Mamá
Son la primavera eterna que llega después de cualquier augurio.
Flores de hierro, preciosamente inmortalizadas en su propia fuerza.
Delicados pétalos que soportan cualquier tormenta
con tal de dar sombra a sus pequeñas abejas.
No contamos con el impacto que dejan en nuestros corazones,
pequeñas huellas marcadas alrededor de una playa de recuerdos.
Arenas que cuentan las mil historias de maternidad.
Tesoros que no son de oro, guardados en las puertas de una mente.
Les dedicamos un día,
y ellas a nosotros,
toda su vida.
Son las líderes que moldean a quienes crearon la revolución.
Detrás de cada gran corazón, existe una mujer
que dio más de lo que tenía por ver a su amor más grande,
crecer tan alto como lo que debe.
Vivimos en perpetua deuda,
con un banco que jamás nos va a cobrar.
Todo lo que tengo,
todo lo que soy,
se lo debo a la madre que me parió.
Soy el fruto de un amor más grande que el propio.
Uno limpio, inquebrantable, e incondicional.
No ha existido aun guerra tan grande,
como para romper el hilo rojo
que une mi vida con su cariño.
Mi mamá, es el hogar con voz que siempre estará ahí,
aun cuando sienta que la renta no me alcanza.
Es un abrazo que te reinicia, cuando todos tus circuitos deciden tocar el violín con los pies. Es también el templo, donde rezas
cuando el rompecabezas llamado vida,
se pone más que complicado.
En un mundo malo,
ellas logran hacer flores, con los recuerdos del porvenir.
Pienso que Gaia
no se acerca ni a los talones, de las mamás que hoy, crean vida donde hay muerte.
Este poema fue escrito por María Díaz para Perpetuo.



