Los anteojos es nuestra newsletter de coyuntura. Cada semana, comisionamos dos crónicas de temas que todo mundo habla pero nadie te explica. Para recibirla en tu correo:
Esta semana:
Julián Ríos Monroy analiza la estrategia de seguridad del presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella.
Ángel L. Fernández expone el trasfondo histórico detrás de la disputa entre Marruecos y España.
Equivocadamente se piensa que el periodismo se enfoca en los hechos actuales. Pasa que la labor de aquel que comunica no se limita a informar del hoy. Es más bien, un esfuerzo por entenderlo. Y para ello, muchas veces, es imperativo remitirse al pasado. Los anteojos de esta semana lo ejemplifican: la historia como medio para comprender a fondo la actualidad.
Desde Colombia, Julián Ríos Monroy cuestiona la estrategia de seguridad encabezada por el presidente Abelardo de la Espriella. En un afán por mostrar mano dura, el mandatario ha posado frente a las cámaras con decenas de cuerpos de supuestos guerrilleros abatidos. Exhibir cadáveres como evidencia de éxito inevitablemente remite a los «falsos positivos»: 6,402 colombianos inocentes asesinados e incriminados por el Estado, entre 2002 y 2008.
Desde España, Ángel L. Fernández retoma la oleada migratoria ocurrida en el enclave español de Ceuta, al norte de Marruecos, desglosando el trasfondo histórico detrás del argumento marroquí. Marruecos ha expresado abiertamente su deseo de hacerse no solo de Ceuta, sino también de Melilla, ambas ciudades autónomas españolas. Aunque legalmente la solicitud es fácil de desestimar, existen dos expulsiones trazables hasta seis siglos atrás —la de los judíos sefardíes y los moriscos— que respaldan la narrativa que Marruecos pretende imponer.
Bien lo dijo Graham hace más de medio siglo: «el periodismo es el primer borrador de la historia». Este par de textos son eso: los borradores del hoy para los historiadores del mañana, y simultáneamente, borradores retroactivos del ayer.
Vayamos a Los anteojos.
Caminar entre cadáveres
Los temores del pasado que revive de la Espriella en Colombia
El salón es amplio y lúgubre. Piso gris, techo industrial, paredes mitad blancas, mitad verde militar. En el centro, dos hileras de cadáveres empacados en plásticos forman un corredor angosto. Los camarógrafos que registran el hecho no se enfocan en esa escena. Están concentrados en seguir los pasos de un hombre.
No viste su acostumbrado atuendo de traje y corbata. Lleva uno que recuerda la indumentaria civil de los tactical operators gringos: pantalón cargo, camisa oliva, gorra, un par de botas color arena y, como accesorio, un walkie-talkie que no se desprende de su mano izquierda. Cuando confirma que la cámara está del otro lado —que el plano lo captura con los muertos a sus pies— decide atravesar el corredor fúnebre. Luego de cuatro pasos cortos, su dedo índice se roba la atención. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis…
Ya sabe, porque se lo han dicho, porque tiene la cifra escrita en el discurso que leerá ante la prensa, que son veintitrés cadáveres de presuntos miembros de un grupo disidente de la antigua guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) que opera en el departamento de Guaviare, en el sur del país. Aun así, para alimentar su épica de vencedor, acude a la pantomima del conteo de cuerpos. Y esa es la síntesis de lo que ocurrió: el presidente de la República de Colombia, Abelardo de la Espriella, exhibiendo la muerte como trofeo en un país que suma más de doscientas ochenta y dos mil personas asesinadas y diez millones de víctimas por cuenta de su conflicto armado interno.
Lejos de ser una escena aislada, es parte de una narrativa de mano dura en materia de seguridad que el mandatario fortaleció en su primer mes en el cargo. Con el respaldo de Estados Unidos, le puso fin a todos los procesos de diálogos de paz que adelantaba su antecesor —el izquierdista Gustavo Petro—, eliminó varias de las entidades que implementaban el Acuerdo de Paz firmado con las FARC en 2016, aumentó la frecuencia de los bombardeos, flexibilizó el porte de armas, reforzó la estrategia de extradiciones y le dio un espaldarazo a la ofensiva militar con resultados medidos en bajas, capturas e incautaciones.
Más allá de la controversia, lo que ha ocurrido en las últimas semanas pone una pregunta sobre la mesa: ¿Qué pasa cuando un país que aún no termina de enterrar a sus muertos vuelve a medir la victoria contra sus enemigos por el número de cuerpos que puede mostrar?
Un país fragmentado
La respuesta pública al video del presidente caminando entre los cadáveres, difundido en las plataformas de comunicación oficiales de la Presidencia, fue apenas una muestra más de la división del país, que ya se había reflejado en las elecciones de junio de 2026. El ultraderechista De la Espriella obtuvo la victoria con el 49.66% de los votos, mientras que su contrincante de izquierda, Iván Cepeda, alcanzó el 48.70% (una diferencia de apenas poco más de doscientos cincuenta mil votos).
Tras el anuncio de la operación en Guaviare y las imágenes del jefe de Estado, cientos de sus seguidores en redes respaldaron la operación militar y pidieron más golpes de ese tipo. En la otra orilla, distintos sectores condenaron la «escenografía de la muerte» y exigieron cumplir con los criterios de necesidad, razonabilidad y proporcionalidad en el uso de la fuerza.
«El Estado y el Gobierno no pueden dejarse llevar por una competencia para demostrar quién puede ser más cruel», señaló Iris Marín, cabeza de la Defensoría del Pueblo de Colombia (organismo estatal). Las críticas aumentaron pocas horas después, cuando se confirmó que entre las personas muertas había tres menores de edad (dos de quince años y uno de dieciséis).







