Eran las tres de la mañana y mis ojos no dejaban de penetrar las vigas antiguas de mi techo, miles de pensamientos macabros rodeaban mi mente. Las agujas del reloj eran como un estallido en mi cabeza y los susurros de madrugada se volvían mensajes explícitos… “Al fin me va a dejar de molestar”.
No podía quedarme acostada y seguir con esa paranoia. Tenía que volver al lugar de los hechos, a la escena del crimen, pero ¿cómo llamarlo un crimen? Si ni siquiera había participado en él, o tal vez sí, ¿qué pensarían mis conocidos, los vecinos, y mi familia? Tenía que hacer algo, no podía dejar que me descubrieran, era demasiado joven para arruinar mi vida. Tenía que pensar en un plan.
Entré lentamente en el cuarto de mi madre sin hacer el mínimo ruido, como si fuera que podría escucharme, y ahí estaba su cuerpo pálido, tieso, y sin signos de vida, me quedé minutos mirándola parada frente a su cama. Recordé los miles de momentos felices, y cuánto la amaba, aquellos días en los que todavía la sentía como mi madre, cuando se preocupaba por mí, me preparaba el almuerzo, me llevaba al doctor, estudiaba conmigo. Era mi más profunda confidente, la única persona a la que jamás pude mentir en mi vida.
Recordé las noches que corría junto a sus brazos luego de haber tenido una pesadilla, estar cerca de ella me daba paz. La misma paz que me daba verla ahora ahí acostada con los ojos cerrados y los míos llenos de lágrimas. Rememorar mi infancia, me conmovió, porque yo amaba a mi madre, tal vez más de lo que ella podría amarme a mí.
Los últimos años fueron los más difíciles, sentía su odio cada vez más profundo. El rechazo, la discriminación, el daño psicológico que me ocasionaba era terrible. Estaba acabando con mi vida, ya no podía entrar en su baño, porque yo lo ensuciaba, no me podía escuchar toser de madrugada porque ya la despertaba. Si me iba de casa, la dejaba sola y era mala hija, si me quedaba era una molestia y no le daba su privacidad.
No juntar las hojas del patio, la heladera vacía, no sacar la basura, todo era un motivo para sus reclamos, porque ella decía que no era mi sirvienta, que yo no le pagaba el sueldo. Nunca traté ni esperé que mi madre fuera mi empleada, sólo esperaba algo de consideración, pero aun así trabajando y estudiando nada era suficiente. Todo lo que hacía siempre estaría mal.
Cuando más la necesitaba ella no estaba para escucharme, mucho menos aconsejarme. Se había convertido en una desconocida, por las noches me aterraba dormir, solía imaginar que ella se acercaba a mi cuarto a intentar matarme, esa pesadilla me aterraba constantemente. Las cosas habían cambiado tanto, ya no era una niña y, lo peor, ella ya no era mi madre.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo e hizo que corriera hasta mi pieza asustada, podría estar su alma en pena ahí dando vueltas en la casa, o detrás mío, viendo cómo la observaba sin hacer nada, sin buscar ayuda, sin tratar de reanimarla. Al verla ahí inmóvil, sin haberse despertado tras hacer tanto ruido al entrar a la casa, era más que evidente que algo le pasaba, ella siempre escuchaba todo, dormía con un ojo abierto, no importaba si caía una pluma ella la escuchaba, esa era mi madre, una centinela experimentada a la cual nada se le escapaba.
Me percaté de que su pastillero estaba vacío, ahí terminé por comprobar que había tomado todas las pastillas con las cuales amenazaba día a día suicidarse. Otra de sus torturas psicológicas. Era consciente de que en los últimos días había recaído en una profunda depresión y en una oscura soledad.
La verdad es que estábamos viviendo juntas, pero completamente solas al mismo tiempo, esto afectó mucho a mamá, hasta llegué a pensar que en el fondo me necesitaba y que no quería que su única hija la dejara, pero con las peleas constantes o su indiferencia me había convencido de lo contrario.
Mis únicos consejeros eran mis compañeros de trabajo y amigos, que día a día me veían llorar de angustia por las discusiones con mi madre. Los mismos, que ahora creerían que yo me deshice de ella, al igual que mis hermanas que vivían en el exterior, que decidían no meterse, por lo que no tendría a nadie de mi parte que creyera que mi mamá se había suicidado.
Todo esto me dolía, al fin y al cabo era mi madre y la única persona que tenía en el país; la única con la misma sangre, la mujer que me dio la vida, ¿cómo podría odiarla, o ponerme en su contra? Lloraba más por su ausencia que por sus palabras hirientes, yo la necesitaba, quería la aprobación de mi madre, me dolía tener que dejarla, me destrozaba perderla cada vez más y sentir que la vida no era eterna, y que su hora algún día llegaría. Quizás el día que menos imaginaba ya había llegado y yo no estaba preparada para aceptarlo.
(Por otro lado, pensándolo bien, la casa quedaría para mí sola, el auto a mi disposición, y con la situación del país, esto me ayudaría a salir adelante. Volvería a tener estabilidad emocional, sin tantas peleas y reclamos, al fin y al cabo ya me había acostumbrado a su ausencia. Pero por dios ¿qué estaba haciendo? ¿Cómo podía pensar en esas cosas en una situación tan delicada?)
Me quedé en el aire por unos minutos y comencé a buscar bolsas de basura para cubrirla. Prendí un cigarrillo y preparé café. Necesitaba estar bien despierta para la locura que iba a cometer. Mientras alistaba todo, me puse a llorar angustiadamente, necesitaba algo dulce, busqué unas galletitas del mueble y comí amargamente, en el fondo sabía que la extrañaría.
Coloqué la taza de café y las galletitas en la mesita de luz, con las bolsas en la mano me recosté a su lado y decidí darle un último abrazo. Con los ojos llorosos, me concentré en los buenos recuerdos, perdoné sus errores y la abracé, en ese momento de silencio absoluto, de paz entre dos almas dolidas, una respiración profunda se sentía y no era exactamente la mía.
El despertador marcaba las seis en punto con un ensordecedor ruido que haría levantar a los mismísimos muertos de su tumba. Tal fue el susto que grité y salté de la cama, pero más fue mi sorpresa cuando el grito de mi madre fue más enardecido que el mío.
Me quedé atónita a la situación parada frente a la cama con las bolsas en la mano y los ojos rojos, mi mamá con el susto de encontrarse a su lado, miró a todos lados desconcertada, se quitó los algodones de los oídos y con una tierna mirada entre bostezos dijo: ¿Café caliente? ¿Galletitas? ¿Mi hija está durmiendo a mi lado? ¿Y encima con bolsas para dignarse a limpiar la casa? Vaya que dormí profundamente, ¿qué me desperté en mi cumpleaños? O ¿cuál es el milagro?
Suspiré, el alma me volvió al cuerpo, sonreí, corrí en sus brazos, y le contesté “No es ningún milagro, es mi deber ayudarte a limpiar y no hace falta una fecha especial para abrazarte o mimarte, ¡Te amo Mamá!”
Mi mamá contenta, me preguntó si le había comprado las pastillas para poder dormir que le recetó el doctor porque a la noche se había tomado la última. Por el estrés de nuestra pelea de los últimos días no había concebido el sueño, llevaba noches desvelada, pero esa mañana se la veía radiante. Había dormido tan profundamente, que amaneció renovada, eso explicaba el pastillero vacío y que no sintiera absolutamente ningún ruido.
Mientras ella me contaba lo bien que había descansado yo aturdida por dentro solo tenía una cosa en mente ¿Cómo fue posible que ni siquiera hubiera verificado su respiración?
El amor de madre a hija ya no era el mismo. Por las noches le tenía miedo, en recuerdos la extrañaba, la amaba y, por momentos en los que me hacía tanto mal, era capaz de matarla con mi mente. Me estaba volviendo loca, en solo tres horas había pasado de pensamientos felices a macabros.
Yo planeando cómo esconder un cuerpo, ella durmiendo profundamente y tal vez por primera vez en mi vida, en ese instante de desconcierto, tuve la certeza de que tal vez mi madre no me odiaba tanto y que posiblemente yo no soy tan buena hija como creía.
Este ensayo fue escrito por Jacqueline Olmedo



