No me quiero ir de aquí
La comunidad costera que se resiste al desplazamiento
Esta crónica fue escrita por Sofía Otero para Perpetuo. Puedes leer más de la autora al final del texto.
Claudia Ramón Ochoa lleva años sin acercarse voluntariamente al mar. Creció entre las olas, las redes de pesca, los peces y la sal. Ahora, le huye a la marea.
Su primera casa estaba a la orilla, a unos cuantos metros de la costa. Suficiente distancia para poder disfrutar del mar por las mañanas, y no temerle al oleaje por las noches.
Eso cambió.
Las tormentas se convirtieron en amenazas.
En octubre de 2022, el mar se tragó la primera fila de casas de Las Barrancas: una pequeña comunidad afromexicana en la costa de Veracruz. Una de las viviendas desaparecidas pertenecía a la prima de Claudia. Su esposo, marino en la Armada, se la había construido.
“Ni siquiera están los escombros. Nada más les tocó ver cómo todo su esfuerzo se iba, se quebraron sus ventanas, sus láminas, no pudieron rescatar absolutamente nada”, recuerda Claudia cabizbaja.
Ella no permitiría que le sucediera lo mismo. Para evitarlo, debía tomar la delantera: moverse antes de que el mar la corriera. Optó por desmantelar su hogar; quitar las láminas y los palos, desarmar la casa pieza por pieza y mudarse tierra adentro. Tampoco era una idea original. Decenas de personas ya se habían mudado. A diferencia de Claudia, no sólo se alejaron de la orilla, sino que abandonaron la comunidad por completo. Ahora habitan “El Panteón”, cabe aclarar, en vida.
El yacimiento toma su nombre porque precisamente ahí descansan los restos de familiares de Las Barrancas. Quienes viven en “El Panteón” se siguen dedicando a la pesca, obligadas y obligados a caminar varios kilómetros cada mañana para acercarse a la costa. Ingenuamente quise verificar la distancia que recorren usando Google Maps. Me fue imposible. “El Panteón” no aparece. Gente olvidada por el Estado, y también por los planos cartográficos digitales.
La mudanza no fue una solución definitiva para Claudia. Decidió asentarse a unos 300 metros de la orilla, en un terreno de su familia. El problema: el agua continuó persiguiéndola, ahora no sólo de frente, sino por detrás. Su patio trasero colinda con un pequeño arroyo que los locales llaman “El Salado”. Cuando la lluvia arrecia, queda atrapada: el arroyo desbordante por un lado, el mar elevado por el otro.
Claudia no es la única que se siente amenazada por el agua. El resto de la población de “Las Barrancas” vive en la incertidumbre. ¿Mañana seguirán teniendo un hogar? Ya dirá la corriente.
Quedé de ver al Doctor Jacobo Santander Monsalvo en un pequeño café en Boca del Río. Él era mi contacto dentro de Las Barrancas, quien me presentaría con la comunidad para evitar desconcertar a la gente con la presencia de una güera desconocida, equipada con una cámara. Di con Jacobo en internet. Al investigar sobre la erosión costera en Veracruz, vi que su nombre se repetía en un par de publicaciones periodísticas. Lo citaban como un investigador del Instituto Tecnológico de Boca del Río, familiarizado con lo que sucedía en Las Barrancas. Después de un tanto de tenacidad, y un poco más de stalkeo, obtuve su número.
La cita en el café fue una noche previa a embarcarnos a la comunidad. Un hombre moreno, de rastas, barba prominente, y camiseta abotonada entró puntualmente. Ya con las bebidas en la mesa, fluyó la conversación. Tras analizar el caso de Las Barrancas, el biólogo aceptó que ya no cargaba con optimismo. En 2021 el gobierno estatal publicó un análisis con un dato fulminante: Alvarado, el municipio donde se encuentra Las Barrancas, era el más afectado por la erosión costera. En 71.7 kilómetros de su territorio, el mar había ganado ventaja. En Las Barrancas, según sus habitantes, esa erosión ha sido de más de 100 metros hacia adentro.
“¿Tú crees que la comunidad va a desaparecer?”, le pregunté al Dr. Santander.
“Qué fuerte pregunta”, respondió haciendo una pausa. “Sí. Yo creo que sí”, sentenció.
Me levanté temprano para evitar retrasos. Acordé verme con Jacobo fuera de mi hotel. Esperando su llegada, al lado del coche que renté, me era imposible ignorar los espectaculares en el camellón que anunciaban llamativos prospectos de inversión inmobiliaria. Mostraban personas blancas y sonrientes alentándome a marcar al número en la lona. Quién sabe, quizás después de la llamada, sería convencida de que debía comprar una nueva y lujosa propiedad en Veracruz: ¡A sólo unos minutos de la playa!
Jacobo llegó con una hielera. Todavía había que llenarla. Después de una parada técnica por agua, sueros y un par de cervezas, comenzamos nuestro trayecto. Ya a las afueras de la ciudad, con los hoteles por detrás, el Dr. Santander señaló por la ventana, indicándome que viera los montículos de arena a nuestros costados.
“Son las dunas, la barrera protectora”, informó.
Esas montañas de arena de unos cuantos metros de altura podían pasar fácilmente desapercibidas, y lo que es peor, menospreciadas. No parecen más que un obstáculo para quienes deseen lanzarse un chapuzón al mar. Por eso mismo, los hoteles y desarrollos inmobiliarios se han edificado encima de ellas, ignorando las graves consecuencias actuales y futuras.
Sin las dunas, la población queda vulnerable. No sólo por la elevación del nivel del mar, también por el oleaje en tormentas, o peor, por la llegada de huracanes. Con las barreras naturales eliminadas, ya será el problema de la administración gubernamental en turno, lidiar con las consecuencias. Cuando eso suceda —cuestión de tiempo— seguramente aparecerá en los programas noticiosos del día. Algo como: “Tantos desplazados en Boca del Río por las terribles inundaciones”, o “¡Tragedia en Veracruz!”, imagino. Cuando le impacte a las urbes, quizás sí sea un problema que acapare la agenda. Mientras tanto, ¿por qué sería necesario un alboroto?
Aquí cabe una anotación: escribí estas líneas meses antes de la publicación de este texto. Ante la catástrofe actualmente enfrentada por las devastadoras lluvias de octubre de 2025, y por la cobertura periodística que el tema ha recibido, mi predicción se confirma.
Después de un breve trayecto para estándares chilangos (menos de una hora), y tras una parada por quesos para no saludar con las manos vacías, llegamos a Las Barrancas, donde ya nos esperaban “Las Bonitas”. Ese es el nombre de la colectiva de las mujeres Ochoa: Nancy, la lideresa; Elia, su madre, y Claudia, su prima. Juntas exportan pescado empaquetado y desarrollan proyectos de sustentabilidad, por ejemplo, concientizar a la comunidad de que quemar basura o tirarla al arroyo, está mal. También están detrás de obras más sofisticadas, como la creación de un humedal artificial para tratar el agua jabonosa, y que no contamine el suelo.
“Por eso me agarraron así en fachas”, explicó Nancy, quien desde las seis de la mañana andaba haciendo tareas de limpieza en su humedal.
Nancy nació en Las Barrancas, comunidad con menos de 500 habitantes, una escuela y ningún hospital. Su madre Elia, por el contrario, llegó a pie cuando era una niña.
“Tenía 7 años” me dijo Elia. “Me acuerdo que mi papá nos trajo caminando por toda la orilla de la playa. Ya cansada yo preguntaba ‘¿Ya vamos a llegar?’, y mi papá me decía ‘Ya casi, vamos allá, donde se ven los barrancos’. Es por eso el nombre”, me narraba al tiempo que llenaba la mesa de manjares.
Frente a mí había colocado una pila de pescadillas y tostadas. La mezcla del huachinango fresco con la masa de maíz frito era una exquisitez de la que había sido privada toda mi vida. “Las Bonitas” tienen su propio método especial de preparar ese pescado. Una vez cocinado y delicadamente condimentado, empaquetan el producto para llevarlo a la ciudad. Es un modelo alternativo que les deja más en el bolsillo que sólo vender la pesca fresca. Aunque es Silverio, esposo de Elia, el que está detrás de la red, ella también se define como una pescadora.
“Es muy difícil para la mujer hacer todo: de comer, atender a los hijos, cuidar la casa… eso es un trabajo” me dijo. “Pero sí somos pescadoras. Lo somos desde el momento en que nos levantamos de madrugada para hacerle el lonche a los maridos. Desde ahí, nosotras también somos pescadoras”.
Silverio me acompañó afuera de la casa sede de “Las Bonitas” rumbo a la orilla. Es un hombre entrado en sus cincuentas, que llevaba un sombrero vaquero y el rostro quemado por el sol. Esa imagen contrasta con el niño en la fotografía que trae entre sus manos. Con sólo seis años, aquel pequeño ya se había adentrado en el oficio familiar, la pesca.
“Ahí estoy con un tío, y todo esto, donde estamos parados, como se ve en la foto, era playa”.
El agua moja mis pies. La salpicadura ya me llega a las rodillas. Estoy sobre lo que alguna vez fue.
“Antes, cada quien tenía una palapita en la orilla de la playa. Salíamos a pasear ahí, a recibir amistades. Todo esto ya quedó en el agua”.
Ninguna palapa permanece en lo que queda de orilla. El mar dejó de ser un sitio de disfrute, ya sólo es zona de trabajo, y punto. Pareciera una fobia o un enojo colectivo. Ciertamente es desconcertante ir un fin de semana a una comunidad costera, con el mar azul de frente, y que todo el mundo esté guardado en sus casas. Ni los perros salen a mojarse en la orilla. Nadie construye castillos de arena. Nadie está afuera tomando el sol o mojándose los dedos de los pies. El escenario era muy distinto unas cuantas décadas atrás.
Cuando Claudia era apenas una niña, era un suplicio que su madre la obligara a salir de entre las olas. La playa, ella explica, “era su parque de diversión”. Durante las vacaciones escolares, desde las ocho de la mañana, ya estaba en el agua. Sólo salía a regañadientes para comer lo mínimo indispensable, y volver a lanzarse. Una vez que el sol se había metido, Claudia y el resto de las y los niños regresaban a sus casas a bañarse y dormir, esperando a que amaneciera, para tener otro día más entre la sal y la arena. La infancia del hijo de Claudia es muy distinta. Él no sale a explorar las olas. En realidad, nadie lo hace.
Claudia me explicó la razón detrás de lo que parece una extraña renuencia. Requirió convencimiento de mi parte. No es que ella no quisiera hablar conmigo, pero se negaba a una entrevista formal. Desconozco si era por desconfianza a mi persona, o por timidez. Esta segunda posibilidad no me parecía lógica. Ella consiguió salir de la comunidad para concluir sus estudios como ingeniera en gestión empresarial, precisamente por eso, es la mente operativa detrás del modelo de negocio de “Las Bonitas”. Además, es imposible ignorar su presencia cuando entra a una habitación. Su voluminoso cabello rizado enmarca sus grandes ojos, penetrantes, pero con un dejo de nostalgia.
“Es por tristeza”, finalmente me revela. “Las personas no salen a la playa por tristeza, por lo que ha sido destruido. Lo que tú caminas ahora no es playa. Son los lotes, las casas que se perdieron”.
Un turista podría adentrarse felizmente en la marea, pero ese disfrute sólo es posible bajo el desconocimiento. De saber que flotas encima de lo que alguna vez fue un patio, una casa, hasta una Iglesia, la experiencia se amargaría.
Cuando empieza a oscurecer, las y los habitantes de Las Barrancas arrancan el diario protocolo preventivo. Me encontré a Dora Sosa, y a su esposo, Alejandro Cabañas afuera de su casa cavando una pequeña zanja que poco ayudaría en caso de una tormenta que alborotara peligrosamente el oleaje. Al frente de su casa colocaron una barrera conformada por una decena de costales con arena y siete llantas de coche.
El resto de las y los vecinos también contaban con “protecciones” semejantes. Una de ellas, es Victoria Reyes Rosas, una mujer de avanzada edad que vive sola. La encontré sentada frente a su entrada, mirando el océano. Tenía una pierna vendada. La otra, descubierta, también tenía lesiones, signo de diabetes avanzada sin un tratamiento adecuado. El miedo a la marea ha afectado sus noches de sueño. Al temor, se suma la desesperanza, ante los gritos y gritos que son ignorados por quienes ostentan el poder.
“Año con año que vienen las campañas nos prometen que nos van a hacer nuestra escollera. Nos prometen y nos prometen pero no cumplen”, dice la mujer con la voz entrecortada.
A unos cuantos metros de su casa hay una barda con la misma exigencia. En letras blancas, sobre un fondo rojo se lee: “Necesitamos escolleras, no promesas”.
Una escollera es una construcción con cimientos hasta el fondo del mar que pretende servir como barrera al oleaje. Crearla representaría una inversión millonaria, y según el Dr. Jacobo, ni siquiera sería una garantía de solución. Horas antes de conocer a Victoria, el biólogo ya me lo había dejado claro entre sorbos de café: “Yo creo que no hay escollera que detenga esta cuestión”.
La población en Las Barrancas ha sido ignorada por las autoridades, más no porque su situación haya pasado desapercibida. Los acercamientos han sido claros, la respuesta ha variado: desde insuficiente, hasta simplemente cínica.
Era 2020. Nancy, como de costumbre, estaba despierta desde temprano trabajando en la colectiva, cuando sonó su celular. Un hombre al otro lado del teléfono le soltó una bomba.
“El gobernador Cuitláhuac anda aquí cerca. Está en otra comunidad, pero aquí anda”.
Nancy identificó la voz del interlocutor. Era un taxista de la zona, que durante uno de sus recorridos tuvo la fortuna de ver la comitiva de Cuitláhuac García y sin dudarlo, le marcó a Nancy.
Ella salió disparada. Sin tiempo para avisarle al resto de Las Barrancas, fue a buscar al gobernador. Era la oportunidad que tanto había estado esperando. Nancy tenía un objetivo claro: hacer al político entender la necesidad de construirles una escollera. Para su sorpresa, al abordar a García, el gobernador, extrañamente receptivo, aceptó acompañarla a la comunidad para tantear las aguas. Nancy recorrió la calle principal desenfrenada, tocando cuantas puertas pudo a su paso.
“¡Salgan! ¡Aquí está el gobernador!”
“¿El gobernador, gobernador?” le preguntaban.
“¡¡¡El gobernador!!! ¡¡¡Salgan!!!”
Una decena de personas rodeó al político, guiándolo a la orilla del mar. García se paró encima de unas piedras y miró alrededor. El oleaje le mojaba las piernas. Las y los habitantes le relataron los hechos: el mar no dejaba de subir, sus viviendas estaban en riesgo, y suplicaban una escollera antes de que la situación empeorara. El gobernador seguía pensativo, hasta que finalmente llegó a una firme conclusión:
“Lo que ustedes necesitan son chalecos salvavidas”, sentenció.
Ni eso les dieron.
Un grupo de pescadores viajó a las oficinas de Protección Civil a exigir los chalecos, digo, ya de perdida. No era una solución a su problema, pero sí equipo de trabajo que no dejarían desaprovechado.
“¿Tienen alguna prueba de que el gobernador les prometió esos insumos?”, cuestionó el burócrata en turno.
Los pescadores, confundidos, negaron con sus cabezas.
“¿Pruebas? Pues si él nos lo dijo”, argumentaron.
“Sin un documento no puedo hacer nada por ustedes”, fue la desinteresada respuesta que obtuvieron.
Las palabras del gobernador marcaron a Las Barrancas. Son un recuerdo colectivo. A quién le preguntes, tendrá su forma de contar la historia, con más o menos groserías, con más o menos indignación.
Pero el exgobernador de Veracruz no es la única autoridad a quien le llegó el tema.
Dos años después de la interacción con García, en diciembre de 2022, ya cuando el mar se había llevado una decena de casas, el expresidente Andrés Manuel López Obrador recorría el municipio de Alvarado. Durante una de sus habituales giras de fin de semana, en la localidad de Antón Lizardo, Nancy lo abordó. Quitándose a la gente a su paso, consiguió quedar cara a cara con el mandatario, que estaba dentro de una camioneta blanca. En sus manos le entregó un folder amarillo, repleto de la documentación que la lideresa de “Las Bonitas” había recopilado: testimonios y fotografías. Al fondo, un pescador alcanzó a exclamar:
“¡Señor! ¡Nos está comiendo el mar! ¡Necesitamos que nos apoye!”
El apoyo no llegó.
La entrada de la presidenta Claudia Sheinbaum revitalizó los ánimos. Es cierto, pertenece a Morena, el mismo grupo político de López Obrador y Cuitláhuac García, pero prometió un cambio, una especial atención a temas climáticos y de género. Lógicamente, una comunidad afromexicana con mujeres, niñas y adultas mayores afectadas por la elevación del nivel del mar sería de su interés, ¿no? Esperaba que ese fuera el caso. Por eso me acerqué a Meme.
Meme Yamel es una periodista que trabaja en sus propios canales digitales y que comúnmente cubre las conferencias de prensa de presidencia. La conocí en mesas de análisis político y concluí que era un contacto que no podía desaprovechar, especialmente por un crucial precedente: en el sexenio previo, cuando en una de las conferencias televisadas un reportero expuso el caso de otra comunidad destruida por la elevación del nivel del mar, el presidente actuó.
El 6 de febrero de 2023 en Palacio Nacional, Arturo Conteras, un joven periodista, delgado, de cabello corto y chamarra negra tomó la palabra. Ya de pie, titubeó antes de hablar.
“En la desembocadura del río Grijalva en Tabasco hay una pequeña comunidad que se llama El Bosque. Desde 2019 el mar ha estado empezando a comerle terreno a El Bosque y las casas se están yendo. Están un poco desesperados, ¿no? Me pidieron que viniera a poner el caso frente a ustedes”.
López Obrador aseguró que el tema sería gestionado por el licenciado Jorge Nuño Lara, secretario de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes. Las acciones eventualmente llegaron. En enero de 2024, el entonces gobernador interino de Tabasco, Carlos Manuel Merino Campos, también de Morena, presentó una reforma para enajenar un inmueble donde se reubicaría a las familias afectadas de El Bosque. El 15 de febrero, el Congreso local aprobó un dictamen para garantizar su reubicación a un pueblo cercano llamado Frontera. En noviembre de 2024, con dos meses de retraso al plazo original, se hizo la entrega de las nuevas casas. Lamentablemente, el fraccionamiento, bautizado como “El Bosque”, no tenía los servicios adecuados, particularmente, drenaje, y al menos diez familias fueron excluidas en la reubicación.
Guadalupe Cobos Pacheco, líder social en la comunidad me explicó por qué sucedió esta exclusión. Para ratificar que las y los solicitantes sí fueran habitantes de la comunidad, trabajadores del gobierno fueron casa por casa confirmando que el resto de las y los vecinos les conocieran. Había un pequeño problema que pasaron por alto: no sólo se conocían entre sí por los nombres que aparecen en sus documentos oficiales.
“Es el caso de mi hermano”, me explica Guadalupe, “Él se llama Armando Cobos Pacheco, pero no lo conocen así. Es Vasilio”.
“¿Vasilio?”, cuestioné.
“Vasilio como vaso, por vaso de leche. Es que él es de piel blanca, por eso. Entonces, cuando esos señores venían preguntando por un tal Armando Cobos, pues la gente no lo conocía. Conocían a Vasilio, no a Armando, y sí, se quedó fuera del censo y del fraccionamiento”.
Aunque la respuesta no fue idónea, al menos existió. Eso me daba esperanza de que el apoyo gubernamental también llegara a Las Barrancas. Con eso en mente, me senté con Meme para exponerle toda la situación: la crisis actual de la comunidad veracruzana, el antecedente en El Bosque, las fotografías y testimonios.
El viernes 28 de marzo, mientras escuchaba la conferencia presidencial desde mi computadora, escuché una voz familiar, y mi estómago se apretujó.
“Hay una emergencia climática en la comunidad de Las Barrancas, en Veracruz. La periodista Sofía Otero fue a documentar cómo la comunidad está en un grave riesgo, dado que el nivel del mar está destruyendo vivienda”.
Un alivio abrumador recorrió mi cuerpo, pero se esfumó en cuanto Memel terminó su planteamiento:
“¿Se podría trabajar allá para hacer una reubicación de la comunidad…?”
Quizás no fui clara al exponerle a Meme el tema. Quizás había sido mi culpa el mal entendido, pero los habitantes de Las Barrancas no quieren abandonar sus hogares, esa es la última medida imaginable. En realidad, una reubicación sería el peor escenario posible, me lo habían enfatizado. ¿Podía ser yo indirectamente la responsable de este fatal escenario?
Los mensajes de Nancy no tardaron. En la comunidad escuchaban la conferencia presidencial cuando oyeron la intervención que lógicamente desató el pánico. No querían abandonar sus casas, mucho menos ser obligadas por el Estado a hacerlo.
Había que darle tiempo al asunto. Todavía no sabíamos cuál sería la respuesta institucional. Finalmente, todo lo que la presidenta respondió fue: “Revisamos también el caso de Veracruz”.
Ya pasaron más de seis meses desde que la presidenta le dedicó a Las Barrancas esas escuetas seis palabras. Nada ha sucedido. Nadie ha visitado la comunidad para dar ningún tipo de seguimiento. La incertidumbre y el temor permanece. La única certeza es que no desean irse.
“Yo no me quiero ir de aquí. No estoy dispuesta”, me dice Dora mientras cava la zanja frente a su casa.
A pesar de la devastación, don Silverio comparte el mismo sentimiento.
“Si yo me muriera y volviera a nacer, yo quisiera volver a ser pescador otra vez, no estoy arrepentido absolutamente de nada”.
Mientras el sol baja, y el viento gana fuerza, Claudia me lleva afuera de la colectiva para hablar a solas. Con el mar de fondo, mirando los árboles frutales a nuestros costados, intenta hacerme comprender.
“Yo siento que mi pueblo es único”, me dijo. “Para mí, Las Barrancas es maravillosa. Obtenemos comida de nuestro suelo, la fruta de temporada, las flores… Todos nos conocemos, somos familia. Perder Las Barrancas no solamente sería perder el patrimonio, sino algo dentro de nosotros, nuestros recuerdos, parte de nuestro ser. Lo hemos platicado mucho, mis primos y yo, una reubicación, siento que, para los mayores, que no conocen una vida fuera de aquí, sería matarlos de tristeza”.
Tengo miedo de lo que va a venir. Las lluvias que arrancaron el 6 de octubre y que han cobrado la vida de al menos 70 personas me demuestran que mi miedo no es irracional. Preliminarmente se ha informado que 72 personas en cinco estados (Querétaro, Puebla, Hidalgo, San Luis Potosí y Veracruz) están desaparecidas. Las tareas de búsqueda entre el lodo, el agua, y las viviendas destruidas se complica.
Ya teníamos evidencia previa de lo que cada vez vamos a ver más y más frecuentemente. Basta ver lo que ocurrió con el huracán Otis que devastó Guerrero en octubre de 2023. En cuestión de horas, y ante pronósticos previos, pasó de ser un huracán categoría uno a medio día del martes 24 de octubre, a impactar en la noche fortalecido como un fenómeno de categoría 5, la máxima en la escala Saffir-Simpson.
El 16 de octubre del año en curso, la presidenta Claudia Sheinbaum reconoció esta realidad. Refiriéndose a la catástrofe actual, dijo que “la cantidad de lluvia que cayó en tan poco tiempo, es muy difícil de pronosticar, muy difícil”. Para ponerlo en perspectiva, hablando de Veracruz, entre el 7 y el 9 de octubre, cayó el agua que se esperaría en todo el mes.
La causa, según expertas y expertos: el aumento de la temperatura del agua de los océanos. Concretamente, el cambio climático.
El efecto: fenómenos progresivamente más devastadores y menos previsibles.
Si siguen siendo ignoradas, poblaciones como Las Barrancas serán las primeras en sufrir las irreversibles consecuencias.
Sofía Otero es una periodista originaria de Cancún, Quintana Roo. Se dedica al análisis político y social desde una perspectiva crítica y de izquierda. Ha colaborado en medios como Volcánicas, Milenio, Posta, N+ y Nexos.















