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Nunca olvidaré el verano de 2024. París era sede de los Juegos Olímpicos y en los parques de Londres se instalaron pantallas gigantes y sillas de manta donde los estudiantes que nos habíamos cansado de escribir la tesis —pero no de la ciudad— pasábamos tardes enteras tomando cerveza y viendo la gimnasia, los clavados o la natación. Mi lugar favorito para esta actividad era Grosvenor Square, un parque en el corazón de la capital rodeado de árboles que acarician el cielo y edificios georgianos de ladrillo rojo.
Frente al sitio donde miles se daban cita para ver las competiciones, se había cometido un crimen, dieciocho años atrás. La víctima fue un hombre ruso llamado Alexander Litvinenko, una de las extrañas muertes de personas vinculadas al gobierno de Vladímir Putin.
Una de aquellas tardes olímpicas, me dejé someter por la curiosidad. Salí del parque y entré al hotel que en 2006 se llamaba Millennium y hoy es The Biltmore Mayfair. Atravesé el lobby imaginando a Alexander Litvinenko, nervioso y con la mirada triste, en una chamarra de cuero, caminando por ese mismo piso de mármol. En una tarde de noviembre de 2006, Litvinenko entró a The Pine, el bar del hotel, para tomar un té con Andrey Lugovoy, un hombre alto y fornido que había sido su colega en los servicios de inteligencia rusos.
Salí del hotel y caminé por la zona, adentrándome en el barrio de Mayfair que algunos locales llaman «Londongrad», por la llegada masiva de inmigrantes rusos adinerados que han transformado sus calles: oligarcas que se mueven en Rolls-Royces, mujeres de pelo casi blanco con vestidos elegantísimos y adolescentes en sudaderas Balenciaga, que contrastan con la autocontenida sobriedad de los ingleses.
Esta disrupción económica y estética en el corazón de Londres —que entonces me pareció poco menos que una curiosidad antropológica— es en realidad un fenómeno profundamente revelador. No solo sobre el asesinato de Alexander Litvinenko, sino sobre el Reino Unido y sobre las contradicciones que hacen posibles los veranos inolvidables en ciudades como Londres.
Oligarcas, espías y perseguidos
Los oligarcas rusos llegaron al Reino Unido en dos olas a partir de la década de los noventa del siglo pasado. La primera inició con la caída de la Unión Soviética, un día después de la Navidad de 1991, proceso que implicó tanto la desintegración del territorio en quince repúblicas independientes, como la privatización del aparato económico que el Estado operó desde la revolución de 1917.
En pocos meses empresas completas en sectores estratégicos como el gas natural, el acero y el petróleo pasaron a manos de particulares. Los beneficiarios de estas privatizaciones empezaron a ser conocidos como oligarcas: una casta de hombres muy jóvenes que se hicieron multimillonarios de la noche a la mañana al amparo de los antiguos monopolios públicos.

Esta nueva riqueza creada en medio de una enorme inestabilidad política generó la necesidad de encontrar un sitio más seguro para protegerla. Para los círculos más altos de la sociedad y el gobierno inglés representó una enorme oportunidad de capitalizar su sólido estado de derecho y el mercado inmobiliario de escala mundial que ofrecía Londres. Así es como el dinero de los oligarcas empezó a llegar a la ciudad.
Mientras tanto, las cosas cambiaron en Rusia. En los primeros años de vida postsoviética, millones de familias descubrieron que los ahorros de toda una vida ya no alcanzaban para comprar pan. En un par de años la inflación llegó al 2,500% y la tasa de suicidios aumentó en un 60%.
El 31 de diciembre de 1999, el último día del siglo, el presidente Boris Yeltsin presentó su renuncia y Rusia recibió a su nuevo presidente: un exagente de la KGB desconocido para la mayor parte de la población. Se trataba de un hombre pequeño y ojeroso, «un burócrata gris y oscuro» de acuerdo con un periódico de Moscú, que parecía estar destinado a tan solo un pie de página en la historia. Se llamaba Vladímir Putin.
Para retomar el control del país, el nuevo líder inició con el modelo económico, no mediante la restauración del comunismo —un sistema que consideraba había traicionado a Rusia con su fracaso—, sino instaurando un capitalismo controlado desde el Estado mediante el sometimiento de los oligarcas que habían adquirido el control casi total de la economía nacional.





