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Mon Président

El Burkina Faso de Ibrahim Traoré

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may 25, 2026
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Esta crónica fue escrita por Franca Levin. Puedes leer más de la autora y sus publicaciones en la biografía que incluimos al final.


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Más que una línea divisoria entre dos realidades, las zonas fronterizas suelen empezar bastante más atrás de los límites trazados en escritorios de roble. En Bolgatanga, Ghana, a treinta kilómetros de ese borde arbitrario, ya se ven banderas de Burkina Faso y calcomanías de su presidente interino Ibrahim Traoré junto a figuras internacionales como el futbolista Kylian Mbappé o el cantante Bob Marley.

—Yo soy burkinabé —me dice un chico que apenas araña la mayoría de edad. Hace ocho meses vive en Ghana buscándose la vida vendiendo sandalias.

—Lo queremos mucho a Traoré, está haciendo cosas buenas para el país.

Otros vendedores se suman a su argumento con sonrisas y el puño izquierdo en alto. Insisten en que esta frontera es segura y puedo llegar a Uagadugú, la capital de Burkina Faso, sin problemas en transporte público.

Sus comentarios contrastan con la imagen que se suele tener de la región. El Sahel es la franja de transición entre el desierto del Sahara y la sabana del sur del continente, pero en los últimos años se ha transformado en el principal escenario mundial de operaciones yihadistas.

Si bien la presencia de grupos armados no es nueva, hubo un punto de inflexión en 2011 con la caída de Muamar el Gadafi, el histórico líder libio. Con todas sus tensiones, Libia funcionaba como garante de equilibrio y contención del caos en la región. Su colapso fue como sacar el tapón a la expansión de milicias yihadistas por el Sahel. En ese contexto, la presencia militar de Francia como antigua potencia colonial se volvió cada vez más cuestionada, mientras crecía la sensación de que los gobiernos civiles no lograban contener la crisis.

La combinación de violencia desenfrenada, Estados debilitados y rechazo a la influencia francesa fue preparando el terreno para una serie de golpes de Estado con una narrativa anticolonialista anclada en el panafricanismo. De esta manera, Assimi Goïta tomó el poder en Malí, Abdourahamane Tchiani en Níger e Ibrahim Traoré en Burkina Faso. Todo en poco más de dos años, entre 2021 y 2023.

A pesar de la confianza que me transmiten en el mercado de Bolgatanga, termino por hacer una excepción en mi presupuesto austero y contratar un auto privado para el viaje de 200 kilómetros hasta la capital burkinesa.

Entre la bandera de una revolución popular y la sospecha de un régimen tiránico, llego a Burkina Faso en marzo de 2026.


—Es todo mentira, la gente tiene miedo de hablar. No podemos expresarnos porque nos pueden llevar a prisión. Yo a este gobierno no le creo nada.

Mariam1 tiene menos de treinta años. Lleva una blusa blanca con los primeros botones desabrochados y una forma de hablar que mezcla seguridad con frescura. Estudió una carrera social y su objetivo era trabajar en alguna ONG internacional, pero desde el golpe de Estado de 2022 muchas organizaciones se han retirado del país. Después de varias semanas en Burkina Faso, es la primera persona que me habla abiertamente en contra del gobierno.

—Yo no creo que la situación del país sea mejor. Hay mucha gente que se perjudicó por las políticas de Traoré. Por ejemplo, antes el Boulevard Charles de Gaulle estaba lleno de puestos callejeros. Ahora los prohibieron y esa gente no tiene dónde trabajar. No se dio una alternativa, solamente los echaron.

En ese momento, un muchacho de edad similar se acerca y se sienta en una mesa junto a nosotras. Mariam, en un susurro de rústico inglés, me pide que cambiemos de tema. En lo que demoramos para pedir otra cerveza, el chico ya no está.


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El Boulevard Charles de Gaulle cambió de nombre hace dos años, aunque Google Maps todavía no se enteró. Ahora se llama “Thomas Sankara” en un gesto tan simbólico como político: reemplazar en el espacio público las referencias a Francia por figuras propias.

Sankara fue un revolucionario que estuvo en el poder entre 1983 y 1987. Durante esos cuatro años impulsó reformas sociales disruptivas para la época y el contexto: desde campañas masivas de alfabetización y vacunación hasta políticas de autosuficiencia económica y emancipación femenina. Su proyecto político, sin embargo, fue abruptamente interrumpido cuando lo asesinaron en un golpe de Estado encabezado por su entonces amigo Blaise Compaoré.

Compaoré permanecería en el poder durante casi tres décadas a raíz de ese golpe.

Si hay algo que me llama la atención de las calles de la capital es el orden del tránsito. Con una decena de sellos africanos en el pasaporte, es la primera vez que veo carriles exclusivos para motocicletas y un respeto casi inquebrantable a la luz roja. Mientras camino por el boulevard Thomas Sankara, presto atención a otro detalle que también contrasta con lo que vengo acostumbrada: cuatro de cada diez motos están manejadas por mujeres.

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