Oscuridad, vacío, éxtasis
de Álvaro Sánchez
A modo de prólogo
de Tomas Lemus
Este miércoles, celebro el avance de este espacio en Perpetuo a más artes que pueden mezclarse con el poder de la imagen visual para generar una reflexión. Esta semana presentamos a Álvaro Sánchez, cuya fotografía es poética por derecho propio, pero que ha decidido acompañar con la nitidez de sus versos.
Y lo que intuyo al ver las fotos de Álvaro es justamente eso: la mirada de un poeta, la arquitectura y premeditación de un imaginista.
Tanto la fotografía como la palabra nos muestran algo que en Álvaro es anterior incluso al impulso visual, al levantar la cámara y presionar el obturador. Es el primer momento de la imagen poética, que solo se descubre en el primer vistazo o tras sentarse una hora con la fotografía, en la lectura desatenta o en un obsesivo regurgitar de sus versos: la claridad está en lo oscuro pero la oscuridad es provisional; aún así, hay que seguir buscando la cima.
En cuanto a su objeto, el texto y la fotografía trabajan el mismo problema y son dos herramientas para expresar lo mismo. La fotografía desconfía de los límites de la palabra para expresar lo que no tiene forma. Y ahí donde lo visible no llega, la palabra exige completar una imagen que en la fotografía puede aparentar límites y bordes, parecer conmensurable. Para mí, la segunda fotografía demuestra esto. La disolución del sujeto consciente que se palpa en la imagen pero parece contenida en los bordes de mi teléfono. Pero Álvaro corrige: «sombras caminando en un planeta sin bordes».
Desde que abre el foto ensayo ya se anuncia una estructura simétrica y minuciosa. Solo nos presenta siete fotos. ¿Por qué siete fotos? ¿No ha tomado más en este viaje? Pero siete son las imágenes que narran ese viaje hacia la oscuridad del sujeto. En esas siete imágenes y sus versos, se abre y concluye una curva dramática. Tenemos el ascenso que disipa la neblina y el ruido inicial, el frío y la incertidumbre. Destellos de claridad en el reflejo de una cima que no conocíamos y de pronto, el sujeto que se desdibuja en esa cima se multiplican los horizontes y se pierde el norte. Aparece el humo y Álvaro expone su paradoja: la oscuridad del humo aclara la vista, pero igual amenaza con consumirlo. Después está el vacío, exquisito, quizás intencional, en cuyos límites se borra la vista. Y de pronto emerge la duda, duda que no desaparecerá con el regreso de la solana. Al final tenemos la cima, el sol y una claridad que es acaso espesa.
Son las 4 am.
La húmeda oscuridad ha devorado toda presencia de luz.
Los seres adquieren existencias parpadeantes.
A lo lejos, la constelación artificial de la ciudad flota en el valle.
Un murmullo distante que me recuerda que el mundo aún existe.
Veo sombras caminando en un planeta sin bordes.
Estoy a 3,976 metros sobre el nivel del mar.
El frío muerde cada paso.
En la montaña la luz se vuelve sagrada.
Partícula divina con el poder de revelar el mundo.
Luz es dios.
La oscuridad es abismo.
Lo que más teme el ego:
el pánico a ser nada.
Fue aquí, en este lejano y nebuloso paraíso, que la oscuridad se presentó.
la oscuridad me hizo ver.
Sentí un agujero negro abrirse en pecho.
Mi conciencia implosionó.
Me convertí en el volcán que caminaba.
Presente, inamovible.
Un paso a la vez.
“Ya casi llego”, me repito.
Oscuridad, vacío, éxtasis.
Recordé lo que todo niño sabe y ha olvidado.
Mi sueño lúcido,
un universo por crear.
La luz divina del sol renace sobre la cresta de las montañas.
Devuelve al mundo su existencia.
En el espejo del silencio
el vacío es el lienzo.











