Nada más una pastilla
Por qué enfermarse, trabajar y esperar no son compatibles en Latinoamérica.
Esta crónica fue escrita por Andrea Huamani. Puedes leer más de la autora y sus publicaciones en la biografía que incluimos al final.
Despiertas cansado; adolorido. Cuando pasas la mano por tu frente—aún en la cama, con los ojos cerrados—sientes lo que sabes, muy bien, es el principio de una fiebre. Maldices para tus adentros. Se viene un mal día.
Estás en Lima, la capital del Perú. Tienes que hacer una hora para llegar a la oficina. No te queda de otra. “Seguro se me pasa”, te dices, mientras tomas un pañuelo y te limpias el sudor.
Sales a trabajar; aguantas hasta las cinco—no hay de otra; no puedes salir de la oficina sin justificación—mientras el cansancio te va ganando y te sientes más y más débil. Necesitas hacer algo. Necesitas, te dices, tomar algo.
Quizá es una pastilla que te sobró de un tratamiento pasado. Quizá te la pasó tu hermana o un amigo. O quizá fuiste al médico de la farmacia de la esquina y conseguiste una receta para comprarla.
La constante es que la tomas. Te medicas con guía escasa y, en unos días, vuelves a la normalidad.
Sin percatarte, en ese ímpetu por salir del apuro—en esa necesidad de sentirte mejor—acabas de participar en una de las mayores amenazas para América Latina. Acabas de contribuir a una bacteria que es cada vez más resistente a los medicamentos tradicionales. Contribuiste a la resistencia antimicrobiana.
No lo sabes todavía. ¿Cómo ibas a saberlo?
En América Latina, un 46.7% de los trabajadores son empleados por el sector informal. Ahí, los permisos por enfermedad son escasos. Es parte de la cultura de la región. Al hospital se va cuando ya no queda otra.
La estrategia común en la región es automedicarse. Solo en Lima, Perú, se estima una tasa de automedicación del 56.7%. En muchos casos, llega incluso a los antibióticos. A nivel global, se prevé que hasta un 62% de los antibióticos se compran sin prescripción.
Antes, la fe se mantiene intacta en los antibióticos—esos que tomaste y que consigues una y otra vez—; a veces durante semanas.
Una fe que no parece peligrosa si es solo para “sanarnos”. A lo mucho, piensas, afectará un poco al hígado o al estómago. Nadie imagina que esa pastilla, la misma que tomamos sin receta ni diagnóstico, puede estar entrenando a una bacteria para sobrevivir.
Y, sin embargo, así sobrevive. Así se ha hecho la norma.
Sigues cansado. Ha pasado una semana y no ves cambios. La frente te arde y te duelen las extremidades. Quieres dormir—necesitas dormir—; no puedes. Tienes que ir al trabajo donde, tras pedir el día, te lo negaron por no llevar el certificado adecuado.
Hace unos días te sentiste mejor y dejaste de tomar el antibiótico. Lo dejaste en el mismo cajón que acostumbras. Frustrado, buscas el botecito con pastillas de hace unos días. Te quedan un par; pronto tendrás que surtirte de nuevo.
Maldices a las pastillas brevemente. ¿Qué me pasa? ¿Por qué no funcionan?
Tomas la pastilla y sigues con tu día con la promesa que pronto te sentirás mejor.
No es que el cuerpo se vuelva terco, ni que el antibiótico “ya no sea tan fuerte”. Lo que ocurre, explica María Pons, epidemióloga e investigadora en resistencia antimicrobiana, es que las bacterias cambian. Las que sobreviven a un antibiótico aprenden a resistirlo. Se adaptan; se multiplican. Cuando vuelven a causar una infección, el medicamento que antes las erradicaba ya no sirve.
Eso es la resistencia antimicrobiana. Una de las principales amenazas sanitarias del siglo XXI, que según la Organización Mundial de la Salud en 2050 será superior a la sumatoria de los casos de cáncer y las víctimas de accidentes de tránsito, con una proyección de diez millones de muertes anuales.
Tomas la pastilla y sales al trabajo. Toda la vida la has tomado. ¿Qué ibas a hacer diferente?
Pasa que esa fe en la pastilla ignora lo que pasa dentro del cuerpo.
Las bacterias no desaparecen del todo cuando tomamos un antibiótico. Las más sensibles mueren, pero otras sobreviven. Son esas las que se quedan y, con el tiempo, se vuelven mayoría.
“La resistencia no aparece de un día para otro”, señala Pons. “Es un proceso acumulativo. Cada uso inadecuado del antibiótico ejerce una presión que favorece a las bacterias resistentes”.
Ese proceso ocurre fuera de nuestra vista. No seríamos capaces de darnos cuenta de cuánta resistencia hemos generado hasta el momento en que nos da una infección que se extiende durante varios días y nada parece aliviarla. Cuando sales al trabajo y, en el transporte, haces todo por mantenerte firme ante los escalofríos.
“Clínicamente, una infección resistente no se distingue de una infección común”, explica el médico infectólogo Erick Begazo. “Lo que nos hace sospechar es la evolución: cuando el antibiótico no responde y el paciente vuelve, cuando hay que cambiar el tratamiento una y otra vez”.






