
Este texto es parte de Los anteojos, nuestra newsletter de coyuntura. Cada semana, comisionamos dos crónicas de temas que todo mundo habla pero nadie te explica. Para recibirla en tu correo:
Iba caminando por las calles de la Ciudad de México con los audífonos puestos rumbo a una entrevista. Nada muy fuera de lo usual, hasta que Juana saltó enfrente de mí, jadeando. Había corrido para alcanzarme. Era una mujer de manos gruesas, uniformada, una trabajadora de limpieza. Sin comprenderla del todo —por los audífonos todavía puestos en los que sonaba Radiohead— Juana me gesticulaba, visiblemente apasionada.
«Yo llevo veinte años limpiando pisos, lavando trastes, planchando ajeno y recogiendo desastres. Si alguien sabe de limpiar cochineros soy yo, y le puedo asegurar, joven Pedrero, que la mejor forma de limpiar porquerías que dejaron otros, es de arriba hacia abajo. Lo mismo es en el gobierno. Esperan que Claudia y AMLO (Andrés Manuel López Obrador) limpien el cochinero de casi cien años en tan solo ocho», me dijo Juana contundente.
Rápidamente fluyeron las palabras, me contó por ejemplo que era madre soltera, que su hija había recibido una beca del gobierno federal, y que vivían en Iztapalapa —una de las alcaldías más pobladas y precarizadas de la capital—. Juana me hablaba como si me conociera, porque de alguna forma, lo hacía. Era parte de la audiencia que cada tarde, de cuatro a seis, me sintoniza a través de YouTube, para enterarse de las noticias del día a día. Le entregué una sonrisa, un abrazo, y me despedí tras el corto encuentro.
Coincido con el diagnóstico de Juana. El aparente lejano 2018 está más cerca que nunca. La victoria de la izquierda significó el fin del gatopardismo que inventaron el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y el Partido Acción Nacional (PAN). Aunque ambos partidos de la hoy oposición presentaban aparentes diferencias ideológicas y prácticas en el plano público, en el ámbito privado se repartían las gubernaturas, el presupuesto y el botín de la gran tentación, México.
Si Morena, Claudia Sheinbaum y López Obrador fuesen ese gran PRI resucitado, como se encargan de vociferar los columnistas —a los cuales yo llamo «calumnistas»—, al tabasqueño le habrían regalado la presidencia desde 2006. Claro, le habrían otorgado el poder bajo el supuesto de que continuaría el servilismo institucional a quienes se sentían amos y dueños de la nación, los mismos que se acostumbraron a tratar al presidente en turno como empleado, como pelele. Le costó a Andrés Manuel, a su movimiento y a México cuarenta años de lucha democrática, llegar a Palacio Nacional a través de los votos y no de las balas.
La Cuarta Transformación (4T) —como se le denomina al movimiento social fundado por López Obrador— prometió un cambio radical y no mintió. El término «radical» viene de «raíz», y fue desagradable conocer la putrefacción de las raíces del Estado mexicano, contaminado hasta las entrañas por el «PRIAN».
Desde el año 2000, López Obrador, entonces candidato a la jefatura de gobierno de la Ciudad de México, denunció la simulación democrática en un debate en televisión abierta. Aunque el PRI y el PAN se pintaban como contrincantes, según el diagnóstico del tabasqueño, operaban bajo una competencia ficticia, al responder a los mismos intereses: los de las cúpulas de poder económico. El tiempo le dio la razón. Veinte años más tarde, los supuestos bandos rivales anunciaron su alianza política en las urnas, con tal de intentar vencer a la 4T. De eso solo salieron más manchados, porque sí, lo que tocan, lo embarran: la prensa doblegada, los círculos de intelectuales y académicos, hasta algunos adeptos en la farándula. Al final, la aspiración del movimiento convertido en gobierno era mayúscula, combatir un problema claro pero que se había filtrado en demasiadas grietas: la corrupción.
El expresidente priista, Enrique Peña Nieto, ya nos había intentado marcar un destino del que planteaba no había escape. En medio de los escándalos por los monstruosos desfalcos en su administración, declaró que la corrupción era «un asunto de orden cultural», es decir, algo arraigado, parte de nuestra idiosincrasia. El planteamiento de Peña, además de ser aborrecible, es falso.
El mexicano de a pie no es malo ni corrupto ni corruptor. Establecer lo contrario poco se aleja de los supremacistas blancos en Estados Unidos que afirman que las personas negras «cometen más delitos», los racistas argumentan, resultado de su contexto cultural y hasta genético. Millones de mexicanos antes de pensar en robar para comer, hacen lo que muchos políticos no podrían porque desconocen el acto: trabajar. No por nada una y otra vez México aparece hasta arriba en las listas de países donde más horas se labora. Y dicho sea de paso, se trabaja con todo y horas extra que no son pagadas, abusos laborales y patronales, soportando todo tipo de adversidades con tal de llevar un bocado a la familia. Lo escribo y pienso en Juana.
Lo digo sin tapujos: el México de 2026 —aquel que lleva ocho años gobernado por la Cuarta Transformación— es una nación más segura y más justa que aquella que habitábamos en 2018. De la pandemia, salimos a flote. Incluso con ese contexto de crisis mundial, el sexenio pasado cerró con un logro innegable: 13.4 millones de mexicanos salieron de la condición de pobreza, según datos oficiales del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). Con Sheinbaum, aún no son públicos los resultados por la periodicidad de la encuesta (cada dos años), por lo que se espera que se despliegue en 2026, y se presente en 2027.
Aun así, la diferencia es evidente. Durante los gobiernos del panista Felipe Calderón y de Enrique Peña Nieto, el efecto fue contrario: en conjunto crearon alrededor de 15 millones de pobres, considerando los datos oficiales de «pobreza por ingresos». Para no complejizar de más, la conclusión es certera: el gobierno que durante años abanderó el dogma creado por Enrique González Pedrero «por el bien de todos, primero los pobres» cumplió.
La estrategia de seguridad «abrazos, no balazos», tampoco se quedó atrás en dar alivio a un país que se estaba desangrando. La falsaria «guerra contra el narco» de Calderón provocó un efecto espiral de violencia nunca antes vista en México. El resultado: 120.000 muertos durante el panismo, 156.000 muertos durante el priismo y 200.000 muertos durante la primera administración morenista. La tendencia que originó Calderón y que continuó Peña Nieto es el primer dato para entender la dimensión de lo que está sucediendo hoy.
Si López Obrador continuaba la estrategia de sus antecesores, la tendencia marcaba una proyección fatal; no de 200 mil muertos, sino de una cifra mayor. Lo innegable es que, con AMLO, la tendencia de homicidios, por primera vez desde el sexenio de Calderón, fue a la baja. Según la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, el último año de López Obrador cerró con una disminución del 22% en homicidios dolosos, respecto al pico histórico de 2018. Aun así, la seguridad seguía siendo una deuda, y es entonces que llegó la presidenta Claudia Sheinbaum. Si bien los programas sociales del sexenio obradorista fueron una clave para disminuir la pobreza y la violencia, hacía falta una reestructuración sólida de la estrategia de combate frontal y calculado contra el crimen organizado. La presidenta tomó nota y actuó.
Junto al secretario de Seguridad federal, Omar García Harfuch, la presidenta planteó una estrategia de cuatro ejes principales: atención a las causas, consolidación de la Guardia Nacional, fortalecimiento de los trabajos de inteligencia y coordinación interinstitucional. Los resultados fueron contundentes: los homicidios se redujeron a la mitad, los datos prueban que así es, eso no está en debate.
A los logros de seguridad, se suman los económicos. México hoy cuenta con cifras récord de inversión extranjera directa (casi 35 mil millones de dólares en el primer semestre de 2026), e histórica recaudación de impuestos (con un crecimiento de 4.8% en 2025). Para ampliar las capacidades financieras del gobierno no fue necesaria una reforma fiscal, sino dejar de condonar impuestos, de forma sencilla: cobrar lo debido a los grandes magnates que se creían intocables.
La reacción virulenta de esos que durante décadas litigaron y gastaron dinero para no pagar dinero nos lo confirma. El caso más emblemático sin duda es el de Ricardo Salinas Pliego, un ultrarrico —cada año en un puesto más bajo en la lista de Forbes, eso sí— dueño de TV Azteca, emporio de la comunicación propagandística que opera gracias a una concesión del Estado mexicano. A través de sus redes —infladas con bots—, Salinas Pliego se ha posicionado como el opositor predilecto, poseedor de las características más rancias de la versión caricaturizada del empresario anti-4T: racista, clasista, machista, ofensivo y orgullosamente ignorante de su visión del mundo.
Incluso en septiembre, mes patrio, en pleno júbilo por nuestra Independencia, en vísperas de terremotos sociales y geológicos, figuras como el evasor fiscal y demás opositores de derecha no descansan en ofertar al país. Sueñan con volver a controlar y repartir lo que es nuestro, la nación. Mientras en México se habla de defensa de la soberanía, en Washington los priistas se dicen defensores de la democracia, y en el Parlamento Europeo los panistas acusan persecución. No es necesario desenmarañar la ironía.
En México, los proyectos anti-derechos como aquellos promovidos por figuras como Fernando Cerimedo y Javier Negre —a través del medio de desinformación «La Derecha Diario», con apoyo de Salinas Pliego— están condenados al fracaso. La explicación es simple para todo aquel que conozca al mexicano: ni con todo el dinero del mundo se nos podrá borrar la memoria colectiva de las tragedias del pasado, ni el agradecimiento del presente.
Cada año, en México, se recrea el grito que el cura Miguel Hidalgo y Costilla exclamó el 16 de septiembre de 1810: «¡Muera el mal gobierno!» El segundo grito de la presidenta, en conmemoración de aquella madrugada en Dolores, es un recordatorio permanente, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras, de que las tierras aztecas se cuecen punto y aparte.
México y su pueblo viven tiempos estelares. En un mundo dominado por la hegemonía estadounidense —aliada del sionismo expansionista— depende de una mujer mexicana y de ascendencia judía, defender la independencia y soberanía de su patria.
Manuel Pedrero (Tabasco, México) es un periodista, reportero, conductor del noticiero Sin Máscaras y director del medio digital Los Reporteros Mx. En marzo de 2026, a sus 23 años, fue galardonado con el Premio Nacional de Periodismo en la categoría de Periodismo Digital, convirtiéndose en la persona más joven en recibir este reconocimiento. Puedes encontrar su trabajo en redes sociales, bajo su nombre, Manuel Pedrero.



