Martirologio de las filas
de David Blanc
El día 31 de julio del 2026, el jurado calificador del primer concurso de ensayos de la revista Perpetuo otorgó el primero lugar al ensayo «Martirologio de las filas» del autor mexicano David Blanc.
El ensayo fue publicado en El estelar—la newsletter insignia de Perpetuo donde publicamos textos que lees una tarde y piensas toda tu vida. Si quieres recibirla, suscríbete a Perpetuo.
1) En esta vida estamos condenados a hacer filas. Es un tributo autoimpuesto por la raza humana, consecuencia de querer poner orden en el desorden que creamos y de nuestra interminable ambición de quererlo todo sin darnos abasto. Así como entre los perros hay razas, hay de filas a filas. No es lo mismo formarse bajo el sol apabullante para conseguir una torta de chilaquiles, que pasar varias horas en el Ayuntamiento un viernes por la tarde para pagar una factura vencida. Sin importar el desasosiego o placer del resultado, así como la voluntad para hacer cola, la penitencia siempre es la misma: desperdiciar tiempo en un estado intermedio de la nada.
2) Hace dos semanas fui a Ciudad Juárez para hacer un trámite migratorio. Pasé la mayoría del tiempo haciendo filas, de una a otra como vaca arreada. Como no permitían celulares, después de varias horas de estar encerradas en nuestros pensamientos —bien pudieron ser minutos, pero no llevaba reloj—, las personas allí reunidas recurrimos a la antigua y casi extinta técnica del convivio humano en carne propia. Confirmé que no existe peor remedio para contrarrestar el aburrimiento de la espera que una plática entre extraños. Lo ajeno resulta incómodo, chocante y muchas veces desagradable. Cuando alguien rompió el silencio y comenzaron las peroratas, me di cuenta que lo único que teníamos en común —y vaya que había muchas posibilidades— era la fila. Imagino que sucede lo mismo en el purgatorio.
3) Los seres humanos nos regimos por la medición del tiempo, a la espera del acontecimiento más importante de nuestra vida: la muerte. Entonces, ¿cuánto tiempo pasamos haciendo fila antes de morir? Según dos artículos que encontré en internet, son cuatro años en promedio. A mi entender, los extremos varían según el estatus económico: a mayor lana, menor número de filas y viceversa. Me surge entonces otra duda: ¿Habrá alguien tan pero tan millonario que nunca en su vida haga una fila? Consulto la lista de las cinco personas más ricas del mundo y, tras varios días de investigación, descubro que incluso ellas se han formado alguna vez —normalmente, para ingresar a eventos políticos o de alta alcurnia—. ¿Y las familias reales? Tampoco se salvan, las hacen para saludar en las ceremonias a las que asisten. La conclusión es clarísima: la única cosa en común que tenemos todos los seres humanos es hacer fila. Quién lo diría.
4) Ahora mismo me vienen a la mente dos filas que he disfrutado. La primera la hice con mi papá durante muchos domingos de mi juventud, en las carnitas “Don Miguelón”. Además del tiempo que pasábamos juntos mientras nos saboreábamos el olor a las tortillas recién hechas de maíz y al cerdo cocido en grasa, el taquero nos regalaba tacos para apaciguar la espera y el antojo. Volvería a hacer esa fila una y mil millones de veces. La segunda sucedió apenas hace un par de años. Fui al clásico nacional (América contra Chivas) en el Estadio Azteca con un grupo de valagardos que apenas conocía. Para entrar, hicimos una fila bajo una tormenta incesante junto a cientos de personas. Estábamos hasta las chanclas de borrachos. Consumimos cantidades excesivas de azulitos durante la previa en un bar de las cercanías. No recuerdo otra fila tan divertida como aquella. Gritamos cualquier cantidad de estupideces sobre el partido y la lluvia, y para nuestra fortuna, el público fue generoso y se rió con nosotros —o más bien, de nosotros—.
5) Hace algunos años, cuando manejaba en la Ciudad de México, mi peor pesadilla era la fila para salir de los carriles centrales del periférico hacia los laterales. No solo era lenta e interminable, sino que a diario aparecían personas miserables que se metían a la fila. Una práctica ruin que me escocía las entrañas. Mantengo la ilusión de que algún día ese gandallismo se castigue con cárcel. ¿Será que cuando estas personas mueran sus almas abusivas lleguen al purgatorio y también intenten meterse en la fila?
6) Hay cierto tipo de personas que uno puede encontrar en las filas que la hacen más insufrible. Están los chamacos mal portados, chillones, irrespetuosos, chamagosos y gritones. También la doñita que piensa en voz fuerte y a la mínima provocación presume su fe religiosa: “Que sea lo que Dios quiera”. El sujeto que se cree amo, señor y fundador de la fila, como si fuera algo digno de presumir, y que mira a los demás con desdén. Las peores son las que preguntan si les toca hacer la fila también, con la genuina y estúpida esperanza de que le contesten: “Por supuesto que no. Precisamente la estábamos esperando a usted, así que pásele hasta delante”. Por último, están las que se quejan de las filas, que encima de impacientes son intolerables, como yo.
7) Es tan antigua la práctica de hacer fila que un Evangelio de Mateo, escrito entre los años 80 y 100, lo menciona. La parábola en cuestión trata de un ruco millonetas que contrata varios obreros para su viña. Al final, hacen una fila para recibir su pago, y a todos les toca la misma cantidad, sin importar a la hora que llegaron. De ahí viene el famosísimo dicho “los últimos serán los primeros”. Se le atribuye al filósofo Thomas Carlyle la primera mención del orden en una fila: en su libro sobre la Revolución Francesa de 1837 menciona que, durante la hambruna parisina, los clientes se alineaban frente a las panaderías, y los primeros en llegar eran los primeros en ser servidos. Para 1909, un matemático danés publicó la teoría de las colas que buscaba eficientar los tiempos de espera en las filas. En años recientes, hemos cambiado las filas en persona por las filas digitales. Si algún extraterrestre llegara al planeta tierra y dudara de nuestra identidad como raza humana, no habría prueba más fidedigna que las filas. “Cientos de años nos respaldan”, le diría.
8) Así como en las quinielas, soy malísimo para elegir fila si hay más de una. Me baso en un solo criterio: ¿cuál será la más rápida? Las apariencias engañan. Un día, por ejemplo, entré a un OXXO que tenía las dos cajas abiertas. Escogí la segunda fila, porque solo había una persona esperando, en comparación con las otras tres de la primera. Pues bien, resultó que esa persona pidió dos recargas de saldo, pagó la luz, el internet y predial, y encima le pidió una botella de vino de la bodega. Tampoco le atino a las casetas en la carretera. Siempre elijo la que tiene menos coches y resulta que el de enfrente, inexplicablemente, no tiene suficiente dinero para cubrir el peaje, por lo que termino echándome hacia atrás para volver a hacer otra fila.
9) Ayer soñé con una fila. Estaba parado en una hamburguesería, muy cerca de la plancha caliente donde aplastaban bolitas de carne. El sonido de la espátula rascando la superficie para darles vuelta una vez cocidas era tan real como el olor al queso amarillo derretido. Quería pedir una hamburguesa con papas, pero no podía. No sabía dónde empezaba la fila. De hecho, había tres personas al frente y detrás de cada una varias hileras que iban en direcciones opuestas. Lo último que recuerdo es que, cuando le pregunté a una persona sobre la fila, se desató el caos. Todas querían ser las primeras en pedir.
10) ¿Será que las filas son un recordatorio cruel de la vacuidad de nuestra existencia? Avanzamos paso a paso, uno detrás de otro, a veces con mayor orden y paciencia, para completar algo que parece urgente e importante. Así se nos va la vida, de fila en fila. Hasta que, sin darnos cuenta, llegamos a la última. Pero quién dice que esa no es la primera de la eternidad. Y si tenemos suerte, al morir, aparecemos detrás de cientos de personas, debajo de un sol apabullante, esperando una torta de chilaquiles.
David Blanc (México). Narrador, periodista y cocinero de ocasión. Ha publicado sus textos en El Cultural, Jot Down, Nexos, Animal Político, entre otros medios. Mención Honorífica en el 10° Gran Premio Nacional de Periodismo Gonzo.



