El olor a aceite quemado burbujea en la olla oxidada. Brisa con peste a meados de perro o vagabundos o ambos, se combina con el tufo de garnachas mexicanas. Colores afanados visten a los edificios desnudos para quitarles el frío. Se escucha, a los lejos, un mariachi cantando Cielito Lindo como si se tratara de un himno. Las trompetas se combinan en el viento con los pitazos desesperados de los chilangos deseosos de salir de esta ciudad saturada.
Las mentadas de madre contaminan aún más el aire negro de mugre que me prohibió manejar. Entonces, camino. Me vuelvo turista en la capital que me mira con resentimiento por haberla abandonado. Salto entre los baches de la calle. En algunos, caigo y mi pie me reclama al contacto con el tercer mundo. Cada rincón me susurra un recuerdo y despierta la nostalgia. En la esquina entre Colima y Durango vomité la mitad de la botella que bebí en mi cumpleaños. En la Fuente de la Cibeles, bailé con mis amigas. En el Parque México paseaba a Loretta con el perro de mi ex para tratar de que fueran amigos; nunca lo logramos.
Pienso en esos días como si se tratara de la vida de alguien que ya no soy. Pero la memoria resiste y es noble, porque sólo conserva lo mejor. Esta ciudad es mía, o fue mía. No saber cómo conjugar es parte de ser migrante.
Esquivo las miradas de los hombres hambrientos. Los veo con odio, por ellos también abandoné mi país. Flamea una bandera de México medio despintada en el puesto de las quesadillas. Los ojos del águila sobre el nopal hacen contacto con los míos. Me ven con extrañeza, como si ya no me reconocieran. Las calles de La Roma están alfombradas de jacarandas derrotadas. Las voy pateando, deseando recogerlas una a una para pedirles perdón por no haber llegado a verlas florecer. Extraño esas flores moradas. Sobre ellas marchaba todos los 8 de marzo en Reforma. Debajo de ellas fui feliz con mi familia en Cuernavaca. Con ellas amé la vida cada primavera.
Sigo caminando por Colima y Orizaba; bajo el sol templado de la Ciudad de México desdibujo las líneas del tiempo. El pasado en el que amé la vida aquí me da cachetadas; a la vez, me besa las mejillas con desesperación. Sé que me perdona por haberme ido y yo lo amo, lo amo tanto. Poco ha cambiado desde que me fui aquel verano caliente y triste. Ahora hay más extranjeros buscando la felicidad en el lugar en el que yo no pude. No pude o no quise, ya no sé. Siento una punzada en la garganta. Les quiero gritar a todos esos gringos gentrificadores que se vayan de mi país, pero me acuerdo que sería grotesco quejarme de los migrantes cuando yo también soy una.
¿Cuál fue el momento preciso en que me adueñé del adjetivo migrante? Fue cuando empecé a caminar por el lado izquierdo sin pensarlo. O cuando el estómago me rugió a las doce y media en vez de a las tres de la tarde. Tal vez sucedió cuando intercambié de manera inconsciente el puta madre por un fuck. O cuando el español sollozó porque me olvidé de una palabra y tuve que buscar la traducción en Google. Creo que culminó cuando un martes cualquiera soñé en inglés. Me di cuenta que ya pensaba en otro idioma y desperté llorando. Me vestí de negro ese día en luto por la Roberta que solía contemplar el mundo con eñes y signos de exclamación dobles.
Llegué a las nueve en punto a Quentin Café, donde quedé de verme con mi mejor amiga de la infancia, Lucía. A pesar de que Tom lleva siendo mi pareja por más de cuatro años, sigue sin entender cómo es que en México desayunamos a esa hora, mientras que Lucía se quejó por haber quedado tan temprano. Mi afán por la puntualidad es como un lunar en la mitad de la cara que grita que ya no soy de aquí. Tampoco soy de allá, porque aún sigo sin perfeccionar el arte del tiempo. Saco de la tote bag de Byron Bay mi libreta y agrego la palabra impuntual a la lista que nombré “Cosas que dejé de ser”.
Pido un café aceptando a priori que no será tan bueno como el de Melbourne. Australia me hizo una coffee snob insoportable. Me robó la capacidad de disfrutar el café en cualquier otra parte del mundo. De repente, extraño mi casa, mi casa en Australia. Migrar implica poner una explicación después de la palabra casa.
Después de media hora, Lucía me saluda echando la culpa de su retraso al tráfico infernal. Le sonrío, pero quiero darle una lección sobre la consideración del tiempo de los demás. Tom estaría orgulloso de este pensamiento. La abrazo fuerte, queriendo quedarme pegada a ella. Hablar con Lucía es lo más parecido a un hogar, ahora que me siento un poco huérfana. Me cuenta sobre su semana en el trabajo, su vida de recién casada, su nuevo departamento en Polanco y el viaje que tiene planeado en cuatro meses. La escucho atenta mientras fantaseo con cada uno de esos escenarios. Los hubiera me atraviesan uno a uno como agujas de disección.
Deseo no haberme ido nunca de este horrible caos perfecto. Del maldito país de mierda tan hermoso. No haber visto los mejores atardeceres del mundo, ni haber visitado las azules playas paradisíacas de Asia. No saber lo que es sentirme segura en las calles, ni estar tranquila en el transporte público. Desconocer la calma y el balance de vida y trabajo. También deseo que amar en otro idioma y conocer a gente de otras nacionalidades siguiera siendo un sueño.
Quiero recitar trabalenguas, enredar las erres, cantar las mañanitas con mariachis. Bailar reggaeton mojado, acabar la fiesta cuando el sol saluda. Emborracharme de mezcal y abrazos, comer mole con pollo, estresarme en el tráfico. Preocuparme por la inflación, cuidarme de las miradas, desaprender el sabor de la libertad. Pretender, parecer, portarme bien. Callar mi instinto aventurero.
Le digo a Lucía que estoy orgullosa de la vida que ha construido, mientras le abrazo la mano y suelto a todas las versiones que no fui. Ella me dice con la voz cortada que estas calles, esta gente y este país están pintados de mí.
Nos despedimos con los ojos mojados sabiendo que sólo nos queda una semana antes de mi partida. Quisiéramos que el tiempo sea gominola para extenderlo, pero sabemos que los océanos separan, aunque nunca rompen. Tan pronto como me despido de Lu, le envío un mensaje a Tom.
—Te extraño y extraño mi casa. Eres hogar.
Así, en español. Tom lo lee de inmediato y me contesta.
—Te extraño. Tu hogar te espera con ganas de perro y sueños. y cariño.
Así, en español y con eñes.
Andrea Ceballos Jaime, escritora, pensadora infinita, soñadora de profesión, nómada innata. Navegó entre mundos, pero el que siempre me sostiene es el de las palabras.
La ilustración es de Ernesto Testi





