Esta semana, publicamos una crónica titulada “Un norte sin norte”. Su estilo era político; su sujeto, una fracción del norte mexicano: el estado de Nuevo León. El tema, en resumidas cuentas: cómo es que, en el estado más conservador de México, está creciendo, a pasos agigantados, un partido de izquierda como MORENA.
Ha sido de las columnas que más comentarios han generado entre lectores; casi todos, de una misma forma: ¿cómo?
Quise batallar, en esta carta, con un par de ideas que se quedaron fuera de la crónica. Y un par de ideas que reflejan una fortaleza y una debilidad del ejemplo regiomontano. La economía, cuando va bien para todos, sigue dejando una brecha de desigualdad.
Nadie duda de la premisa de fondo. Es indiscutible que MORENA está creciendo en Nuevo León. No repetiré muchos datos que ya están en la crónica; me limitaré a uno solo. De la elección del 2018 a la del 2024, en lo que a la presidencia se refiere, MORENA se hizo de 10 puntos porcentuales más del voto. Así de simple. MORENA creció. Lo hizo tanto que ganaron la elección para el Senado del estado y votaron, desproporcionadamente, por Claudia Sheinbaum, ahora presidenta.
Lo que causa controversia, en su lugar, es el motivo.
He visto, por lo general, un argumento recurrente para explicar el ascenso de MORENA. Uno que difiere con la crónica que sacamos esta semana—y que, hasta iniciado el proceso de edición, era mi entendimiento de la situación en el estado—.
El argumento, en resumidas cuentas, es el siguiente: Nuevo León ha sido gobernado, por años, por una clase empresarial desproporcionada. Los pocos gobiernan sobre los muchos y, en esa desigualdad terrible, está el germen perfecto para un partido de izquierda. Una inestabilidad social latente; en espera de salir.
Quizá tiene más fuerza cuando consideramos que, en el estado de Yucatán, ocurrió algo similar. En las elecciones del 2024, los expertos predecían una victoria clara y contundente del partido conservado—el PAN—. Era lógico. El PAN había gobernado por años el estado y tenía un control férreo sobre la ciudad de Mérida que controla la mitad del electorado. Aún así, Huacho Díaz, de MORENA, pegó la sorpresa y se hizo con la gubernatura, lanzando una campaña basada, predominantemente, en crítica social. Su estrategia fue la de ir a la periferia; a la otra mitad del estado que no vive en Mérida y convencerlos del imperativo de cambio. Ahora, MORENA gobierna lo que fue un bastión PANista.
La lógica diría que, en Nuevo León, puede pasar lo mismo.
Le tengo mucha empatía al argumento. He ido bastante a Nuevo León en años recientes. En particular, al Tec de Monterrey—de las mejores universidades del país donde, hasta hace poco, estudiaba mi hermana—Esas cuadras entre el campus y el mundo exterior son suficiente recordatorio de lo mucho que nos falta por hacer como sociedad. De avenidas adoquinadas con rigor, se pasa a calles plagadas de baches; siempre gobierna el coche y nunca el peatón. De rascacielos se pasa a casas chatas, malformadas, en calles serpenteantes.
Por ello, me sorprendió que los datos contaran una historia un tanto más complicada. Pasa que el norte no es la península de Yucatán. No lo es en lo poblacional, pues hay una mitad del electorado que convencer fuera de la capital; 90% de la población neoleonesa vive en la zona metropolitana de Monterrey. Y tampoco, crucial, lo es en lo económico.
En un país donde casi el 30% de la población vive en pobreza, en Nuevo León es tan solo el 10.6%. En un país donde el ingreso promedio es de 25,955 pesos al mes, en Nuevo León es de casi 40,000. Y en 2020, de todo el país, Nuevo León fue el estado con menor rezago social.
Lo que sí, es que existe desigualdad en el estado. Y les considerable. Aunque el ciudadano promedio vive mejor que el del resto de la república, hay una brecha grande entre los que menos ganan y los que más. Aquí, la métrica fundamental es el coeficiente de Gini—una puntuación del 0 al 1 sobre la distribución de recursos en un territorio dado, donde 0 implica una distribución equitativa y 1, una distribución desigual—. A nivel nacional, el coeficiente es de 0.398. En Nuevo León, es de 0.431 y, lo que es más, subió entre 2018 y 2020.
Los números, entonces, hablan de un estado empresarial con cierto éxito; donde se gana más que en el país y hay menos pobreza en general. Y lo que es más, las cifras de pobreza van a la baja en el estado. Pero también hablan de una diferencia grande entre los que más tienen y los que menos.
Así que, si MORENA crece por esta tensión social, lo hace por la diferencia interna y no por la calidad de vida de un individuo promedio. Esto es un matiz fascinante; indica que, la desigualdad en general ha de importar tanto como la calidad del de abajo. Si suben todos, pues, si suben los ingresos de ricos y pobres, sigue habiendo una brecha y sigue habiendo tensión.
Esto juega bien con mis recuerdos del estado. Pienso, todavía, como hace años, cuando, con mi madre, manejamos desde el sur del país hasta Monterrey; pienso en cómo, al entrar a la ciudad, a un costado de edificios agigantados, vi casas de madera mal formadas que hasta parecían tambalear, a lo lejos. Recuerdo esa desigualdad y la sigo viendo cada que visito el estado.
En Nuevo León, entonces, pasa algo más complicado. Pasa un misterio que no entiendo del todo—y, por ello, en gran medida, empujé a Díaz a escribir esta crónica—. Pasa que la lógica no funciona y que la receta común no da resultados.
El misterio regiomontano es cómo, en un estado donde las cosas pintan mejor, en lo económico, que en el resto de la nación, la desigualdad sigue siendo argumento válido en lo político. Sigue apareciendo en las entrevistas que Díaz hizo con políticos de izquierda; sigue pesando, por sí solo. Lo que es lo mismo; si se elevan todos, sigue habiendo tensiones por explotar.
Díaz no explora el argumento en su crónica; toma una vía que me parece mucho más entendible en lo político e histórico y que, hay que decirlo, es poco explorada. No la repetiré, es digna de ser leída.
Como editor—y como la persona a la que todos escriben del material en Perpetuo—sentí la obligación de escribir este par de líneas. Sobre todo, de reconocer el misterio que veo en Nuevo León y batallar con lo que representa para otros estados de México y el resto del mundo. Aún si se logra alzar la economía, la desigualdad bien puede ser un tema de debate.
JL Sabau es el editor general de Perpetuo. Puedes escribirle una carta presionando el siguiente botón:




