Este fotoensayo fue publicado en el volumen XVI de El creativo, nuestra newsletter de escritura literaria y cultura. Para recibirla directo en tu correo, suscríbete a Perpetuo:



¿Realmente comprendemos una fotografía? Reflexionemos sobre el contexto en el que la vemos: la mayoría de las veces en pantalla pequeña, de unos diez centímetros, siendo acechados por algún tipo de publicidad, anticipando ya la siguiente imagen que quiere entrar en nuestro campo visual: un recordatorio de algo que hacer, algo que pagar, algo que cancelar, algo más donde depositar nuestra atención…
Algo parecido ocurría en mi espacio mental cuando me encontré con esta serie fotográfica de Carlos Castro. El prodigio fue que, para mi sorpresa, las seguí viendo.
¿Acaso nos puede exigir una mayor compenetración el artista? Muy seguido nos presenta la imagen que ha seleccionado de entre cientos. El proceso de capturarla ha perdido también su ritual, su misticismo; ya no es una atención visual perpetua. Es, a menudo —y de esto me considero culpable—, una perpetua desatención que dispara hacia muchos lados, buscando asir en alguna captura, en algún accidente del obturador, algo significativo.
No es este el proceso de Castro; sospecho que no es este el de ninguna foto que logra hacerme volver. Porque a veces detengo por completo mi movimiento lateral —mi constante brinco ocular— y me quedo observando una serie de imágenes en mi teléfono. Regreso a una y otra, creyendo que un vistazo no ha sido suficiente para destilar su significado. No es ya la imagen del punctum de Barthes; esta sí exige ser comprendida. Te confunde que, contrario al resto del contenido con el que convive, no tenga un significado aparente. Esa confusión obliga a la atención, y es una atención que, descubro, comparto con el fotógrafo: una que busca, aún en ellas, el significado.
Quedan preguntas abiertas: ¿cuál es este lugar que se hace llamar la cuna de la mexicanidad? ¿Qué clase de humanos son? ¿Cómo transcurre el tiempo aquí? Viendo y volviendo a ver las imágenes, ensayo una respuesta a la pregunta con Castro.


El otro día me hice la pregunta: ¿dónde está mi casa, mi hogar? Me costó un momento responder. He vivido en múltiples países, múltiples ciudades y domicilios. Mis padres fueron estudiantes foráneos en Monterrey, Nuevo León: mi mamá, de Torreón, Coahuila; mi papá, de Tepic, Nayarit. Desde pequeño he sido un nómada: nací en Torreón el 6 de marzo del 2003. Unos días después de ser dado de alta en el Hospital Ángeles, mis padres tomaron el coche y se encaminaron a Monterrey. A los nueve yo ya había pertenecido a cuatro residencias diferentes.
Antes de llegar a mi punto me gustaría acercarme a la palabra «hogar». Hogar: sitio donde se hace la lumbre en las cocinas, chimeneas, hornos de fundición, etc. El término Hogar lo hemos adaptado para referirnos a un lugar acogedor; un lugar seguro. Ahora, a mis veintitrés años, solo reconozco un hogar: la casa de mi abuela en Tepic. Es el único que ha permanecido conmigo toda la vida; cada visita es recibir una avalancha de memorias. Nayarit es mi hogar y ese sentimiento me impulsó a querer capturar su encanto.
En este viaje fotográfico tuve varias limitaciones. No tenía variedad de lentes y decidí solo usar las exposiciones que restaban de un rollo ya empezado, obligándome a ser muy selectivo en los momentos que quería capturar. Así, las decisiones al presionar el obturador fueron más conscientes; me descubrí buscando lo sutil, lo característico del lugar. Me gusta ocultar la ubicación explícita de las fotos; siempre me dicen que lo que está afuera del encuadre es tan importante para la narrativa como lo que queda dentro.
Me resultó frustrante no haber tomado más fotografías, especialmente en Mexcaltitán, que me cautivó. Para llegar al pueblo debes tomar una panga desde una bahía cercana a la carretera. Al llegar, todos sus setecientos seis habitantes te saludan; te reciben con una calidez que se encuentra en pocos lugares de este planeta. Mientras caminas, te encuentras con casas adornadas y pintadas con los colores más vibrantes. En su núcleo se encuentra una plaza con una catedral de colores rosas pasteles y colores crema. La pesca es el comercio principal del pueblo, debido a la cantidad exuberante de camarones en la región. A través de sus callejones las personas los pelan
y secan por miles.
En Mexcaltitán, siendo un pueblo pequeño, abunda una gran expresión artística y cultural. Un anuncio a la entrada declara que esta es La Cuna de la Mexicanidad.
Carlos Castro (Torreón, Coahuila, 2003). Su formación como fotógrafo comenzó en 2022, después de inscribirse a un curso de fotografía para principiantes en Madrid. Unos meses después, estaría llegando a Los Ángeles, California, para iniciar su carrera universitaria en Santa Monica College, donde aplicó para Producción en Cine y Televisión. Actualmente reside en Atlanta, Georgia, donde continúa con sus estudios. Su amor por la fotografía fue lo que le guió a estudiar cine. Al entrenar su ojo y al convivir con tanta gente, absorbe conocimiento, historias y experiencias que recicla para proyectos cinematográficos.









