No es país para nosotros
Memorias de Cuba; Pedro Sosa Tabio
Esta crónica fue escrita por Pedro Sosa Tabio para Perpetuo.
La primera casa terminará siendo una de las más difíciles. Son dos niñas. Una está verdaderamente entusiasmada por mi presencia. A la otra le duró la atención hacia mí lo que tardé en entregarle sus juguetes, como suele ocurrir.
Llegué por sorpresa hace unos minutos. Hice sonar la campanita que me dieron con el traje. Saludé con la risa redonda característica de mi personaje. Entregué los regalos y les dije que fueran buenas y se portaran muy bien. Eso es todo, pensé, pero llegó la abuela y la visita se torció en un segundo. ¿Este no tiene música ni baila como el del año pasado?, preguntó la señora, sembrando la semilla del mal. La música la ponemos nosotros, acabó de germinarla la madre e hizo sonar, en el televisor, un villancico cualquiera, cantado con voces infantiles.

Formamos un círculo. Tengo a cada niña agarrada por una mano. Tengo, también, una madre, un padre, una abuela, una vecina que por nada del mundo se perdía el show y ninguna puñetera idea de cómo bailar uno solo de los cientos de estilos danzarios existentes sobre la faz de la tierra. Intento teorizar sobre cómo debe bailarse un villancico navideño. No se me ocurre nada. Acabo contoneándome a los lados de forma lamentable, sacando de ritmo más que marcándoles el ritmo a la niña entusiasmada y a la que se sacude para que la suelte y seguir jugando con sus juguetes nuevos. Con cada sacudida cae al suelo un poco de mi dignidad, como el polvo de hadas de Campanilla, pero, en lugar de alivianar las cosas, lo hace todo más pesado y no paro de repetir dentro de mi cabeza: tú puedes, tú puedes, aguanta. Lo peor es que ni siquiera me refiero a soportar esta situación ridícula, aunque un poco también.
Es 24 de diciembre de 2022, la temperatura es la más fría registrada para una Noche Buena en Cuba desde 1991. Pronto empezará a lloviznar, me queda una larga tarde de recorrer el municipio Cotorro en moto, disfrazado de Santa Claus, y me estoy cagando terriblemente.
Hace poco tiempo, empecé un diario en el cual rara vez escribo las cosas cuando toca—-o sea, diariamente—. Paso días sin mirarlo y después apunto lo más importante, los highlights de mi vida. Como es algo personal y nadie más va a leerlo—en una crónica, por ejemplo—, me doy el gusto de sacar mi parte más trágica, a veces barroca. Sobre la noche de hoy, escribiré tres días después:
Iba con el disfraz de Santa, pero como si fuera desnudo. Tenía las manos entumecidas aunque estuviera usando guantes. Pasé toda la tarde congelándome. Temblaba mucho. Me estaba cagando y sentía que la mierda era lo único caliente dentro de mi cuerpo congelado, como un calor que atravesaba mi recto. En el camino de regreso, por la noche, expandí la almohada que uso de barriga para que me cubriera todo el torso, pero igual, el viaje por la Ocho Vías fue brutal. Temblaba, no me sentía las manos y los ojos me lloraban.
La Ocho Vías es una carretera ancha y oscura, rodeada de monte, perfecta para convertirte en un témpano de hielo en una noche invernal. Y la almohada en la barriga la uso porque Santa Claus es un gordo feliz del Polo Norte y yo soy todo lo contrario. Mi piel es uña y carne con mis huesos. Parezco más Jack, de Pesadilla Antes de Navidad, y menos Claus. Soy un esqueleto con un barrigón falso como infestado de parásitos; una peluca blanca por la cual se filtran greñas marrones de mi pelo natural, largo y casi siempre recogido en un moño; y un “Jo, jo, jo” lamentable que, además de la vergüenza, esconde las ganas de acabar con todo que me dominan por estos días.
Y todo no es solo un trabajo de mierda. Todo es todo.
Además del diario, me ha dado por escribir poemas con títulos extremadamente originales. Tengo, por ejemplo, uno titulado La Lluvia, que trata sobre la lluvia; El Escape, que trata sobre la necesidad de escapar; y El Dolor, que, para no variar, habla sobre lo opuesto de bienestar, gozo o placer. Todos tienen la calidad esperada para quien nunca ha sido, ni siquiera, consumidor de poesía, pero son un reflejo bastante fiel de mi estado de ánimo. Hay uno sin titular, aunque casi seguro lo hubiera titulado Las Noches, que dice:
Las noches son para dormir No para que te lata el corazón a mil por hora Ni para ponerte a pensar en lo que has hecho Y en lo que no, y en lo que deberías hacer Las noches son para dormir No para que te sobrevuele la muerte Con alas tan invisibles como oscuras Y te diga Con su voz guardada en una gota de sudor Que todavía no, pero otra noche Alguna noche, serás suyo Por fin.
Si no estuviera archivado ya en mi libretita de malos poemas, bien pudiera haberlo escrito esta misma noche al llegar a casa, aunque tenía otras prioridades, como cagar.
Mi familia está reunida en casa de una de mis tías, como dicta la tradición aunque seamos menos creyentes que una silla. Yo, luego de pasarme el día amenizando fiestas, dando regalos, repartiendo alegría, aterrizo solo en mi propia casa, todavía temblando y con el culo apretado. Voy directo al baño. Después caliento unos espaguetis que esperaban su turno para podrirse en el refrigerador y me encierro a tragarlos en mi cuarto, en mi cama, bajo una colcha, como si el frío pudiera encontrarme todavía o el eco de las demás habitaciones vacías pudiera perturbar mi paz. Reproduzco una película en blanco y negro en mi laptop. Últimamente me he obsesionado con el cine clásico. No quiero ver nada más que el pasado. Todo lo bueno del mundo ha quedado prisionero en unos planos más o menos fijos, descoloridos, con actuaciones tan exageradas como perfectas, iguales a los recuerdos cuando llegan espolvoreados de nostalgia.
Hace apenas tres meses, yo era periodista. Escribía crónicas, perfiles, reportajes. Me obsesionaba el periodismo narrativo y contar la historia de un país en eterno proceso de descalabro. Me colé en las catacumbas del Cementerio de Colón, en la torre de la Catedral de La Habana cuando estaba cerrada, me infiltré en un hospital, estuve en protestas sociales, pasé la madrugada con gente que dormía fuera de una aerolínea para conseguir pasajes a Nicaragua; subí a lo alto de la torre de la Iglesia del Carmen, que estaba en peligro de derrumbe y era hogar de una pareja de búhos blancos, acompañado de un representante de la orden de los Carmelitas Descalzos que me decía que me acercara al borde y mirara la ciudad, que Dios nos protegía. Toda mi identidad presente y futura se había construido alrededor de eso. El esfuerzo. La entrega. La adrenalina. No había espacio para otro yo que no fuera el yo periodista.
Tres meses después, escondo mi cuerpo esquelético en un traje de gordo, cargo regalos en una bolsa frágil que acabará llena de huecos y visito a niños cuyos padres puedan pagar 2,000 pesos a una agencia de entretenimiento para recibir a un Santa Claus tembloroso, de ojos muertos, con un numerito plano cuya única pauta es no excederse de los veinte minutos. A mí me pagan 300 pesos por casa. Quizá ese sea, por estos días, el precio de mi dignidad. O quizá no tenga otra opción. Siempre puedo aliviarme con la retórica de que primero necesito pagar la comida para luego estar desesperado por cagarla.
Claudia Bravet
Retiene la nicotina en los pulmones. Aguanta un poco. Expira. El humo sale enmarañado como sus pensamientos, para luego desaparecer como quisiera poder hacer ella. Cuánto daría por poder esfumarse. Cuánto daría Claudia, una de las personas con el carácter más fuerte que he conocido, por dejar de sentir miedo.
Antes de que coincidiéramos en el primer año de la universidad, a Claudia le pasó como a mí y a muchos otros: era una estudiante con buenas notas y un par de talentos, entre ellos escribir de forma aceptable, pero sin vocación de ningún tipo. Ni de escritora ni de nada. Pensó en estudiar Turismo en la universidad, porque la industria turística, desde los años 90, es la que ha movido más dinero en Cuba, pero, por alguna razón, acabó eligiendo un sector mucho más precario como es el periodismo. Cuando hizo su primer reportaje sobre un tema que le apasionaba, hizo entrevistas profundas y caminó hasta abrirse el calcañal en búsqueda de un dato escurridizo, se dijo a sí misma: yo me quiero morir haciendo esto. Así de románticos y masoquistas podemos llegar a ser.
El cigarro casi se consume entre sus dedos y la casona espera detrás, inamovible, para volver a tragársela. Cualquiera que haya estado en una o varias de sus casas hermanas pudiera describirla sin haberla visto nunca. Jardín amplio y bien cuidado, garaje, seguramente dos pisos, con una amplitud que en Cuba basta para llamarla mansión, aunque no lo sea. La pintura, blanca o marfil. En el interior, espejos grandes con marcos rimbombantes, muebles con bases de madera barnizada y adornos elegidos de la forma más hortera posible. Ubicada en una zona residencial tranquila, lejos de calles principales con demasiados movimiento y visibilidad. Las hay en los municipios Playa, Miramar, El Vedado, más céntricos para la vida capitalina, y las hay, como esta, en La Lisa, municipio que hace de última frontera entre La Habana y la provincia Artemisa.
Claudia vive en el extremo opuesto de la ciudad, en Guanabacoa; tuvo que venir de la única manera en que puede moverse uno en este país donde la mayoría de los autos que transitan son sobrevivientes de los años 50 y 60: en transporte público; en buses que nunca hacen la digestión y siempre van repletos, con gente colgada de las ventanillas y de las puertas semiabiertas y más gente hecha molote en las paradas, desde donde, muchas veces, solo alcanzan a ver el bus pasar de largo como el salario del mes, porque no se baja nadie y no cabe un alfiler.
Sino es por trabajo o un asunto de vida o muerte, casi siempre es preferible no ir a ningún sitio lejos de casa, pero Claudia tuvo que venir para reunirse con un el par de hombres que la espera dentro. Dos hombres con quienes, de poder elegir, no quisiera pasar ni medio minuto. Y menos sola, como está, en un lugar tan espacioso y apartado.
Apenas sabe algo sobre ellos. Ni siquiera puede terminar de ver sus rostros, medio ocultos bajo mascarillas sanitarias que, cerca del final de 2022, no son de uso obligatorio en el país, pero les vienen perfectas para su trabajo. Le dijeron sus supuestos nombres, pero si algo Claudia sí sabe es que son oficiales del Departamento de la Seguridad del Estado, y estos casi siempre utilizan pseudónimos terriblemente comunes, asignados para funcionar como antinombres: no sirven ni para identificar ni para ser recordados.
Uno es un hombre bastante maduro, mayor que el otro en edad y rango. El alias de este cumple su cometido y se diluye con rapidez en la memoria de Claudia, pero, según testimonios de otras personas con situaciones similares alrededor de esta misma fecha, debe tratarse del Teniente Coronel Rafael, conocido por tener tanta paciencia como pelos en la cabeza y por las venas que se le marcan, cuando se altera, en el cuello y en la calva perfecta.
El otro debe superar por poco los treinta años y es alto, de piel blanca, con nariz prominente y un alias imposible de olvidar, no por menos común, sino porque no debe haber periodista independiente en el occidente del país que no lo conozca, si no en persona, al menos de oído: el primer teniente Manuel de la Seguridad del Estado, como él mismo se presenta en las llamadas telefónicas. Es mucho más calmado que su compañero, quizá por ser más joven. Tiene la costumbre o la capacidad de hablar extensamente sin alzar la voz y, muchas veces, también sin que parezca que sus argumentos van a algún lugar, lo cual le ha asegurado las descripciones más extremas: o es muy tonto o muy inteligente, o habla por relleno o ejecuta una praxis verdaderamente enrevesada de análisis psicológico. Sin embargo, todos los relatos coinciden en un punto: cuando Rafael está presente, Manuel apenas abre la boca. Deja gritar al otro a su antojo. Quizá estudia las respuestas de la tercera persona ante las exaltaciones de su superior, o se pierde en el aleteo de la mosca que haya logrado infiltrarse en la casona de turno, en una casa de protocolo perteneciente al departamento de contrainteligencia del Ministerio del Interior de la República de Cuba.
Fue Manuel quien le dio la bienvenida a Claudia cuando llegó. ¿Quieres comer o tomar algo?—le dijo con esa amabilidad que tan bien sabe fingir—, puedes pedir cualquier cosa, hay de todo. Para estos encuentros suelen servir café, jugo, queso, jamón, dulces, a veces algún tipo de carne y hasta mariscos. El asunto de la comida en Cuba es uno de los tantos ejemplos de cómo el gobierno, que históricamente ha buscado controlarlo todo, no logra hacer funcionar nada. Desde el triunfo revolucionario de 1959, se hicieron dueños de toda la industria alimentaria, controlando las plantaciones, las fábricas, las cabezas de ganado y hasta los peces, logrando hazañas increíbles como que prácticamente no exista el pescado en la dieta habitual de un pueblo isleño. Durante un tiempo, la cosa fue bastante bien. No por tener una producción nacional eficiente, sino porque esta era, si acaso, un complemento a las toneladas de alimentos que llegaban desde la Unión Soviética. A finales de siglo, cuando cayó el Campo Socialista, empezó un período especial en tiempos de paz—así lo llamaron—que dejó leyendas nacionales como el bistec de frazada, el picadillo de cáscara de plátano y la caza de gatos callejeros. Después, de nuevo, la situación mejoró durante un tiempo antes de volver a caer en picada. Las tiendas en moneda nacional—también de propiedad estatal—están vacías a todo lo largo del país. Se puede comprar, si acaso, un paquete de muslos de pollo o un par de paquetes de picadillo al mes, no sin hacer colas de días enteros. El arroz, el aceite, los frijoles y otras minucias que antes se repartían en cantidades limitadas, pero a un precio módico, a través de la libreta de abastecimiento, están a un paso de convertirse en mitos. Solo puede conseguirse algo de comida en tiendas especiales donde es obligatorio pagar con divisas extranjeras, dólares, euros, libras, no importa que todos los salarios sean en pesos cubanos. La única oportunidad de estar frente a una variedad importante de alimentos, para un cubano, puede ser durante la previa de esto que ellos llaman “conversación” o “entrevista”, pero que, sin eufemismos, es un interrogatorio forzoso con oficiales de la Seguridad del Estado.
Claudia se negó a probar bocado, a pesar del hambre que seguro la atacaba tras el viaje. Manuel—de nuevo, muy tonto o muy inteligente—se contentó con un vaso de agua. Su superior escaneó la mesa servida y se sorprendió: ¡Galletas de soda! ¡Hay galletas de soda!, para después lanzárseles encima como si un león famélico se topara con la última gacela del mundo.
Todavía con restos de galletas en la boca, empezó a repetirle a Claudia las preguntas ya hechas en un interrogatorio anterior: ¿De dónde sale el presupuesto de la revista El Toque? ¿Y de dónde sale el presupuesto de esas organizaciones que le dan dinero a El Toque? ¿Cuánto tú cobrabas en El Toque y por hacer qué? ¿Entonces cómo te calificarías?
Las respuestas, como las preguntas, fueron las mismas de la otra vez. El Toque, como cualquier revista independiente, recibía dinero de distintas organizaciones y fondos internacionales como el Fondo Velocidad, el International Center for Journalists (ICFJ) y la International Fact-Checking Network (IFCN), lo cual era público, podían buscarlo en la pestaña “Sobre Nosotros” en el sitio web de la revista; a ella le pagaban, como al resto de colaboradores, 200 dólares mensuales por su trabajo periodístico, por lo cual ella podía calificarse como una periodista cobrando por su trabajo, nada más.
Estas no eran las respuestas que buscaban, así que Rafael repitió el mismo cuestionario varias veces, con las únicas variaciones en el tono y en su rostro. Cada vez más alto, más alterado, con las venas más hinchadas.
Según la lógica del discurso estatal en Cuba, los opositores políticos no se oponen al gobierno porque este les niega sus derechos más fundamentales, sino porque reciben dinero y órdenes del exterior, más específicamente de los Estados Unidos, el “enemigo histórico de la Revolución”. Los periodistas independientes tampoco publican en medios alternativos por la nula libertad de expresión y la censura en los medios de prensa oficiales, que no son más que el sistema de propaganda del Partido Comunista, sino por la misma razón. Todo el mundo es un asalariado del imperio y sobre todo agente de la CIA. Esas siglas tienen algún gancho, algo especial que no se sabe qué es, pero que, durante mucho tiempo, le sirvió a la Seguridad del Estado para dar credibilidad a sus campañas de difamación. Usaron tanto el mismo recurso que lo gastaron. Ya no les basta con decirlo ellos. Para hacerlo creíble necesitan confesiones, aunque sean falsas.
El trabajo de Rafael no es demostrar que una revista autónoma, con colaboradores independientes, desafía de forma válida el discurso oficial, sino todo lo contrario. Por eso no paraba de repetir el cuestionario, en busca del apego de Claudia a un guión bien claro: El Toque recibe fondos de organizaciones que, a su vez, reciben fondos de otras entidades y fundaciones como la Fundación Nacional para la Democracia (NED) que, yendo aun más atrás, recibe fondos federales de los Estados Unidos, así que ella es una mercenaria pagada por el imperio estadounidense para desestabilizar el orden interior de la revolución cubana.
Pero Claudia había construido una barrera moral contra la cual rebotaba cada grito de Rafael. ¡¿Quién te paga!?, Pim, ¡¿De dónde saca el dinero!?, Pam, ¡¿Entonces qué eres!?, Pim, ¡¿Qué eres!?, Pam, ¡¿Eres una mercenaria o no!?, Pim... Pam... Como jugar tenis contra una pared.
Las venas de Rafael a punto de reventar, la garganta hinchada. Manuel sorbiendo un poco de agua para aliviar la resequedad del silencio. Claudia esquivando una nueva oleadas de gritos y virutas de galletas, fuerte, segura, hasta que Rafael decidió jugar sucio, cambió la pelota por una granada y lanzó su último swing: ¡¡Pues si no es hoy—le grita—, tendremos que vernos otro día a ver si estás más receptiva!!
¡Paff! La pared se hizo polvo. A Claudia le empezó a palpitar todo por dentro. Sintió el alma subir hasta la garganta y pedirle permiso para escapar. Casi tiembla. Casi llora. Casi les da el placer de derrumbarse entera frente a ellos. Recordó el consejo de otra amiga periodista: si la situación se pone demasiado tensa, di que necesitas ir al baño, después van a estar más relajados.
Sin más murallas protectoras, logró cortar el asedio temporalmente. Fue al baño. Salió al jardín. Encendió un cigarro. Retuvo la nicotina en los pulmones. Aguantó un poco. Expiró. El humo salió enmarañado como sus pensamientos, para luego desaparecer como hubiera querido hacer ella. Cuánto hubiera dado por esfumarse. Cuánto daría, aun ahora, cuando el cigarro se consume y es momento de regresar al interior de la casona, por dejar de sentir miedo.

Meses antes, el 25 de agosto de 2022, Claudia se encuentra con otros cinco colegas en el aeropuerto internacional de La Habana “José Martí”. La mayoría, como ella, se graduó de la Licenciatura en Periodismo de la Universidad de La Habana hace apenas unos meses. Dos de ellos ni siquiera se han graduado aún. Todos colaboran con la revista El Toque y fueron invitados a Argentina para participar en el Media Party, uno de los eventos de medios de comunicación más importantes en el continente americano.
Cuando están en la fila para hacer el chequeo con la aerolínea, uno de ellos se fija en un desconocido que se comporta de forma extraña. Se mantiene muy cerca de ellos, demasiado. No para de mirarlos. A veces levanta su teléfono móvil como si necesitara ver algo bien de cerca en la pantalla y la cámara siempre les apunta. Se acerca el móvil al oído para hablar. Ya están aquí, cree escuchar el compañero de Claudia.
Terminan el primer chequeo y se mueven al control de emigración. El hombre sospechoso no los sigue más, pero la sombra del acecho crece. Ahora son varias personas a varios metros de ellos, cerca de la entrada de la terminal, observándolos fijamente.
Los periodistas se colocan al final de una cola que se antoja eterna. Tras pocos minutos de espera, un oficial de emigración va directamente hacia ellos, le pide el pasaporte a uno, se va con el documento y vuelve al rato para repetir la operación. Uno a uno, se lleva los seis pasaportes y regresa una última vez para pedirles que abandonen la fila y lo acompañen a una oficina donde, primero, se justifica diciendo que los oficiales de emigración son solamente ejecutores y para nada decisores en estos casos, para luego informarles que el Ministerio del Interior ha impuesto, sobre todos ellos, una “limitación temporal de movimiento”, también conocida en Cuba como “regulación migratoria” o simplemente “regulación”, lo cual significa, básicamente, que tienen prohibido abandonar el país de cualquier forma legal.
—Como seguramente sabrás, en el Anexo Número 1 publicado en la Gaceta Oficial de la República en febrero de 2021, donde se mencionan las actividades que no se pueden ejercer en Cuba por cuenta propia (de forma no estatal), está incluido el ejercicio del periodismo—comienza explicando el primer teniente Manuel, graduado en Derecho por la Universidad de La Habana.
El periodismo independiente, alegal durante años gracias a la reticencia del gobierno a reconocer siquiera su existencia, se ha convertido en un acto explícitamente ilegal y punible con los últimos cambios legislativos en el país. En Cuba quien manda hace las leyes y quien se le opone estará siempre contra la ley.
La introducción de Manuel, acentuando la base legal —aunque no necesariamente justa— de sus acciones, hace pensar a Claudia en la inocencia que se esforzaron por tener tras el suceso del aeropuerto. Quizá esto quede aquí, se dijeron, a lo mejor simplemente querían evitar nuestra presencia en el Media Party y ahora todo seguirá como antes. Y pudo haber sido así.
La realidad es que, aunque fue chocante para ellos por ser su primer encuentro directo con el trabajo represivo de la Seguridad del Estado, no fue un hecho aislado en la vida cotidiana del periodismo alternativo o el activismo cubano. Los periodistas independientes, tanto como los activistas, estamos acostumbrados a ser vigilados y a que nuestros planes personales o profesionales se tronchen a veces por intervenciones similares. Pero esta vez, no iba a quedar solo en eso. Quedó claro cuando, unos días después, el primero de ellos recibió la llamada telefónica para citarlo a una “entrevista”. Llamada que les llegaría a todos, también a Claudia, citada para hoy en la estación policial de Zapata y C, en el Vedado habanero; encerrada, ahora, en una oficinita que queda a la izquierda de la puerta de entrada, con un trío de oficiales que interpreta al poli puramente instructivo, el recto pero comprensivo y el poli malo—no, malísimo—. A todo el mundo le gusta jugar con las cosas nuevas y la Seguridad del Estado, finalmente, se había construido sus propios juguetes.
Además—continúa el primer teniente Manuel en su función del poli instructivo—, el nuevo Código Penal que entrará en vigor en diciembre de 2022 castigará, con penas de entre cuatro y diez años de cárcel, a cualquier persona que “reciba o tenga en su poder fondos, recursos materiales o financieros, con el propósito de sufragar actividades contra el Estado y su orden constitucional”.
¿Cuáles son “actividades contra el Estado y su orden constitucional” y cuáles no? El nuevo Código Penal no hace ni siquiera un amago por esclarecerlo. Queda completamente a la interpretación. Y más específicamente a SU interpretación, en un país donde los órganos represivos (la policía, la Seguridad del Estado), la fiscalía, el juez y hasta el abogado defensor son distintas cabezas que cuelgan, como las serpientes de Medusa, de un mismo cuerpo totalitario, todos bajo el control del estado y el Partido Comunista, que son lo mismo.
Le llega el turno al poli recto pero comprensivo: Nosotros no queremos hacerte daño. Eres joven y creemos que las cosas te pueden ir mejor --. No hay por qué hacer de estas entrevistas algo cotidiano. También podemos quitarte la regulación migratoria y no empezar un proceso penal en tu contra bajo los recursos que mi compañero acaba de mencionar. Pero, por supuesto, tenemos ciertas condiciones. Necesitamos que hagas una renuncia pública a tu trabajo en cualquier medio de prensa sobre el “tema Cuba”. Además, tienes que entregarnos voluntariamente tus herramientas de trabajo, laptop y celular, y hacer una última entrevista que será filmada, donde te haremos las mismas preguntas básicas que haremos hoy.
Ante una leve resistencia por parte de ella, el poli malísimo toma las riendas.
Si no haces lo que te decimos, vas a ir presa, ¿me estás oyendo? Hasta diez años te podemos meter, o más, por mercenaria. Y si no quieres entregar los equipos, no lo hagas. Mañana mismo armamos un operativo y hacemos un registro en tu casa.
Claudia crea la imagen mental. El frente de su casa rodeado de patrullas. Los vecinos en la calle cuchicheando. Quizá veinte personas, entre policías y oficiales de la Seguridad del Estado, revolviéndolo todo en su hogar; abriendo gavetas, cajas, armarios; sacando los cacharros de la cocina y la ropa interior; destrozando toda su intimidad con las órdenes, en primer lugar, de molestar al máximo, y en segundo, de llevarse una laptop y un teléfono. Después, queda acusada de un delito tipificado como “contra la seguridad del Estado”, en un juicio que sabe imposible de ganar.
Impotente, trata de aferrarse a un último y pequeño acto de resistencia. Accede a cumplir sus requisitos, pero exige una citación física y firmada para este interrogatorio. A ellos les gusta ser fantasmas, destruirlo todo sin dejar huellas, pero, sorprendentemente, aceptan. Le entregan una citación oficial, en papel, con su nombre mal escrito. Ella pide una nueva y el poli malísimo zanja el asunto:
¡Yo no sé para qué ustedes quieren el papel ese! ¡Siempre lo están pidiendo, como si eso sirviera para algo! ¡Es más, si sigues con la historia de la citación, nada de lo que hablamos aquí va a tener validez! ¡Ni te vamos a quitar la regulación ni nada!
Todo es muy confuso para Claudia. Está en un lugar desconocido. No sabe cómo llegó aquí. Solo tiene la certeza de que aquellos dos hombres son de la Seguridad del Estado y por eso la observan, o al menos mantienen sus rostros vacíos en dirección a ella. Son entes sin rasgos ni vida ni nada más que la característica de ser oficiales de la Seguridad del Estado.
Ya los vio la noche anterior, o a otros como ellos. Estaba en una fiesta con amigos y sentía el peso de sus miradas en la espalda. Esta vez van más lejos. La agarran, la llevan a un rincón apartado, la golpean. Ella trata de defenderse, pero el cerebro tarda en dar las órdenes y sus extremidades se mueven en cámara lenta. No logra evitar que uno de los entes la inmovilice y el otro le arranque la ropa. Claudia se sabe manoseada por unas manos de aire, casi siente el pene inmaterial rasgando la cerradez de su vagina y zarandea todo el cuerpo con fuerza, intenta zafarse una, dos, tres veces, hasta abandonar el sueño.
Algunos rayos de sol ya invaden su cuarto. Empieza otro día de no parar de hacerse preguntas para las cuales no tiene respuestas. ¿Qué será de ella tras la renuncia? Ojalá no fuera más que renunciar a un trabajo, pero es renunciar a la Claudia construida durante estos años. Es renunciar a su identidad. Siente que cuanto la hacía ser ella ya no existe, desapareció, solo porque alguien así lo decidió y lo impuso. Queda un traje de carne postrado en la cama, flotando en las aguas turbias de la impotencia y la incertidumbre, rodeado por las aletas del miedo que, sin animarse a tragárselo de una vez, emerge a cada rato para recordarle su capacidad de hacerlo.
Puede alcanzarla en la cama. Puede tomar la forma de un timbre telefónico, apretarle el pecho ante la posibilidad de que sea la Seguridad del Estado llamando otra vez. Pero si se levanta es peor. Prefiere no abandonar la cama.
Si lo hiciera, si abandonara la leve seguridad de las sábanas, posiblemente tendría que salir a la calle; estar fuera es como vivir sus pesadillas en la vida real. Las personas reales tienen rostros y materia, nombres, personalidades, pero su mente solo alcanza a procesarlas como a esos entes implacables que la persiguen en sueños, con una sola característica distintiva: todos son de la Seguridad del Estado. El vendedor de viandas es un agente infiltrado. El panadero también y el chofer del bus y el que se sienta a su lado en un parque y la señora que camina media cuadra detrás de ella y definitivamente el hombre que le pasa cerca en una moto y todas las paredes tienen ojos y las ventanas son oídos.
El pánico constante. El pánico como mecanismo de supervivencia. Vive en un ambiente hostil. Todo a su alrededor está en su contra. Tiene que estar alerta, siempre lista para reaccionar. El dolor de cabeza... ¡¡ARRG!! La punzada que le atraviesa el costado del... ¡¡CRÁNEO!! La apretazón en el pecho y la sensación recurrente de no poder respirar y las burbujitas que le nacen en las manos y se revientan y la ensucian toda de un pus como agua y vuelven a nacer y vuelven a reventar y arden cuando se lava las manos y el no poder respirar por Dios por Dios qué falta de aire y las noches sin dormir y las pesadillas y los nudos marineros en el estómago y el dolor en el estómago y ¡¡¡ARRG!!! ¡¡¡Otra vez la cabeza!!! Y la pérdida de peso y el cansancio extremo y de verdad en serio no puedo respirar y la pregunta que le ronda todo el tiempo: ¿Cómo escapo de todo esto? ¿Cómo me mato sin que me duela?
Le gustaría cerrar los ojos y que todo acabara. Alcanzar una oscuridad sin sueños, sin sufrimiento. De todas formas, su vida no le pertenece. Durante tantos años pensó que sí... Pero ahora una bestia enorme, oscura, se le puso enfrente para mostrarle cómo balancea su vida entera sobre una sola de sus garras, y a veces amaga con dejarla caer. Su profesión, su libertad, el bienestar físico y emocional suyo y de sus seres queridos... Nada está en sus manos y, al mismo tiempo, todo depende de ella, de si está dispuesta a arrodillarse frente a la bestia.
Se revuelca en el colchón y ya ni siquiera piensa en sí misma, sino en su madre. En el cuerpo decadente de su madre. En las células de su madre que se apresuran a envejecer y morir. Recuerda un pasaje de La Guerra No Tiene Nombre de Mujer, de Svetlana Aleksiévich, en el cual una guerrillera cuenta cómo el cabello se le volvió todo canas en un solo día, tras su primera batalla. Cuando lo leyó, le pareció una exageración, ya fuera de la entrevistada o de la autora para resaltar el estrés de la guerra, pero ahora lo cree totalmente posible. Ella misma ha visto a su madre envejecer décadas en menos de un mes. La ve débil, arrugada. Se le ha acumulado el miedo en los bultos de los ojos. Se le han secado la piel y los músculos. Y Claudia siente la responsabilidad sobre sus hombros. ¿Quién, viendo cómo a su madre se le va la vida, sería capaz de no sentirse culpable? ¿Quién culparía a la injusticia de que unos pocos tengan el poder para reprimir y callar a los demás? Y de todas formas, si tu poder es tan ínfimo y tus únicas opciones son ceder o inmolarte, ¿qué más da dónde caiga la culpa?
Los días pasarán entre los pliegues de las sábanas y llegará la nueva llamada de la Seguridad del Estado. Claudia tendrá que ir en transporte público hasta la Lisa, a una casa de protocolo del Ministerio del Interior, para reunirse con un par de oficiales que intentará sacarle una confesión falsa. Se resistirá y la colocarán sobre la cuerda floja. Si cae de un lado, restregará su dignidad por el suelo fangoso de la mentira y ayudará a destruir a sus colegas. Si cae del otro, destruirá su propia vida y faltará a la promesa que le hará a su madre antes de salir de casa: te juro que este va a ser mi último encuentro con la Seguridad del Estado.
Insegura, tambaleante, pedirá ir al baño y cortará la tensión momentánea. Saldrá al jardín a fumar. El cigarro se consumirá como su paz estos últimos días y al final, cuando tire la colilla al suelo, seguirá sin un plan de acción. Regresará a la casona porque no tendrá otro remedio. Volverá a colocarse sobre la cuerda, pero encontrará que esta, con las venas de Rafael escondidas y el ambiente menos caldeado, ni será cuerda ni estará floja; es, más bien, un puente de madera renqueante, pero seguro. Los oficiales colocarán una cámara de video sobre un trípode, apuntándole a ella, y le harán las mismas preguntas una última vez. Ella dará las mismas respuestas y listo, eso será todo.
Caída al infierno
El 1 de enero de 2023, escribiré en mi diario:
Desde ayer, ha vuelto a arreciar mi depresión. Los días festivos siempre me deprimen. Son días en los que se supone que uno la pase bien, rodeado de sus seres queridos; y pasarlos sin nadie, aburrido en mi casa, me recuerda siempre lo solo que estoy. Tengo a mi familia, pero mi familia tiene muy poco vínculo conmigo más allá de la sangre. Nos reunimos unos siete días al año, no saben cómo pienso, qué pasa en mi vida, cómo sobrevivo... Y yo sé más o menos lo mismo de ellos.
La verdad, no vengo de una familia fría y sin cariño, donde nadie se preocupe por nadie. Todo lo contrario. Siempre hay contacto, aunque sea por teléfono. Siempre hay preocupación por cómo están los demás, pero, al mismo tiempo, hay una suerte de desconexión, una distancia enorme que nos separa. No descarto que esa desconexión ocurra solo conmigo. Tampoco que exista, principalmente, por mi culpa. De cierta forma, soy un planeta orbitante en todos lados. Me acerco tanto como me alejo, justamente para mantener a los demás apartados de mi trabajo y de lo que pasa o puede pasar en cualquier momento conmigo.
Pero faltan, todavía, algunos meses y muchas cosas por ocurrir antes de que escriba ese párrafo. De momento, estoy en uno de esos “siete días” en los cuales me reúno con mi familia.
Entre celebraciones familiares y universales, estas fechas suelen agruparse en la segunda mitad del año. Quizá sea septiembre u octubre. Estamos en casa de la tía donde normalmente nos reunimos. Mi tío—su esposo—es cocinero y suele encargarse del menú. Así que comemos, bebemos...
Estoy un poco borracho. Solo un poco. Quizá por eso, y porque no he empezado a escribir el diario, no recordaré datos importantes como la fecha exacta o qué estamos celebrando. Hace rato se hizo de noche. Pronto nos despediremos, cada cual regresará a su casa y acabará una velada que puedo suponer feliz, pero aún estamos juntos y queda espacio para una última sorpresa.
La llamada hace vibrar el teléfono en mi bolsillo. Es un número desconocido. Normalmente no respondo llamadas así, pero esta vez estoy casi seguro de saber quién es. ¿Oigo?, escucho su voz por primera vez. Buenas noches, Pedro—me dice—, te habla el primer teniente Manuel de la Seguridad del Estado. Supongo que sabes el motivo de mi llamada...
En estos últimos meses de 2022, cada día expide el olor insoportable de una despedida que no estoy seguro de querer, o más bien, estoy casi seguro de no querer, pero parece ser el único camino lógico en el diagrama del ciclo vital de un joven cubano promedio: naces, creces, emigras y mueres.
Desde pequeño he escuchado que la población cubana es de alrededor de 11 millones de habitantes. Una constante, censo tras censo. Una constante rota.
Durante la etapa de Obama en la presidencia de los Estados Unidos, al país le fue bastante bien. La Habana se puso de moda. Se hizo extrañamente común ver a personas como Beyonce, Jay Z, Katy Perry o Rihanna entre los muros coloniales de una ciudad que, treinta años antes, era prácticamente hermética. Se hizo un desfile de Chanel en la Habana Vieja. Los Rolling Stones dieron un concierto gigante. El turismo por fin empezó a dejar dinero de verdad. Muchos cubanos hacían tours, rentaban habitaciones, cambiaban moneda nacional por divisas extranjeras. Sin llegar nunca a rozar los estándares de lo que se conoce como primer mundo, el nivel de vida general se hizo, al menos, soportable en un país con memorias frescas del Período Especial; no solo recuerdos de la falta de alimentación, también de los días enteros sin electricidad y de la falta de transporte público que llevó a miles de personas famélicas a recorrer cientos de kilómetros en bicicletas chinas y provocó una epidemia de enfermedades neuronales.
Entonces, llegó Trump. Se acabaron las relaciones bilaterales entre Cuba y los Estados Unidos. La pandemia terminó de anular cualquier ingreso del turismo. Los autobuses de transporte público volvieron a dejarse ver, si acaso, cada varias horas. Regresaron los apagones diarios, a veces de 24 horas o más. Las colas para comprar un paquete de pollo o de picadillo se hicieron tarea de días y noches enteros. El dólar y el euro pasaron de costar 25 pesos cubanos a casi 400 (más de 400 en 2025) y el gobierno empezó a vender la poca comida importada en divisas extranjeras, en un intento desesperado por rellenar las arcas dilapidadas en la construcción de hoteles para una industria turística moribunda. Hubo protestas masivas. Como es costumbre en un país dominado por la censura y el totalitarismo, hubo también represión masiva. Empezaron las oleadas migratorias más grandes de la isla en la historia moderna.
Más de 850 mil cubanos llegarán solo a Estados Unidos entre 2022 y 2024. Otros se irán a España, México, Brasil, Rusia, Serbia... Para 2025, se estimará que la población de la isla habrá descendido a nueve millones y estará preocupantemente envejecida.
A pesar de todo, yo no me quiero ir. Me gusta mi país de una forma rara que solo puede llamarse idealista o estúpida o las dos. Me encanta rostizarme la piel bajo este sol despiadado en mis caminatas fotográficas por La Habana Vieja o el Cementerio de Colón, aunque solo encuentre imágenes de ángeles y personas tristes y paredes y tumbas agrietadas. Me gusta viajar a otras provincias, hablar con gente interesante, contar sus historias. Hay una fuente de inspiración en esta islita que no creo poder hallar en ningún otro sitio. Sin grandes lujos, me gano la vida haciendo todas esas cosas que disfruto. Si me fuera, casi seguro me vería obligado a hacer cualquier otra cosa para sobrevivir, y en mi mente romántica, ese sería el rumbo más triste posible.
Me resuena en la cabeza una canción de Habana Abierta, un grupo de culto, casi una banda sonora de la emigración cubana, que dice:
Estoy bailando rockasón con los muchachos Estoy sintiéndome mejor Eh, nada peor que un sueño hecho pedazos.
Así veo mi futuro en otra parte, como simples décadas de supervivencia nostálgica: un intentar sentirme mejor todo el tiempo sin estar nunca bien. Pero la canción, compuesta en los años 90 como si fuera ayer, sigue:
Llego a la casa completamente borracho Tropiezo con las patas de la mesa o el sillón Se escuchan los botellazos En medio del apagón El hambre aprieta duro el espinazo Las medias me dan calor El pesito que me diste, chino Ya no alcanza pa′ na’, corazón.
La realidad suele ser más fuerte que los sentimientos y mi forma de ver la vida, por no importar, no me importa ni a mí. Ya estoy en proceso para irme.
De nuevo, parece ser el único camino lógico, la única manera de escapar de una miseria que crece por día. Mi novia no es tan idealista o estúpida como yo. Le da igual la inspiración, las historias y hasta el sol. Quiere una vida más estable y segura. Quizá sean nuestras diferencias en el entendimiento del mundo lo que nos ha hecho compenetrarnos tan bien desde que la conocí en el primer año de la universidad, por eso de los polos opuestos y, a pesar de mis dudas, me dejo arrastrar por su racionalidad.
Ella se encargó de analizar todas las opciones. La más viable y apetecible resultó ser España. Ir a estudiar una maestría primero. Después, quizá, otra y otra más. Cuanto haga falta para legalizarnos en el país. Hicimos una lista de maestrías que pudieran interesarle a cada uno y escogimos una universidad en común. La Universidad de Sevilla. Ella eligió Comunicación y Cultura o un curso con un nombre parecido. Yo, Escritura y Guión Audiovisual. El audiovisual no es mi forma de expresión favorita, pero me interesa.
Aplicamos a las maestrías, la universidad nos otorgó el cupo, hicimos el primer pago del curso, tenemos un pre-pasaje para volar a Madrid y otro para el vuelo de conexión hacia Sevilla, sabemos dónde nos vamos a quedar las primeras semanas en la capital andaluza, hemos cambiado todos los pesos cubanos que hemos podido por euros...
Hoy amanecimos en mi casa, en Guanabacoa. Ella se quedó a pasar la noche. Por la tarde iremos juntos a su casa, en el Vedado. Yo me despierto más temprano. Voy al gimnasio. Regreso y ella apenas empieza a desperezarse. Entro al baño. No he abierto la ducha cuando recibo un mensaje de audio por Whatsapp. Es de uno de los colegas de El Toque que fueron detenidos en el aeropuerto hace unos días. Lo reproduzco: Asere, no hay forma fácil de decirte esto, así que te lo voy a decir y ya, hoy tuve que ir a un interrogatorio con la Seguridad y me mandaron a decirte que tú también estás regulado.
La frase atraviesa mi cerebro como un disparo y esparce mi incertidumbre por la pared del baño, por el suelo, la cortina, todo lo embarra. Tú también estás regulado. Estoy regulado. Salgo desnudo. No sé cómo decirle a mi novia que los restos de nuestro plan de vida habrá que buscarlos entre la estropicie metafórica del inicio de párrafo.
Mi colega tenía razón, no hay forma fácil de decirlo, así que lo digo y ya. Nos abrazamos, ella recién levantada, yo todo sudado, y lloramos como si uno de los dos acabara de morir. Después entro a bañarme, porque regulado o no tengo que ir a su casa, y en la ducha lloro más. Solo. Con el agua corriéndome por la cabeza y la cara y tragándose mis lágrimas. Todo muy dramático. Demasiado para mi gusto.

En cuanto despierto, reviso las redes sociales de la revista. El reportaje fue publicado en la madrugada y ya da sus primeros pasos frente al público; tiene sus primeras reacciones, sus primeros comentarios. Me hubiera gustado recrearme más tiempo en él, pudo haber sido mejor, pero creo que lo más sensato será no publicar nada en un tiempo a partir de hoy, así que me puse prisas a mí mismo y a la editora para acelerarlo todo. No iba a renunciar a la publicación de un trabajo por el cual, hace unas semanas, fui estudiante de medicina por unas horas.
Cuando lo empecé, tenía la idea de un simple reportaje sobre la escasez de insumos médicos en el país. Si necesitas una operación, tienes que conseguir tus propias jeringuillas, tus propias mangueras, hasta tu propio bisturí. Si necesitas unos análisis, no basta con traer la jeringuilla de casa, muchas veces no tienen los reactivos para procesar las muestras.
Escribí a casi todos mis amigos y conocidos enfermeros, médicos o estudiantes de medicina, que eran unos cuantos —especialmente hombres, porque en mi época del preuniversitario, si estudiabas medicina, quedabas exonerado del servicio militar obligatorio—. Sin embargo, la mayoría de las que accedieron a hablarme fueron mujeres, y de estas, muchas solo quisieron hablar off the record, sin que las mencionara siquiera con un alias. Otras pocas personas accedieron a ser citadas siempre que no revelara sus nombres reales. Una fue mucho más allá y cambió todo mi planteamiento para el reportaje. Tengo una guardia de cirugía la semana que viene—me dijo—, ¿quieres hacerte pasar por estudiante y hacer la guardia conmigo como voluntario?
Si hay algo que el gobierno cubano intenta mantener sumido en la más profunda oscuridad mediática son los hospitales y las escuelas. Incluso si fuera un periodista oficialista que trabajara en un medio estatal, necesitaría todo tipo de permisos para acceder a una de estas instituciones. Permisos de las instancias superiores del gobierno. La simple idea de que un periodista independiente pudiera hacer una cobertura en un hospital era una locura, un sinsentido. Así que no lo pensé ni un segundo.
Terminé vestido como voluntario de cirugía en uno de los hospitales más grandes de la Habana, cuyo nombre omitiré para evitar posibles conexiones con mi fuente, aunque ella, como tantos otros, no tardará en irse de Cuba.
En el reportaje la llamé Vilma y ella me guió por los pasillos y las salas de un hospital al cual, de hospital, apenas le quedaban las ganas.
Una de las primeras escenas que vi (y conté después) fue cuando los médicos recibieron la noticia de que a un paciente se le había destrozado la uretra por una sonda. Quizá por una mala praxis o porque él mismo se lo había arrancado, no estaba claro todavía, pero, de cualquier forma, necesitaba una nueva vía para expulsar la orina. Mientras caía una lluvia sangrienta de ideas, entre rebanar por acá, pinchar por allá, un doctor joven repetía una y otra vez cuán fácil sería introducir un trocar; pero no había trocares, no les habían dado ni uno para toda la guardia.
Más tarde, llegó una mujer con el abdomen agigantado por una hernia. Lloraba y gritaba y explicaba cómo otras veces la hernia se acomodaba tras un rato, pero esta vez era imposible y el dolor era inaguantable. Contaba, también, cuántas veces se había intentado operar sin conseguirlo. Imploraba que la operaran de una vez. El doctor que la atendía le pidió a Vilma traer una bolsa tibia. Cuando abandonamos la sala, la doctora me dijo con una empatía extrañamente fría: Van a intentar reducirla con una bolsa tibia, algunas maniobras y van a mandarla a casa; si no se estrangula (la hernia) no la van a operar, porque las cirugías electivas están suspendidas desde hace como dos años, solo se opera si es una emergencia, prácticamente si la persona se está muriendo.
Un enfermero de otro hospital, también de forma anónima, me contó que podían darles hasta diez jeringuillas para la guardia nocturna en una sala de ingresos con más de treinta pacientes. La única forma de terminar la noche era inyectando varias veces a una persona con la misma jeringuilla. A veces, incluso a varias personas con la misma jeringuilla, luego desinfectarla con alcohol, que en este caso es como no hacer nada.
Estas historias son un disparo de escopeta al mito de la salud pública como uno de los grandes logros de la revolución cubana. Me destroza pensar que este pueda ser mi último reportaje tanto como me alegra que, si tiene que haber un último, sea este. Es uno de esos trabajos que le dan vida a un periodista. También es uno de los trabajos que nos han traído a esta situación.
En El Toque, en los últimos meses, se han publicado historias de largo aliento sobre algunos de los principales problemas del país. Crisis económica, crisis de alimentos, crisis de salud, emigración… Se hizo un reportaje sobre GAESA, un conglomerado de empresas pertenecientes a la alta cúpula militar cubana que, como un secreto a voces, prácticamente controla la economía del país. También se empezó a publicar la tasa diaria del mercado informal de divisas, un software diseñado en el medio para recopilar datos de distintos grupos de intercambio de divisas en redes sociales y mostrar el precio diario real de monedas como el dólar o el euro. Las instituciones oficiales seguirán valuando un dólar en 25 pesos cubanos por un tiempo y después, cuando el precio real esté casi en 400, subirán a poco más de 100; pero solo para comprarlos si alguien quisiera vender, el gobierno no suelta sus divisas.
En Cuba tenemos un refrán que dice: juega con la cadena, pero no con el mono. Hoy, cerca de las diez de la mañana, cuando llego a la estación de policía de Zapata y C, me consta que hemos jugado demasiado con el mono.
En la puerta de entrada lo veo por primera vez, no al mono, sino a un joven vestido de civil con medio rostro tapado por una mascarilla sanitaria. Mira su celular. No lo conozco todavía, pero él a mí sí. En cuanto me acerco, me llama por mi nombre. Yo soy Manuel—se presenta y me muestra la pantalla del teléfono—, veo que publicaste un texto nuevo. Yo me hago el desentendido. ¿Sí? ¿Lo publicaron hoy? Ah, no lo sabía.
Mi memoria desechará la mayoría de los recuerdos sobre este interrogatorio. Recordaré cómo me dirige a la oficinita que queda a la izquierda de la entrada de la estación. Él se sienta detrás de un buró y yo en una butaca que no está recta frente a él. Varias veces pienso en girar el mueble, pero no lo hago. Lo miro siempre con el cuello doblado. Las paredes son verdes o azules. Otro de los colegas que ya pasaron por aquí, escribiendo su propio texto sobre la experiencia, me preguntará dónde estaba el cuadro con la fotografía de Fidel Castro. Yo no recordaré la presencia de ese señor, pero supondré que sí está aquí y (ya que lo voy a imaginar) que lo observa todo moviendo los ojos como los retratos antiguos en un capítulo promedio de Scoobie Doo. A veces me mira a mí, a veces a Manuel, y sonríe. Casi seguro sonríe en el cuadro. No soy capaz de imaginar la imagen de Fidel Castro en una habitación donde se reprime a “contrarrevolucionarios” sin estar riendo, orgulloso por la prolongación de la obra de toda su vida.
El resultado de la conversación será el mismo que en los demás casos. Deberé renunciar públicamente a mi trabajo como periodista e ir a otro interrogatorio, en una casa de protocolo, donde me filmarán respondiendo las mismas preguntas de hoy. Manuel me pedirá, también, firmar un documento en el cual me comprometa a no publicar nunca más en ningún medio alternativo sobre “el tema Cuba”. Yo me negaré rotundamente a mentir de forma tan clara y oficial, con mi firma estampada. Las amenazas habrán sido las mismas: mantener la regulación migratoria, la ilegalidad del periodismo como actividad por cuenta propia, el código penal, iniciar un proceso legal en mi contra, llevarme a prisión.
Si en algún momento quieres salir del país—dice—, tienes que avisarme mandando un mensaje al mismo número por el que te he contactado y entonces analizaremos tu comportamiento hasta entonces. Debes avisar con varias semanas de antelación, porque el proceso de levantar la regulación migratoria es un poco engorroso y, si no tenemos el tiempo suficiente, el día del viaje pudieras seguir regulado. Además, nosotros vamos a estar en el aeropuerto para despedirte.
El país es la prisión impuesta antes de enviarme a una cárcel real. La forma de salir de ella, cumplir una sanción sin fecha clara de caducidad o solicitar una rebaja de condena por buena conducta. Este es el modus operandi de los oficiales que dicen amar y defender el mismo país que utilizan como castigo para quienes, de uno u otro modo, disienten del gobierno.
Esta noche no he podido dormir. Doy vueltas sobre la sábana. Sudo. Hace un calor asfixiante y estoy repleto de pensamientos asfixiantes. Reptan por mi cerebro, infestan mis neuronas, se apoderan de mis recuerdos. Doy vueltas y sudo y tiemblo. Hace un calor asfixiante y de todas formas tiemblo. Mis dientes tiritan. En mi cabeza resuenan los consejos de mi madre desde Bolivia. Quédate tranquilo, me dice, mantén un perfil bajo, ese país no lo cambia nadie, ¿por qué tendrías que ser tú el que se sacrifique? Yo no me quiero sacrificar. No quiero una celda húmeda con platos de comida podrida. Tampoco quiero callarme, ser otro cordero silente. Una cosa resulta ser incompatible con la otra. Doy vueltas y sudo y tiemblo y siento los latidos del corazón por todo el cuerpo. Las muñecas, ¡bum! ¡Bum! Los oídos, ¡bum! ¡Bum! Esta noche no puedo abandonar el país y se supone que ya no soy periodista, o al menos no debo serlo si poseo algún instinto de autopreservación. ¡bum! Esta noche no sé qué va a ser de mi vida, qué voy a hacer mañana. Somos el colchón, la nada y yo. ¡Bum! No me quiero sacrificar, pero, ¿y si simplemente no sé ser otra persona? ¡Bum! Demasiadas dudas me atraviesan esta noche, que en realidad no es una noche, sino muchas. ¡bum! ¡Bum! Últimamente apenas duermo. ¡bum! ¡Bum! Por el día, arrastro los pies como un zombie. ¡bum! ¡Bum! Por la noche, doy vueltas y sudo y tiemblo y siento los latidos del corazón y lloro.
El primer teniente Manuel, en mi segundo interrogatorio con él, hará una de las preguntas cínicas que siempre tiene guardadas. Si fui violentado por ellos en algún momento, preguntará, esperando por respuesta un no que le negaré el gusto de tener. El primer teniente Manuel ignorará, puede que voluntariamente, lo que la Convención de las Naciones Unidas contra la Tortura define como tortura psicológica: todo acto por el cual se inflige intencionalmente a una persona dolor o sufrimiento grave, ya sea físico o mental, con el fin de obtener de ella o de un tercero información o una confesión, de castigarla por un acto que haya cometido, o de intimidar o coaccionar a esa persona o a otras.
El primer teniente Manuel no me preguntará si una de estas noches, después de que ellos hayan destrozado mi vida, escribiré el que quizá sea mi poema más melodramático, que dirá:
El deseo del abismo no es una cosa para decir en terapia o a tus amigos. Es un virus oscuro que se enreda en tus células y crece dentro de ti. No se menciona, no se muestra. Y si te atreves a mencionarlo porque no temes acabar cayendo en serio lo dices a susurros, en el oído de alguien: “He mirado al abismo, a los ojos sin forma del abismo, y quiero caer en él”.
En el diario seré mucho más directo. Estuve tomando mucho ron y café—escribiré—. Lloré sin que nadie me viera, varias veces. Me sentí extremadamente solo. Quise morirme otra vez.
Laura Vargas
Es 8 de marzo de 2023 y, en pocos minutos, Laura dará inicio a la exposición de distintos objetos de valor histórico que ha recopilado como parte de su trabajo en la Oficina del Historiador de La Habana.
Está sentada en una cafetería justo al lado del recinto donde ocurrirá. Toma un café tranquilamente y mira a la calle a través de la puerta de entrada. Ve pasar la figura inconfundible de un joven alto, trigueño, con la nariz grande dándole volumen a la mascarilla sanitaria que le cubre medio rostro.
Debería ser, cuando menos, improbable que el primer teniente Manuel sepa qué va a ocurrir hoy, día internacional de la mujer, cuando haya terminado la exposición. Sin embargo, aquí está, y aun más improbable es que venga solo.
A finales de 2021, es evidente cómo la situación del país va en una picada imparable. Tras las protestas masivas del 11 de julio, sofocadas a palazos, disparos y detenciones, cientos de voces críticas hacia el régimen se han reunido en una plataforma de redes sociales llamada Archipiélago. La excusa del gobierno para declarar la guerra a las protestas de julio fue su carácter supuestamente vandálico, que es su forma de decir espontáneo y sin permiso gubernamental. Por ello, desde Archipiélago surgió la iniciativa de presentar una solicitud oficial para realizar lo que se llamó Marcha Cívica por el Cambio. Obviamente, no sería permitida, y por eso era la mejor forma de desmontar el discurso estatal sobre la existencia de supuestas vías democráticas para ejercer el derecho a la protesta.
La solicitud debía cumplir con todos los requisitos técnicos de una petición real, incluidas las firmas de los solicitantes. La marcha, por supuesto, no obtuvo luz verde del gobierno y, ante la posibilidad de que igual se haga, todos los firmantes estamos siendo citados por la Seguridad del Estado. Esta vez, para variar, con citaciones oficiales en papel, firmadas y entregadas a domicilio. Cientos de citaciones repartidas por todo el país.
Este será el primer encuentro de ambos con la seguridad del estado, el de Laura y el mío, que ni siquiera nos conocemos aún. Conoceré a Laura unos meses después, en una fiesta de colaboradores de El Toque que ella misma habrá organizado. Es la organizadora de fiestas perfecta porque es de esas personas que parece hacer de todo una fiesta, que tiene un chiste ácido para cada penuria, que parece no tomarse nada en serio cuando, en realidad, se lo toma más serio que nadie. Pudiera haber hecho un monólogo entero de humor negro, por ejemplo, sobre el confinamiento en el cual se encuentra sumido su barrio.
Se detectó un brote de Covid y, como dicta el protocolo estos días, cerraron la calle con cinta policial y prohibieron la salida de los vecinos y la entrada de personal no autorizado. Se supone que, en estos casos, el delegado de la circunscripción se encargue de abastecer de alimentos y otros productos de primera necesidad a las personas confinadas, pero esto raramente funciona. A los delegados no se les suele ver la cara y los vecinos pasan el día vigilando la calle vacía, el polvo siendo movido por el aire, a la expectativa de cualquier rastro de comida o de nuevas noticias.
Todo el mundo ve llegar al policía, que además, va preguntándole a todos por Laura. Los oficiales de la Seguridad del Estado visten de civil, pero envían policías comunes, uniformados, a entregar sus citaciones. El marcamiento y el escarnio público son dos de sus principales armas.
El policía ni siquiera le entrega a ella, sino a su padre, el papel amarillento que llega envuelto en las preguntas y el chismorreo de los vecinos; ella, su casa y su familia como foco de atención en un barrio de gente aburrida y desesperada. Llega envuelto, también, en el miedo, en las dudas personales y en las ganas contradictorias de vivir esto sola, porque la preocupación de los padres y familiares más cercanos suele convertirse en revictimización. ¿Qué necesidad tienes de hacer esto? ¿Por qué te metes en problemas? Piensa en nosotros. Todos estamos muy preocupados por ti, ¿por qué nos haces sufrir?
Toda la culpabilidad de un estado represor termina cayendo siempre sobre tus hombros. No puedes evitar sentirte tan culpable del dolor de tu familia como incapaz de protegerlos de tu propia vida. El aislamiento surge como un veneno dulce. Tan dañino. Tan ansiado.
En los dos primeros meses de 2023, el Observatorio de Género de la revista independiente Alas Tensas registra cerca de 20 feminicidios en el país; una cifra inusualmente alta, aunque en Cuba todavía impere una cultura machista patriarcal. Es muy pronto para saber que a finales de año la cifra ascenderá a 89, en contraste con los 36 del 2022, pero sí se sabe que los niveles actuales de violencia de género e inseguridad para las mujeres permitieron, entre muchas otras historias macabras, el asesinato de una mujer a machetazos, por su pareja, dentro de una estación de policía.
Cuando termina la exposición, Laura se reúne con unas pocas amigas, todas activistas feministas y LGBT, en el apartamento de una de ellas. Decidieron hacer algo hoy, 8 de marzo, a modo de protesta simbólica contra la violencia de género en el país, los asesinatos de mujeres y la indiferencia de un gobierno que ni siquiera se digna a llamarlos feminicidios. Ni siquiera tienen claro qué van a hacer. Lo poco planeado (reunirse, básicamente) lo han discutido por Signal, supuestamente una de las redes de mensajería más seguras; se han cuidado de no hablarlo con otras personas y, sin embargo, Manuel las ronda.
Salen del apartamento cerca de las 3 de la tarde. Compran flores y se reúnen con otras activistas mientras caminan hacia la Alameda de Paula, un largo paseo pavimentado en La Habana Vieja.
Las calles del casco histórico habanero siempre están repletas, no suele ser extraño tener gente caminando cerca tuyo, yendo en la misma dirección que tú, pero hoy sí lo es. Hay demasiadas personas observándolas fijamente, como si nunca hubieran visto un grupo de mujeres en la calle, o siguiéndolas muy de cerca por mucho tiempo. Terminan la caminata en el rincón de la Alameda donde descansa, de pie, la estatua de Enrique o Enriqueta Favez (figura de hace dos siglos sobre la cual aún se discute si fue una mujer que se vistió de hombre para ejercer la medicina o un médico transexual, pero, en cualquier caso, ejerció una profesión que no le sería permitida entonces por su sexo biológico). Les basta un pequeño escaneo de la zona para detectar, en la acera del frente, a Manuel, acompañado por Guillermo, oficial asignado a activistas LGBT como el otro a periodistas.
Una de ellas recibe una llamada de su pareja, que no está en el lugar, para transmitir un mensaje de Guillermo. Empieza por lo evidente, que están ahí con ellas, y luego advierte que no les tomen fotos. Entre tanta torpeza habitual, aún luchan por ser fantasmas.
Ellas inician un video en vivo en redes sociales. Hablan de la situación de los feminicidios en el país. Leen la lista de todas las víctimas contabilizadas estos primeros meses. Van dejando flores como ofrenda para la estatua y para las mujeres asesinadas. Después se van. Eso es todo. Un video para redes sociales genera todo un operativo de la Seguridad del Estado en el mismo país donde un hombre puede matar a una mujer dentro de una estación de policía.
El grupo de activistas sigue siendo perseguido en su retirada. Un hombre las sigue dos cuadras, otro las siguientes. Doblan la esquina y se detienen. El hombre que viene detrás va a doblar también, pero las encuentra paradas, esperándolo, y se pone nervioso, corrige el camino, continúa en su dirección original. Ellas se separan. Laura se va en un taxi con la amiga que recibió la llamada sobre la presencia de Guillermo. Detrás del carro, todo el camino, van hombres en motocicletas.
Cuando llegan a casa de la amiga, Guillermo está en la esquina, parado detrás de su moto. Ni siquiera les dice nada. No hay nada que decirles. Lo importante es hacerles saber que, hagan lo que hagan, ellos estarán ahí.
Laura lleva un par de años trabajando en El Toque cuando la seguridad del estado frena, en el aeropuerto, a los periodistas que iban al Media Party. Ella no era parte de ese grupo; ni siquiera trabaja como periodista, sino en labores de producción. Por eso queda para el final del proceso de interrogatorios que alcanza a correctores, productores, programadores y cualquier miembro o colaborador de la revista dentro de Cuba.
A algunos nos conoce desde hace poco, a través de contacto por redes sociales y encuentros esporádicos, pero otros son sus amigos desde hace años. A todos nos ve retirarnos sin estar del todo enterada de qué está ocurriendo.
Primero son las renuncias públicas en Facebook. Unos mencionan abiertamente a la Seguridad del Estado como la razón para renunciar, otros prefieren suavizarlo más, anunciar el fin de su trabajo en la prensa independiente sin aclarar razones. Luego son las despedidas privadas. En el grupo de Telegram del equipo, uno a uno va dejando su párrafo de despedida, hablando del trabajo hecho y el que quedó por hacer, dejando la estela de su nombre antes del anuncio automático de que ha salido del grupo. Laura nos ve desaparecer a todos, con una incertidumbre que se alimenta de cada adiós abrupto.
Un día, se reúne con uno de esos colaboradores de la revista que es amigo suyo desde hace años. Lo encuentra devastado. Él le habla de cómo fue interrogado, amenazado, filmado… En cuanto pueda se irá del país, le dice, ¿qué le puede quedar aquí además del miedo?
Laura teme por sí misma y se lamenta por los demás. La ansiedad y la depresión se juntan en una coraza carnosa que la hace aumentar veinte libras, mientras pierde en cabello lo ganado en carne. Los mechones caen como lágrimas.
Deja de teñirse de su rojo característico, por si acaso, aunque lleva años usando el mismo tinte y nunca le causó problemas. Los mechones siguen cayendo y empieza a comerse las uñas. Las muerde, las hala, las arranca por trozos sin darse cuenta, sin poder detenerse. Se las destruye en las noches sin sueño.
Un día se conecta con el otro y con el otro y con el otro… Pequeñas siestas de veinte o treinta minutos la mantienen viva, apenas funcional. Renuncia públicamente a El Toque incluso antes de que se lo exijan. Se ve obligada a pedir vacaciones en su otro trabajo. Habita el mundo real como un zombie de los sueños, en espera de que llegue su hora, en espera de una llamada que llega cuando estas llamadas suelen llegar, ya sea por casualidad o por un talento innato para arruinar ocasiones. Reunida con un grupo de amigos, una noche que debería ser feliz o al menos tranquila, suena el tono del teléfono móvil, seguido por la voz masculina con el mismo inicio de siempre: Supongo que has oído hablar de mí, soy el primer teniente Manuel de la Seguridad del Estado.
Una semana después del 8 de marzo de 2023, Manuel la llama de nuevo. Esta vez no la cita en una estación de policía o una casa de protocolo, sino en el estacionamiento de una cervecera en La Habana Vieja. No hay mucho que hablar, solo una información para transmitirle. Ella y todas las participantes en el acto simbólico de la Alameda de Paula están reguladas, desde ese día, por los próximos dos años. Otra vez el país prisión, la isla castigo para activistas, periodistas y opositores.
A finales de 2022, Laura intenta practicar el silencio en una casa de protocolo, frente a Manuel y otro oficial que se presenta como Juan Carlos, pero tiene todas las caraterísticas para ser Rafael, el hombre de la paciencia corta, usando otro nombre.
Los interrogatorios concernientes a El Toque ya pasaron. Ahora es otro el tema. Junto a una amiga activista, Laura está organizando una cena de Navidad para la comunidad trans de la ciudad. Los prejuicios sociales en Cuba colocan a cualquier disidencia sexual en un punto de marginalidad, pero más a las personas transexuales. Muchas veces son expulsadas de casa a edades tempranas. Conseguir trabajo y estabilidad se les convierte en tareas titánicas. Una cena en familia—en otro tipo de familia—puede ayudar al menos por un día, pero, de alguna forma, es también una amenaza para la Seguridad del Estado.
Manuel cumple su papel habitual frente a un superior y no abre la boca. Juan Carlos/Rafael se explaya en amenazas y difamaciones. Le dice que sus amigos periodistas son mercenarios. Se mete en la vida privada de sus amistades activistas LGBT. Laura no aguanta más y explota. El interrogatorio se convierte en un intercambio de gritos. Caen las amenazas por parte del oficial. Le dice que la cena trans solo ocurrirá si ella no va. ¡¡Si tú entras por la puerta, detrás entramos nosotros y cargamos con todo el mundo!!—grita. Después se calma un poco e intenta suavizarla. Le dice que, para ellos, ella todavía es “salvable”.
Dentro de poco verás cómo hemos sido buenos, verás las concesiones que hemos tenido contigo—deja caer al final, sin que Laura pueda, todavía, darle sentido completo a sus palabras.
Una de las concesiones, se supone, fue no regularla desde el principio. La otra saldrá a la luz pocos días después, en televisión nacional.
Mercenarios
Octubre de 2022. Otra de esas ocasiones en las que se reúne la familia. Es el cumpleaños de una de mis tías y estamos en su casa. Ella vive en el segundo piso. En la planta baja viven mis abuelos, que a esta hora solo quieren recogerse frente al televisor y esperar el noticiero de las ocho de la noche. Rara vez dan noticias importantes, o por lo menos no conocidas de antemano, pero hay, en la generación de ellos, un impulso inquebrantable por no perderse el noticiero, como si hubiera algo sagrado en ver a los locutores demasiado serios de la televisión cubana leyendo notas previamente aprobadas por el Partido Comunista.

Quedan estas costumbres de cuando no había otras formas de acceso a la información y mantenerse desinformado era una conducta antisocial. En los centros de trabajo y en las escuelas (incluso las escuelas primarias) se hacían actividades matutinas donde se discutían las últimas noticias y efemérides. Estar al día, con lo que al partido le interesaba que el pueblo supiera, era un deber y una tarea de la Revolución.
Como los más jóvenes no paramos de hablar y no dejamos escuchar nada, mis abuelos bajan a su casa. Se encierran. Miran el noticiero solos.
Después me toca a mí abandonar la reunión por unos minutos. Mi otra abuela vive con mi hermana y conmigo; es hemipléjica (no puede mover medio cuerpo). A veces es imposible convencerla para salir a cualquier lado, así que se quedó en casa, a unas cinco cuadras de aquí y tengo que llevarle comida.
Hago rápido el camino. Son unos diez minutos a pie. Entro con la jaba y los pozuelos y la encuentro en la sala, sentada frente al televisor. El noticiero fue más corto hoy. Después empezó un programa especial con matiz político, otro de tantos que rellenan la programación.
—Ahora mismo yo escuché una voz conocida en el televisor y no me había fijado bien en la cara—habla en cuanto me ve—, pero pusieron abajo el nombre del que estaba hablando y leo: Pedro Sosa, y digo: ah, coño, si está Pedrito en el televisor.
¿Eh? Me quedo pegado a la pantalla. No aparezco yo ahora, pero sí un colega de El Toque. Después otros y luego vuelven a salir mi rostro, mi voz, mi nombre. Hablo sobre las vías de financiamiento de la revista. Recuerdo la pregunta de Manuel sobre los fondos provenientes de fundaciones como la NED y la USAID. Recuerdo haber dicho que sí, parte del dinero de esas fundaciones llegaba indirectamente a la revista, pero también a muchos otros medios de prensa antihegemónicos del continente y a proyectos de salud y benéficos alrededor del mundo y, en cualquier caso, no afectaban la autonomía del medio o de cada uno de sus colaboradores. Además, incluso organismos estatales cubanos (El Centro Nacional de Educación Sexual, por ejemplo) han recibido, en ocasiones, presupuesto de fundaciones similares como la Ford Foundation y la Open Society Foundation.
En la televisión solo aparezco, entre recortes de edición, diciendo que El Toque recibe dinero de la NED.
Los fragmentos más convenientes de distintos interrogatorios se juntan para crear el monstruo de la Frankenseguridad del Estado. Una cosa deforme, con los cortes y las costuras visibles entre cada trozo de video manipulado.
No nos exponen a todos, solo a una pequeña muestra. Claudia y Laura no aparecen, a diferencia de mí. Quién sabe en qué se basan para decidir a quién linchar mediáticamente y a quién no.
Luego de los trozos de “entrevistas”, hacen un conversatorio entre la periodista Rosi Amaro, el entonces director del periódico principal de la provincia de Matanzas, Ayose Naranjo y el presidente de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), Ricardo Ronquillo Bello. Hablan de cómo la prensa alternativa, supuestamente, recibe dinero de los Estados Unidos para dañar la imagen de la revolución cubana y desestabilizar al país. Quien paga manda, suelen repetir en este tipo de programas; y no tienen razón, pero lo dicen por experiencia propia.
¿Cómo se les puede calificar a estos periodistas?, le pregunta Rosi Amaro al presidente de la UPEC.
Ronquillo nos conoce a casi todos. Fue mi tutor cuando, en primer año de universidad, hice prácticas en el periódico Juventud Rebelde, donde él solía trabajar antes de alcanzar su puesto actual. Ha interactuado infinitas veces con nosotros durante nuestro tiempo de estudiantes. Alguno incluso ha estado en su casa y ha compartido tiempo personal con él.
Intenta irse por las ramas primero. Dice que le gustaría hacer una distinción entre los medios y quienes trabajan en ellos, que somos muchachos muy jóvenes arrastrados por una campaña de idealización del modelo de prensa burgués, del modelo de prensa capitalista.
Rosi Amaro, con las órdenes más claras y la conciencia menos pesada, recita de memoria el concepto de mercenario en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española y le pregunta si cabe en estos ejemplos.
Al final terminan siendo mercenarios, cede Ronquillo y termina de llenar el molde impuesto para él.
Mi abuela, creo, no termina de entender lo que ocurre. Se queda con el hecho de haberme visto en la televisión. Regreso a casa de mi tía. Ahora todo el mundo está callado, viendo el final del programa. No tardamos en despedirnos cuando se acaba. Antes de irme, mis abuelos se asoman a la terraza de su casa.
Ellos eran adolescentes en 1959, cuando triunfó el ejército rebelde liderado por Fidel Castro. Durante la dictadura anterior, que había iniciado en 1952 con el golpe de estado militar de Fulgencio Batista, se construía una Habana idílica para ricos y mafiosos mientras buena parte del pueblo tenía el estómago pegado a la espina; y la disidencia era pagada con persecución y tortura. Se suponía que todo sería diferente tras la Revolución.
Mi abuelo fue uno de los niños voluntarios para irse a las montañas a alfabetizar campesinos cuando Fidel desplegó la campaña de alfabetización nacional. Después, fue oficial del Ministerio del Interior durante toda su juventud. Mi abuela también hizo su parte, todo lo que le tocó hacer en lo que les vendieron como “la gran obra revolucionaria”, y todavía sale a buscar a los vecinos para hacerlos participar en las reuniones del Partido Comunista, del cual todos los demás quisieran olvidar que forman parte. Los dos sacrificaron su vida por un ideal que parece nunca haber existido, por los discursos de un hombre que los enseñó a odiar y no les dio a cambio nada más que un orgullo tonto y una humildad de monjes mientras él, toda su familia y los peces gordos del gobierno vivían—y siguen viviendo—como reyes.
Mis abuelos fueron parte de la generación que llenó las plazas para escuchar a Silvio Rodríguez cantar:
Será que la necedad parió conmigo la necedad de lo que hoy resulta necio la necedad de asumir al enemigo la necedad de vivir sin tener precio; y el estribillo de esta misma canción, que reza: Yo no sé lo que es el destino caminando fui lo que fui, Allá Dios que será divino yo me muero como viví.
Son parte de una generación voluntariamente ciega. Se niegan a ver, a aceptar. Prefieren seguir escuchando a Silvio antes que llorar con aquel estribillo de Habana Abierta: ...nada peor que un sueño hecho pedazos.
Pero una noche, de pronto, colisionan todas las aristas. La familia, la Revolución, la verdad, la mentira. Una noche tu nieto es el enemigo y esa noche es esta y no me dicen nada. Se despiden. Dicen que van a dormir. Intento no imaginar vergüenza en sus palabras no dichas. Les doy un beso, un abrazo. Juego a encontrar algo de apoyo en las siluetas abstractas de su silencio. Me voy.
El mensajero grita desde la calle. Me asomo. Está frente a la reja, con su bicicleta y un cajón de madera de donde empieza a sacar los pozuelos. Le respondo que enseguida voy y agarro el dinero. Fuera todo está en calma. Una tarde normal.
Hace cuarenta o cincuenta años, mucho menos que ser acusado de mercenario en televisión nacional hubiera sido motivo de un acto de repudio. Una comitiva de vecinos del barrio y gente traída de cualquier otro lugar se apelotonaría frente a tu casa. Te gritarían ¡¡Gusano!! ¡¡Viva Fidel!! ¡¡Viva la Revolución!! ¡¡Abajo el Imperialismo!! ¡¡Muerte al yanki!! ¡¡Yanki!! Y los huevos-proyectiles mancharían tu fachada. Y las piedras romperían las ventanas y abollarían la puerta. Y quizás lograrían agarrarte. Y sentirías la furia de los revolucionarios en carne propia.
En 2021, en el contexto del grupo Archipiélago y de la Marcha Cívica por el Cambio, se resucitaron los actos de repudio, pero apenas fueron unos pocos y perdieron la participación social verídica que alguna vez tuvieron. Antes se acudía al acto de repudio por convocatoria; ahora, si acaso, por obligación.
De todas formas, a veces siento mucho ruido en la calle y entreabro la ventana con cuidado. Imagino la turba enfurecida con antorchas y rastrillos, lista para llevar al hereje a la hoguera, pero es una bronca en la parada de ómnibus de al lado, o los niños de la escuela secundaria del frente, nada más. Definitivamente, los años han cambiado. La participación en actos políticos es inversamente proporcional al hambre y la necesidad.
—Aquí está el recibo—el mensajero me entrega el trozo de papel con la cifra a pagar por la comida que encargué.
Lo reviso. Vuelvo a contar los billetes. Le pago. Espero el vuelto. Alguien pasa y se nos queda mirando.
Una cosa es que no creen una comitiva de repudio y otra que no miren sin disimulo; que no le digan al de al lado: mira, ese es uno de los que salió en el televisor, los que dijeron que estaban subiendo el precio del dólar; que camine por el barrio y no sienta el peso de la atención sobre mi cervical.
En el gimnasio dejan pasar un par de semanas, por cortesía, hasta que una muchacha me hace la primera pregunta: ¿Tú les diste una entrevista o no sabías que te estaban grabando? Yo sabía que estaban grabando un interrogatorio—le respondo—, ni era una entrevista ni les di autorización ninguna para ponerlo en televisión. Y entonces se involucra otra persona y sale otra pregunta y después otra y se convierte en el tema de la tarde. Otro día me cruzo con la vecina de la esquina, que lleva una tienda ilegal de ropa y aseo y todo lo vendible en el garaje de su casa y me dice: Eh, ¿y tú estás aquí? Yo pensé que te iban a meter preso.
El mensajero, de pronto, me pregunta si juego fútbol.
—¿Yo? ¿Fútbol? No. Llevo años sin jugar.
—Ah... Es que me pareces conocido. ¿Y tampoco sales por el televisor? Yo creo que es de ahí...
—No, no, tampoco salgo por el televisor. Gracias. Que tengas buena tarde.
Vuelvo adentro y me encierro. Miro a través de la ventana entreabierta. El mensajero recoloca su cajón en la parrilla trasera de la bicicleta y se va. Todo sigue tranquilo ahí fuera.
Por suerte, conseguí un poco de miel. Si también tuviera un par de limones, pudiera preparar algo más parecido a una canchánchara (trago de aguardiente con miel y jugo de limón), pero al menos no tengo que tomar alcohol al strike.
La calle se siente como un centro de vigilancia y las redes sociales son un campo de batalla. Todos los días recibo mensajes y comentarios de gente sin rostro ni nombre, perfiles tentáculos de la Seguridad del Estado, llamándome mercenario, asalariado del imperio, estúpido, feo, cuestionando mi sexualidad… A cada uno le respondo con un chiste. Me burlo de ellos de todas las formas posibles. Quiero dejarles claro que no me afectan, pero sí lo hacen. Me desgastan.
Al mismo tiempo, la ultraderecha más acérrima del exilio cubano ha desarrollado su propia teoría conspirativa, una especie de ToqueGate, dentro de la cual nosotros somos agentes de la Seguridad del Estado actuando como disidentes castigados para ganarnos la confianza de la oposición y acabar instaurando una especie de nuevo gobierno que emulará un cambio político en el país, un giro democrático, pero en realidad seguirá siendo el mismo régimen, porque siempre habremos sido marionetas del Partido Comunista. El Cambio Fraude lo llaman, basados en una teoría política real que alguno, de casualidad, se habrá topado en un video de Youtube.
Los extremos no solo se tocan, se caen a pescozones, se intentan reventar el uno al otro, disparan desde sus trincheras con todo su arsenal. En el medio estamos nosotros, como el aire del combate, cortados por todas las balas. Nosotros los mercenarios, los segurosos, los traidores de la patria y de los valores de cada cual, da igual el bando.
Todo es demasiado irracional. Mejor el arranque dulzón en la garganta y los actores sin voces, las escalas del blanco y el negro, las imágenes antiguas de la ciudad del futuro, la bestia mecánica bailando entre sombras, la rebelión en Metrópoli y Fritz Lang tan genio como el que fermentó azúcar por primera vez. Las cosas se empiezan a mezclar así, de forma aleatoria. Quizá agarre el diario y escriba. Quizá no tenga sentido nada de lo que escriba.
Hay una constante en todas mis últimas entradas en el diario. Ayer se casó XXX. Después de la boda fuimos a su casa y tomamos vodka y ron. Me emborraché bastante, dice una.
Ayer fue la final del Mundial de Fútbol. La vi tomando cerveza. También me emborraché bastante, dice otra.
Fue la despedida de soltero de YYY y tomé hasta no saber de quién eran mis manos, otra más, que no es una simple expresión. De verdad miraba mis manos esa noche, con el cerebro licuado como lo tenía, y no detectaba más que dos piezas de maniquí, un par de entes externos que mágicamente respondían a mis órdenes.
La mañana siguiente, caminé un buen tramo hasta la parada de ómnibus más cercana. En el camino, me salí de mi cuerpo. Todavía lo sentía extrañamente mío, podía mover las extremidades con normalidad, pero yo no estaba dentro. Era quizá una nube, o un espíritu encajado sobre los hombros. La sensación era de verlo todo por encima. Me veía a mí mismo desde una corriente de aire, desde las hojas de los árboles que me sobrepasaban.
Trastorno de desrealización, dice Google que se llama. Yo lo llamo destrucción total. Yo estaba completamente roto y tomé el bus y llegué a casa de mi novia y temblé mucho. Descansé un rato. No sé bien cómo regresé a estar dentro de mí mismo. En uno de esos poemas horribles, escribí:
La borrachera es un estado mental que le da sentido a todo y lo hace todo más triste y más concreto
Hace rato pasó el primer trago. Van tres, cuatro, cinco… La máquina de Metrópoli baila y mi habitación se vuelve planeta, mi encierro soledad, mi cama otra bestia metálica que también baila y me arroja al pasillo. Zigzagueo entre el bosque de paredes y muebles hasta la meseta de la cocina, el pétalo del que me agarro para libar la miel. Solo necesito un poco más de miel en el vaso. Nada más. La botella de ron barato, como todas las cosas valiosas, la guardo en la habitación, bien cerca de mí.
Es 5 de noviembre de 2022 y, para variar, ni estoy solo ni me emborracho desparramado sobre mi cama. Vine al teatro con mi novia y unas amigas para ver La Zapatera Prodigiosa, una adaptación del dramaturgo Carlos Díaz sobre el texto original de Federio García Lorca.
La obra resulta estar bastante bien, sin exageraciones. Termina con una canción de Bad Bunny. ¡Me las vo´a llevar a todas!, resuena en el sistema de audio y las carcajadas del público se unen a la mezcolanza entre el conejo malo y García Lorca. Poesía pura. Contracultura. Lo que quieran. Por lo menos paso un rato sin pensar en mí, que no es tarea fácil. La depresión tiene muchos rasgos egocentristas. El mundo entero gira alrededor de tu soledad, de lo mucho que te duele todo. Te conviertes en una masa gelatinosa de autocompasión, en un Gollum que atraviesa las cavernas jorobado y se retuerce y grita: ¡¡Mi tesoro!! ¡¡Mi tesoro!! ante el simple amago de un recuerdo, una historia, cualquiera de esas cosas brillantes que ya no puedes tener.
A la salida del teatro, toca hacer algo así como la sobremesa. La gente que sale de una película o una obra y se va sin más, está muy apurada o es muy rara. No es gente confiable. Hay que estar un rato de pie, conversar, hacer de crítico, quedar para una próxima vez y cosas así. De repente, todo el mundo se concentra en grupos pequeños y chispean saludos esporádicos de conocidos que recién se ven.
Entre la multitud, reconozco a una de las correctoras de El Toque. Excorrectora, en todo caso. Debe haber pasado por un proceso parecido al mío, pero al menos, por suerte para ella, no salió en televisión.
Apenas hemos coincidido un par de ocasiones, pero igual voy a saludarla. En cuanto me ve, salta sobre mí. Me aprisiona en un abrazo fortísimo. Primero quedo un poco en shock, tenso. Después voy desarmándome y acabo siendo la masa endeble que suelo ser estos días. La abrazo también. Son unos singados, dice en mi oído y los ojos se me hacen agua. Lucho con todas mis fuerzas para no llorar. Lo consigo, contra todo pronóstico. Nos abrazamos por un par de minutos que parecen semanas y se quedan cortos. Quisiera quedarme a vivir en este abrazo, construir una guarida en esta simple muestra de apoyo.
Al final, nos separamos y sonrío y actúo normal. ¿Tú cómo estás?, ¿qué te pareció la obra?, bueno, cuídate, nos vemos. Me voy sintiéndome tan extraño como extrañamente bien.
No recuerdo haber estado tan vulnerable nunca antes. Tampoco he creído nunca en esa cosa empalagosa de que a veces solo necesitas un abrazo, ni en los unicornios ni en el poder universal del amor y, sin embargo, estoy mucho más liviano, como si hubiera sido justamente eso, tan sencillo, lo que hubiera necesitado todo este tiempo.
Manuel de la Cruz
A Manuel lo bajan del vehículo en el policlínico del Cotorro. Intenta ponerse en pie y las rodillas le fallan. Cae desplomado. Los oficiales lo alzan por los brazos. Siente el retumbar desbocado en el pecho, toctoctoctoctoctoc. El hospital se paraliza. La gente se olvida de sus propias enfermedades para enfocarse en el joven esposado al que tres hombres arrastran. Es flaco y llora y advierte, a gritos, que se va a morir.
El 5 de abril de 2021, el sol recalienta las viejas paredes cuarteadas, maquilladas con puro graffiti desteñido, del barrio San Isidro, en La Habana Vieja. Dicen que es el barrio más caliente de la capital y no se refieren a la temperatura. Es un cúmulo de callecitas estrechas siempre llenas de gente y de ruido, con casas apelotonadas donde viven familias muy numerosas y algún que otro derrumbe como prueba última de la marginación. A principios del siglo XX fue un barrio rojo. Todavía se reconoce, como figura histórica local, a Alberto Yarini, el único proxeneta con un hueco ganado en la historia de Cuba.
Los niños, descalzos y descamisados, corren como las drogas baratas. Es uno de esos sitios donde la policía busca primero si quiere encontrar algo, y los negocios que más prosperan son los que no se dejan encontrar. Es, también, el barrio contenedor de la casa número 955 de la calle Damas, donde, ahora mismo, Manuel se transforma.
Pinta un semicírculo blanco que le rodea la boca y le cubre medio rostro, aunque la mascarilla sanitaria, obligatoria en el país durante el tiempo de pandemia, lo tapará. Igual tiene preparada una mascarilla blanca con el dibujo de una boca enorme a la que le falta un diente. Pinta, también, un par de semicírculos alrededor de sus ojos. Usa peluca de arcoiris con una gorra por encima. Nariz redonda y roja. Ropa colorida.
El payaso Desparpajo está listo y los niños deben estar a punto de llegar al cumpleaños, pero Luis Manuel, el que organiza la fiesta, le dice que puede quitarse el maquillaje, que no va a venir nadie.
—¿Cómo no van a venir?
—No los dejan pasar.
Dentro de la casa, los caramelos y otras confituras están repartidos cerca de la puerta para que cada niño pueda agarrarlos nada más entrar. Está lista la música, el show… Fuera, cordones policiales cierran la calle por ambos extremos.
Desde su primera visita, Manuel supo que la casa del artista plástico Luis Manuel Otero Alcántara estaba vigilada las 24 horas, los siete días de la semana. ¿Ya saludaste?, le dijo Luis Manuel aquella vez y señaló a la cámara de vigilancia instalada en un poste del tendido eléctrico.
Sabía, también, que aquí se hacían lecturas de poesía, se exponían las obras de Luis Manuel y otros artistas contestatarios y que era la sede del Movimiento San Isidro, un grupo de oposición política compuesto, fundamental pero no exclusivamente, por artistas multidisciplinares. Por todo eso llegó aquí. Él escribía poesía contestataria y quería entrar al círculo donde se promovía ese tipo de arte. También había sido payaso años antes y, ante la necesidad de un show para amenizar un cumpleaños, nació Desparpajo. Lo que no sabía era que simplemente eso, una fiesta de cumpleaños, bastaba para movilizar un regimiento de la policía y la Seguridad del Estado.
—Si ya me disfracé, por lo menos voy a repartir caramelos—dice Desparpajo, guarda algunos dulces en una bolsa y sale a la calle.
Uno de esos instrumentales rápidos de comedia quedaría perfecto para la escena del payaso saliendo a la calle y los policías cortándole el paso por aquí, por el otro lado, que se va por allá, que muévanse para acá, los agarrones, la corredera, el rayo verde de la peluca por todas partes, la nariz roja como un punto láser, los caramelos volando y el payaso en volandas por el aire, como una estrella del rock, en manos de los policías. El payaso a la patrulla, a la estación. El oficial de guardia en el calabozo que lo ve llegar y queda retratado, también con cara de payaso, y pregunta: ¿Tú por qué estás aquí? Y Desparpajo se encoge de hombros y dice, bajo la sonrisa desdentada de la mascarilla: Nah, por repartir caramelos.
Una vieja canción de reparto, profética y cotidiana a la vez, dice: La parada está pelota y la gente no se mueve / No pasa el P6, no pasa el P9, y efectivamente, el 12 de abril de 2021, la parada está repleta y el ómnibus no pasa.
Manuel espera con el celular en la mano, la aplicación de Facebook abierta y el dedo a milímetros del botón para transmitir en vivo. Su madre, aunque no pueda hacer mucho, lo acompaña por si ocurriera lo que está a punto de ocurrir.
Dos semanas antes, Manuel era profesor en un preuniversitario y estaba contento con su trabajo. Desde la secundaria había querido estudiar pedagogía, pero su madre, también maestra, le había dicho que se olvidara de eso, que era mucho sacrificio para muy poco resultado. De todos modos, aunque más tarde, él acabó tomando ese camino.
Escribía poesía e intentaba inculcar el amor por la literatura en sus alumnos mientras era vigilado de cerca por la Seguridad del Estado. Lo que escribía en su página de redes sociales, llamada Protesta Poética, resultaba, como mínimo, conflictivo en un país donde el lavado de cerebro político es obligatorio en los centros de enseñanza.
Cuando visitó la casa de Damas 955, encendió las alarmas. Cuando lo detuvieron como Desparpajo, fue la gota que colmó el vaso. Recibió la visita de la teniente coronel Kenia Morales Larrea, oficial asignada a artistas opositores, peculiar por usar lo que parece ser su verdadero nombre. Esta le dijo, expresamente, que no entendía cómo alguien como él, con sus ideas políticas, podía estar frente a un aula en una institución educacional cubana. Pocos días después, en una reunión del profesorado del preuniversitario, lo expulsaron del sistema de educación y quedó desempleado.
Desde entonces, sus días han transcurrido entre una paranoia bien fundada. Cualquiera relacionado con el Movimiento San Isidro está bajo vigilancia total. Pueden pasar días enteros con patrullas apostadas frente a sus casas. A veces detienen a alguno por hacer algo, cualquier cosa, o por si acaso. Hay que salir listo para transmitir en vivo. Es la única forma de anunciar la detención si llega a ocurrir. Ser abducido sin que se convierta en noticia significa desaparecer. Tal vez temporalmente, pero mejor no arriesgarse.
El ómnibus sigue brillando por su ausencia, la parada está más llena, un Lada (antiguo carro soviético muy usado por la policía y la Seguridad del Estado) pasa como un rayo en la dirección contraria y se junta con una patrulla en la otra cuadra. Manuel le advierte a su madre que hay movimiento. Los dos vehículos vienen en su dirección. Frenan justo frente al tumulto de personas. Del Lada se baja un tipejo barrigón, con media cabeza despoblada, que resulta ser otra leyenda de la represión en Cuba.
Su cargo es Teniente Coronel y su nombre operativo es Camilo, pero su verdadera identidad está “quemada” desde hace tiempo. Se llama José Luis Méndez y el adjetivo más común cuando se habla de él es mafioso, porque recuerda a esos típicos secuaces de película a los que les basta un movimiento de cabeza para jalar el gatillo. Los testimonios de víctimas sobre su trabajo habitual incluyen detenciones forzosas a decenas de personas, golpizas, haber apagado un cigarro en la cara de una opositora y, a otro, haberle puesto una pistola en la cabeza, arrodillado frente a la playa, y haber amenazado con ahogarlo.
Justo el tipo de persona que no quieres ver bajarse de un carro y decirte: Dame el teléfono, tienes que acompañarme.
Manuel, transmitiendo en vivo desde el principio, responde que está bien, va a ir con ellos, pero no está dispuesto a darles su teléfono. No entregar el celular es un mantra de los disidentes cubanos. Si logran desbloquearlo van a revisar todo, tus fotos, tus conversaciones privadas y van a extraer cuanto les interese. Algunas veces hacen publicaciones en tus redes sociales, escriben que estás arrepentido y que Viva la Revolución y Viva y Fidel y después toca limpiar tu imagen pública.
Manuel trata de pasarle el teléfono a su madre. Camilo se lo arrebata. Manuel forcejea para recuperarlo. Lo agarran entre los otros policías, ni siquiera sabe cuántos son, y lo lanzan contra la patrulla. Lo inmovilizan. Lo esposan. La gente se revuelve en la parada y la madre grita, llora, se pone histérica mientras al hijo lo fuerzan a entrar en el vehículo para llevárselo.
Los gritos persiguen a la patrulla a lo largo de la cuadra y quedan impregnados en los oídos de Manuel. Su madre es hipertensa emocional. Las emociones fuertes le disparan la presión arterial. Se quedó toda roja, envuelta en lágrimas y Manuel está convencido de que le va a dar algo. Un infarto, un derrame. Se los grita a los policías. ¡¡A mi mamá le va a dar algo, singaos, hijoeputas, mi mamá no está bien!! Camilo, en el asiento del copiloto, se voltea con media sonrisa bajo la mascarilla sanitaria. Ya tengo por donde cogerte, le dice. Después le habla al chofer: Vamos a ponerle resistencia y desacato.
Entran a la estación de policía del Cotorro por el portón trasero. Camilo baja a Manuel del carro a puros jalones y empujones. Lo arrastra unos metros y lo lanza contra la pared. Esposado como está, su cabeza es lo primero en impactar contra el muro. Después le da una patada por una pantorrilla que le abre las piernas hasta casi rajarle la coyuntura de los muslos. Lo cachea a manotazos. Le golpea las piernas por todas partes, las caderas, los dorsales. Lo lleva a un calabozo y lo encierra.
¡¡Déjenme llamar por teléfono!!, grita Manuel, ¡¡Déjenme saber cómo está mi mamá!! ¡¡Ella no estaba bien!! ¡¡Singaos!! ¡¡Singaos, déjenme llamar!! ¡¡Déjenme saber de ella, cojones!!
Sus gritos hacen el opuesto perfecto del silencio que recibe como respuesta. No hay llamada ni derecho alguno, solo el calabozo mal iluminado donde pasará, sin motivo ni explicación, lo que queda de hoy, todo el día siguiente y la mañana del tercero.
Medio mes de abril se ha ido entre el encierro en la casa, los interrogatorios un día sí y un día no—a veces un día sí y el otro también— y los abanicos rotos. Ya van tres. Camilo lucha contra su fuego interno para hablarle en buena forma, que si sabes del proceso penal abierto en tu contra, que estás bajo prisión domiciliaria, pero si tú me dices tal cosa yo puedo ayudarte, si tú me respondes estas preguntas... Y Manuel repitiendo el mantra autoimpuesto para estas ocasiones: no tengo nada que aportar a esta conversación, no tengo nada que aportar a esta conversación...
Saca el abanico. Se echa fresco con una gracia irónica que cae como chispas sobre el oficial inflamable ¡Deja la pajarería!, explota Camilo y le arrebata el abanico. Lo tritura. ¡Habla!, ¡Respóndeme! Y Manuel: no tengo nada que aportar a esta conversación, no tengo nada que aportar a esta conversación... Todas las veces igual.
Mientras, la casa de Luis Manuel sigue sitiada. No dejan acercarse a nadie. El artista plástico está en huelga de hambre y sed y la Seguridad del Estado sabe que algo debe estarse cocinando para denunciar su situación. La vigilancia sobre sus allegados es enorme, pero nunca impenetrable.
El 30 de abril, Manuel, todavía de prisión domiciliaria, ve la transmisiones en vivo de la protesta que finalmente logra ocurrir. Un grupo de activistas se reúne en Obispo, una de las calles más céntricas de La Habana, y exigen a gritos que se libere el acceso a la casa de Luis Manuel. Las fuerzas represoras no tardan en llegar y los participantes en la protesta de Obispo hacen una sentada. Siguen gritando. Son violentados y obligados a abandonar el lugar. Trece personas terminan detenidas, algunas por el teniente coronel Camilo en persona. La muchedumbre que se les había armado alrededor es espantada con rapidez.
Manuel se siente impotente, alterado, y toma un Alprazolam—calmante habitual durante sus crisis de ansiedad—. Cuando la Seguridad del Estado logra apagar la última brasa de protesta y caen las transmisiones en vivo, Manuel se tumba en la cama. El día está gris en el Cotorro. Nubarrones oscuros amenazan con desparramarse sobre la tierra y despiertan cierta melancolía en él. Los días lluviosos, por alguna razón, siempre lo ponen mal; especialmente hoy, con el saco de los sentimientos lleno casi hasta el punto de desborde.
El Alprazolam hace su efecto. La perturbación, poco a poco, se transforma en calma y en sueño. No duerme tantas horas, apenas las suficientes para saltarse la hora de almuerzo. Fuera parece caer el cielo a manguerazos. El clima es fresco como la negrura de la siesta cortada, repentinamente, por las sacudidas del hermano menor. Hay una patrulla allá abajo, le anuncia con miedo en el rostro.
Manuel vive en un edificio, en un apartamento alto y los golpes en la puerta tardan justo lo que tardan los dos policías en subir las escaleras. Él empieza a transmitir en vivo, como de costumbre. Abre la puerta.
—Tienes que acompañarnos—le dice uno de los policías.
—Espera, déjenme comer algo, que yo ni he almorzado hoy.
—No te preocupes, ven con nosotros, que en la estación te damos comida.
Manuel sale desorientado por el sueño, el hambre y el cambio repentino en el método de detención. Hasta ahora, solo lo habían detenido en la calle, en la parada, en San Isidro, pero no en su propia casa. Se suponía que todo estaría bien mientras permaneciera ahí. El encierro en sus cuatro paredes era la única forma de estar tranquilo. De repente, caen los goterones del cielo y diluyen cualquier sensación de seguridad restante, se llevan su paz con las corrientes que van trazando en los escalones y la precipitan por las cascadas de los bordes hacia un destino incierto.
En el camino abajo, Manuel se da cuenta de que aún tiene el teléfono en la mano e intenta regresar. Lo detienen.
—Tengo que subir a dejar el teléfono.
—Dame, yo lo subo—dice uno de los policías y Manuel se lo entrega.
—Dale, baja—habla el otro.
—Espérense, sube el teléfono, ¿no?
—No voy a llevar el teléfono pa’ ningún lado. ¡Baja! ¡Dale!
Lo llevan hacia la patrulla. Una de las puertas se abre y, entre la escena borrosa por el aguacero, aparece la silueta redondeada de Camilo, listo para esposarlo y apretujarlo, junto a uno de los policías, en el asiento trasero.
Al llegar a la estación, se saltan el juego previo usual antes de encerrarlo. No hacen preguntas ni amenazas ni falsas promesas...
Quítate los zapatos y sácales los cordones, le dicen y lo llevan al calabozo. Por cierto—le aclaran justo antes de cerrar los barrotes y dejarlo con el resto de detenidos comunes—, la comida de hoy ya se acabó.
La impotencia, la adrenalina, el hambre, el calmante, la lluvia repiqueteando fuera, la humillación, el miedo, el ser el único detenido de la protesta de Obispo que no estuvo en la protesta de Obispo… Todo se revuelve en su cabeza y en su estómago, le trepa el esófago, le atraviesa la garganta. Suelta un chorro infernal por la boca. Un vómito ácido que lo embarra todo de inmundicia.
¡Tienen a uno vomitando aquí!, grita uno de los detenidos comunes y el policía de guardia busca a Camilo. Eso es que no comí nada, eso es que no comí nada, repite Manuel, pálido y débil, cuando lo sacan para llevarlo al policlínico más cercano.
Otra vez las esposas, el aguacero, la patrulla apretujada con el chofer, Camilo en el asiento del copiloto y otro policía detrás. A Manuel lo asaltan unos mareos que le revuelven la vida. Todo gira y las calles se funden con las casas durante las tres o cuatro cuadras que separan la estación del hospital.
Frenan. Lo hacen salir del vehículo. Las rodillas se anulan. La gravedad se lo lleva. Los policías lo alzan por los brazos y lo arrastran mientras Camilo filma toda la escena con su celular. A Manuel se le ametralla el corazón en una ráfaga imparable toctoctoctoctoctoc y ve, en todas partes, el rostro de la muerte. ¡¡Me voy a morir!! ¡¡Me voy a morir!! Lo arrastran esposado y todo el policlínico se paraliza a su alrededor. ¡¡Me voy a morir, cojone!! ¡¡Me muero!!
Lo posan sobre una silla metálica. El doctor de guardia le pregunta qué se siente. Yo... me siento... Los pies y las manos se le engarrotan de pronto y, con los dedos como garfios, le grita al médico: ¡¡Mira!! ¡¡Mira!! y llora y grita más fuerte. Lo pasan a una camilla. Le inyectan un calmante. El doctor le pide a Camilo que no siga filmando y Camilo se acerca para filmar más cerca. Manuel se desvive en lágrimas y gimotea y grita: ¡No me filmes más, singao! ¡Me cago en ti y en Fidel y en la Revolución! ¡No me filmes más!
Los gritos van amainando aunque las lágrimas siguen cayendo a ríos. El pánico pasa. Sus reclamos se transforman en súplicas. Asere, no me filmes más, por favor, ya para.
Camilo no dice una palabra, solo le sigue apuntando con la cámara del celular.
Tras un rato acostado, Manuel llama al médico y le dice que ya se siente bien, que está listo para irse. ¿Seguro?, pregunta el doctor, sorprendido. Manuel se encoge de hombros. ¿Qué más da? Igual no tiene opción. Tarde o temprano tendrá que salir de ahí.
Otra vez al aguacero, a la patrulla, a la estación, al calabozo. Una madrugada encerrado. Otro día entero encerrado. Al tercer día lo sacan y lo montan en otra patrulla. El rostro de Camilo se desfigura en una sonrisa macabra cuando le dice que se vaya preparando psicológicamente, porque lo llevan para Villa Marista.
Villa Marista es otro símbolo de la represión a la disidencia en Cuba, quizá el más grande de todos. Es el Guantánamo de los opositores cubanos. Hay viejas historias de un cocodrilo sin dientes con el cual aterrorizaban a los detenidos que, de ser ciertas—y muy posiblemente lo sean—han quedado en el pasado, pero muchas otras siguen tan vivas como la represión en sí.
Una de las técnicas de tortura más mencionadas entre quienes han estado ahí es el cambio aleatorio de temperatura. Hace mucho frío por unos minutos, de repente hace mucho calor, luego frío otra vez, de nuevo calor... El encierro total no permite la entrada de ninguna iluminación externa, no hay relojes visibles y juegan con las luces para romper la mente de los reclusos. Un día puede durar ocho horas o tres o una y media; la noche, lo mismo. No sabes si intentar dormir o no, si cubrirte o desnudarte, si llevas ahí dos días o una semana y mientras, te someten a interrogatorios constantes y amenazas que deben saber a poco siempre que no amenacen con dejarte por más tiempo.
Cuando la patrulla llega a la Calzada del Cotorro, en lugar de doblar derecha para seguir camino a Villa Marista, dobla a la izquierda. En unos diez minutos están frente al edificio de Manuel. Camilo sigue sonriendo y le dice: Esta vez te libraste, no te vamos a llevar, pero no te preocupes, que yo te sigo cazando la pelea y al final terminas en Villa Marista.
Manuel también sonríe con ironía y se va exhausto, atrapado en un juego que quisiera pensar que terminó, pero, en realidad, no acaba nunca. El juego del desgaste mental y emocional, de la destrucción del espíritu como castigo por atreverse a la expresión.
El estómago en dictadura
Alguien se para tras la reja de la entrada. Tengo que levantarme de mi asiento frente a la computadora y caminar un par de metros hacia la persona, que me entrega una memoria USB. Pide la segunda temporada de la Reina del Sur, a partir del capítulo cuatro. Le recomiendo que vuelva en unos veinte minutos, porque tengo algunos pedidos antes. Escribo el número tres en una pegatina y la pego a la memoria. Apunto en la libreta: “3-Reina del Sur, 2da temp., 4 en adelante”.
El dueño de una de las memorias anteriores aparece tras la reja. ¿Ya está? Le falta un poco a la copia, respondo. Bueno, espero aquí entonces. Después una mujer: ¿Ya tienes La Isla de las Tentaciones de esta semana? Déjame revisar... No, todavía no, debe llegar mañana.
Quizás sí está, pero todavía me pierdo entre tantas carpetas. Hace apenas un día (desde ayer, 6 de noviembre de 2022) que empecé a trabajar como pirata. Tomo más ron y manejo más botines robados que Jack Sparrow. Principalmente audiovisuales de todo tipo (realitys, películas, animados, documentales... ), pero también actualizaciones de antivirus, revistas y cualquier cosa aleatoria.
Las casas donde se copian audiovisuales, así como el paquete (una selección de contenido semanal que se lleva a domicilio en discos duros) violan cualquier consenso internacional sobre derechos de autor, pero en Cuba es la forma más eficiente y barata —y muchas veces la única forma— de acceder a la información. Apenas empezamos a tener un internet más o menos público en 2015, hoy en día sigue siendo extremadamente caro y, aunque eso no fuera un problema, muchas plataformas de streaming están bloqueadas para el territorio cubano. Las autoridades se muestran indiferentes al respecto, ni lo terminan de aprobar ni lo prohiben, así que, más que piratería, trabajamos bajo algún tipo de patente de corso.
La casa en la cual trabajo y la computadora son de un señor que recibe el paquete actualizado todas las semanas. La reja siempre está bajo llave. Solo pueden pasar las manos de la gente para darme las memorias a través de los barrotes.
Cuando vine la primera vez, antes de empezar a trabajar, escribí en mi diario: Creo que este trabajo me puede dar la libertad mental para dedicarme a escribir; aunque el salario es muy malo, temo que no me alcance para vivir.
Tuve razón parcialmente. En efecto, el salario es malísimo y no alcanza para nada. 250 pesos cubanos diarios que, con la devaluación de la moneda, son alrededor de un dólar y pronto serán menos.
Con lo otro me equivoqué por completo. Pensé que recibiría un pedido cada media hora y, como tendría mucho tiempo de estar sentado esperando, podría ir escribiendo unos párrafos en una libreta, algún cuento, tal vez empezar una novela... No contaba con que el aburrimiento prospera como pocas cosas en este país.
Tengo gente parada en la reja todo el tiempo. A veces estoy tan sobresaturado de pedidos que los apunto mal, o le apunto a uno el pedido del otro, o se me olvida apuntar, o copio La Voz Perú en lugar de la Voz España o el último concierto de Olga Tañón en lugar del último filme de Silvester Stallone. La gente viene a reclamar. Pido perdón y empiezo de nuevo. Y más pedidos. Y más aún. Todo el día hasta la noche, cuando cierro y me voy a casa con tres billetes en el bolsillo que apenas me alcanzarán para una libra de boniatos.
Trabajo lunes y martes. Descanso miércoles y jueves. Trabajo viernes y punto. Renuncio. Adiós. Mañana tengo una entrevista para otro trabajo que, aunque es solo temporal, ofrece un pago mucho mejor.
Fragmento de diario: Me levanté temprano para ir a la oficina de... (nombre de empresa privada de entretenimiento) Se dedican a preparar fiestas y conseguí trabajo con ellos para diciembre. Voy a disfrazarme de Santa Claus para sorprender a los niños en los días cercanos a Navidad. Me pagarán 300 pesos por casa. Dicen que esperan tener hasta diez u once casas diarias para mí. Puedo hacer 3,000 pesos al día. No está mal (Los 300 pesos por casa no serán mentira, las diez u once casas al día sí. En realidad, en el mejor día haré, si acaso, la mitad de lo prometido, que por lo menos es mucho más de 250 pesos).
Cuando salgo de la oficina, en el municipio Playa, camino hasta la parada de ómnibus más cercana, donde paran las rutas P9 y 222, que van hacia un punto donde puedo tomar otro bus que me lleve hasta Guanabacoa, mi municipio. Tarda una media hora en pasar el primer ómnibus, el P9, con las puertas medio abiertas, la gente apretada contra la otra gente y contra los cristales y con los ojos a punto de salírseles de las órbitas. En estos casos, el chofer grita: ¿Se quedan?, y si nadie responde, sigue de largo y los demás quedamos en la parada como un mal recuerdo.
Al rato, se repite la escena con la 222. Llevo más de una hora esperando y entiendo que, fácilmente, pudiera pasar el día entero aquí. Camino un tramo largo, no sé cuántos kilómetros, hasta cerca de un hospital especializado en enfermedades de la vista al cual todos llamamos, sin ninguna ironía intencional, La Ceguera. Ahí están la primera y la última parada de otra ruta de otro medio de transporte (unos taxis amarillos y largos bautizados como Gacelas en el habla popular) con la cual también puedo llegar a Guanabacoa.
La cola es infinita y la cantidad de Gacelas limitada. Son menos de diez haciendo la ruta, a quince personas por vehículo. Recogen gente, van hasta la última parada en Guanabacoa, recogen gente, vienen hasta la última parada en La Ceguera, recogen gente... Por el camino se baja alguien, se sube otro, se bajan dos, se sube uno, después otro... Entre la distancia y las paradas constantes, el viaje final, desde La Cueguera hasta La Ceguera otra vez, excede las dos horas. Mientras tanto, la cola se desintegra. La gente se sienta por todos lados, en el suelo, debajo de un árbol, buscan algo de comer, miran las pantallas de sus celulares, hasta que aparece otra Gacela en la esquina y todos se vuelven a formar y tú no ibas aquí, yo iba detrás de ella, pero ella se está colando, vamos, muévanse para atrás, que yo iba aquí y de aquí no me mueve nadie.
Fragmento de diario: Gasté 160 pesos en unas frituras y dos granizados, porque me estaba muriendo de sed. 100 las frituras, 30 cada granizado.
En un cucurucho de papel con cuatro, quizá cinco frituras grasientas, del diámetro de una moneda grande, se me va casi medio botín diario como pirata. Lo demás en un vaso plástico con mucho hielo y un shot de sirope de algún sabor (fresa, menta, limón) que hace unos años costaba un peso, después dos, después cinco y vamos por 30.
Fragmento de diario: Terminé en la oficina a las 11:30 y llegué a la casa pasadas las 4 de la tarde. Este país te consume el tiempo y las energías, te da ganas de llorar y desplomarte en plena calle.
Otro fragmento de diario: Para colmo, llego a la casa y no tengo qué hacer para la comida. El arroz no ha venido a la bodega este mes. No tengo ninguna vianda y queda muy poco pollo (o puede que no quede nada, tengo que revisar cuando termine de escribir). No sé qué vamos a comer hoy.
Solo la pantalla gigante rompe la oscuridad de la sala y perfila las decenas de siluetas de personas sobre los asientos. Suena la melodía habitual del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. Empiezan los comerciales. Cada año, turistas europeos y de Latinoamérica vienen a la gran fiesta de la cultura en el “paraíso comunista”, y me pregunto si les sorprende que aquí también pongan comerciales antes de las películas. (Como dato curioso, solo ocurre durante el festival, justo cuando hay turistas. El resto del año no hay comerciales en los cines. No tiene sentido venderle al público nacional productos que no puede pagar).
Se promocionan, sobre todo, empresas nacionales tan capitalistas como las de cualquier otro país, o puede que más. Aparecen los últimos planes de datos móviles de Etecsa, la única compañía de telecomunicaciones de Cuba, que en 2025 provocará, con un tarifazo, la primera convocatoria a paro estudiantil en décadas.
También aparecen en pantalla los refrescos Ciego Montero. Las botellas lucen frescas, con gotas de sudor frío humedeciendo las etiquetas de todos los sabores: cola, naranja, limón, mate... Antes se encontraban por montones en todos los puntos de venta, pero desde hace tiempo no se les ve en las tiendas en moneda nacional. Para ser justo, hace tiempo que prácticamente no se ve nada en las tiendas en moneda nacional. Si no hay aseo ni comida, va a haber refrescos...
Los Ciego Montero, ahora, son mayormente exportados a otros países. Dentro de Cuba, solo existen en las tiendas de pago en monedas extranjeras, donde solo un porcentaje muy pequeño de la población puede comprar, y en la pantalla de una sala de cine que responde al comercial con un aplauso generalizado y vítores de un público que, posiblemente, cambiaría la película por un pomo de refresco.
Yo seguro lo haría, por muy amante del cine que sea. Unos días después, escribiré en mi diario: No recuerdo qué estuve haciendo, pero no había comido nada en todo el día.
Tal vez no haya estado haciendo nada importante y simplemente no comí. No estoy seguro. Lo cierto es que me ruge el estómago y nada más puedo llenarlo con una bocanada de aire cuando empieza el filme inaugural del festival, titulado Argentina 1985.
Cuenta la historia de un equipo de fiscales que acusa a los responsables de la dictadura cívico-militar en Argentina. En la película se leen expedientes reales, aparecen representaciones de las víctimas contando sus testimonios en un juicio que de verdad ocurrió. Gente secuestrada, torturada, humillada, con familiares asesinados o desaparecidos. Una embarazada que sufrió tortura, encierro en un centro clandestino de detención, parió en una patrulla y tuvo que limpiar el suelo antes de que le fuera permitido cargar a su niña por primera vez.
Las imágenes no dejan de sucederse en la pantalla, los relatos se amontonan y mi mente se desconecta; vuelo a otra parte.
Llevo unos días acompañando a Manuel de la Cruz en entrevistas a familiares de presos políticos del 11 de julio, porque el fotógrafo con el que estaba trabajando antes se fue del país repentinamente.
Manuel es el entrevistador; la literatura y el activismo lo han transformado, ha pasado de poeta en ciernes a ser uno de los mejores periodistas literarios de los últimos años en Cuba. Yo, cuando lo acompaño, solo tomo fotos de madres y esposas y hermanas destrozadas.
El 11 de julio de 2021, luego de que la crisis general del país se arreciara con la pandemia de Covid-19 y llegara a niveles de escasez que solo el tiempo podría demostrar que podían ser peores, una chispa de rebeldía surgió en San Antonio de los Baños, un pueblo de la provincia Artemisa. Los primeros videos en redes sociales tomaron a todos por sorpresa. Cientos de personas, hartas del hambre y los apagones constantes, tomando las calles como no se había hecho en más de 60 años en Cuba, con gritos de: ¡¡Libertad, libertad, libertad!!.

Otras regiones se envalentonaron con los videos de San Antonio y también tomaron las calles. Esa primera chispa se convirtió en un fuego que parecía incontrolable. Empezaron a reportarse protestas a todo lo largo del país. Miles de personas salieron en cada provincia. Pasado el mediodía, la programación televisiva de todos los canales fue cortada para una comparecencia urgente del presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez, quien criminalizó a los manifestantes, categorizó a las protestas como actos vandálicos, dijo que las calles eran de los revolucionarios y culminó con la frase que quedará como uno de los subtítulos en la historia del horror en Cuba: La orden de combate está dada.
Militares, policías, miembros del Partido Comunista y hasta jóvenes soldados del Servicio Militar Obligatorio fueron desplegados con palos y piedras para disolver las protestas. Hubo peleas entre civiles, enfrentamientos con fuerzas represivas, tonfazos, patadas, palazos, pedradas, perros entrenados, balas de goma, balas reales... Las calles se cubrieron de sangre y de miedo.
Hubo detenidos ese mismo día. Otros, el día 12, cuando también ocurrieron protestas de menor escala. Otros más fueron cazados durante las semanas posteriores. El saldo fue de centenares de prisioneros políticos que se sumaron a los ya existentes, como el artista plástico Luis Manuel Otero Alcántara y el rapero Maykel Osorbo, también miembro del Movimiento San Isidro, que a estas alturas llevan más de un año tras las rejas.
Muchos de los detenidos del 11 de julio tendrán sentencias de más de una década, algunos de más de dos décadas y cada cual cargará con su propia historia de violencia.
A algunos los pasaron por el somatón. Así llamamos en Cuba al chequeo general de un automóvil para decidir si es apto para circular en las calles; pero, en este caso, fue el nombre cínico dado por los represores a un pasillo formado por dos hileras de policías que molían a golpes a los detenidos cuando llegaban a la estación.
A Jonathan Torres Farrat, de 17 años, lo golpearon y lo dejaron desnudo, colgando de una mano esposada a una reja, por un día entero.
A Duannis Dabel, de 22, lo sorprendieron dos patrullas en la calle, días después de las protestas. Intentó huir corriendo, pero una pedrada por la espalda lo tumbó. Lo golpearon en el suelo, lo halaron al interior de uno de los vehículos y lo fueron golpeando todo el camino hasta la estación.
En el apartamento de Yussuan Villalba llamaron a la puerta, dijeron que venían a cobrar la electricidad y cuando su esposa abrió, entraron ocho hombres sin uniforme, lo sacaron desnudo del baño, a medio afeitar, lo tiraron al suelo, lo patearon, lo arrastraron escaleras abajo y lo montaron en la parte trasera de la camioneta en la que se lo llevaron sin explicación.
A Amalio González, un señor alcohólico de más de 60 años, lo agarraron en las protestas del día 12, lo tumbaron contra la acera, le patearon la cabeza hasta dejarlo inconsciente y lo arrastraron varias cuadras, con la espalda desnuda contra el pavimento, hasta la estación de policía más cercana. Los vecinos presentes, visto lo visto, le dieron la noticia a su hermana de que lo habían matado, aunque Amalio logró sobrevivir.
El único muerto real lo puso La Güinera—otro de los tantos barrios marginalizados de La Habana—, en las réplicas del día 12 de julio. Fue Diubis Laurencio Tejeda, un hombre de 36 años que recibió el balazo de un policía, por la espalda, mientras filmaba con su celular.
La Seguridad del Estado sabe que Manuel de la Cruz ha estado husmeando en La Güinera y le advirtieron que no fuera más. Si lo volvían a ver por allí, le dijeron, lo detendrían en plena calle. Por lo tanto, como suele hacerse en estos casos, empezamos entrevistando a todas las familias que pudimos contactar en La Güinera, cada una un día, mirando siempre sobre nuestros hombros y alarmándonos con cada patrulla que nos pasara cerca.
El miedo y la alerta no se acaban con la última palabra de cada entrevista. Se cargan a todas partes, también al cine. El estómago me ruge y los testimonios de los presos políticos se juntan con los del filme y con mis propios temores. Alguien en la película dice que le encapucharon para que no viera a dónde iba y yo no puedo ver. Tampoco respirar. Me agarro el cuello y no entra al aire y sudo frío y tiemblo entero. La oscuridad se lo traga todo, me traga a mí, tengo que salir de ella. Tengo que salir de aquí. Permiso, permiso, necesito salir, por favor, necesito salir. Mi silueta negra invade el filme para quienes están sentados detrás. Luego la de mi novia que corre detrás de mí. Abandono la sala. Estoy en el tope de una escalera que baja al recibidor del cine y a la calle y siento la rotación de la tierra. 1,670 kilómetros por hora.
Mi novia me agarra, pregunta qué me pasa y yo no sé, no puedo respirar y tiemblo y lloro. Me abraza. Ya, ya, tranquilo. Me encojo, me pierdo entre su cuerpo. Dejo de temblar de a poco. Se desintegra el muro que me bloqueaba la laringe. El mundo se detiene. Le digo que nos vayamos, necesito salir y tomar aire, tal vez comer algo. Ya es de noche. Nos vamos caminando.
No veré la parte en la cual aquella mujer que parió frente a sus captores le dice al tribunal: Perdimos nuestros trabajos, perdimos nuestra casa, perdimos a nuestros amigos. Nos quedamos sin nada, nos tuvimos que ir del país. Lograron aterrorizarme, señor presidente. Por suerte, no lograron aterrorizar a todos.
Tampoco estaré (pero me lo contarán mañana) cuando alguien, desde la masa informe que es la oscuridad en la sala de cine, grite: ¡¡Abajo la dictadura!!, y los demás aplaudan como si los refrescos en moneda nacional hubieran salido de la extinción.
Mauricio Mendoza
El 27 de noviembre de 2020, un grupo de artistas se plantó frente al Ministerio de Cultura en protesta contra la censura y el hostigamiento, a artistas disidentes como los miembros del Movimiento San Isidro. por parte de la Seguridad del Estado. La foto inicial publicada en redes sociales muestra un grupo pequeño, pero no tardaron en unirse más personas, principalmente vinculadas a los gremios del arte y el periodismo.
A la caída de la tarde, había más de doscientas personas y llegarían a ser más de trescientas.
Entre ellas, personalidades muy populares como el ganador del premio nacional de cine, Fernando Pérez y Jorge Perugorría, actor de Fresa y Chocolate—única película cubana nominada al Óscar—.
Los funcionarios del ministerio se apertrecharon dentro del edificio. Las autoridades, aunque más lento de lo que les hubiera gustado, reaccionaron cerrando las calles de toda la manzana para evitar la llegada de nuevos manifestantes. Los más rezagados tuvieron que dar media vuelta o saltar las barricadas metálicas, correr eludiendo a los guardias y soportar el ardor infernal del gas lacrimógeno. Algunos lo lograron.
Tal vez por la cantidad de manifestantes o por los nombres propios de algunos de ellos, no hubo una respuesta violenta directa. Los funcionarios amagaron con pactar.
Un pequeño grupo de artistas pudo acceder al Ministerio para exponer sus exigencias. También entraron unos pocos periodistas independientes, para dejar constancia de lo que se hablara ahí. Entre ellos, logró entrar Mauricio Mendoza, quien luego publicó en Diario de Cuba los compromisos aceptados por los funcionarios de cultura para disolver la protesta. Compromisos que, como era de suponer, serían olímpicamente ignorados.
Dos meses después, el 27 de enero, vuelve a plantarse un grupo de artistas, periodistas y activistas frente al Ministerio de Cultura. Mauricio está cerca de la puerta de entrada. No sabe que esta protesta tomará a las autoridades mucho más preparadas que la última vez y, por tanto, durará mucho menos. Apenas llegará a crecer. Tampoco sabe, cuando todos ven al Ministro de Cultura caminar hacia ellos a largas zancadas, que hoy pasará de ser periodista a ser noticia.
Alpidio Alonso, el Ministro, es un hombre relativamente alto, calvo y muy corpulento, como casi todos los ministros y políticos importantes cubanos. Algún efecto de proporcionalidad inversa los hace robustecerse más mientras menos comida hay en el país. Puede decirse, también, que Alpidio es poeta, si entendemos por poeta a quien escriba algo denominado por él mismo como poesía. Alpidio es tan poeta como yo. Tiene un poemario llamado Tardos Soles que Miro y una mirada tan bobalicona como sus títulos. Parece un gigante noble. Por eso Mauricio, transmitiendo en vivo con su teléfono, no puede imaginar que el Ministro de Cultura camina en su dirección, sin importarle que haya tantas otras personas filmando cuanto está a punto de ocurrir, para sonarle un manotazo con esa manopla de escribidor torpe y arrebatarle el teléfono.
Quienes no estamos ahí, mientras vemos la escena—posteada en tiempo real y compartida miles de veces en minutos—del Ministro de Cultura golpeando a un periodista, no sabemos, todavía, que la Seguridad del Estado, la policía y las Tropas Especiales ya mataron la protesta, que algunos manifestantes fueron golpeados y que los arrastraron a todos al interior de un autobús para llevarlos a una estación de policía.
La entrevista con Mauricio se enrevesa. Él desde Europa, yo desde las Américas, hablamos sobre los vestigios de la represión y sobre la Seguridad del Estado, un fantasma que nunca termina de quedar atrás, aunque Mauricio juega a decir que sí y después que no y después se cuelga de alguna tangente y corretea como una liebre entre los recovecos de la conversación. Serpentea, se oculta, asoma la cabeza. Me hace perseguirlo como un cazador que no quiere matar, solo alcanzarlo, verlo de cerca, encontrar las cicatrices entre el pelaje esponjoso y después dejarlo ir.
No voy viendo a la Seguridad del Estado en todas partes, ya estoy a muchos kilómetros, me dice tras haber aceptado la entrevista, luego haberme dicho que no quería hablar de este tema y, después, decirme otra vez que sí, que sus dudas eran porque no quería que la Seguridad del Estado tuviera un perfil completo suyo.
Hay cosas que se te quedan—matiza—, cosas que están en el subconsciente y tú no te das cuenta y puede que las tengas. Soy más cauteloso con muchas cosas, incluso para darte las respuestas a ti. No porque desconfíe, sino porque uno se vuelve más hermético. Porque te das cuenta de que la información es poder, yo creo que desde que practicas el periodismo te das cuenta de cuánto vale la información y…
Se monta en la tangente, dobla un recodo hacia otro tema, tengo que acelerar y arar un nuevo trillo para encaminar la conversación.
Cuenta cómo, desde niño, estuvo ligado a ambientes de música alternativa y contestataria. Rap y hip hop hechos en ambientes marginalizados, por artistas urbanos independientes que buscaban expresarse en un país donde la libertad de expresión es delito.
Dice que creció viendo a esos artistas siendo detenidos y citados por la Seguridad del Estado. Por eso estaba listo cuando llegó su momento y nunca le afectó tanto como a otras personas. Narra, como quien habla de un día de verano en el campo, que también fue amenazado con el Código Penal, que un primero de mayo no lo dejaron salir de casa, que una mañana, a eso de las ocho, lo citaron para las diez en una estación de policía y lo hicieron desnudarse por completo, agacharse, toser, y después vestirse para responder un par de preguntas sobre su colaboración con una revista, como si pudiera haber llevado los textos ocultos en el ano.
Que lo que más le afectaba eran las historias de sus fuentes, dice, las situaciones de precariedad, la desidia o directamente el abuso estatal, y sentencia: como periodista tienes que ser psicólogo, cura confesor, un poco detective, juez, escritor…
Efectivamente, me hace actuar de psicólogo y encontrar la verdad oculta cuando dice que tenía un proceso de selección exhaustivo para relacionarse con las personas; que invitaba a muy poca gente a su casa; que cuando llegaba se fijaba en la ventanita del frente, si la persiana estaba como la había dejado, si alguien había intentado mirar hacia dentro y la había dejado un poco entreabierta; sobre todo cuando dice que se fue de Cuba repentinamente, huyendo de una situación definitiva que tal vez no fuera, en realidad, tan definitiva.
Es julio de 2022 y Mauricio lleva tiempo pensando en irse del país. No como un deseo urgente o un plan tangible, sino como quien piensa que no estaría mal un viaje a la playa. Quizá no lo llegue a concretar nunca, quizá la playa queda muy lejos y no aparece con quién ir y qué pereza, pero ya sabes, no estaría mal.
Aunque tiene doble nacionalidad, española y cubana, y el pasaporte europeo le permitiría viajar más fácilmente que a la mayoría de los cubanos, la emigración no es más que una fantasía vaga en su cabeza, una simple posibilidad.
Está trabajando como fotógrafo con Manuel de la Cruz, en las entrevistas a familiares de presos políticos. Es el primero en portar este batón que luego agarraré yo y más tarde otro fotógrafo. Se acerca el día 11, primer aniversario de las protestas, y es de suponer que la Seguridad del Estado estará intranquila, en guardia ante cualquier indicio de resurrección de aquel impulso rebelde y, también, ante cualquier intento de rememorarlo o exponer las consecuencias nefastas de la respuesta represiva estatal. No es una etapa segura para ese tipo de trabajo, así que toman un pequeño descanso. Quizá demasiado corto.
Una semana después del 11 de julio, van a cubrir una de las historias en la Güinera. Siempre llegan por separado y se encuentran cerca de la casa donde harán la entrevista. Mauricio espera desde hace rato y Manuel no acaba de llegar. Tampoco es extraño. Sería más común ver al cometa Halley dos años seguidos que a Manuel de la Cruz llegar temprano. Mauricio espera un rato más. Le escribe a Manuel. No hay respuesta. Lo llama. Nada. Llama otra vez. Nada. Empieza a dudar: ¿Lo habrán detenido? ¿Sabrán que yo también venía? ¿Estarán buscándome? ¿Y si me decomisan la cámara? ¿Y si esta vez es la definitiva y acabo siendo otro preso político?
No va a quedarse esperando en la Güinera a que vengan a llevárselo. Eso sería regalarse. No, definitivamente no se los va a hacer tan fácil. Si Manuel está llegando tarde y nada más, que se busque la vida. Que haga fotos con el celular o lo que entienda. Él vuelve a casa.
Demora lo que tarda uno en moverse con el transporte público cubano y cuando llega, cansado, salta a la cama y atraviesa el colchón hacia una siesta profunda.
La paz no dura mucho. Quizá una hora, o menos. El tono de llamada lo despierta. Típico número desconocido. Típica voz de oficial de la Seguridad del Estado que lo cita para un típico interrogatorio. ¿Cuándo tengo que presentarme?, pregunta. ¿El miércoles?, ok. Ni siquiera pregunta dónde, aunque igual se lo dicen. Hoy es lunes y faltan varias horas antes de que se convierta en martes. Varias horas para decidir qué guardar y guardarlo, para arreglar unas pocas cosas, para comprar el pasaje en línea y despedirse de un par de personas.
El martes amanece en el aeropuerto y en menos de una hora aterriza en Miami. La Seguridad del Estado todavía lo está esperando.
Como él, casi todos los periodistas independientes que estaban en activo después de 2020 se han ido o se irán de Cuba. De los colaboradores de El Toque (alrededor de 20), en 2025 quedarán uno o dos en el país, si es que queda alguno.
Despedida
Mi madre me dice que una amiga de la familia, que vive en Estados Unidos desde hace más de 20 años, está dispuesta a patrocinarnos. ¿Le digo que lo haga?, me pregunta y yo me encojo de hombros.
—Sí, supongo. De todas formas no hay que pagar nada.
Me pongo en manos del destino, de Dios, de la alineación de los planetas o de cualquier otra cosa, da igual siempre que la decisión quede por su parte. Yo no tengo idea de nada. Mis neuronas tienen batallas campales, se mutilan y se rebanan el pescuezo unas a otras cuando surgen estos temas.
Hace unos días, mi novia vino a mi casa. En cuanto entró por la puerta se rompió en llanto. ¿Qué te pasa? La abracé, le acaricié el pelo. Creí que le había sucedido algo en el camino. Me llegó el parole, me dijo e intenté sonreír, calmarla. Felicidades, le respondí y algo se me rompió por dentro. No el corazón. No es tan sencillo. Quizá fuera la parte del cerebro encargada de las reacciones, que tampoco sé cuál es. Realmente no tengo idea de nada. Ya ni siquiera sé cómo reaccionar ante las cosas. No sé si estoy feliz o triste o las dos o soy un autómata sin emociones, aunque parece ser todo lo contrario, tengo demasiadas emociones mezcladas en una cara de póker.
El parole humanitario para cubanos, haitianos, nicaragüenses y venezolanos es un programa de la administración Biden que permite a personas de esas nacionalidades, siempre que no sean residentes permanentes en ningún otro país, obtener un permiso de viaje y un parole por dos años en los Estados Unidos. Solo se necesita que un ciudadano estadounidense o residente legal en ese país, con ingresos anuales suficientes, se comprometa como patrocinador, asegurando vivienda y apoyo económico.

Se han presentado cientos de miles de solicitudes de patrocinio. Miles han sido aprobadas, otras denegadas y otras siguen en espera y quedarán en un limbo eterno cuando el programa de parole humanitario sea, primero, detenido aún en tiempo de Biden, y luego, eliminado por completo bajo el mandato de Donald Trump.
A mi novia y a su familia los patrocinó una tía y su solicitud fue aprobada en febrero. Pronto empezaron a venderlo todo. La casa, los muebles, la ropa. Yo vi el rostro de la soledad más cerca que nunca.
Hace unos meses, mi hermana y mi abuela se fueron a Bolivia con mis padres y el encierro de mi habitación trancada se convirtió en el encierro de mi casa trancada, roto solo a veces por las visitas de mi novia, que también se irá pronto.
Todos se van, como se fue el 2022 y el trabajo de Santa Claus, que murió en diciembre, como es natural. También es natural que el nuevo año haya llegado con expectativas imposibles de cumplir. Uno espera a enero para que te cambie la vida y todo sea mejor, más feliz, porque hay un número distinto al final de los cuatro dígitos en el calendario, pero el sol del primer día te sorprende siendo el mismo del día anterior, y la luna también, y la vida lo mismo.
Me queda el trabajo de fotógrafo y algún que otro texto escrito desde la clandestinidad. Nada apuñala más fuerte el ego de autor que publicar sin nombre, y es una mezcla de ¿qué otra opción tengo? y de ¿para qué?, porque sí, poner mi firma significaría inmolarme, entregarme en bandeja de plata a la Seguridad del Estado, pero de todas formas, esos textos bastardos, sin apellidos, son fácilmente reconocibles por sus rasgos. Demasiado parecidos a su padre, un tipo ensimismado en escribir lo que deberían ser noticias como si fueran cuentos. Mis conocidos me preguntan si son míos y yo ni confirmo ni desmiento. Es evidente para ellos y, supongo, también para la Seguridad. Vivo cada día esperando la llamada del número desconocido.
Me encojo de hombros y le digo a mi madre que sí, al final no cuesta nada, que me patrocinen, y me miento a mí mismo diciendo que no sé si quisiera que me llegara. En realidad, rezo para que nunca llegue, a pesar del miedo demoledor a la soledad. El 2023 ha llegado con trabajo, el nuevo Código Penal y un sabor dulzón que sé dañino, potencialmente envenenador, pero me encanta cómo pica y quema y endulza su tacto en el paladar. Es el sabor irresistible de la autodestrucción.
Una de esas tardes de las que no se espera nada, un domingo de relleno, suena el teléfono. Estoy en casa de mi novia. Estábamos dejando pasar el tiempo en la cocina-comedor, puede que merendando algo o esperando la colada de café, cuando la vibración fuerte del aparato sobre la mesa plástica nos alarma. La pantalla se enciende con el verde característico de Whatsapp. El ícono redondo en el centro muestra la foto de perfil de mi madre. Que me llame a esta hora es tan normal como extraño. Puede ser cualquier cosa, o nada.
Arrastro el dedo para contestar y la saludo: ¿Qué hay? ¡¡¡¡AAAhahhahahhhaeeeuuhhhhahaahh!!!! Los gritos agudísimos me desconciertan, además de perforarme los tímpanos. ¿Qué cojones está pasando? No entiendo nada. Me asusto primero. Después percibo indicios de risa en su cara ensanchada y felicidad en esos gritos que van amainando hasta volverse oraciones descifrables. ¡¡El parole!! ¡¡Revisa tu correo!!
Voy a mi correo electrónico y ahí está, en las letras negritas de los mensajes no leídos, la aprobación del parole. Mi madre llora y mi hermana sonríe y mi padre se emborracha y mi novia me abraza y grita también. Yo, una vez más, no sé reaccionar. Ni siquiera sé qué siento. Miro a mi novia, al teléfono, a la pared. Supongo que doblo un poco las comisuras para amagar una sonrisa. En algún momento, pensé que solo la inercia podría sacarme de mi país, de mi trabajo, de mi ciclo autodestructivo. La inercia social, personal, de que las cosas pasen porque sí y se hagan porque es lo que hay que hacer y lo que normalmente se hace. En algún momento, también, pensé ser capaz de vencer la inercia, aunque fuera a fuerza de no hacer nada, de sentarme a esperar que las cosas no pasaran. Definitivamente, he infravalorado las leyes de Newton.
Sentado en las sillitas plásticas del área de espera, hago todo tipo de viajes. Viajo a dos noches antes, cuando un grupo de amigos nos emborrachamos. El whiskey y la conversación toda la noche, el cigarro de marihuana que armó uno y que apenas alcanzó para una calada por persona; una última cosa compartida. Las llamas que uno de ellos me tatuó en el hombro al otro día, justo encima de un cráneo que él mismo me había tatuado antes—también después de una borrachera—. El dibujo firmado y el amuleto contra el mal de ojo que él mismo me regaló después y que llevo bien protegidos en mi maleta. Viajo a la despedida con mi familia. A los abrazos de mis tías y mi abuelo y las lágrimas que mi abuela se cuidó de no soltar frente a mí, pero que puedo intuir en su voz debilitada a través del teléfono. A las historias que escribí. A todas las veces que recorrí la ciudad. A las fotografías que tomé en sus callejuelas, con mil detalles fotografiables por centímetro cuadrado. A la gente que creció conmigo y la que he conocido últimamente. A la imagen del faro del Morro en la Bahía de La Habana, ennegreciéndose contra los colores del atardecer, como una rasgadura en la belleza, detrás del agua brillante y las barquitas de pescadores. Muchas veces viajaré a esta imagen sin saber por qué, y cada vez querré llorar.
Es temprano y el aeropuerto está tranquilo. Aún me llegan algunos mensajes de despedida. Pronto me alejaré y mi línea telefónica no funcionará más, si un suceso extraordinario no llega antes para romper la inercia. Nunca llamé al primer teniente Manuel para avisarle que saldría del país. Ni siquiera intenté averiguar si seguía regulado. Solo guardé algo de ropa y mi cámara de fotos en una maletita, casi todos mis libros con otras cosas pequeñas en una maleta más grande que irá en la barriga del avión, y me ofrecí al destino.
Entregué el pasaporte en el chequeo de emigración. El oficial lo miró. Tardó un poco. Miró su computadora, de nuevo el pasaporte. Yo empezaba a organizar mi regreso a casa, pero me lo entregó con un “buen viaje”. La inercia me siguió arrastrando hasta esta sala grande con muy poco movimiento, a esta silla plástica, a responder mensajes y hacer unas últimas llamadas, cuando el altavoz chilla para todo el lugar: Pasajero Pedro Sosa Tabio, presentarse en la oficina de Aduana.
Lo repite varias veces y pienso: listo, hasta aquí llegué. Agarro mi maletita de ropa. Averiguo dónde está la oficina de Aduana. Me presento ante un grupo de oficiales jóvenes que discuten con una pareja de extranjeros que intentaba sacar no sé cuántos tabacos en su equipaje. No se puede, les dicen y los turistas no entienden por qué y les explican una y otra vez.
¿Pedro Sosa?, me pregunta una. ¿Qué llevas aquí? Veo la maleta tumbada sobre una mesa metálica como de autopsias. Libros, respondo. ¿Puedes abrirla? Claro. Abro la maleta y quedan al descubierto las decenas de portadas que contienen miles de páginas. ¿Qué tipo de libros son esos? No sé, de todo tipo, tengo novelas, periodismo, poesía… Escribe ahí que son artículos de literatura general, le dice a otra de las oficiales y vuelve a hablarme: está bien, puedes irte.
Regreso con la misma cara de estúpido que he tenido las últimas semanas. Feliz, triste, esperanzado, decepcionado… Todo en uno. Una mezcolanza que, de tanto ligarse, lo acaba anulando todo a la par que me destruye, como tomar energéticos y calmantes a la vez.
La fila para abordar el avión empieza a armarse. Me coloco en mi lugar. Entro a pasos cortos, detrás y delante de alguien que puede ir pensando lo mismo que yo, una fila de gente conectada por un hilo psíquico que no entendemos; hormigas entrando al hormiguero.
Coloco el equipaje de mano en su lugar. Me siento. En algún momento el avión recorre la pista, agarra velocidad, despega. Siempre pensé que cuando me fuera de Cuba, si me iba, lloraría tanto que acabaría deshidratado y con la barbilla bañada en mocos. Ahora que me voy,no me sale ni una lágrima, ni una sonrisa, nada más que nervios. Nunca antes había estado en un avión. Nunca había volado. Mientras ganamos altura, empiezo a respirar muy rápido, no puedo controlarlo. Siento un cosquilleo en los pies y las manos que, rápido, se vuelve entumecimiento. Tengo apenas un par de garfios al final de los brazos y respiro más rápido y me pongo más nervioso. Intento calmarme a mí mismo. Lucho por controlar la respiración. Logro no explotar, pero voy todo el camino como si llevara a la muerte sentada al lado. A veces me animo a mirar por la ventanilla. Las nubes se descuelgan en arabescos de niebla sobre agua y chispazos de tierra. Un desconocido me brinda un calmante. Le digo que no, gracias. Estoy más o menos controlado. En menos de una hora, aterrizo en Miami. Paso un rato en la cola de migración, luego otro rato en una sala donde me toman las huellas dactilares y acuñan el parole en mi pasaporte.
Al salir, me esperan mis padres, mi hermana, mi abuela en una silla de ruedas, la amiga que nos patrocinó, su familia; tienen globos de bienvenida y banderitas estadounidenses y gritan y me abrazan. Hacía tiempo que no veía a mis padres. Los ojos, ahora sí, se humedecen un poco, pero tampoco lloro. No me permito llorar en este país si no lo hice antes de abandonar el mío. No importa que todo en él me haya abandonado antes.
Pedro Sosa Tabio. De pequeño quiso ser cosmonauta, súper héroe, súper villano, cazador de vampiros, hacker, artista marcial y sobre todo Power Ranger... Después, supo que la mayoría no son trabajos reales y que, de todos modos, no era el oficio lo que le atraía de los personajes a los cuales se quería parecer, sino sus historias. Entonces, empezó a escribir las suyas propias. (Graduado de Periodismo en la Universidad de La Habana).




