Este texto es parte de Los anteojos, nuestra newsletter de coyuntura. Cada semana, comisionamos dos crónicas de temas que todo mundo habla pero nadie te explica. Para recibirla en tu correo:
Lo artificial habita en el papel con el que leemos un libro, en el plástico que envuelve los alimentos, en la palabra escrita que fija lo efímero y en el rito colectivo que inventamos para darle forma a lo que no la tiene, para domesticar la incertidumbre en esos gestos repetidos hasta volverlos algo sagrado. Toda cultura se construye sobre ese principio de fabricación, erige sus símbolos sobre el vacío de los materiales que el tiempo tiene disponible, pero México opera de forma distinta, sin pedir permiso ni perdón, combinando elementos heterogéneos con una naturalidad que solo es posible cuando nadie se detiene a hacer preguntas.
Entro a las redes y comienzo el rutinario scrolleo. Me aparecen videos que no cuestiono: uno donde, la botarga de un médico regordete, «Doctor Simi», mascota de «Farmacias Similares», perrea en plena vía pública; más abajo veo una casa cuya estructura desafía lo arquitectónicamente concebible; luego me aparece un coche avanzando sereno con un perro sobre el cofre; y vaya, un video de un aficionado de la Selección Mexicana, cual ajolote, nadando entre los charcos del centro histórico de la capital en medio de los festejos mundialistas. La toma, proveniente del C5 (sistema de videovigilancia) sigue al nadador, es decir, el encuadre fue movido manualmente. Seguramente la escena le hizo la noche a algún trabajador del Sistema de Seguridad Pública. Todas las anteriores son imágenes que las nuevas inteligencias digitales podrían haber generado en un momento de alucinación fértil, de delirio creativo sin restricciones.
De niño en casa de mis abuelos, el televisor como regla no escrita, se mantenía encendido en el noticiero o en el canal «DePelícula» que parecía existir únicamente para pasar cine nacional de otra época a cualquier hora del día, como si alguien hubiera decidido que la memoria cinematográfica del país merecía una transmisión perpetua. En ese canal recuerdo vívidamente haber conocido artistas que algunos llaman clásicos y a veces leyendas: Pedro Infante, María Félix, Jorge Negrete, Mario Moreno «Cantinflas» y figuras que el tiempo convirtió en parte del paisaje cultural que uno hereda sin haberlo elegido.
Dos películas quedaron en algún rincón de mi cabeza por la incomodidad que me causó descubrirlas y no ser capaz de entender qué estaba viendo. Una de Rodolfo Guzmán, «El Santo»: «Santo vs. las mujeres vampiro», enmascarado como de costumbre, combatiendo lo que fuera que ese día amenazara la república. La segunda, «Chabelo y Pepito contra los monstruos», situada en otro universo completamente, donde un adulto habitando el cuerpo de un niño enfrentaba, junto a su amigo Pepito, a criaturas resultado de efectos especiales que no engañaban a nadie y que aún así se presentaban con una seriedad que no pedía disculpas ni siquiera a Marvel.
Años después, en Canadá —donde continúo mis estudios—, un amigo ucraniano me contó sobre una clase de cine donde habían proyectado y enseñado cine mexicano. Entre los cineastas presentados figuraban —como era de esperarse—, «Los tres amigos»: Guillermo del Toro, Alejandro González Iñárritu y Alfonso Cuarón. Pero, junto a la exposición sobre estos cineastas enarbolados como representantes del «cine mexicano legítimo», se le mostró a los estudiantes, con la misma solemnidad académica, las películas del «Santo». Fue entonces que me resultó visible algo que en México nunca había necesitado ver: esas películas que muchas veces son señaladas como baratas o de mal gusto, constituyen para quien mira de fuera, la evidencia de un imaginario colectivo que en ningún otro contexto se podría haber fabricado.
Un luchador enmascarado que es ícono popular, figura mítica, héroe nacional de carne y tela elástica extraído de su arena, combate vampiras o extraterrestres con presupuesto mínimo, con vestuario repleto de brillos, con marcianos disfrazados con lo que el almacén tenía disponible ese día. Fuera del país las llaman «kitsch», término insuficiente para algo que toca una autenticidad involuntaria que ninguna producción calculada podría imitar aunque lo intentara. En México llevamos décadas fabricando con ese mismo sentido, mezclando lo que no tendría por qué mezclarse, con lo que hay, produciendo algo que a la distancia parece sacado de una inteligencia artificial que alucinó demasiado fuerte.
Las capas del mexicano contemporáneo
La heterogeneidad mexicana es resultado de cuatro capas contextuales que aprendieron a coexistir. Primero, la era prehispánica que vive por un lado en el idioma: con las palabras que usamos sin pensarlo (como cuando nos pica el «tuuch», no el ombligo) y en los nombres de lo que comemos (qué tal un pozole, unos chilaquiles con molito, unos tamales o un mixiote). Pero esa era igualmente permanece en nuestra cosmovisión colectiva que sobrevivió pese a las creencias impuestas.
Sobre esa se deposita otra capa compuesta por dos episodios clave que el país lleva siglos sin poder separar: la conquista (1519-1521) y la Independencia (1810-1821), el periodo donde el orgullo se vuelve más consciente y más performativo.
Hoy vemos a los héroes en los billetes, los nombres alusivos en las calles, niños vestidos de Miguel Hidalgo, «el padre de la patria» con su calva simulada con un pedazo de látex, niñas personificadas como Josefa Ortiz «La Corregidora» con su vestido de época, caminando cada septiembre hacia una escena que ya sucedió hace doscientos años pero que vuelve a suceder porque «El Grito» exige una actualización anual. En aquellas conmemoraciones, sin que nadie lo cuestione, van tambien estudiantes con sombrero charro y bigote negro y alumnas de adelitas, figuras pertenecientes a la Revolución, a otro siglo, a otra lucha distante, mezcladas en la misma ceremonia porque en el imaginario colectivo todo eso pertenece a ese bloque borroso al que llamamos historia de la patria.
Sobre esto, encimamos una capa más: aquella del México fracturado en su intento de modernizarse que inició con la caída del dictador Porfirio Díaz (1911). El pueblo mexicano sobrevivió a una de las épocas más injustas de su historia para llegar al otro lado donde la ciudadanía, ahora reconocida, todavía enfrentaba (y enfrenta) condiciones que no cambian aunque el régimen mute.
De aquellas adversidades nacen formas de vivir y narrar que han evolucionado sin desaparecer: pasamos del «corrido revolucionario», que informaba a la población incapaz de leer los avances de la lucha antiporfirista; a los corridos que narran las historias de los migrantes mexicanos en Estados Unidos; y más tarde a los «corridos tumbados» y «narcocorridos», que cantan las desventuras y triunfos de los grandes capos. Las tres versiones plasman una realidad que transcurre cuando el Estado prefiere no mirar y la gente decide seguir escuchando.
Después llegó el México moderno —la cuarta capa— que despertó después de la Revolución con el mundo ya transformado y sin tiempo para el duelo. Avanzamos a zancadas hacia una modernidad que se prometió como destino y que con cada generación ha ido revelando su naturaleza de precariedad. El progreso real se alejó tanto que la distancia misma se volvió costumbre y lo que quedó en su lugar fue la sobrevivencia del mañana, de llegar al día siguiente, y llamarle a eso vida.
Es en esa realidad adversa donde se construye el absurdo ya normalizado. Retomemos al «Dr. Simi», quien no baila como casualidad, sino como estrategia de mercadotecnia. Su objetivo es incitar a los transeúntes a ingresar a la farmacia de genéricos, aquella que se ha ganado el cariño de la gente al ofrecer llenar el vacío que el gobierno, en décadas, no ha podido: acceso a atención profesional y medicamentos en cuestión de minutos. La botarga gordinflona es parte de nuestra cotidianidad porque la precariedad médica por parte del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) también lo es.
La crisis de salud pública en México no ha sido culpa de un solo gobierno. Entre 2008 y 2018, una investigación de la organización PODER documentó un sistema de compras del IMSS cooptado por grandes distribuidoras y laboratorios farmacéuticos que generó grandes sobrecostos de más de 18 mil millones de pesos, el equivalente a 400 millones de caguamas. A través de una solicitud de transparencia, Animal Politico, reportó que en el sexenio siguiente, encabezado por el expresidente Andrés Manuel López Obrador —el que prometió un sistema de salud mejor que el de Dinamarca—, las consultas médicas para quienes no tenían seguridad social cayeron 46 % y se dejaron de surtir 15 millones de recetas, cinco veces más que en el sexenio anterior.
Con el cambio de administración en 2024, el propio IMSS le confirmó a El Universal que ese año dejó sin surtir 11.5 millones de piezas de medicamento, y para 2025 mientras el subsecretario de Salud reportaba un desabasto de 10 % y el director del IMSS aseguraba que era del 4%, —a través de una solicitud por parte de El Financiero a la plataforma oficial Receta Completa— se acumulaban más de 21 mil reportes de recetas no surtidas.
En marzo de 2026, la presidenta Claudia Sheinbaum presentó un panorama distinto. En su conferencia matutina afirmó que el abasto supera el 97 %, una cifra que ninguna organización independiente ha podido confirmar. Según la coordinadora de Cero Desabasto, esto ocurre porque cada institución mide como quiere. Existe un vacío que ningún sexenio ha logrado cerrar ni medir con precisión, llevando al mercado a instalar una botarga que ofrece desde lo mismo pero más barato, hasta consultas médicas generales por menos de cien pesos.
Y ahí está el detalle chato (como diría «Cantinflas»), la botarga del médico con sobrepeso, entrañable y ligeramente absurda representa el acceso de algo que debería ser un derecho garantizado y que en cambio se vende con coreografía. Es el mismo impulso que produjo la torta de chilaquil o tamal (guajolota) y que llevó a que se creara el largometraje «Santo, el Enmascarado de Plata vs. la invasión de los marcianos» fabricando algo con lo que hay porque lo que hay es lo que hay. Esperar más sería un lujo que el presente no autoriza.
El Ejército Mexicano tiene su propia versión del fenómeno «Simi»: el sargento Bravo y la sargento Victoria. Son botargas creadas por la Secretaría de la Defensa Nacional (SEDENA) portando trajes militares que recorren ferias, desfiles y escuelas con el objetivo de normalizar la presencia militar en el país. La propia SEDENA ha transmitido en vivo, en su canal de YouTube, carreras de botargas donde el sargento Bravo compite contra otros personajes del imaginario publicitario mexicano, como la vaquita de la leche Alpura o el burro blanco del Instituto Politécnico Nacional.
Una farmacia tiene que construir su cercanía con la gente desde cero, pero el Ejército ya carga con siglos de historia y legado, y aun con ese peso simbólico disponible, la que se supone es una de las instituciones más serias del país decidió que la mejor manera de acercarse a la ciudadanía, era usar la misma técnica de una farmacia: un disfraz de hule espuma.
El ritual en la rutina
Al atravesar las caóticas calles del centro histórico de la Ciudad de México, no nos sorprende ver a personas de pies a cabeza vestidas con plumaje, ofreciendo purificaciones con humo de copal, a sólo diez pesitos. Lo que vemos como normal, al extranjero le parece folclórico, todo un espectáculo callejero.
Las culturas olmeca y maya utilizaban ciertas especies de sapos en rituales espirituales. Hoy, esas mismas propiedades psicoactivas, por ejemplo dentro del peyote, siguen siendo vistas como un portal a lo más profundo. Claro, para otros, son simplemente un elemento adicional de aquel retiro espiritual en Puerto Escondido —que wey, me cambió la vida—.
La política nacional, a su manera, en momentos funciona como un espejo público de la misma realidad que hasta aquí he descrito. En 1982, José López Portillo prometió en un discurso defender el peso «como perro» ante la inminente devaluación que se avecinaba. Meses después, la profecía económica se cumplió y la gente respondió mostrando su indignación, literalmente ladrándole al presidente en cualquier oportunidad.
El poder mexicano tiene su propio anecdotario de absurdos normalizados, pero muy pocos lo ilustran con tanta precisión como el caso de Francisca Zetina, conocida como «La Paca». En 1994, el pais buscaba resolver el asesinato del politico José Francisco Ruiz Massieu. Las primeras investigaciones vincularon el crimen a una fractura interna en el histórico Partido Revolucionario Institucional (PRI), señalando como sospechoso al diputado Manuel Muñoz Rocha, quien desapareció sin dejar rastro.
Dos años después, el subprocurador federal Pablo Chapa Bezanilla recurrió a la información de una vidente que se presentaba como consejera espiritual de Raúl Salinas de Gortari, hermano del entonces expresidente. Guiado por las supuestas vibraciones que «La Paca» aseguraba percibir, un equipo de la Procuraduría General de la República excavó la finca «El Encanto», propiedad de Salinas, y encontró una osamenta que se presentó al país como los restos de Muñoz Rocha.
Los peritajes forenses revelaron después que los huesos pertenecían al consuegro de la propia vidente, exhumado y sembrado por ella misma. Este episodio le costó la carrera a Antonio Lozano Gracia, el procurador general en turno, y a su subprocurador Chapa Bezanilla, quienes en conjunto autorizaron el pago de más de cuatro millones de pesos de fondos públicos a «La Paca» y sus cómplices. La vidente también enfrentó consecuencias: más de una década en prisión. El presidente Ernesto Zedillo, cuyo gobierno había nombrado directamente a Chapa Bezanilla, quedó en ridículo. La Procuraduría, debió tener el rigor que un homicidio exige, y no lo tuvo, en vez exponiendo la capacidad de la nación y del propio estado en creer en el misticismo para encontrar sentido donde no parecía haberlo.
Hay en México una relación particular con la muerte que completa el cuadro, esa familiaridad con lo irreversible que convierte el duelo en fiesta y el riesgo en entretenimiento. Recuerdo haber intentado jugar con una máquina de toques en una fiesta con unos amigos canadienses, un colombiano y uno de Portugal. El colombiano aceptó la dinámica, mientras que el portugués se mostró más temeroso. La mayoría prefirió mirar desde lejos. Ante su incomodidad, intente explicar que esto era algo normal en México, que en algunas fiestas la máquina podía aparecer con la misma naturalidad con la que aparece la botana.
—¿No es peligroso? ¿Te puedes morir por eso?—me interrogaron.
Negué los riesgos sin certeza de si mentía, desatando una carcajada entre los espectadores. La realidad es que nunca me lo había cuestionado. Ni su origen, ni su riesgo. Hoy sé que las máquinas de toques como juego de fiesta se originaron en Estados Unidos a finales del siglo XIX, por parte de la compañía Mills Novelty. Aunque todavía existen del otro lado de la frontera, su popularidad se profundizó en México.
¿Cuál habrá sido el factor para el auge de los toques en éste país? Quizás, el orgullo irracional. El ganador de una ronda no se queda con nada más que los dedos y brazos adormecidos, y la satisfacción de saber que aguantó más que el resto. Al premio se suma la supervivencia porque sí, confirmo que técnicamente puedes morir por usar una máquina de toques. Aunque es raro, sucede. Pero, ¿eso va a detenernos? Claro que no.
El México de «ahorita»
La visión abstracta del mexicano se percibe en su propia noción del tiempo. En Canadá, cuando alguien te invita a una fiesta de siete a diez, esa hora es literal. Llegas poco tiempo antes de las siete y te vas a la hora establecida. En México, decir «a las siete» es apenas una sugerencia. Uno puede llegar a las siete, siete y media, y la hora de irse depende de cuando le dé la gana —usando más como métrica qué tan bueno está el chisme en vez del reloj—. Ni anunciando la despedida se resuelve el asunto porque ese tramo indefinido en el que uno ya dijo adiós pero sigue hablando en el umbral de la puerta, a veces dura el tiempo que la visita misma. Nadie te va a correr —no habitualmente al menos—.
A esa falta de claridad temporal, añado la naturalidad con la que decimos «ahorita», sin anticipar su enorme complejidad, digna de estudio. Esa palabra en su ambigüedad permanente puede significar «este momento exacto» o «dentro de un rato» o «tal vez nunca», una unidad que sólo aplaza para no comprometer y así mantener abierta la posibilidad de que algo ocurra sin la incomodidad de precisar cuándo. Es una respuesta honesta que da un país al que lo prometido siempre llega tarde, o simplemente no llega.
México parece resultado de un modelo de generación artificial porque se construyó en la improbabilidad. Vaya, qué improbable construir una ciudad encima de un lago, y qué improbable que a setecientos un años de su fundación, Tenochtitlan resista rebautizada como la Ciudad de México, la urbe más grande del continente americano (solo disputada por São Paulo).
El mexicano no eligió su realidad, simplemente así la habita, cargando cuatro eras que nunca concluyeron y que solo siguieron acumulándose una sobre otra hasta formar lo inaudito (orgánico aunque parezca artificial) en el México al que llamamos mágico.
Mateo Cornejo (México) actualmente cursa la Licenciatura en Medios, Información, Tecnocultura y Ciencia Política en la Universidad de Ontario Occidental (Western) en Canadá. Tiene perfiles activos en redes sociales donde realiza verificación de noticias.




Como española amante de México, gracias. Me encantó leerte desde España a unas semanas de irme a México 🤗