La semana pasada, un amigo me preguntó a qué escritor mexicano admiraba. En el mensaje, contesté con las dos palabras que conforman su nombre: Carlos Fuentes. Aquí, en esta carta, me explayo un tanto más.
Es Fuentes al que admiro, sí. No es el único. También a Paz y Pacheco; a Garro y Castellanos. Paso por un par de novelas ejemplares como Morir en el Golfo o Arráncame la vida; que pienso en Juan Rulfo, por supuesto, y en ese Comala plagado de fantasmas. Este país, entre el final del Usumacinta y el principio del Río Bravo, ha dado ya un mundo entero de autores. Pero, de entre ellos, vuelvo siempre a Fuentes. Mi respuesta es clara: es Carlos Fuentes.
Con ese párrafo anterior me doy por satisfecho en elevar a un par de voces que admiro y respeto—a unas que me parecen las mejores del idioma, como Paz—. No haré más de ello. No quiero vacilar como a veces pasa en los debates o conversaciones. No me bastan los subjetivismos; esos no llevan a nada. Soy de la creencia que sí hay libros buenos y malos; que los buenos se dividen entre buenos y mejores. Para mí, el más admirable de los mexicanos es y ha sido Carlos Fuentes. La cosa es explicarlo.
En parte, es algo pragmático. Cuando me han hecho la pregunta—ahora de este amigo que menciono; antes, otros muchos—gravito a enlistar los libros que he leído y releído de cada autor. Fuentes es el ganador. Habré leído Aura cuatro o cinco veces entre la escuela y lo personal. La región más transparente dos o tres y Terra Nostra una sola—aunque se sintió como seis—. Ahora, en mi mesa de noche, tengo La muerte de Artemio Cruz que me acompaña antes de dormir. Es, sencillamente, el autor que más leo y vuelvo a leer. Pero otra vez, la pregunta es por qué.
Supongo es por dos motivos que se unen en uno solo: el amor a México. Quizá, mejor dicho, obsesión.
Nadie entendía a este país como Fuentes. Iría tan lejos como decir que sus novelas superan al Laberinto de la soledad, pues, solo la ficción podría capturar un país surreal como el nuestro—por más que sienta el pulso de México en los ensayos de Paz —. Este país es una metáfora andante que no se logra descifrar a sí misma. Es un lugar donde todo carga significado y, cuando eso ocurre, nadie se molesta en descifrarlo. La vida sigue en metáforas; México anda sin descifrarse.
Fuentes era un experto en hacerlo. Cada que abro un libro suyo, siento que hay una metáfora que perdí para entender mejor a sus personajes en aras de entender su historia que es, siempre, la de México.
Estos últimos días, en mi lectura nocturna, me he percatado de ello con la vida de don Artemio. No sé si Fuentes así lo quería o si fue un regalo del azar—siempre tan generoso—, pero el México del torno del milenio era como un anciano en su lecho; era como Artemio. Era el PRI que se aferraba a la vida e, incluso, se hizo de nuevos aires antes de morir. Un partido que vivía recordando las glorias de una revolución ha mucho enterrada y que seguía y seguía hasta morir. Contaba su historia para sí mismo; afuera engrandecía, tan solo, sus glorias.
Antes, me ayudó a entender los errores de la revolución con La región más transparente—además de inculcarme un amor inexplicable por esta ciudad monstruosa que es nuestra capital—. Igual a ver de frente las cicatrices de la conquista con Terra Nostra. Así con cada giro histórico del país y cada novela o cuento suyo.
Lo segundo, igual de importante, he de llamarlo una fe inquebrantable en que lo complicado que era México podría solucionarse. Cualquiera que ha leído a Fuentes entenderá el sentimiento. Por ahí de las tres cuartas partes del libro estás en un frenesí tan complicado, con tantos personajes y tramas que no crees posible resolverlo. Y, sin embargo, lo hace. Artemio Cruz muere; Aura es una fantasma. Todos los detalles se resuelven.
Así, quiero pensar, hay que ver a México. Como un país complejo—inmensamente dicho así—queda la esperanza de una resolución brillante; contundente. Que, en un giro, todas las fuerzas se unan y lleven a un final; a un cambio, al menos. En mis momentos de fatalismo, me gusta pensar que hay un autor que lleva la historia de México; que sabe su final y nos lleva, lentamente, paulatinos, hacia él.
Ahora que Fuentes lleva años chupando margaritas, me cuesta entender al México en el que vivimos. Me falta esa guía; lo extraño. Las metáforas están fuera de los libros y no sé cómo amaestrarlas, domarlas y hacer que vuelvan a los reinos de lo ficticio.
Y creo que ese es el argumento final de por qué, tanto, lo admiro. No por lo que me enseñó ni por cuánto lo he leído. Más bien, por cuánto lo extraño en este mundo de vivos.
JL Sabau es el editor general de Perpetuo. Puedes escribirle una carta presionando el siguiente botón:




