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Noche de látex

Una exploración del BDSM en México

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may 18, 2026
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Esta crónica fue escrita por Adrián Campos. Puedes leer más del autor y sus publicaciones en la biografía que incluimos al final.


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El mesero deja las tazas y el vapor del café sube entre nosotros. Mi hija, universitaria ya, raspa con una cuchara la espuma de su capuchino.

—Wow—dice sin mirarme—, mi papá está dispuesto a arriesgar su matrimonio por su compromiso con la crónica—.

Sonríe hacia su madre, buscando complicidad.

Mi esposa sigue mirando el menú, como si no hubiera escuchado el comentario. Afuera, un camión vacío de Metrobús acaba de llegar a la estación. Nadie dice nada.

El mesero regresa con los bizcochos, los acomoda sobre la mesa en platos, se aleja. Solo entonces ella levanta la vista. Da un sorbo al café, lo deja con calma sobre la mesa y suelta, con un tono que no sé si es ironía o permiso:

—Está bien que vayas a que te den tus latigazos. Haz lo que tengas que hacer, por mí no te detengas.

Mi hija suelta una carcajada. Yo también río, aunque no sé muy bien de qué. El aire huele a pan tostado y a vainilla.


Unos días después, Leo se planta frente a mí como un ejecutor paciente.

La máscara negra de cuero deja asomar apenas el resplandor de sus ojos. Del cuello le cuelgan unas esposas de metal que tintinean cada vez que se mueve. Entre sus manos resbala una cuerda roja de yute: diez metros de hilo áspero que huele a polvo y a piel. La pasa por mi brazo izquierdo, cerca de la muñeca y, mientras la tensa, me advierte: “Un error común de los principiantes es amarrar sobre las articulaciones; eso termina en lesiones”.

Los estudios suelen dividir las fantasías sexuales en tres tipos: las de grupo, las de lugares y las de poder. En las primeras desfilan tríos y orgías, ese deseo colectivo que muchos consideran la vía más rápida para sacudir la rutina. En las segundas aparece la adrenalina del riesgo: hacerlo en un avión, en la butaca de un teatro vacío, bajo un árbol en el parque o en la oficina. Y en las terceras, las de poder, la imaginación se enciende con cuerdas, varas, nalgadas o la tentación de entregar el control.

Ahí entra el BDSM, la esquina oscura de las fantasías eróticas, donde el placer nace de atar o ser atado, de dominar o ser dominado, de infligir dolor o recibirlo. Las siglas lo dicen todo: B de bondage, el arte de la inmovilización; D de disciplina o dominación; S de sadismo o sumisión; M de masoquismo. Una gramática del deseo escrita con cadenas, látigos y reglas precisas.

El nudo se cierra y, en un instante, el brazo queda prisionero. Siento que mi piel arde. Entonces levanto la mirada y creo ver, detrás de la máscara, la insinuación de una sonrisa.

Conozco a Leo Velvet (su nick en el mundo del BDSM) desde que éramos adolescentes. Es quizá el amigo más antiguo que tengo. Es un tipo delgado de 1.70 metros. Tiene cuarenta y dos años, aunque parece de treinta y cinco. Es soltero y trabaja como reportero para una universidad pública. Es conocido en la comunidad bedesemera—como se le conoce en español—por un gesto que lo acompaña desde niño: inclinarse ante unos zapatos de charol y sacar la lengua. Me dice que tenía apenas siete años cuando probó por primera vez ese placer con los zapatos de una compañera de escuela y desde entonces ninguna burla, crítica o rechazo han logrado detenerlo. Su familia conoce bien sus aficiones. Desde hace trece años asiste a talleres, charlas y fiestas de mazmorra, y cada encuentro lo vive con el respeto de quien entiende el BDSM no como vicio, sino como una filosofía con protocolos.

Estoy en su departamento, al norte de la Ciudad de México, donde tiene máscaras, esposas, libros y videos que consume para cultivar la imaginación. Le he pedido que me muestre y explique sus instrumentos de tortura erótica para esta crónica y también que me lleve a una fiesta bedesemera.

“A una reunión no puedes entrar con tu nombre real. Aún hay mucho estigma sobre los que practicamos esto, por eso mantenemos el anonimato. Si quieres asistir a una, necesitas un nick o apodo”, murmura mientras hace silbar su cane o vara de castigo en el aire. El sonido corta el silencio. Sus ojos no se apartan de mí. “Los que gustan de infligir dolor prefieren esto… o el látigo”. La vara golpea suavemente su propia palma y cada golpe parece una advertencia.


El Calabozo MX es uno de los lugares de reunión para practicantes de BDSM más concurridos del país. Con más de once mil seguidores en Facebook, funciona como un club abierto donde se anuncian cursos, talleres y fiestas que, a primera vista, cualquiera puede imaginar clandestinos. Les pregunto por mensaje si hace falta experiencia o conocimientos previos para entrar, y me responden que no se requieren conocimientos ni historial, pero sí leer—y acatar—sus estatutos. La puerta de acceso no es un candado ni una contraseña, sino un reglamento.

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Velvet ya me había prevenido contra la peor pesadilla de un bedesemero: caer en una “falsa fiesta”. Así llaman a las reuniones que no organizan practicantes de BDSM, sino los “vainillas calentones”: tipos ajenos al código, a los protocolos, al respeto, pero sedientos de espectáculo. Él cayó en una de esas fiestas y, recuerda, nueve de cada diez asistentes eran hombres: mirones calientes. El organizador cobraba la entrada como si fuera un cabaret y prometía un show con mujeres. Velvet aguantó apenas una hora: olió la trampa. Imaginó lo que podía pasarle a una mujer nueva, inexperta, atrapada en esa jaula de supuestos dominantes.

De ahí surge su mayor advertencia: el peligro de los “pseudo dominantes”. Hombres que se autonombran maestros del látigo, pero que no saben hacer ni un nudo. Hombres que llenan de mensajes a las recién llegadas, buscando sólo sexo, sin cuidado, sin reglas, sin consenso. Para Velvet, lo peor que puede ocurrirle a alguien que se inicia en este mundo es cruzarse con ellos. Son los que convierten un juego erótico en un terreno de abuso.


Unos días después de visitarlo en su departamento, Velvet me avisa que su amiga, Caramelo, lo ha invitado a una reunión kinky, como también llaman a las fiestas bedesemeras: una noche de látex. “Es la oportunidad que estabas esperando”, me dice. La organiza una dómina que lidera una comunidad que está creciendo. La entrada cuesta trescientos pesos; no hay código de vestimenta—aunque, por lo general, a los hombres se les pide ir de negro y sin tenis—; tampoco hay que firmar una responsiva, como en El Calabozo, y se permite llevar bebidas y algo de comer.

Dice que me presentará como un “vainilla curioso”. En el mundo bedesemero, sexo vainilla significa sexo convencional, predecible, pan con lo mismo. Se usa en tono peyorativo y alude a quien, frente a una heladería llena de sabores, colores y texturas, se acerca al mostrador y dice: “Uno de vainilla, por favor”.

La reunión se realizará en una casa privada y nos enviarán la dirección cuando hayamos pagado. Le envío a Velvet el comprobante de mi transferencia y mi nick: Pluma Negra.


Somos los primeros en llegar a la Noche de Látex.

La casa—de un piso, grande y sin muebles, en la Nápoles— huele a perfume y a jabón recién enjuagado. En la sala, un semicírculo de sillas plegables con el logo de Corona hace de gradería. Al fondo, en una habitación que debe ser el estudio, tres piezas de madera esperan como instrumentos afinados: una cruz de San Andrés, un potro, una “guillotina” de atar. El calor se hace sentir. Suenan Enanitos Verdes—La muralla—y el ritmo convierte la expectación en calma.

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