Me autorizo a ser feliz
Cuando mi mamá se casó consigo misma a los 60 años y otras formas atípicas en las que vive su vejez
Este ensayo fue escrito por Julia Didriksson Muriedas para Perpetuo
La boda consigo misma
Ante el Ministerio de la Felicidad de las Mujeres, institución inventada por las amigas de mi mamá—la protagonista de este texto—, Pilar se comprometió a escucharse y amarse, cuidarse y respetarse, a reconocer sus fortalezas, a aceptar con amor sus vulnerabilidades y, con toda certeza, se autorizó a ser feliz.
El 9 de octubre del 2015, en una celebración nupcial con más de 100 invitados e invitadas, mi madre, Pilar Muriedas, se casó con ella misma a los 60 años. Esa tarde, con un vestido blanco, sencillo y bello, con el cabello pintado de rosa y morado y colgando de su cuello un collar mezcalero, mi mamá encabezó la calenda por las calles del centro de Oaxaca, acompañada por una banda de viento un mono de calenda—no dos—que personificaba a “la novia”.
Yo, usando el vestido de bodas con el que se casó mi abuela materna en 1948, caminé al lado de Pilar y de mis dos hermanos, también vestidos de blanco, siendo cómplices de otra de sus locuras; bailando la música de banda y tomando sorbitos de mezcal en canutos de carrizo que también adornaban nuestros atuendos. Entre las personas convocadas a la fiesta, se encontraban familiares, sus amigas y amigos de toda la vida, compañeras de la organización feminista oaxaqueña que dirigíó durante 10 años, y unos cuantos colados que se maravillaron con la idea de una boda sologámica.

Al llegar al patio de fiestas, donde se encontraban las mesas decoradas con flores y la pista de baile lista para seguir la pachanga, mi madre, algo nerviosa pero divertida, declaró ante todos y todas el principio fundamental de la epístola feminista: “hermanas, si no tenemos amor por nosotras mismas, no somos nada”, postulado que en ese momento nos inspiró a las presentes a comprometernos más en el vínculo con nosotras mismas.
Más que por un acto simbólico y serio de amor propio, mi madre decidió casarse con ella misma por diversión, porque le pareció algo original para festejar sus sesenta años. Pareciera que mientras más pasan los años, más ganas le entran de pasarla bien y de inventar formas atípicas de vivir su vejez. Hoy, a sus setenta años, a veces bromea con divorciarse diciendo entre risas que ya no se aguanta pero que no desea desvivirse.
Activista gozosa, de izquierda y feminista
Pilar es la quinta de siete hermanos de una familia clasemediera. Vivió sus primeros años de infancia en Tampico, estudió antropología en Veracruz; nació y ha vivido la mayor parte de su vida en la Ciudad de México –con un intermedio de diez años en Oaxaca–. Desde muy joven estuvo involucrada en luchas sociales. Primero, militando desde la izquierda universitaria, y posteriormente, al percatarse de que no solamente era necesaria una consciencia de clase sino también de género, se unió al movimiento feminista.
En los años noventa—tiempos de la ONGización del feminismo—, mi mamá, junto a amigas con las que sigue manteniendo una profunda amistad, fundaron Salud Integral para la Mujer (o SIPAM, por su acrónimo) en donde trabajaron con empeño y completa convicción por los derechos sexuales y reproductivos por más de 20 años. En 2007 contribuyó a la despenalización del aborto en el entonces Distrito Federal y, en 2019, en el estado de Oaxaca. En 2024 se jubiló, pero se mantiene activa en la lucha por las justicias sociales. Nunca dejará de estarlo.
Si algo distingue la militancia de mi madre –y su vida en general– es la plena búsqueda del disfrute, pese a los dolores inevitables de la existencia humana y a las tortuosas desigualdades y violencias sociales. “Si no puedo bailar no es mi revolución”. Esta frase atribuída a la anarquista rusa Emma Goldman, guió a mi mamá, como a otras cientos de mujeres, a no dejar de lado el goce en el arduo camino hacia la transformación social.
Pilar es famosa entre sus compañeras feministas por dotar de alegría y creatividad a cada proyecto del cual forma parte; por no descuidar las risas, el juego, y la complicidad alegre necesaria entre compañeras para luchar por los derechos de las mujeres.
Cómplices de sus locuras
Al igual que cuando cumplió sesenta años en esa excéntrica y maravillosa boda, mi mamá encuentra en cada uno de sus cumpleaños una oportunidad para divertirse a lo grande, y espero que así lo haga hasta el día de su muerte (digna). Recuerdo un 9 de octubre muy especial en el compró cuatro entradas para ir a escuchar la Orquesta Sinfónica Nacional de China en el Palacio de Bellas Artes. No hubo emoción en mi rostro ni en el de mis hermanos. Es más, la idea nos parecía aburrida por tratarse de uno de los famosos cumpleaños de mi mamá. Pero no contábamos con el requisito estrafalario de que debíamos ir disfrazados al concierto pues nos repitió una expresión que su madre le decía cuando debían ir al teatro: se tienen que arreglar ¿eh?. Al principio mi mellizo se negó y a mí me avergonzó un poco la idea. Sin embargo, nuestro miedo adolescente al ridículo, no nos impidió darle el gusto a nuestra mamá.
El festejo comenzó desfilando por Madero—la calle peatonal más transitada del país—con atuendos que desviaban las miradas hacia nosotros. Mi mellizo llevaba puesto un vestido típico de tehuana del Istmo de Tehuantepec, tal cual “muxe”; el mayor, una peluca roja, un saco sin camisa y de accesorio unos lentes sin mica y la bolsa vieja de mi abuela paterna. Yo me vestí de hombre, con traje y corbata de arcoíris, sombrero y un bigote pintado con plumón. La protagonista de la noche optó por disfrazarse de ¿activista 4/20? nunca nos quedó claro—además ni fuma marihuana—pero usó una camiseta enorme que decía “wake and bake”, unos pantalones cholos y una gorra verde que se puso de lado. Con algo de timidez llegamos al vestíbulo de Bellas Artes. Sentimos algunas burlas, pero el amor por la increíble personalidad de mi mamá nos quitó la vergüenza y subimos orgullosos por las escaleras hasta llegar al lugar donde se encontraban nuestros asientos. Allí hasta nos tomaron fotos, parecía que estábamos llevando a cabo una performance de algún colectivo de arte interdisciplinar e independiente con bajo presupuesto. Nos divertimos mucho y si me preguntan, lo volvería hacer nada más para hacerle saber a Pilar que cuenta con la complicidad eterna de sus hijos.
Casa Galeana
Pilar decidió, después de divorciarse de mi papá, que no volvería a vivir en pareja. Ha tenido amantes ocasionales, como ella los llama, con los que gozó del amor y de su sexualidad. Nunca con alguien que altere su cotidiana soltería. Mi mamá es la fiel representación de que se puede disfrutar de la vida sin estar emparejada, el desafío principal, a mi parecer, de la premisa fundamental de los lineamientos del Amor Romántico.
Si bien tengo conciencia, desde hace años, que mi mamá no es una mujer seguidora de los roles tradicionales de su género, no fue sino hasta hace poco que me percaté de que la forma en la que vive su vejez tampoco se ajusta a la norma.
Mi mellizo y yo volamos muy jóvenes del nido, —un poco por deseos de mi mamá— al igual que mi hermano mayor, quien desde hace muchos años se fue de la CDMX. Pilar, desde entonces, vivió sola en su adorado departamento del Centro Histórico. Pero de pronto, por la soledad que empezó a sentir hace tres años, se le metió una estupenda idea a la cabeza junto con algunas amigas que no soltó hasta materializarla: mudarse y crear una vivienda colaborativa con dimensiones feministas. Una comuna, podría llamársele. El sueño de vejez de cualquiera de mis compas.
“Casa Galeana, en dónde cada una hace lo que le da la chingada gana”. Así bautizaron mi mamá, Ana, Aurora y Chepa su vivienda colaborativa, un departamento con cuatro dormitorios, una terraza grande llena de plantas y tres huertitos, una sala con un amplio comedor apto para estas inquilinas tan amigueras y un estudio que usan para hospedar visitas. La renta la comparten equitativamente, así como los gastos de los servicios y alimentos. Todas se conocen desde hace mucho. Ana y mi mamá han sido amigas por más de cuarenta años; con Aurora lleva dos décadas de amistad y con Chepa una. Entre ellas, independientemente de mi mamá, también existen lazos afectivos antaños. Las cuatro cuentan con una larga trayectoria en el movimiento feminista. Tres de ellas ya están jubiladas. Todas, felizmente, divorciadas.
Las mujeres históricamente han estado a cargo de las labores domésticas y las tareas de cuidados de la familia. Desde la niñez hasta la vejez, son las mujeres las que han sido responsabilizadas de mantener la casa limpia, preparar los alimentos, brindar soporte emocional a los y las integrantes de la familia, cuidar a los maridos, las infancias y a las vejeces, así como demás actividades que han sostenido la vida a lo largo de la humanidad. Una denuncia esencial de los feminismos viejos, y también los contemporáneos, consiste en reconocer ese trabajo no remunerado y buscar políticas públicas que ayuden a mitigar las desigualdades estructurales que se desprenden de este mandato social patriarcal.
¿Quiénes cuidan a las que cuidan? En Casa Galeana, los cuidados entre mujeres son reivindicados, ante su histórica invisibilización. Saben que, como adultas mayores, necesitan acompañamiento y atenciones que no desean otorgarles a sus hijos e hijas. Es entonces que entre todas cocinan, mantienen el hogar limpio, se acompañan en las enfermedades, se abrazan en las tristezas individuales y estructurales; ponen acuerdos para una convivencia respetuosa y cada una flexibiliza sus costumbres para el bienestar de las demás.
El cuidado colectivo que desde muchos años han teorizado desde los feminismos, hoy lo implementan amorosamente en su vivienda colaborativa. Así mismo, como buenas feministas, desean para las demás, los derechos y oportunidades que ellas gozan, así que se encuentran ya en proceso de diseño y desarrollo de un proyecto piloto de vivienda social colaborativa para mujeres mayores, en alianza con el gobierno de la Ciudad de México.
La familia se extendió. En la mesa del comedor hemos coincidido la hija de Chepa, alguna amiga de Aurora, la hermana de mi mamá y yo. También me ha tocado ir a comer con la presencia de la familia de Ana –que es bastante numerosa y divertida– o cuando se reúnen diversas brujas feministas y entonces tenemos que sacar sillas de las recámaras para poder comer al mismo tiempo. Siempre hay comida rica y alguno que otro postre. A mí, en particular, me gusta ir los martes cuando cocina Chepa. Los cumpleaños los celebramos en la terraza, donde caben muchas más personas, también ahí hemos realizado uno que otro ritual velatorio.
A los planes que siempre hacía yo con mi mamá, como ir al cine, a una obra de teatro o presentación de algún libro, ahora se unen las demás “galeanas”, y a veces sus hijas también, con las que me llevo de maravilla.
Jubilosa jubilada con autonomía y dignidad hasta el final
Mi mamá ha sido muy clara conmigo y con mis hermanos en cuanto a los cuidados en su vejez. No cree que sea nuestra obligación responsabilizarnos de su salud y bienestar, así como no siente el deber de cuidar a sus dos nietas—a quienes adora—. Nos ha dicho convencida que no quiere ser una carga, aunque he cachado que lo dice con algo de inquietud. Imagino que le asusta la idea de que ir a verla, convivir con ella, y sí, cuidarla, sea algo que nos moleste. Y aún con esa inquietud considera que le toca a ella organizarse para vivir una vejez acompañada y cuidada sin depender al 100 de nosotros, sus hijos.
Con esto no quiero universalizar las experiencias de las mujeres adultas mayores ni tampoco establecer moralmente cómo se debe gestionar los cuidados en la vejez. El caso de mi mamá se sostiene, en parte, a su ser feminista y gracias a una situación económica que le permite el autosustento por contar con una buena pensión del IMSS. La realidad de un gran porcentaje de la población adulta mayor en México es menos favorable. Con ello y con la imposición sociocultural del cuidado filial, se limita la posibilidad de autonomía cotidiana en la vejez.
La concepción de mi mamá sobre la muerte también es particular. Desde hace algunos años—con esa especie de epifanía que nos llega a todos anunciando que la muerte se acerca—Pilar comenzó a poner sobre la mesa el deseo de bien morir. En el escenario en el que la vejez la sobrepase y su cuerpo sienta dolor constante, o incluso, si deja de ser autosuficiente y una demencia o alzheimer se cruzan en su camino, ella ya tiene todo un plan para morir dignamente.
En el mundo solamente diez países cuentan con el derecho a la eutanacia, es decir, con la posibilidad legal de la intervención médica para provocar de manera intencional la muerte de una persona cuya enfermedad le imposibilita continuar la vida sin un terrible malestar.
En México, esta práctica está prohibida y castigada por el Código Penal Federal. Sin embargo, en algunos estados de la República existe la Ley de Voluntad Anticipada que permite a enfermos y enfermas terminales decidir si continuar o no con tratamientos que prolonguen su vida—que no es lo mismo que la eutanacia, la cual implica una acción directa para causar la muerte de quien lo solicita—.
Mi mamá y yo creemos fervientemente, como activistas por la justicia social, que así como todas las personas tenemos derecho a una vida digna, también debemos tener esa dignidad a la hora de morir. Y como feministas que luchamos por los derechos sexuales y reproductivos que se basan en la libertad de las mujeres para decidir sobre su cuerpo y maternidad, defendemos que en la etapa terminal de nuestras vidas, la elección sobre cómo, cuándo y dónde morir, también debe recaer en nosotras.
Me parece urgente que se normalicen las conversaciones sobre cómo deseamos vivir la muerte. Que en las familias—y amistades, también—se rompa ese tabú, y que con antelación se lleguen a acuerdos que permitan dignificar este suceso tan inevitable. Mi mamá fue la que comenzó la conversación en nuestro entorno nuclear, y como todo en su cotidianidad, lo hace bromeando y aligerando lo doloroso. Como hija de Pilar, admito sin culpa alguna, el alivio que me da la manera en la que decide vivir este aspecto de su vejez. Yo también estoy convencida de que aunque le debo la vida, no estoy comprometida a velar por la suya. Sin embargo, el amor y los cuidados que me ha dado, además de la relación tan estrecha y divertida que tenemos, me hace disfrutar inmensamente de su compañía.
Madre-amiga por siempre
A veces siento que mi mamá y yo somos grandes amigas, aunque recuerdo que de niña una vez me dijo que no podíamos serlo como tal—buscando algo de autoridad en sus palabras—. Sin embargo, siento que, sin desdibujar el linaje materno, Pilar y yo podemos pasar días enteros hablando de política, chismeando de la vida de los y las famosas, cantando y bailando con Bad Bunny, riéndonos discretamente de pensamientos políticamente incorrectos—y hasta cancelables—, siendo cómplices de postres súper azucarados, a pesar de mi resistencia a la insulina y su pre-diabetes. Pero también la siento muy mi mamá, llamándole a media noche por un dolor raro en el estómago, abrazándola en el aterrizaje del avión porque me da miedo que se estrelle, presentándole con nervios a mis parejas que deseo que apruebe, y mostrándole mis ensayos anhelando que se sienta orgullosa de mí—incluido, este—.
Mi mamá está cumpliendo setenta años. Puedo ver la vejez en ella: su cuerpo más arrugado, un cansancio más profundo, alguno que otro mal humor que no se esfuerza en ocultar; visitas médicas más frecuentes y menos espacio en su pastillero. Ella misma sabe que una cuenta regresiva transcurre en su cuerpo, recordándole que la muerte se acerca, despacio y silenciosamente, pero sin pausa. Por eso dejó de fumar—después de una cajetilla diaria durante 45 años—, también comenzó a hacer yoga, a caminar con más consciencia y a tomar vitaminas. Dice que le quedan treinta años de vida y yo le creo.
Cuando me pregunto el porqué de su personalidad tan original, propositiva y alegre que ha permanecido con los años, pienso en la intención casi innata de mi mamá por transformar la sociedad y luchar contra las injusticias sociales, y para eso, sí que se necesita creatividad y algo de diversión para no hundirse en el proceso. Pero también veo cómo el hacer comunidad y tejer lazos de complicidad incondicionales han permitido el soporte de sus proyectos de vida. No conozco a persona más amiguera que mi mamá y si se ha autorizado a ser feliz, es en parte porque esas amigas sostienen su alegría.
La vejez no tiene que vivirse como nos la contaron. Los proyectos de vida pueden ser tan diversos como nosotras y nosotros lo somos. El tener a Pilar como mamá ha expandido mis expectativas en cuanto a mi futuro, al amor, y también a la muerte. Soy parte de una generación que de manera notable, no tiene el deseo de maternar, y en mi caso, tampoco de contraer matrimonio. Algunas personas me preguntan que si no me da miedo quedarme sola; que quién me va a cuidar cuando sea vieja. Esa pregunta no me angustia, porque sé que la pareja y la descendencia no son indispensables para la felicidad, cuestión que el capitalismo se ha esforzado en que asimilemos sin cuestionamiento. Las amigas y amigos, las y los compañeras de convicciones, la estirpe familiar con la que congeniamos, nuestras compañías adorables de cuatro patas que habitan en casa; nuestras pasiones, valores, proyectos, luchas y aventuras, todo eso en su conjunto, sí son condiciones necesarias para una vida alegre; y yo, como mi mamá, me autorizo a ser feliz.
-Septiembre, 2025
Julia Didriksson Muriedas (Ciudad de México, 1995) es activista feminista y creadora de contenido en redes sociales. Es licenciada en Estudios y Gestión de la Cultura y actualmente cursa la Maestría en Estudios de Género en la UNAM. Fue conductora del programa de radio Voces en Resistencia, coproducido por Violeta Radio y el IMER, así como del videopodcast Sí Somos, producido por Canal Once. Desde hace cinco años, imparte círculos de reflexión crítica en torno al amor romántico y talleres creativos de politización feminista











Que belleza de texto. Hablás de dos temas que para mí se han vuelto cada vez más relevantes: la creación de estilos de vida más colectivos y la gestión de la vejez. A lo mejor son el mismo tema!