Me pregunto si, acaso, he ejercido violencia a través de mi identidad. Si mi ser violenta a otros.
No me refiero a acciones abiertas o agresivas, sino a algo más sutil: a momentos en los que mi forma de pensar, de vivir, de nombrar el mundo pudo haber invalidado o excluido la de otros. Momentos en los que mi presencia pudo haber ocupado más espacio del necesario, en los que mi verdad parecía la única, en los que no supe leer los matices de otras formas de ser.
Debo definir qué entiendo por violencia, claro. No solo con mis palabras, sino también con las de quienes se han dedicado a pensarla con más profundidad y rigor. Para mí, ejercer violencia es irrumpir o interferir bruscamente en la identidad del otro: en su cuerpo, sus sueños, sus formas de estar en el mundo. Es atravesar sin permiso aquello que para alguien más es sagrado o innegociable.
Para otros pensadores, la violencia tiene múltiples formas y matices. Para Walter Benjamin (2007), por ejemplo, toda violencia implica una relación con el poder; con la imposición de un orden, con la creación o conservación de normas. Mientras que para Hannah Arendt (1970), la violencia aparece cuando el lenguaje y la persuasión fracasan: es muda, dice ella, y se impone donde el diálogo ya no es posible. Slavoj Žižek (2009), por su parte, distingue entre violencia subjetiva (la que reconocemos fácilmente: golpes, gritos, agresiones físicas) y la violencia sistémica, que opera de manera estructural, silenciosa, incrustada en lo que llamamos normalidad.
Tal vez cuando era más joven y aún no comprendía el valor de la diferencia. Recuerdo ocasiones en las que no supe ver lo que mis padres hacían por mí, porque yo ya estaba mirando hacia otro lado, hacia otros referentes. Me parecía que todo lo que venía de ellos era antiguo, ineficaz, desfasado. Creía que tenía que inventarme sola para valer más. O con mi abuela, cuando su manera de hablar o de entender las cosas me parecía "anticuada". No hubo gritos ni rechazos explícitos, pero sí una distancia. Una sensación de superioridad silenciosa. Una idea —muy instalada— de que yo “sabía más” o que lo mío era “más correcto”.
Fue en ese reconocimiento, en esa pequeña grieta entre lo que creía y lo que realmente era, donde empecé a preguntarme por las tensiones que habitan mi identidad: ¿Y si, sin darme cuenta, al buscar afirmarme en mis ideas y en mis decisiones, también he negado las de los otros?
Fanon, describe el dolor de quien vive entre dos identidades: una impuesta, otra deseada. Y aunque su contexto era otro, entiendo la fractura. Yo también he vivido tensiones internas entre lo que soy y lo que he querido ser. No desde la vergüenza, sino desde la búsqueda. Y a veces, esa búsqueda me llevó a invalidar partes de mí o de quienes me criaron. Como si para afirmar mi identidad, tuviera que negar la suya. Como si ser yo, en algún momento, significara tomar distancia de ellos.
Incluso en los afectos, en lo cotidiano, me pregunto si he ejercido presión sobre las personas que quiero para que sean de determinada forma. No por control, sino por miedo. Por cuidar. Por amor mal entendido. ¿Puede la protección también ser una forma de violencia si no deja respirar? Me he descubierto queriendo anticipar el sufrimiento de los otros, tomar decisiones por ellos, suavizar los conflictos antes de que lleguen. He dicho "te lo digo por tu bien" sin preguntar si ese bien era el suyo o el mío. A veces he confundido compañía con dirección, presencia con vigilancia. Y aunque el deseo que me mueve es el de proteger, también sé que proteger en exceso puede sofocar, puede volver ajeno lo que era íntimo. Hay una forma de violencia que no se grita, pero se insinúa en cada vez que no dejamos al otro ser distinto, equivocarse, cambiar sin permiso. ¿Cuántas veces, desde el afecto, he pedido que alguien sea lo que yo necesitaba que fuera, sin darme cuenta?
A veces me descubro intentando recuperar versiones pasadas de las personas que amo. Queriendo que vuelvan a ser como eran antes, cuando todo me parecía más simple o más cómodo. Pero desear que alguien no cambie, que conserve una identidad solo porque me resulta familiar, también puede ser una forma de violencia: la nostalgia que congela al otro para sostenerme a mí.
Joan Didion, escribe que "nos aferramos no a las personas, sino a la imagen que teníamos de ellas". Esa idea resonó especialmente en mí, cuando noté que a veces, incluso en la amistad, he intentado preservar una versión del otro que ya no existe, como si su transformación amenazara la estabilidad de mi propia identidad. Pero las personas cambian, y querer que sigan siendo lo que fueron —solo porque eso me resulta más cómodo— también puede ser una forma sutil de invalidarlas. Aceptar que los otros cambian también implica aceptar que sus procesos no siempre se ajustan a nuestros deseos. A veces, el mismo impulso que me lleva a sostener una versión conocida de alguien, también me lleva a esperar que sane, comprenda o evolucione según mis tiempos. Como si el afecto me diera derecho a marcar el ritmo.
He exigido sin decirlo que los demás sanen rápido, que comprendan pronto, que no se queden atrás en el paso que yo considero el “correcto”. Como si sanar fuera una carrera. Como si entender el dolor tuviera una sola velocidad. A veces he mirado el sufrimiento ajeno con impaciencia, creyendo que acompañar significaba empujar. Lo entendí con más claridad cuando murió mi abuela. Ver a los demás tristes me generaba una incomodidad que no supe nombrar. Quería que todo pasara pronto. Que volvieran a estar bien. Que sonrieran. No porque mi duelo fuera menor, sino porque me costaba sostener la vulnerabilidad de los otros. Y sin saberlo, en lugar de abrir espacio para el dolor, pedí que se ocultara. No lo hice con palabras, pero sí con gestos, con silencios, con urgencia.
Chimamanda Ngozi Adichie escribe: “Hay una especie de violencia en la expectativa de que el dolor sea privado, silencioso, invisible. Como si doler demasiado fuera un descuido social.” Esa frase me atravesó. Comprendí que, aunque lo que me movía fuera el cuidado, también estaba dictando cómo debían doler los otros, cuánto tiempo era suficiente, cuánta expresión era tolerable. Y es que la prisa también puede ser una forma de violencia.
Porque si la violencia también se encarna en lo sutil —en los gestos que impacientan, en las ausencias que invalidan, en las palabras que excluyen—, entonces sí: puedo decir que mi identidad ha generado violencia. No siempre desde el rechazo explícito, pero sí desde el apuro, desde la exigencia, desde una forma de amor que no supo dar espacio. Y eso, también, cabe en la definición; eso, también, es violencia.
El texto es de Ana Laura Citalán.
La ilustración es de Nathalie Medina.





