Luces titilantes
de Joyce Sotalín
La luz se va en un sólo movimiento.
— ¿A qué hora vuelve hoy?— pregunto.
— Se supone que a las once. Se supone — dice mi hermano.
— ¡Mamá, mamá! ¡Ponme la canción del monstruo de la laguna!—gritan mis dos sobrinas.
Mi cuñada saca su celular del bolsillo, busca la canción y empieza a sonar: “Al monstruo de la laguna…”
Empieza con una voz cálida, se prolonga; los instrumentos se unen de a poco y normalmente provocan mover las caderas, pero yo siento también otras cosas. Empiezo a frotar las palmas de mis manos sobre mi pantalón: abajo, arriba, abajo, arriba… «¿Por qué?», pienso. Mis sobrinas gritan, corren e intentan atraparse alrededor de la mesa. Abajo, arriba, abajo, arriba. La canción sigue: “...mueve los hombros, mueve las manos, mueve la panza, pero no le alcanza…” Las dos desaparecen debajo de la mesa. Mi cuerpo sigue ahí, pero mi cabeza ya no…
La noche es distinta donde no hay luz. La madera se ve distinta bajo la luz de las velas.
Algunos estamos sentados cerca de la mesa y otros más lejos. Es el punto en la noche en que ya no queda nada por hacer porque ya comimos, así que sólo conversamos y reímos. No se siente el paso del tiempo. Tal vez porque no hay reloj. Después del silencio más largo nos despedimos, aunque igual vamos a dormir uno al lado del otro sobre las tablas.
Acostada, escucho a los sapos, los zancudos y un montón de ruidos que no sé a qué animal pertenecen. Por suerte la casa no toca el piso. Cuando el viento sopla aquí te sientes abrigado, pero luego ese mismo calor es el que no te deja dormir. Pienso en cómo vamos a volver de La Boca a Quito. «Primero tenemos que subirnos en la canoa para ir a Carondelet, cogemos el carro y vamos a San Lorenzo, después Ibarra y, como dos horas después, Quito».
A la “mamita”, al “pito” y a mis “ñaños” siempre les hacía felices volver a visitar porque crecieron ahí. Les gustaba aunque tampoco había alcantarillado, ni teléfono e incluso a veces tampoco había ni luz…
Muevo la cabeza. “...mueve los pies, mueve la cadera, mueve los hombros, mueve las manos, mueve la panza…”. Abajo, arriba, abajo, arriba. «No es eso», me digo.
Hay otra melodía entre mis pensamientos:
“Ay, los niños tienen que aparecer
Ay, los niños tienen que aparecer
Ay, los niños tienen que aparecer”
No sé qué parte de Quito es. No importa. La mujer negra que canta está en el centro. Frente a ella, sobre una tela, están las cuatro fotos de los niños desaparecidos: Josué, Ismael, Steven y Nehemías. Alrededor la gente acompaña con instrumentos. Aunque es mediodía, hay velas. Aunque cantan, se siente el dolor. Van más de una semana desaparecidos…
«Ellos también eran de la costa». “...mueve la cabeza, mueve los pies, mueve la cadera, mueve los hombros, mueve las manos, mueve la panza…” Abajo, arriba, abajo, arriba.
— Algunos aquí en Quito tampoco tienen agua porque llega con bombas. ¿Qué se hace sin agua y sin luz? —dice mi hermano.
— El local del parque ya cerró. Se fueron —digo.
— Doña Piedad decía que una clienta no sabía con que le iba a dar de comer a sus hijos — dice mi mamá.
Abajo, arriba, abajo, arriba. Siento que mi pie toca algo debajo de la mesa. Aplano el mantel lleno de crestas y sombras, me agacho, lo subo y mis sobrinas se ríen. Veo esos dos pares de ojos: limpios, moviéndose de un lado a otro. Acaricio sus cachetes mientras sonrío y siento que ya ni siquiera mis manos son tan suaves.
Me enderezo.
— Ya hacía falta que hubiera niños en la casa. Si no, sólo habría silencio —dice mi tía.
“...hasta que se cansa”. Mis manos se detienen.
«Habría». Yo imagino ese silencio. Uno en el que las dos no vuelven. «Es eso».
Lo siento cerca. Las luces titilan y sólo puedo temblar.
Joyce Sotalín. (Quito) estudió y se graduó en arquitectura. Durante la carrera se dió cuenta de que lo que le gustaba era dibujar, aprendió a ilustrar y el deseo de hacer un cómic la llevó a estudiar escritura creativa. Desde el 2024, publica un webcomic titulado “Sol en Cáncer” en Webtoon y en Tapas. También va a ferias a vender sus ilustraciones.




