Entiende que sus lectores no dimensionan aquello que él intuye y en su rebeldía rompe la cuarta pared para que, en cuanto Jean Valjean pida disculpas al jurado, el autor ofrezca a su vez disculpas al lector. Resulta chocante que, si bien anticipaba incomprensión por parte de su público coetáneo, el mensaje sea igualmente ajeno a un público 160 años adelantado. El paradigma reinante es el mismo— aquel que humilla y no perdona; aquel que segrega y no reintegra; aquel que culpa y no reforma—.
La historia de Jean Valjean podría bien contarse en la mayor parte de las sociedades modernas. Los sistemas penitenciarios contemporáneos arrastran los mismos prejuicios desde hace siglos, principalmente aquél de concebir al delincuente como alguien condenado a repetir sus errores, y por consecuencia a existir irreparablemente como paría. La ideología reinante sigue siendo aquella de Javert, quien sostiene que los criminales son inherentemente viles, sin cabida para su rehabilitación y consecuente reinserción en sociedad. Su actitud intransigente, severa, y apática, se ve encarnada en prácticamente todos los sistemas penales de nuestra era.
El denominador común es uno de carácter filosófico: negar la capacidad que tiene el ser humano para cambiar, reformarse, y corregir su camino. Transicionar hacia sistemas penitenciarios más humanos exige retar la noción de que la naturaleza humana, y con ella la bondad y la maldad, son estáticas e irremisibles. Encontramos en Los Miserables una lectura obligada para todos quienes nos preocupamos por reformar el paradigma penitenciario-punitivo, y para todos aquellos quienes, como Victor Hugo, creemos en el poder de la redención.
Este texto fue escrito por Alejandro Roemer González para Perpetuo.



