Este cuento fue publicado en el volumen X de El creativo, nuestra newsletter de escritura literaria y cultura. Para recibirla directo en tu correo, suscríbete a Perpetuo:
Rutinario, como cualquier fecha escolar, ese día fue preciso para una desgracia. Mi madre nos hizo el desayuno y salió a trabajar, Samuel y yo fuimos a clases. Él solía ir en bicicleta, pero esa mañana estaba cargado con todas las cartulinas para la exposición sobre animales extintos, así que yo lo llevé en el carro.
En el trayecto practicó lo que tenía que decir, pues necesitaba una buena calificación. Repitió hasta el cansancio: «Elefante, oso panda, ballena azul, tigre, delfín. Elefante, oso panda, ballena azul, tigre, delfín». Le dije que le faltaba el rinoceronte. Me respondió que no recordaba cuál era, entonces le dibujé un cuerno en el aire sobre su nariz.
Cuando llegamos a la sede de primaria se puso la mochila sobre el saco verde estampado que rezaba There’s no Planet B. Con una mano agarró la lonchera y con la otra los pliegos enrollados. Le deseé suerte y le mandé un beso con la mano. Él me lo devolvió y me dio las gracias por la ayuda.
Seguí hasta la sede de bachillerato. En el camino, mientras sonaba Highway to Hell, pensé en mi hermano y en lo disperso que estaba. La noche anterior mi mamá me había puesto el tema. Cuando caí en la cuenta, coincidí con ella. Era cierto que Samuel no se concentraba; su rendimiento escolar había bajado, todo le daba pereza y no tenía interés más que en los álbumes de colección que le habíamos regalado en su último cumpleaños: todos los animales de la Tierra compilados en cartillas: tres de especies vivas, diez de extintas.
Samuel había llorado con cada tarea de Biología de ese año. Mientras investigábamos para la exposición del peor día de mi vida, me dijo que esa clase no tenía sentido. Luego cenó y supuestamente se acostó a dormir, pero a media noche me levanté al baño, vi la luz de su cuarto encendida y lo encontré viendo un documental sobre la antigua sabana africana.
Como era costumbre, después de clase fui a terapia en el CIE, en el Centro Internacional de Ecopsicología. Las sesiones eran colectivas para pacientes con solastalgia. Como yo no había sido diagnosticada, me correspondían consultas individuales. Esa tarde hablé de la ansiedad, aunque por primera vez me concentré en el tema de los hijos. Pregunté si era seguro tenerlos al cabo de unos quince años. También indagué sobre la situación de mi hermano y el psicólogo sugirió que le agendáramos una cita en el pabellón infantil.
De vuelta a casa sonó la alarma de incendios. Conduje lo más rápido que pude. Desde el norte de la ciudad ya se veía el humo de la Sierra Sur y no quería quedarme por ahí atrapada, en medio de las cenizas. Llamé a mi madre y me dijo que no me preocupara por Samuel, pues se iba a jugar a la casa de Pascual hasta que pasara la alerta roja. También me contó que la profesora la había llamado para decirle que Samuel no había tomado la merienda con los compañeros después de la presentación de animales extintos, en la que les pidió que a partir de ese día incluyeran en el listado a los osos polares, pues había muerto el último ejemplar del mundo.
Colgamos cuando estacioné en el garaje del edificio. Subí al apartamento y me preparé algo de tomar. Recuerdo que desde la sala podía oler las ramas quemadas. Con las ventanas cerradas era capaz, incluso, de escuchar los crujidos que consumían la vegetación. El fuego estaba controlado por el contingente de bomberos y por la muralla que cercaba la zona rural. En la medida en que caía el sol, la panorámica de la nube naranja se hacía más intensa. Todas las semanas había gente que salía a los balcones a ver el espectáculo con mascarilla y binóculos, como si fueran juegos pirotécnicos en Navidad.
Mi madre llegó a casa antes de las cinco de la tarde. No alcanzó a descargar el bolso cuando le timbró el teléfono. Era Inés, la madre de Pascual, para decirle que en el colegio no le habían permitido llevarse a Samuel. La directora había apelado a motivos confidenciales, así que mi mamá llamó inmediatamente. Como no le contestaron, condujimos nerviosas hasta allá.
El perímetro de la sede de primaria estaba acordonado. Mi mamá se bajó del carro y empezó a toser. Nadie la dejó cruzar para averiguar. Se desesperó y empezó a gritar preguntando por su hijo. La directora del colegio salió del edificio, se agarró la cabeza y se acercó a mi mamá.
«Señora, intentamos convencerlo desde que el guardia avisó que su hijo estaba al otro lado del barandal…», dijo e hizo una pausa. «Señora… Samuel se lanzó de la azotea. Dejó una ficha que decía: Mejor con los osos».
Mi madre se desmayó. Yo empecé a sentir una piedra atorada en el pecho.
Ha pasado más de un año desde el día de la tragedia. Yo ya tengo dieciocho, pero a mi madre no le pasa el tiempo, sigue postrada en la cama del hospital. Cualquiera pensaría que está en estado vegetativo, pero el psiquiatra dice que ella es consciente y que su silencio es voluntario.
El cuarto de Samuel debe seguir como él lo dejó. A excepción de la policía, nadie ha entrado desde aquel jueves de noviembre. Es probable que la cama esté sin tender, que en el escritorio haya un reguero de recortes, que haya libros abiertos en el piso y que el canasto de la ropa sucia tenga prendas colgando del borde.
En una semana es el aniversario de lo de Pascual. Él también saltó de la terraza del colegio y dejó el mismo cartel de los osos.
Paola Méndez Cotrino (Bogotá, Colombia). Toma apuntes y hace collage. Estudió Ciencia Política y Relaciones Internacionales. Cursó una maestría en Escritura Creativa y otra en Estudios del Desarrollo. Es autora del cuento Más allá del muelle, publicado por Juglando Libros como parte de la segunda exposición del colectivo artístico Con la punta de los dedos. También es autora del cuento El saqueo es peor que la sequía, publicado en la web de la Revista Endémico.




