Mi manera de estar despierta
de Linda Esperanza Aragón
A modo de prólogo
de Tomas Lemus
Lo que me fascina en estas fotos y que puede pasar de largo la primera vez, es la intimidad y naturalidad que denotan. El balance entre capturar con precisión una realidad y que ese retrato sea genuino y espontáneo es algo que los mejores fotógrafos pasan toda su vida buscando.
Estar un momento con las fotos de Aragón nos hace sentir tan cercanos a estos personajes caribeños. Siento que soy el primo o el sobrino de uno de ellos. Y ya no pienso en el lente. Olvido, de pronto, que detrás de cada encuadre hay un humano; un humano que sostiene una relación especial con la escena y con el porvenir. Que el encuadre que vemos es producto de una decisión consciente de extraer ese momento.
Y al recordarme esto, las fotografías de pronto parecen convertirse en cine. La actividad en ellas parece tan real, el movimiento congelado parece querer descongelarse y en más de un par de ellas tengo que comprobar que no estoy escuchando un vallenato o una salsa. Tienen un nivel de composición, de lirismo, de poética, que parece producto de una escena simulada.
Pero revelan, en realidad, hasta qué punto Aragón se ha sumergido en estas escenas, la profundidad y la intensidad con la que forma parte de ellas. Entonces, las fotografías se vuelven menos un estudio y más una confesión. Son el impulso de una intuición caribeña que se observa a sí misma, que de pronto repara sobre el frenesí de su existencia y nos ofrece esta imagen autorreflexiva que dice: esta es una cara de mi secreto.
Mi manera de estar despierta
de Linda Esperanza Aragón
Pienso en la muerte cada día. Todavía estoy joven, aún no llego a los treinta, pero me asusta perder mis cinco sentidos. No me imagino sin poder oler, tocar, escuchar, degustar, ¡carajo! y sin poder ver. Qué agónico es pensar en eso. Es tanta la zozobra que he llegado a ensayar cerrando los ojos y conteniendo la respiración: la verdad es que no paso de los cinco segundos (cómo se nota que no medito).
Poco a poco he ido encontrando refugios para olvidarme por un rato de ese agobio. Pensar en eso me da más calor, más del que me envuelve en mi querido Caribe. ¡Ay!, Caribe, para mitigar ese desasosiego me fijo en tu cotidianidad y no me canso de explorar tus tradiciones, costumbres y personajes. Tu cultura popular. Entender que un verdadero viaje no consiste en irse lejos, sino que también es conocer el pueblo más cercano. Dejarse cautivar por los sonidos del barrio es la seducción más hermosa. Me conduce a escribir y a fotografiar lo cotidiano para descifrar dónde tengo puestos los pies. Escribir con las letras y la luz me motiva a recorrer incontables caminos y a cambiar de ojos.
Sigo el consejo de Hemingway: «Nunca viajes con alguien a quien no ames». Por eso no me desprendo ni de la cámara, ni del lápiz, ni de la agenda. Narrar lo que me rodea, mi aldea, como decía Tolstoi, me salva de creer que lo sé todo porque he viajado mucho.
La escritura me fascinaba desde muy niña: les escribía cartas a mis papás en fechas especiales y para pedirles los regalos en Navidad. En la universidad me gozaba cada párrafo a la hora de construir los libretos en las clases de radio y las crónicas viajeras en las clases de periodismo escrito. A lo que nunca imaginé aferrarme fue a la fotografía. Nunca la busqué. Recibí clases en la universidad, pero asistía sin emoción.
Recuerdo que en la infancia el único contacto que tuve con la fotografía fue en los álbumes familiares y con los fotógrafos que iban a las fiestas patronales de mi pueblo a registrar bautizos y matrimonios.
Pero, con el paso del tiempo, la fotografía me sorprendió: hace algunos años debía cruzar el río Magdalena cada semana para acudir al trabajo en un municipio ribereño. Ante semejante torrente supe que no podía seguir viajando con los brazos cruzados, me pasó lo mismo que a Florentino Ariza en El amor en los tiempos del cólera, quien se divertía viendo desde las escolleras a los pescadores con grandes chinchorros y a la pandilla de niños nadando.
Dejé ir varias historias y escenas por no tener fuerza en la mirada y no tomar la decisión de sacar el celular y hacer la foto. El trayecto se hacía cada vez más rutinario, pero el río iba entrando suavecito en mi mirada y la fotografía seguía coqueteándome. Ahorré poco a poco y compré mi primera cámara réflex. Desde entonces, el viaje no era el mismo y comencé a obturar.
Allí empezó todo. Me abordaron preguntas, las mismas que alguna vez se planteó el fotógrafo Paul Graham: «¿Me lanzo a andar por la calle y hago fotos a extraños?, ¿hago una fotonovela entre mis amigos?, ¿fotografío solo a mis allegados, a mi familia, a mí? O quizás debería solo fotografiar paisajes, las rocas, los árboles; ellos no se mueven, ni se quejan, ni te hacen esperar. ¿Las casas antiguas?, ¿las casas modernas?, ¿me voy al otro lado del mundo a las zonas de conflicto o a la tienda de la esquina, o ni salgo de mi cuarto?».
Decidí narrar el Caribe, el lugar en el que nací y vivo. Su luz y cultura me cautivaron y me dediqué a la fotografía documental. Hoy soy lo que describió alguna vez Susan Sontag: «El fotógrafo es una versión armada del paseante solitario que explora, acecha, cruza el infierno urbano, el caminante voyerista que descubre en la ciudad un paisaje de extremos voluptuosos. Adepto a los regocijos de la observación…».
Mi lente también ha estado frente a ganadores del Premio Nobel de la Paz, corruptos, expresidentes, artistas reconocidos, hospitales abandonados, mercados públicos, cuerpos de agua, personas que viven del rebusque, fiestas tradicionales, pueblos recónditos y ciudades inmensas. Trato de narrar los peligros y las esperanzas que rodean nuestra existencia a través de un arma poderosa que depende de la luz y de la sincronía entre la mente y las emociones; de un arma que puede ayudarnos a no olvidar, como lo hizo el fotógrafo L.B. Jefferies en el filme La ventana indiscreta: él se aferró a su cámara para no sucumbir.
Me dedico a escribir y fotografiar, sin embargo, no es fácil vivir de este oficio, por eso también trabajo en el área de comunicaciones audiovisuales de una institución y me toca cumplir con tareas y jornadas específicas, pero no abandono los viajes y las historias: organizo mis tiempos y llevo a cabo proyectos independientes en los que soy plenamente libre. Escribir y fotografiar, dos actividades que puede hacer todo aquel que cuente con lápiz y papel (o Word) y con una cámara (hasta con la del teléfono móvil). Yo trato de hacerlo en serio, con el corazón y con la disciplina. Trato de contar historias para la memoria. No me interesan los relatos inmediatistas que irán a parar al olvido.
Evitar un pestañeo para no perderme una historia interesante me mantiene viva, es mi manera de estar despierta. Narro lo que me sacude y me identifico con la visión de Graciela Iturbide: «Cuando estoy fotografiando soy íntegra y fotografío lo que me conmueve, lo que me da sorpresa. La cámara es un pretexto para conocer la vida y aprender de los lugares a los que voy».
Si no miro ni escribo me gana la muerte y me olvido de la maravilla de despertar cada día, del asombro de estar viva. Los invito a mirar.
Linda Esperanza Aragón. Periodista cultural, comunicadora multimedia y fotógrafa documental con posgrado en Gerencia de la Comunicación para el Desarrollo Social. Como oriunda y habitante del Caribe colombiano, explora su cultura popular, memorias y cotidianidad.
Narra sin afán y con independencia para tratar de quitarle al olvido lo que quiere llevarse. En ese camino arduo y hermoso, ha expuesto su trabajo en varios museos de Latinoamérica y publicado historias escritas y visuales en El Estornudo (Cuba), Hayo Magazine (Canadá), Creatura (Francia), Imagem Vertigem (Brasil), Caption Magazine (Chile), Gatopardo (México); y en medios colombianos como El Espectador, Cartel Urbano, Semana Rural, entre otros.
Su obra fotográfica ha sido destacada en las plataformas internacionales de divulgación fotográfica PhotoVogue de Vogue, en las secciones Best of PhotoVogue y Pic of the Day; Fish Eye y Observadores Urbanos.
Obtuvo el Xilópalo – Premio Nacional de Periodismo Digital en la categoría Colombia en imágenes (Colombia, 2024) y el Premio Nacional de Periodismo Ernesto McCausland en la categoría crónica digital (Colombia, 2024). Fue seleccionada en la convocatoria internacional de fotografía Artículo 25, organizada por la Federación Internacional de Museos de Derechos Humanos de Latinoamérica (FIHRM-LA), para exponer en museos de América Latina. Así mismo, fue seleccionada por el Museo del Río Magdalena, a través de la convocatoria Reactivarte: Arte Joven 2021, impulsada por el Ministerio de Cultura de Colombia, para incluir su obra fotográfica en la colección permanente.
Se he desempeñado, además, como fotógrafa de proyectos culturales y sociales; foto fija, guionista, investigadora y entrevistadora de documentales; redactora curatorial de exposiciones, asistente editorial de revistas culturales; y como conferencista, tallerista y jurado de eventos de comunicación, fotografía y cultura. Soy miembro de Observadores Urbanos, plataforma iberoamericana de fotografía de calle y documental.




















