Este cuento fue publicado en el volumen VIII de El creativo, nuestra newsletter de escritura literaria y cultura. Para recibirla directo en tu correo, suscríbete a Perpetuo:
Un ómnibus enterito, con cubiertas gastadas de muchos años, pintado y decorado con un fileteado porteño que ya no se ve de tanta mugre, y dotado de un motor diésel de aquellos de antes que no conocen de tiempo ni vida útil, sólo vida.
Tras los vidrios, sordos ruidos de conversaciones se pierden entre el murmullo de la máquina que se mueve rápido, como un leviatán con la mirada desencajada. Viaja lleno. Algunos pasajeros van colgados por fuera, otros parados, otros sentados y otros, los menos, al fondo, recostados en sillones tapizados en cuero y alcántara roja, bordados en hilo color oro brillante. Estos asientos rara vez ocupan más que espacio.
Hoy es paro de transporte; el colectivo se mueve igual. A las corridas se sube un muchacho homogéneo de Buenos Aires con su maletín y su camisa negra de marca irreconocible. Rápidamente se paran seis personas y le pagan el boleto con sus tarjetas. Pagan el boleto seis veces en total y el muchacho pasa a sentarse en el medio del bus, no sin antes empujar y golpear a aquellas personas que le pagaron el boleto.
Minutos después, el bondi frena suavemente, paralelo al cordón, y se sube un señor de traje, bien vestido, con unos zapatos de charol impecables, y paga el boleto quince veces porque le gusta el ruido que hace la maquinita. Pasa al fondo.
El trayecto continúa y entra por la ventanilla un niño en harapos que había conseguido subirse al techo del ómnibus tras saltar del techo de una casa de chapa. El chofer, que hasta ahora no lo habíamos mencionado, es nada más ni nada menos que un muñeco despeinado ataviado con un chaleco de fuerza y sin licencia —porque ¿en qué jurisdicción le darían licencia profesional a un muñeco de trapo?—. Resulta que el muñeco está vivo, puede hablar, y le pide al niño que se baje pues no trae lo suficiente como para costearse el viaje. El pibe se baja. Da lo mismo, porque tampoco sabe a dónde ir.
Cada tanto pueden verse personas en sillas de ruedas esperando su parada. Todos tarjeta en mano. El colectivo no frena por ellos. Aminora la marcha eso sí, para que los de adentro puedan ver lo que podría llegar a pasarles alguna vez. Los del fondo se regocijan, sueltan escupitajos a diestra y siniestra entre carcajadas.
El colectivo se detiene de nuevo más adelante. Se sube el Tío Sam y se sienta en el asiento reservado para embarazadas. El chofer, que en su vida había sido más que un muñeco de trapo, se preguntaba a qué se debía ese gran honor. Luego de cinco minutos, junta coraje y pregunta: «¿A dónde va?», a lo que el Tío Sam contesta: «Hacia la libertad. Lléveme».
Feliz de haberle sido encomendada tamaña tarea, el chofer pone el pie en el acelerador y redirecciona hacia la libertad; había que llevarlo deprisa al señor, aunque realiza una última parada. A petición de los del fondo, el chofer detiene el colectivo, apaga el motor y abre las puertas para que se bajen. Antes de hacerlo, los pasajeros incendian sus cómodos asientos entre risas para que nadie más pueda usarlos de nuevo.
Reanudada la marcha, al interior es todo humo y cenizas. La gente empieza a toser, algunos se desmayan y otros rezan y agradecen por el humo que les habían legado pues hacía bien a la salud, ya ve cómo la gente fuma por lo mismo.
A 500 metros puede verse un muro, el final del recorrido: un muro de concreto en el que reza una palabra: «LIBERTAD». El chofer acelera, dispuesto a cumplir con la encomienda de un Tío Sam ausente, que sin mediar palabra alguna había abandonado el colectivo a lo último, con los del fondo. Esto no lo sabe el conductor; con él arriba, piensa, nada podía pasarles…
El impacto asustó a los vecinos. El chofer murió junto con la mayoría de pasajeros; el resto fueron fusilados por un soldado israelí. En lo que restaba del parabrisas le pusieron una multa por exceso de velocidad.
Lautaro Malpassi (Argentina) Vive en Estonia, donde trabaja de intérprete médico certificado. Estudió periodismo y lo dejó, porque eso de ser objetivo jamás se le dio. Sueña con traducir a Roberto Fontanarrosa a todos lo idiomas, incluido el estonio.





Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
El cuento es muy bueno, pero me preocupa un dato de la biografía del autor: ¿Cómo es posible que el negro Fontanarrosa no esté traducido a todos los idiomas conocidos?