Los Óscares: Dos reseñas y media y una protesta
de Tomás Lemus
Empezaré esta reseña con dos aclaraciones.
La primera, que no soy un crítico de cine, ni pretendo ser nunca un crítico de cine. Soy un cineasta a quien lo conmueven todas las películas, que trata de verlas todas en la gran pantalla, y realmente no hay ninguna, o casi ninguna, que no disfrute, ni que lo obligue a salir del cine o lo haga terminar enfadado cuando se prenden las luces—con la excepción, quizás, de The Substance, pero esa es una historia para otra ocasión—.
La segunda es un addendum al ranking de las tres mejores películas del 2025, que publicamos en Perpetuo en diciembre. Mi elección fue más deliberada de lo que dejé ver en ese momento, y además de intención, confieso, hubo un poco de maña. Declaré que Bugonia y Eddington eran la primera y la tercera mejor película del año pasado. Y aunque Bugonia sigue siendo la película que he disfrutado más del año pasado, escogí a estas dos pensando que no iban a ganar casi nada. No ganaron nada y Eddington, de hecho, no recibió ninguna nominación al Óscar—lo cual me pareció un despropósito—.
Lo hice, también, omitiendo a la que sabía que se llevaría más premios, One Battle After Another. Lo hice, debo decirlo, un poco como protesta, presintiendo su inminente éxito y tratando de luchar contra la monotonía y la uniformidad que se impone sobre la opinión pública, sobre la crítica profesional, e incluso sobre la academia. Saquemos de encima una cosa antes: One Battle After Another es una película sensacional y la mejor película del año. El maestro Paul Thomas Anderson—PTA pa los cuates—emerge este año casi como un adivino, habiendo predicho con extremado detalle y con mayor comicidad y verdad extática lo que ha sido el frenesí anti-inmigrante y anti-antifascista del último año en los Estados Unidos. Pero no quiero extenderme mucho más en esta película, pues casi todos la reconocen como la gran película que es y la academia le dio 6 Óscares
El meollo del asunto es este: esta opinión pública (y academia) cada vez más leptocúrtica, y con los criterios estéticos severamente alterados (atrofiados más bien), ha decidido hacer alarde y celebrar sobremanera dos películas que, en mi honesta opinión, están equis.
Vayamos primero con Sinners. La película que rompió el récord de mayor número de nominaciones de la historia de la Academia. Sí, leyeron bien, según esta academia—con la que no voy ni a meterme, porque me voy a desgastar y esto ya no será divertido—, ésta sería la mejor película de la historia. No lo sé, ¿podrá ser que estamos juzgando todo con un síndrome enorme de hype, que estamos siendo anacronistas, o que vivimos con amnesia? Sinners es buena, pero demuestra tan bien los estándares tan bajos en que nos han sumido los últimos diez años de refritos—y por si el ávido lector no lo sabe, lo remito a este artículo, que demuestra lo que quizás intuía: que casi todo lo taquillero en Hollywood (y más allá) en los últimos 20 años es una adaptación o un remake de algo anterior—.
Hay que decirlo: la cinta de Ryan Coogler es profundamente original, y mezcla con destreza una variedad de géneros, guiándose únicamente por su visión y por su propio gusto. Coogler nos da una película que por momentos es histórica, un drama ficcionado sobre la vida de las comunidades afroamericanas del delta; después se convierte en un espectáculo embebido de música de blues (y sus precursores y derivados) y pasa luego a transformarse en un thriller fascinante, cuyos límites parecen ser no los del género sino los que se impone Coogler. Y aquí surge el problema: una vez que aparecen los vampiros, y nuestros curiosos personajes Sammie (Preacher Boy), Smoke y Stack se enfrentan a estas criaturas, la película comienza a divagar y no encuentra el hilo que unifique todo. La inspiración de la música es buena, pero aquí encuentro mi principal problema: para asegurarse de que entendemos su visión, Coogler nos cuela una insoportable repetición de sus argumentos a través de música excesiva, flashbacks, jupscares y voice overs. Honestamente, sentí que el señor Coogler me faltaba al respeto como espectador. El tema voodoo, por ejemplo, no conformándose con un prólogo, nos lo recuerda con un voice-over a la mitad de la película, con un flashback de Sammie en el que habla con Delta Slim, y con la manifestación física de personajes de otros tiempos. Coogler, en su propia ambición, desconfía del espectador e intenta asegurarse de que le pillamos todo lo que quiere decir, creando así una especie de tortura para el espectador que se da a respetar. Y eso no es suficiente: desde el principio ya nos está exponiendo a jumpscares innecesarios para asegurarnos que no es un drama sino un thriller. Después, en el tercer acto, nos somete a lo que se sintió como una tortura de flashbacks, a la noche ¡que acabamos de ver!
Hay que decir también que el Óscar de Mejor Fotografía a Autumn Durald Arkapaw está bien merecido, y ésta es, en definitiva, una película hermosa en términos de fotografía. Esta victoria significa también el avance de la película IMAX y del formato largo, dos tendencias que comienzan a crecer en Hollywood, lo que esto es motivo de gran celebración, al tiempo que Netflix come mercado en la industria y su horrible Netflix look se apodera de nuestras pantallas. De pronto la película me sorprende con una escena en 70 mm que devora mi pantalla y me arroja de lleno en los campos de algodón del delta del Misisipi, y esto es completamente fascinante.
Que la actuación de Michael B. Jordan haya ganado un Óscar es para mí un enigma completo que ni la ciencia ni la sociología podrían responder. Cómo, de qué forma, en qué escena, en qué momento, es mejor que la de Timothée Chalamet, Leonardo DiCaprio o incluso Wagner Moura, no logro entender. A ver si alguien puede explicármelo.
Luego está lo de Hamnet, que fue obsceno. Me cuadra perfectamente el bombo que ha recibido esta película, pero me rehúso a seguirle la jugada. Empezaremos por lo bueno. Al comienzo Chloé Zhao nos regala unas escenas espectaculares, en que logra construir una experiencia física e incluso telúrica que es encomiable. Me siento en el bosque, me siento en la Inglaterra del siglo XVI, siento que estamos en una temporalidad diferente. Pero todo lo que sigue es melodrama y anacronismo. Un pueblo de Inglaterra que habla e interactúa con códigos y lenguaje que me parece moderno, un Shakespeare construido con el mínimo interés por su realidad histórica y sus circunstancias, una historia llena de gritos e histeria que sí, logra hacernos llorar, pero parece que no tiene otro objetivo más que hacernos llorar. Tengo que decirlo, toda la escena del final, que transcurre en el Globe Theatre, me pareció de lo peor que he visto en el cine en este año. Estaba esperando el momento en que terminara la película y todo me parecía corto, insatisfactorio, forzado. Y sí, la actuación de Jessie Buckley es muy buena, pero porque el personaje está construido para ser todo teatralidad, drama y alarde, y no para descubrir las minucias de su mundo interno en el detalle. En la última escena, además, parece que la degrada a algo menos que una persona, y de pronto, la vemos en el Globe Theatre rodeada de citadinos promedio, y sin embargo ella parece que es la única que no entiende que están en una obra, como perro buscando a su dueño, gritando cada vez que oye el nombre de Hamnet.
Una anécdota servirá mejor para explicar mi problema con Hamnet. Porque en esta era saturada de información, en que vivimos el día a día entrando y saliendo de un ecosistema de información, y en que las cámaras están en todos lados, pienso que una película no es solo la película, sino todo el sistema de imágenes que tenemos de ella, y las impresiones, espontáneas y generadas, que nos hacemos de su proceso creativo gracias a la extensa información que obtenemos de sus sets, de sus actores y de sus personajes. Una película no es solo una obra con la que nos enfrentamos por dos horas, es un mundo de información que consumimos tanto en el cine como en los espacios públicos y en redes sociales. De aquí la genialidad de la campaña digital de Marty Supreme.
Y de Hamnet, tenemos la historia de Chloé Zhao explicando por qué escogió On The Nature of Daylight, canción de Max Richter que se ha usado en muchas películas. Zhao relata que estaba pasando por un rompimiento, Jessie Buckley le mandó la canción, y de pronto descubrió que esa era la forma de acabar la película: porque se sintió conmovida por la canción. Ésta es la “gran” película a la que nos enfrentamos. Un concierto de lágrimas en que una directora subordina la historia de una de las figuras más importantes de la historia a su emotividad, y trata de exprimirle melodrama, con el aparente objetivo de justificar su propia vida sentimental y hacernos llorar con este falso gesto sin universalidad. Aquí falta, cuando menos, más deferencia por la historia que adapta. En fin, nuestra generación.
De cualquier forma, celebré que en Warner Brothers haya apoyado One Battle y Sinners, filmes profundamente originales, y que se forme, así, una trinchera de defensa de los productos originales dentro de las grandes productoras, demostrando que las películas bien hechas y con calidad de auteur también pueden tener presupuestos de 100 millones de dólares. Esto está haciendo también que crezca esta práctica, y emerja un mercado de películas de autor en las que también vemos large budget. Como fue el caso de la mayor película de A24 hasta la fecha, Marty Supreme.
Ahora mi protesta. Marty Supreme es una mejor película que Hamnet o que Sinners, y sin embargo no ganó absolutamente nada. Esto me parece una gran injusticia. Y quizás está ligado también, al cuasi-escándalo que de pronto le empezaron a imputar a Josh Safdie y que casualmente coincidió con el momento clave del Oscar-run. Que alguien me explique también por qué Timothée Chalamet no ganó el Óscar, pues lo tenía más que merecido.
Marty Supreme es la mejor historia original del año. Sí, aquí no hay cantantes de blues ni mafiosos que se vuelven vampiros, pero quizás eso es algo bueno. Safdie toma una historia real, o parte de una historia real, y crea una trama completamente inédita. La trama de Marty Supreme es clara: para alcanzar tus metas, hay que estar dispuesto a lo que sea. Incluso hacer sufrir constantemente a los que mas quieres. Para muchos de los que me reportaron salir de ahí casi odiando a Marty, estoy con ustedes. No me parece que Josh haya concluido que ésta es la dirección correcta—aunque me queda claro que para él lo es—;Marty, nos lo dice claramente, es un antihéroe. La megalomanía aquí se encuentra en un circuito cerrado entre el director y su protagonista, que, aunque pueda ser difícil de digerir, agrega una grandeza a la que pocos se atreven, y esto es digno de elogiarse. Lo que importa en la película es sentirnos completamente consumidos por la meta de Marty, hacer su angustia nuestra angustia, su fuego nuestro fuego, y querer, con todas nuestras fuerzas, que llegue a esa competición. La lente de Darius Khondji, uno de los mejores cinematógrafos activos, le da una belleza y una estética superior a la película. Él, que es ya un experto en Kodak Vision, juega con la película y la luz como su plastilina, transformando la imagen para que hable como él quiere y haciéndola parecer por momentos una pintura.
En fin. Hacer el balance nos muestra que entre las tres películas que más se llevaron, el común denominador es la originalidad y la audacia. Y lo que llama la atención es que estas películas, además de ser de autor, son también películas con presupuestos masivos. Esta temporada augura quizás una era del cine hacia la que mirar, que contrasta fuertemente con el pesimismo que nos impone el universo de recalentado taquillero y el monopolio de Netflix sobre lo desabrido.
Tomas Lemus, escritor y cineasta de Ciudad de México. Estudió Filosofía, Política y Economía en IE University, Madrid. Es editor en Perpetuo y cofundador de Doorhinge Productions, colectivo de cine cuyo catálogo ha sido proyectado en diversas instituciones europeas como el Instituto Sueco de Cine y la Casa de la Moneda de Segovia.




