Morrison, Gorbachov y lo que se nos perdió en el camino
Algo nos robó la modernidad, aún no sabemos qué es, y aún no sabemos cómo recuperarlo
Esta crónica fue escrita por Sergio Nouvel. Puedes leer más del autor y sus publicaciones en la biografía que incluimos al final.
1.
A veces —de ocioso— pienso qué hubiera pasado si Jim Morrison no hubiera muerto en París el 71 y siguiera vivo hasta esta época. ¿Sería un viejito apacible y digno como Ray Manzarek? ¿Hubiera cultivado pinta de pirata millonario como Steven Tyler? ¿Hubiera desaparecido completamente del ojo público como Cat Stevens?
Realmente me cuesta mucho imaginarlo. No lo veo tiñéndose el pelo a los 70, ni en una alfombra roja, ni lanzando la versión Guitar Hero de su catálogo, ni posteando stories en Instagram.
Parte de mi dificultad, por supuesto, es tener su imagen congelada a los 27 años (aunque parecía de 40). Pero más importante es que Jim existió en una época con reglas radicalmente diferentes, diría incompatibles, con las actuales. Una época donde sí había espacio para gente extraña como él. Y creo que es por eso que han pasado más de 50 años y no volvimos a tener a alguien como Jim.
Superestrellas carismáticas, creativas, virtuosas, magnéticas, rebeldes, sí, por supuesto. Muchas. Pero hay algo en lo que Jim —junto a The Doors—llegó a proponer que me parece diferente, como hecho de otro material. Había una visión de mundo particular ahí. Posibilidades laterales, raras; una manera poética y a la vez inmediata de relacionarse con la vida y con la muerte; un paradigma diferente de cómo existir. Me siguen pareciendo espacios que no terminan de encajar con lo que nos ofrece la cultura moderna.
¿Cómo es que no hay espacio para un weirdo como Jim en la época donde hay espacio para lo que sea, donde puedes ser y definirte como se te antoje?
Ya no nos tomamos esas propuestas en serio. Redujimos su poesía y sus muchas contradicciones a una foto icónica, a una biopic, a una colección de merch. Hemos reducido la idea de “diferente” a una mera expresión individual de identidad/estilo/background. Todos somos diferentes, tanto como queramos, pero eso ya no significa nada. Es aleatorio. Somos irrelevantemente diferentes, como Funkos en sus cajas exhibiéndose en una tienda, sin tocarse entre sí.
Cuesta ver espacios para proponer cosas realmente diferentes hoy que no se vean ya saturados y explotados. En la época en la que Jim existió no todo tenía dueño, aún habían cosas por explorar y descubrir. Y me parece que las generaciones que vinieron a continuación —incluyendo la mía— llegaron a un mundo ya parcelado, rastrillado y zonificado.
Me resisto a creer que es pura nostalgia hippie o romanticismo vintage.
2.
“Antes todo esto era campo”, frase que le hemos escuchado a nuestros padres y abuelos cuando atravesamos la ciudad, se ha vuelto un meme que evoca esa nostalgia por una época más silvestre y menos transitada. Cuando aún quedaba terra nullius: territorios e ideas en estado salvaje.
Alguna vez el Everest era algo que mirábamos de lejos y que se creía imposible de ser conquistado. Cuando Tenzing y Hillary llegaron por primera vez, ayudados con oxígeno y luego de ocho intentos fallidos de otros expedicionarios, se convirtieron en héroes. Ahora Nepal tiene que poner cuotas para que no se llene de turistas con mentalidad ganadora que lo pusieron en su bucket list.
Eso nos define: somos la generación de las bucket lists, de cazar trofeos y completar ítems que otros ya compilaron y definieron como un must. Los descubrimientos ya fueron hechos y las aventuras están pre-escritas, tienen precio y (si podemos pagarlo) paquete de hospitality que incluye sherpa y sesión de fotos.
Las filas interminables para subir al Everest son las mismas que verás en Venecia, o en la heladería que algún influencer en TikTok puso de moda.
Cientos, si no miles, de youtubers han probado, documentado y rankeado TODAS las rutas posibles: las lindas y emocionantes, y también las feas, morbosas y peligrosas. “Zazza el italiano” ya se metió en todos los barrios bajos que se te puedan ocurrir y te los grabó en 4K.
No estamos a muchos años de tener glamping en la Luna.
3.
Siento profunda envidia de la época en la que todavía quedaban cosas por desbloquear.
Yo nací en medio de la fiebre de no dejar piedras sin levantar. En 1984, Pepsi, el sabor de la nueva generación, anunciaba oficialmente su auspicio a Michael Jackson —en sí mismo una nueva categoría de hiperproducto musical, mediático, coreografiado, marketeado—, autoproclamándose el heraldo de una nueva era cultural.
Justificadamente: ese videoclip/comercial donde Michael adapta su propio hit para ensalzar a Pepsi para mí sintetiza la era, profetizada y anunciada por Warhol, donde la cultura está definida y financiada por la gran industria, y por ende hereda sus prácticas y métodos.
Es decir, que nací demasiado tarde.
4.
La primera temporada de la Fórmula 1 con publicidad en los autos fue la de 1968. Hasta antes de eso, los únicos logos que veías eran los de las escuderías. Y no es coincidencia que la última Copa del Mundo sin publicidad fue la de 1966 —un año antes del debut de The Doors—. Para la de México 70 todo había cambiado. Cuando veo videos del mundial del 66, me parece una reliquia de un pasado casi ingenuo. Parece que hubieran transcurrido veinte años entre dicho mundial y el del 70, en vez de cuatro. ¿Cómo a nadie se le ocurrió antes poner auspiciadores en un mundial? ¿Les faltaba ambición? ¿Eran tontos?
Pienso eso, por supuesto, porque soy de la generación de los vivos. De los winners.
Hoy nos parece absolutamente normal que en cada rincón de la vida donde pongamos nuestros ojos haya una marca tratando de meterse. Muchas de las mentes más creativas de nuestra generación reciben sueldazos para dedicarse a pensar en qué otro recoveco pueden encajar un logo o un banner. Luego nosotros mismos y nuestras ideas, arrastrados por la misma ola de mercadeo y exacerbados por la Internet, nos hemos convertido en marcas también y hacemos lo posible por ser igual de omnipresentes.
Y algo se manoseó, se prostituyó y se perdió en el camino. No lo hemos denunciado porque ni siquiera sabemos qué nombre ponerle a ese algo. Tengo que mirar videos viejos y escuchar música antigua como un pobre intento de adivinar cómo era cuando ese algo, que yo no alcancé a vivir, seguía ahí.
5.
Luego de Michael Jackson cantando loas a Pepsi en un jingle, el segundo hito que para mí sella esta era de la forma más simbólica, casi tragicómica, es Mikhail Gorbachov apareciendo en un comercial de Pizza Hut en 1998.
En 1984 todavía había Guerra Fría y, al menos en el papel, aún el mundo se debatía entre dos paradigmas de formas de vivir; la idea hipotética de “puede que haya otra forma de organizar a la sociedad” seguía con vida. La existencia de la Unión Soviética implicaba la existencia de alternativas (aunque fueran malas). Proveía el contraste que facilitaba ver la presencia de tu propio paradigma, del color del agua en la que nadas.
Pero cuando un ex líder soviético aparece de rostro de una pizzería gringa, es game over —“el fin de la historia” que proclamó Fukuyama—. Es el boxeador perdedor levantando el brazo del ganador. Es aceptar la falta de alternativas y de ideas. Es, lentamente, dejar de ver otros colores que no sean éste, el actual. Es reconocer que, a partir de ahora, todo es cancha. Que todos los rincones pueden ser explotados. Que podemos reencuadrar el fin de la Guerra Fría como algo que valió la pena para que los rusos pudieran comer Pizza Hut.
6.
La rebeldía hoy es un sabor más de helado. Puedo escuchar Take The Power Back de Rage Against The Machine en Spatial Audio con mi suscripción de Apple Music. O puedo pedir ese excelente álbum en vinilo por Amazon Prime (ya lo hice).
No soy cínico; de veras creo que RATM es una banda honesta y frontal en su denuncia. Pero en sus letras no hay muchas ideas concretas de cómo exactamente recuperar ese poder.
Fight Club, muy original en su premisa, muy atrayente en su estética rebelde y muy aguda en su diagnóstico de una sociedad que vive a través del encasillamiento y el consumo, tampoco se le ocurre nada más para lidiar con el tema que agarrarse a puñetazos y (spoiler alert) detonar edificios. Gimme tha power de Molotov tampoco especifica qué hará con el poder una vez que se lo den (además de prometer más golpiza). La muy frontal Señor Cobranza (hecha famosa por Bersuit Vergarabat), amenazando con “tienen el poder y lo van a perder”, hoy suena a chiste cuando piensas en lo que le pasó a Argentina en la década siguiente.
Poco después, Break Stuff de Limp Bizkit ni siquiera pretende tener una causa o un motivo; es una pataleta de imberbe hormonal y furioso con algo que nunca se menciona. Por lo mismo, a pesar de su violencia, nadie se escandalizó; los adolescentes de la época hicimos pogo, nos pegamos un par de patadas y ya. Nuestros papás ni se dieron por enterados. Ahora es música del recuerdo.
Nos gratificamos en la fantasía de reventarlo todo y fuck the system y celebrar con puños al aire, pero nadie se da el trabajo de imaginar qué sucede después o qué sistema reemplaza al actual. Las películas terminan, muy convenientemente, cuando cae el tirano —y en la muy filosófica The Matrix, la realidad es mucho más desagradable, oscura y caótica que la simulación—.
No es que estemos buscando esas respuestas al consumir dichas obras, tampoco. Empezando porque somos eso: consumidores buscando entretenernos a través del desahogo, como esos lugares donde pagas por ir a romper platos. Y nos gusta el sabor a desobediencia y a rebeldía, por un rato (por eso compramos Chuck Taylors, ¿no?). O al menos nos gustaba en los 90s. Como tantas otras cosas, ya pasó de moda.
7.
Los hippies de ahora también parecen derrotados y sin ideas, buscando más escapar —de las urbes, del consumismo, del exitismo, de las redes sociales— que explorar paradigmas diferentes para vivir. Los pocos que conozco se han ido a vivir lejos y se conforman con tener Starlink, su propia huerta, conocer a sus vecinos, buscar la economía circular, borrar Instagram y que no los molesten. Y en ese muy consciente pero muy resignado individualismo, son también otro sabor de helado.
Tal vez es la resaca de que, como sociedad, hayamos probado demasiadas cosas. Desde todas las drogas —como las que mataron absurdamente a Jim a los 27— hasta todos los sabores posibles del marxismo y el anarquismo, pasando por rebeliones que dejaron todo peor que antes, cultos que se transformaron en sectas apocalípticas, y líderes carismáticos que resultaron abusadores o corruptos. O es que probamos la locura y el sinsentido y no nos gustó; solo encontramos más banalidad. O tal vez es que mi generación y las que vienen después mío fueron criadas por esos ex-hippies, que ya “venían de vuelta” y que además codificaron las ideas y los experimentos locos como las cosas inmaduras que haces cuando tienes veintitantos. Es difícil ser idealista cuando tienes fresca en la memoria todo lo que no funcionó.
A los hippies de ahora se les acabó la poesía. Su estilo de vida se define, también, en objetos y actividades de consumo (más baratos-reciclables-orgánicos). La compostera, los cuencos tibetanos, la ropa holgada, el retiro de biodanza, el cacao de microlotes.
Las personas con alma de niño-artista que conozco son casi todos de la edad de mis padres. La gente, al envejecer, va perdiendo la permeabilidad a lo nuevo; tal vez estas personas simplemente tuvieron la suerte de que se cristalizara su personalidad y su mentalidad en una época diferente. Su ingenuidad es una pieza de museo.
Nuestra generación, por el contrario, es pragmática, y nuestro gran tabú es la inocencia. Buscamos acelerar la adultez, saber de todo tempranamente, no sorprendernos con nada y no tomarnos nada en serio. Movernos por el mundo con la cara de póker de quién ya ha vivido mucho. Disfrutar las cosas cándidas, pero irónicamente, burlándonos en secreto. Nuestro lado infantil ha quedado —oh sorpresa— codificado en más objetos de consumo: consolas de videojuegos, cosplay, juegos de cartas, figurines, Legos.
(Y ya los millenials estamos entrando en la edad donde eso es lo que se cristalizará. Seguro seguiremos jugando Dota a los 75.)
¿Será que eso que se nos perdió es la poesía y la inocencia?
De solo escribirlo ya me parece terriblemente relamido y cursi. Seguro alguien ya trató de vender un cojín de mierda con ese mensaje en Temu. No sé cómo escapar de esa trampa.
8.
Hasta hace no tanto, lo cursi y lo bobalicón eran algo que se aceptaba sin cinismo. En los 60s tenías canciones como Mashed Potato Love (“Amor de Puré de Papas”) o letras tales como “eres exquisita como un gran asado con papitas fritas” —algo pasaba con las papas en esos años—. Alan Parsons y Yes inundaban sus discos de rock setenteros con sonidos medievales —clavicordios, arpas, laúdes—, temáticas grandilocuentes y portadas rococós. Los comerciales de TV de jabón y perfume femeninos de los 60 y 70 eran cándidos, galantes y poéticos.
En los 80, sin embargo, todo pasó a ser vanguardista, experimentado, dinámico, adrenalínico —es la época donde por alguna razón las marcas se obsesionaron con poner en sus comerciales a gente haciendo deportes acuáticos—. Había que demostrar que acabábamos de perder la virginidad.
(Hablando de lo que se nos perdió: la virginidad es, dice el chiste, la única cosa que pierdes y que no quieres volver a encontrar.)
Ahora armamos un gran pastiche casi de lo que sea. Digo “casi” porque seguimos, desde luego, reciclando y volviendo a poner cool muchísima estética de los 60s y 70s —empezando por los muebles, el packaging y toda la onda modernista de Mad Men—, pero la parte romántica y rococó de esa época aún se siente un poco tabú y loser (¡a menos que lo hagas irónicamente!). Greta Van Fleet le copia todos los tics y las letras a Led Zeppelin, excepto el hacer canciones inspiradas en el Señor de los Anillos.
9.
Tal vez es que lo inocente y lo bobalicón fueron despriorizados por no generar suficientes conversiones.
Y es que alguien ya probó y explotó los caminos más cortos para todo, no solo para el Everest. Lo que sea que mires, alguien ya intentó optimizarlo. En la era de la internet y las redes sociales, a esa impaciencia obsesiva por no dejar piedra sin levantar la convertimos en profesión y la llamamos growth hacking; pero si te fijas bien, verás la fórmula en todas partes. Primero descubrimos a la bestia, luego la domamos, luego la amaestramos en el circo, luego la convertimos en pieza de museo, luego la ponemos en una bucket list.
Es una sensación totalitarista y claustrofóbica. Pero por tentadora que suene la idea de echarle la culpa de todo esto al “poder”, al “sistema” o a las “elites” (sent from my iPhone), el paradigma de industralizarnos y eficientarnos al máximo es el agua en la que nadamos todos.
Sigo buscando pistas. En Lima, muchas casas de los años 60 para atrás tienen unos muros minúsculos, a 60-70cm de alto. No pretenden proteger a nadie, solo delimitar y ornamentar, e incluso hasta darte la bienvenida. Todos los condominios nuevos, en cambio, tienen portones de tres metros, púas, cerco eléctrico y aviso de que es una propiedad vigilada.
Antes de los 70s (en Inglaterra) y los 90s (en Latinoamérica), los hooligans y las barras bravas en los estadios no existían. No hacía falta poner rejas ni revisar a nadie.
Ahora nadie puede ni asomarse por una frontera sin tener sus huellas dactilares, su bolso y sus zapatos revisados y registrados. Todos los espacios públicos están bajo la mirada de cámaras de seguridad. Las murallas son cada vez más altas y los condominios cada vez más herméticos. Y la razón primaria no es el deseo de control de algún ente poderoso y oscuro; es porque alguien, en algún momento de nuestra historia reciente, ya abusó de esos espacios y de esa confianza.
Los envases de medicamentos y alimentos hoy poseen dobles o triples sellos de seguridad. Pero no siempre fueron así; de hecho, la tecnología se desarrolló luego de que alguien en 1982 —nunca se supo quién, ni por qué— inyectara cianuro a pastillas de Tylenol en farmacias aleatorias de Chicago. ¿Qué mueve a alguien a querer aprovecharse de que los frascos eran fáciles de abrir para matar gente al azar? ¿Por qué esto sucede en los 80 y no antes?
¿Por qué es que los asesinos en serie y los tiroteos masivos proliferaron en EEUU a partir de los años 70, y no antes, existiendo todos los medios para hacerlo?
¿Qué cambió?
10.
En algún punto de los 80s emergió la contracultura callejera como algo —tal vez la última cosa— que se sintió auténticamente anti-sistema. El hip hop, el rap y el graffitti expresaron la voz de un grupo hasta entonces ignorado. Se creó una nueva manera de entender la expresión artística (rapear, no cantar), un nuevo lenguaje expresivo y sentido de autoría (el sampleo se apodera-homenajea-reconstruye las obras de otros), nuevas temáticas (la vida urbana de las clases bajas, el deseo de superación, la denuncia política), una nueva estética visual y de vestimenta, y un nuevo medio/formato (la calle, fuera de museos y teatros, sin pedirle permiso a nadie). No hay muchos movimientos contraculturales recientes que hayan innovado en tantas facetas al mismo tiempo.
Pero pasaron los años, y el gangsta rap se fue apoderando de la escena. Las letras mutaron de denuncia social a ostentación material, y el rap “consciente” o “positivo” pasó a ser otra pieza de museo. De La Soul y Public Enemy le cedieron el micrófono a Dr Dre y a Notorious B.I.G. El reggaeton, en Latinoamérica, continuó con ese linaje en sus temáticas. La cultura de las pandillas (armas, amenazas, bling bling, putas) pasó de denunciarse, a glorificarse, a finalmente normalizarse. Sus exponentes se hicieron millonarios y famosos, y empezaron a cantar de cómo ahora eran millonarios y famosos y de todo lo que ellos tienen y tú no.
Los que reclamaban contra el sistema fueron relegados por aquellos que decidieron jugar sus reglas, y ganaron. Los rincones de la calle pasaron a ser ocupados también por la máquina imparable de la industria cultural.
Y eventualmente, hasta las marcas de lujo —Gucci, Supreme, Balenciaga— pasaron a ser directamente mencionadas como objetos de deseo en sus letras, sin necesidad siquiera de pagar por placement. La música urbana, que empezó como una completa subversión contra el establishment, hoy no tiene tapujos en admitir (y en confrontarnos con) el gusto por los instintos más básicos de nuestra sociedad: sexo, dinero, poder, y con los caminos más cortos para lograrlos. Es otro espejo, así como Gorbachov comiéndose un pedazo de Pizza Hut. No podemos no mirar.
11.
Hay algunas actuaciones raras —en todos los sentidos de la palabra— que aún no sabemos como clasificar porque nos siguen resultando incómodas de ver y se resisten a la cooptación comercial. No les puedes poner el logo de Pepsi al ladito. Como Jim personificando muy explícitamente a Edipo en The End, o El Topo de Jodorowsky, o Sinéad O’Connor rompiendo la foto del papa Juan Pablo II en SNL. O —más recientemente— This is America de Childish Gambino. Pero son pocas, y cada vez menos. ¿Se están acabando los weirdos, los desadaptados?
Parece que se nos atrofió la capacidad de descolocar con ideas y propuestas. Como mucho, se incomoda a través del factor provocativo (otro sabor más). O llegas a cosas como el shitposting, un humor nihilista y desechable, donde la misma precariedad del formato y la falta de sentido son el chiste y no hay más del otro lado. Descolocar es diferente; es proponer algo sólido que se resiste a la codificación y a la categorización. Y pareciera que ya no tenemos ganas de eso.
Así que hacemos lo mismo que el resto.
En una sociedad extremadamente codificada como la nuestra, hay un riesgo inherente en hacer cosas inclasificables. El algoritmo no te premiará, la gente no te entenderá, no te invitarán de ningún podcast. Nos sacudimos la incomodidad de encima ignorándola: tenemos demasiado compitiendo por nuestra atención. Si no entra en las cajitas perfectas del algoritmo, no lo querremos (mal que mal, el algoritmo ha sido educado por años de nuestros clicks y scrolls, y a nosotros nos gusta la glucosa de las cosas familiares y fáciles de entender).
Ya nadie nos acusa de satánicos o de locos; el sutil castigo de nuestra era si cometemos el crimen de volvernos ilegibles es el ostracismo de la categoría “otros”, que es la caja donde nadie mira.
Eso nos hace tenerle miedo al shadow-ban, o incluso a su forma más leve: volvernos inentendibles, inclasificables, incontratables. Aparecer en la página tres de Google. En nuestras democracias no hace falta un ente censor monitoreando qué decimos; nosotros mismos nos moderamos y creamos cosas fáciles, llenas de keywords, correctas y sin riesgo, para que nuestro LinkedIn o nuestro Instagram no le haga levantar cejas a nuestro próximo jefe o a nuestro próximo sponsor.
12.
De alguna forma la tecnología logró nuestro sueño de ser Michael Jackson en miniatura y hacernos creer que nosotros también podemos ser “rostros” de marcas. Acudimos felices; nos sentimos honrados. Que te patrocine una marca te da un barniz de validación (además de dinero; ese viaje al Everest no se va a pagar solo). Nuestro síndrome de main character nos susurra que nosotros también nos merecemos ser líderes de opinión, o talento altamente cotizado, o protagonistas mediáticos.
Ahora todo es mucho más fino y menos cringe que el pobre Gorbachov y su pizza en una esquina, por supuesto. La industria ha evolucionado mucho. Creativos y tastemakers representativos de la contracultura entraron al baile y le subieron el nivel. Adidas te manda outfits si tienes mucha onda y muchos seguidores. Red Bull te pone plata si practicas deportes extremos. Si haces música, es un honor aparecer en el Spotify Wrapped de alguien. Cuando los famosos aparecen en comerciales, se ven divertidos, naturales, ocurrentes. No se siente forzado ni vendido.
Hay una industria completa, mucho dinero y mucha creatividad volcados durante décadas a lograr que la publicidad no se sienta burda y torpe. Rebelarse contra eso se siente anacrónico, desvencijado, poco cool. No Logo de Naomi Klein envejeció mal, no porque su análisis haya estado mal hecho, sino porque pensar en la “tiranía de las marcas” se siente anticuado y ridículo. Nadie se siente tiranizado por sus Adidas Originals Samba.
13.
Tal vez en la época de Jim, con mundiales sin auspiciadores y terra nullis, la contracultura era una respuesta válida para ocupar esos espacios aún no reclamados.
Pero hace un buen rato que la cultura, cual Kirby, se ha expandido para absorber a la contracultura. La regurgita convertida en gangsta rap, en merch del Che Guevara (o de Pablo Escobar!), en objetos de diseño que se compran o se coleccionan, o en un grupo socioeconómico que luego podemos elegir como público objetivo en Google Ads para venderle más merch. La vuelve indexable, catalogable y patrocinable.
Y, como dije al principio, lo que hoy llamamos “contracultura” tampoco es que traiga un nuevo paradigma, ni propone una nueva ideología. Quizás, en el mejor de los casos, trae una narrativa, y más habitualmente una mera recomposición estética. Una tribu urbana. Y si es algo realmente exitoso e icónico, una franquicia, que será ordeñada hasta el infinito (como Star Wars™ o The Beatles™). Bajo el paraguas de la identidad, todo entra (incluyendo las portadas de Cannibal Corpse!). Nada más inclusivo que el verdadero capitalismo.
La casa siempre gana.
Es más: en la sociedad de las opciones, desbloquear una nueva narrativa, una nueva de verdad, es como encontrar oro. Y es por eso que los artistas y creativos que generan nuevas contraculturas son premiados por la misma cultura que desafían —y que terminan, en definitiva, enriqueciendo—. Obtienen el privilegio de poder vivir libremente, cosechando los dividendos del mainstream —fama, coolness y dinero— sin tener que postrarse indignamente frente a él. Y ¿por qué no lo harían? Es lo mejor de dos mundos.
Yo lo haría.
Tal vez ahí es donde hubiera terminado un Jim Morrison si siguiera vivo. O tal vez hubiera terminado haciendo The Morrisons por VH1. Quién sabe.
14.
Supongo que esa libertad es el premio que obtienes si ganas. Crear lo que se te antoje, trabajar en lo que se te antoje, decir lo que se te antoje, sin miedo a las consecuencias (tal vez incluso sin perder patrocinios!). Es un signo de nuestros tiempos que el acto más rebelde de Taylor Swift, más que una letra o una canción, haya sido un hack para saltarse a su antigua discográfica y a las prácticas de la industria.
Y en este punto siempre pienso en el bueno de Bill Withers, que un día se cansó de ser artista y de hacer música increíble y de lanzar éxito tras éxito, dijo “ahí se ven” y se retiró a su humilde casita hasta el día que se murió. Nunca más miró atrás. Todos dicen que murió feliz.
Estoy seguro que entendía algo que nosotros no.
Y me cuestiono si la única forma de rebeldía/inocencia que queda es el anonimato performativo: ser jodidamente famoso Y renunciar voluntariamente a las regalías de la fama. Ganar el Grammy pero rechazarlo, como hizo Sinéad. Tal vez eso buscaba Cat Stevens al dejar su carrera por el Islam (o Daddy Yankee volviéndose evangélico). Tal vez por eso seguimos sin conocer las verdaderas identidades de Satoshi Nakamoto y de Banksy —por cierto: muchos de los stencils del rebelde Banksy son, a falta de mejor palabra, tiernos. Seguro Banksy también entiende algo que nosotros no—.
Tal vez es que solo puedes hacer genuinamente lo que quieras cuando nadie espera algo específico de ti. Pero al mismo tiempo ese gesto no significa mucho si no has logrado algo primero, ¿no? Se empieza a parecer demasiado a un quiet quitting, al pseudo-ermitañismo resignado de los tecnohippies modernos con su Starlink. O al zorro derrotado de la fábula de Esopo, que al no poder alcanzar las uvas de más arriba, se consuela diciendo que “seguramente deben estar ácidas”.
Estoy seguro que hay gente realmente ermitaña por ahí, de la que no tenemos idea, que es la más libre, sencilla y feliz del mundo. Que ganó el juego al no jugarlo, etc etc. Bien por ellos. Pero desde su escondite feliz no nos ayudan a responder las preguntas que tenemos acá, adentro. Tampoco nos dicen si ellos conservan aún ese algo que se nos perdió en el camino. No comparten la receta. Habrá que esperar a que algún youtuber los descubra.
Una vez fui a la casa de alguien que era fanático-fanático de The Doors. Orgulloso, me mostró un estante: se había traído desde EEUU unos figurines exclusivos de colección de toda la banda.
Ahí estaba Jim, su expresión, su carisma, su rebeldía, su contracultura, su libertad, miniaturizadas y congeladas en plástico.
Me sigo preguntando qué hubiera pensado Jim —el original— al respecto.
Sergio Nouvel escribe en Modo Avión de la intersección entre cultura, tecnología, política y el caos humano.
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