Escribo para la mirada inquisitiva del lector futuro; ese que, en unos siglos, regrese a ver los sucesos del siglo nuestro y se pregunte lo que dominaba en nuestras artes. (Igual, supongo, aunque de colados, a los lectores del ahora que tengan interés en los patrones en lo que viven; incluso, el deseo de hacerles la guerra—aún es joven el siglo; aún puede cambiar). A esos lectores les anoto, con brevedad, lo que de la poesía he notado en meses recientes. Si es que, siquiera, se puede resumir a una generación entera de poetas en un idioma tan extenso como el español, hablado en más de veinte países y susurrado en todos los demás. Aunque la experiencia me sugiere que esa imposibilidad no lo sea tanto.
Para ello me baso en dos experiencias que me otorgan—junto a nuestros editores—una perspectiva única para evaluar estos poetas recientes. La una es la misma revista donde publico mis palabras. Perpetuo—este experimento audaz—recibe cientos de poemas de autores para su consideración. Tantos que no nos damos abasto y causamos, seguramente, el enojo de muchos autores por nuestra lentitud. La otra, porque hace ya unos meses lanzamos un concurso de poesía donde aplicaron otros cientos y que, en su evaluación, hice ya varias notas de los versos del presente. De tanto leer poesía, como al Quijote, se me ha secado parte del cerebro. Con la que queda, todavía, voy notando patrones.
Lo que veo, en resumidas cuentas, es un rechazo—que desconozco si es implícito o no—a las metáforas complejas. Esas que, por siglos, han hecho que la poesía fuera impenetrable y divertida en el acto de descifrarla. Va desde las aventuras de la Odisea, hasta la metafísica de las amapolas de Neruda; el decir lo sentido con aproximaciones coloridas—quizá, de la única forma que se puede—.
La poesía de este siglo rechaza de cara esas metáforas y opta, en su lugar, por lo inmediato y directo; tal vez, lo más sincero. No se pierde en equivalencias que quieren recrear los sentimientos; encuentra los sentimientos en lo cotidiano y los recrea. No es, por ello, menos emotiva o simbólica. Lo es tanto como los versos de hace siglos. Solo que prefiere la realidad inmediata por sobre los escenarios mentales.
(Quizá, por ello, vi tanta violencia en poemas; tanta sangre y abuso—innegable ese patrón—. Porque se escribe de una realidad contundente sin necesidad de suavizarla).
Pienso, por ejemplo, en los versos de Barrientos—mismos que ganaron nuestro concurso de poesía—sobre un caracol:
A veces recuerdo aquel caracol que pisé un día empacando la maleta en el baúl del carro de alguien
El poema no va a hablar de ninfas o de ogros; tampoco de flores que nadie conoce. Es una situación cotidiana que te obliga a pensar en el dolor ajeno. Con palabras que todos entienden y que se usan en lo cotidiano. Es, para mí, la esencia de la poesía de este milenio; una poesía directa.
Veo, con excepciones muy contadas, que ya nadie habla de poetas antiguos como Amado Nervo o Rubén Darío. Si se pone algo en verso, se pone como ocurrió y se espera que el hecho mismo sea un acto poético. A veces, incluso, pecando de desconfianza con el lector y explicándole la metáfora como las madres pájaro regurgitan la comida a sus crías. Acá no doy ejemplos; sabrán los estudiosos a qué me refiero cuando se den un clavado en las montañas que se almacenan en redes.
Esto no implica que la metáfora esté muerta. Sigue ahí, solo que no se molesta en complicarse. La situación cotidiana aparece y se presenta como un vehículo para algo más profundo. Doblar la ropa es un recordatorio del orden que nos imponemos; el dejar las llaves en el coche, una tortura moderna. Así una y otra vez. Abunda lo cotidiano sin caer en lo ajeno. Parece que, con eso, le basta a la poesía de este siglo.
Motivos habrá varios. Como la poesía es un reflejo del alma y el alma de la persona y la persona de su entorno, por conmutación, la poesía ha de resultar de los tiempos; algo dirá de ellos. Quizá es que, en un siglo donde todo se ha intentado antes, lo único que queda es lo franco. Queremos escribir directo porque lo directo es todo lo que queda—aunque no sé; sería ignorar cómo escribía Hemingway—. Quizá es algo de los tiempos nuestros, donde todo puede crearse por una máquina y lo único que nos queda es lo vivido. Si ya una inteligencia artificial puede hablar de margaritas y bugambilias, nosotros deberíamos hablar de lo que nos topamos en la calle. Quizá es que el modernismo del siglo pasado fue demasiado; ya nadie quiere atraparse en los pensamientos infinitos y, por ende, preferimos lo que va directo y se vive. Quizá, en un mundo donde la poesía se lee menos y forma parte, tan solo, de una o dos semanas de los cursos básicos, muchos poetas carecen de las bases para hacer lo que hacían los griegos y los romanos—de ser cierto, ahí hay algo profundo sobre cómo la humanidad, aun sin conocer a sus antepasados, vuelve a las rimas y al verso; seremos homo poeticus, tal vez. O quizá es todo lo que digo. O quizá es ninguno de mis motivos.
Sé solo que este siglo es uno de franquezas y carente de exageración. La metáfora perdura, aún si parece ser el fin de la hipérbole.
Aún es joven el siglo. Pero ya lleva un cuarto de sus años recorridos. En ellos, el español, nos deja lo que describo. Unos versos tan certeros que van al alma sin necesidad de ser descifrados. Ya no se escribirá, de nuevo, el Primero Sueño de Sor Juana y quizá, me atrevo a sugerir, eso es algo bueno.
JL Sabau es el editor general de Perpetuo. No le gustan las biografías.





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