Notas sobre el capitalismo posmoderno
de J.L. Sabau
Para Tomás
Lo que sigue es un intento ha mucho postergado. No sé si esté terminado; tampoco creo que ameríte estarlo. Mientras más pienso, más tardaré en compartir las ideas que me obsesionan.
En algún momento de la universidad, hablando con un amigo, confesé que el capitalismo ya no se sentía como el capitalismo. Ese presentimiento me ha acompañado hasta la fecha y, ahora, creo estar convencido. Si esto que vivimos ahora es capitalismo, es un capitalismo harto distinto. Es un capitalismo posmoderno y es digno de estudiarse.
La frase no es de ahora. Tampoco es mía. Deriva de esa misma plática con mi amigo.
Estaba leyendo a Marx—como buen universitario—; anotaba de más las páginas del Capital. Me era difícil, a mitad de Silicon Valley, pensar que el modelo de capitalismo marxista de fábricas y minas—de niños trabajando doce horas—se asemejaba al capitalismo del siglo veintiuno, con jornadas más establecidas, días de descanso y, en algunas empresas, incluso, hasta estaciones de masaje.
Así, con mi amigo, se me salió decir: «Se me hace que esto ya no es capitalismo; es como un capitalismo post-moderno».
Él contestó lo único que era sensato: «Te acabas de sacar eso del culo».
A lo que contesté que no— y, de hecho, había escuchado a un profesor decir la frase o algo similar hace unos días y asumí (grave error) que la palabra del académico valía por la de todos sus colegas—; aseguré que existía el capitalismo posmoderno.
—Y entonces, ¿cómo lo defines?
Una pausa en lo que carburaba mi mente. Luego una respuesta.
—Así como en la literatura el post-modernismo es toda mamada después del modernismo, el capitalismo postmoderno, es esta mamada en la que vivimos—.
Nos reímos sin mucho más debate.
Ahora, con mi amigo, me toca saldar esa deuda. Esto no es capitalismo. Es algo más sofisticado.
Mi aserción principal es que esto que vivimos—este modelo de producción donde nos encontramos—no es capitalismo como, por décadas, lo hemos entendido (tantas que ya se extienden a siglos, en plural). Tampoco me parece propio darle un nuevo vocablo. Al final de cuentas, comparte muchas características con el capitalismo de antaño, pero dista lo suficiente de sus definiciones originales y sus apogeos que, por lo menos, habrá que diferenciarla del capitalismo temprano y tardío con un adjetivo; uno de esos tan fuertes que, prácticamente, sugiere el principio de una nueva palabra. Así llego al término capitalismo posmoderno; un capitalismo que supera incluso a las formas tardías y que principia a ver otro modelo de producción.
Acá pienso en dos cambios. Uno que es pragmático y otro que es teórico. El pragmático sigue un hecho innegable. En promedio—énfasis en la palabra—, el capitalismo de hoy día no se asemeja al capitalismo del siglo XIX temprano. Cuando Marx escribía Das Kapital, los cielos de Londres estaban cubiertos de humos de fábricas, familias enteras salían tarde de minas y una cantidad vergonzosa de niños trabajaban jornadas inhumanas. Las jornadas eran largas y mal pagadas; el proletariado vivía en una pobreza contundente y espeluznante. Mientras tanto, una clase se formaba por medio del control de estos medios; la burguesía controlaba los medios de producción y su riqueza venía de ellos.
Eso ha cambiado; al menos para una parte de la población. (Porque sí, todavía hay rincones del mundo donde se vive una terrible explotación; hay muchos lugares que aún se asemejan a la Europa de hace siglos y que, quizá, son aún peores, pero, en general, el capitalismo se ha vuelto más benévolo.)
Sé que no basta, en un mundo donde la academia es profesional, con decir las cosas. Por eso, dejo un par de datos que lo prueban (aunque sé que, cualquier observador atento, concordará conmigo en que hay algo de verdad con solo comparar la historia con nuestros tiempos).
Las horas trabajadas en países europeos eran de más de 3,000 a finales del siglo XIX; para estos principios del XXI, rondan por la mitad de eso. El porcentaje de menores que trabaja se ha ido reduciendo paulatinamente, con el progreso del siglo XX y del XXI; muchas veces es la mitad o la tercera parte de lo que era. El ingreso promedio de un ciudadano del mundo, en la última mitad de siglo—en solo cincuenta años de una especie que lleva milenios se ha duplicado—. Aún si vemos a África por sí sola, la región más pobre de este, nuestro planeta, ha crecido un 29% para la África Subsahariana y un 55% para los países de África del Norte y Medio Oriente—. Ahí mi argumento. Las cosas han mejorado para la persona promedio aún si, el individuo, puede seguir sufriendo. No hay una clase homogénea proletaria; hay matices.
Tampoco quiero defender al capitalismo, solo quiero entenderlo. Porque me parece una mala lectura de la historia decir que no han cambiado las cosas. Lo han hecho tras protestas y organización laboral, sí, pero lo han hecho. El capitalismo en tantos países ahora reconoce jornadas laborales y salarios mínimos; prohíbe la explotación infantil. Al menos a eso va marchando con enormes tropiezos.
Los burgueses también han cambiado. Si antes, su riqueza venía de controlar los medios de producción de la fábrica (de tener un monopolio de la fábrica), ahora viene de poseer las acciones de una empresa. Ahí hay una alienación interesante y filosófica; el burgués es dueño de muchos fragmentos de muchas fábricas pero, rara vez, de una sola. Lo mismo es cierto si pensamos en el colectivo. La empresa ya no es propiedad de uno solo; ahora es de unos muchos. La data no va tan atrás pero, al menos en los Estados Unidos, desde el 89, el porcentaje de la riqueza del 1% más acaudalado pasó del 27% al 43%. Ahí ya hay algo a explorar, también. Sobre cómo los medios de producción ya no son de nadie. Se ha vuelto en algo más amorfo; más difícil de atribuir culpas.
Pero lo más claro para mí es que este capitalismo ya no lucra de la misma manera. Y acá lo segundo, lo más teórico.
En el modelo marxista del capitalismo, el modelo de producción toma capital, lo combina con insumos y mano de obra y genera aún más capital; el burgués contrata al proletariado para darle la mano de obra y brinda la fábrica para la transformación. Así, la lana de una oveja se hace en un suéter o los lingotes de metal se hacen en un automóvil. Un proceso arduo y manual donde la riqueza viene de las horas del trabajador y la chabacanería del capitalista.
Es difícil encontrarse con ese modelo hoy día entre los mayores motores de riqueza. No hay que irnos muy lejos; solo con ver a las empresas que más dinero producen. En 1895, las empresas más grandes del mundo incluían a Standard Oil, Carnegie Steel y empresas ferrocarrileras; las tres encajan con ese capitalismo marxista. Para 1995, ya estaba General Electric por sobre las demás, debajo estaba AT&T y luego Exxon. Hoy son Nvidia, Apple y Google; cerca de ellas estará Meta. Antes dominaba la manufactura y el petróleo; ahora los teléfonos, chips y páginas web.
Nvidia diseña chips y Apple teléfonos; esos en algún momento deben de manufacturarse y ahí serán sujetos a las mismas normas del capitalismo antiguo. Aunque, toca reconocer, acá hay un premio muy grande al innovar; el motor de la riqueza no es la capacidad de Apple de hacer celulares con eficiencia; el de Nvidia no es cuán rápido se pueden armar sus GPUs—que, de hecho, ni siquiera manufacturan directamente—. Lo que importa es cuánta tecnología logran desarrollar; cuán diferente es el nuevo iPhone del anterior o un chip de otro. Esa distancia les da un valor en lo que otros logran acercárseles y, para cuando ocurre, la innovación ha hecho lo suyo de nuevo. Es crear empresas irreplicables porque su producto cambia y mejora y crece y muta y lo llevas en tu bendito bolsillo.
Google es más rara. Es una empresa de software; de exploradores y de redes. Lo mismo con Meta (con Facebook, WhatsApp e Instagram). Son estas empresas las que más me hacen percatarme de cuánto ha cambiado el capitalismo. Google, fuera de algo de teléfonos, no manufactura; no tiene fábricas enormes donde plástico se vuelva en valor. Meta mucho menos—salvo los lugares donde hagan gafas de realidad aumentada—. En su lugar, crearon un modelo donde lo que venden es publicidad que depende en una clase amorfa que no es el proletariado pero tampoco los burgueses. Son todos los que tengan un celular y la capacidad de aferrarse a videos en formato corto donde, de vez en cuando, surge un anuncio que te vende algo. Una economía de la atención, como otros le han llamado.
Si el capitalismo temprano tenía un contrato con el trabajador por sus horas de labor, el capitalismo posmoderno va más allá. Tiene, sí, ese mismo contrato laboral pero, también, logra que la atención del empleado, en cualquier instante, sea algo valioso; algo vendible. Si la unidad del capitalismo original son horas de trabajo, el del posmoderno son los minutos de atención. Lo mismo vendérselos al patrón que regalárselos a las redes sociales. Lo que es más, lo hacemos sin mayor pago que la emoción momentánea de ver un par de videos.
Sí, es eso. Es un capitalismo más invasivo pero menos violento. Un capitalismo que nos da paz y horas de descanso siempre y cuando dichas horas las usemos en algo que, todavía, genera valor. Ahí habrá algo que admirar también; seguimos con la productividad pero sin tener que trabajar con las manos; ahora basta con unos dedos en una pantalla de cristal.
En eso pienso cuando pienso en estos años que vivimos. Pienso en un modelo más generoso donde importa más el producto y su distancia de sus predecesores que la habilidad de manufacturarlo. Pienso en un contrato cuya unidad es la atención y no el trabajo. Pienso en un capitalismo que no duerme pero tampoco latiguea—quizá, eso sea más tenebroso; quizá, sea algo idóneo—. Pienso en capitalismo posmoderno, aun si, lo que tengo, son solo los apuntes de los tiempos en que vivimos. Aun si me lo sacara del culo, parece ser que algo de razón tenía.
JL Sabau es el editor general de Perpetuo. No le gustan las biografías.







