«¿Cuántos teatros están metidos en el gran teatro del fútbol? ¿Cuántos escenarios caben dentro del rectángulo de pasto verde?»
Eduardo Galeano, El fútbol a sol y sombra
Daré una confesión. Durante meses, quise convencerme de que me refugiaría todo junio —mes mundialista— en casa de mis padres en Mérida. Debía huir, me dije, asustado por la congestión que caería sobre la capital. En suma, la indignación por los precios desorbitados para ver a la selección ganar en el Azteca, generaron un desencanto que me llevó a pensamientos heréticos: haría un boicot personal a todo lo relacionado con la justa. Hoy, con el Mundial encima, agradezco haber echado atrás mis intenciones woke. Lo digo sin tapujos: me comportaba como un idiota.
En la antigua Grecia, el “idiota” era el ciudadano privado, el desinteresado por los asuntos públicos; un apolítico. Y aunque hoy ha evolucionado hacia una definición similar a “estúpido”, el idiota milenario sobrevive. Sobre todo, en el discurso. Uno que hoy ha querido sectorizar al idiota, acorralarlo en la idea pasiva del espectáculo: todo se queda en la cancha. El espectáculo es político. Al pan y circo no lo define la bondad de los gobernantes; es, de facto, una estrategia política. Aquel que niega su impacto es, por defecto, un idiota.
El fútbol es un espectáculo. La Copa Mundial de la FIFA se funda, precisamente, bajo la idea de Jules Rimet —tercer y más longevo presidente del organismo— para fortalecer los ideales de una paz permanente y verdadera tras la catástrofe de la Gran Guerra. Una intención noble, pero sumamente frágil: en años siguientes, el torneo fue utilizado con fines propagandísticos por personajes como Hitler, Mussolini, Franco, Stalin o Videla ante la mirada cómplice y sigilosa de Kissinger. Con el paso del tiempo, cualquier gobierno empleó, a su modo, el discurso de la “paz” prometida por la pelota: todos los problemas eran problemas menores o quedaban pausados por el tiempo que dure la fiesta deportiva más grande del planeta.
Quien organiza la Copa del Mundo tiende a lucirse, hacerse ver, adueñarse del espectáculo y, por ende, del juego. El fútbol se vuelve discurso. Cuando esto sucede, el juego deja de ser la víctima y cede su posición al espectáculo. Es aquí donde se enreda todo, el momento exacto en que nace el idiota: puesto que ha de defender su derecho al show, el aficionado pierde el foco del juego, ese al cual Julio Cortázar describía como una ocupación muy seria donde la libertad es practicada para subvertir la realidad y que —por de facto— ha de considerar al otro.
El fútbol, cuando deja de ser juego, se vuelve espectáculo; es decir, se vuelve político. Más aún si forma parte del discurso, del statement. Por ello, me extraña cuando futbolistas y entrenadores dicen: el fútbol al fútbol y nada más. Quizá el caso reciente más representativo es el de Hansi Flick, entrenador alemán de mi queridísimo FC Barcelona, cuando fue cuestionado por el gesto del juvenil Lamine Yamal al ondear una bandera palestina en los festejos del club por los títulos conseguidos; a ello, respondió: Esas cosas no me gustan; jugamos al fútbol para hacer feliz a la gente. Tendría razón, si sólo del juego se tratara; pero cuando al juego lo corrompen los anuncios, los patrocinios en la camiseta, la inversión, los KPI’s para el delantero, entonces es el negocio lo que está en juego y no un partido. A su vez, el idiota presta atención al partido, pero no al juego. No se da cuenta de que debe defenderlo.
En su oda y denuncia al fútbol, Eduardo Galeano narra en brevísimos “capítulos” —casi cuentos, casi poemas, cuando no los dos—, lo que el deporte rey ha sido y sigue siendo. Supo como pocos dar descripción al gozo que transmite la pelota, una especie de metafísica futbolera, y también leer las sombras que eclipsan la fiesta plural del deporte: al inicio de cada abreviatura que elabora de los mundiales —hasta el 2014, gracias a una última y renovada edición antes de morir—, hace un repaso de los sucesos extradeportivos: política, literatura, guerras, inventos; pone al mundo por delante del fútbol y al fútbol como una actividad que lo reúne. Hay quienes aplauden a Yamal, hay quienes apoyan la visión de Flick; hay quienes simplemente no opinan.
Todos, sin excepción, gritan cuando un gol favorece a su equipo.
El gol desahoga y conjuga todas las perspectivas y pasiones. Sin embargo, es idiota el aficionado que exige a su equipo sin alentarlo a cambio con rabia y amor, siempre con entusiasmo. Igual lo es el futbolista que piensa el gol para sí mismo y no para su equipo. Cuando hay eso, un equipo, el pensamiento colectivista trasciende al grupo de futbolistas e intersecciona con el de la afición y de esa colisión el fervor se cuela en las calle y en la calle el orgullo eclosiona, nacen símbolos, comienza la fiesta, felicidad común. Ahí recae —si me lo permiten mis amigos argentinos— el aura de Diego Armando Maradona: el partido contra Inglaterra en México 86 no fue sólo una victoria futbolística; el Diego —abiertamente de izquierdas y sublimador de de actitudes cuestionables— lideró una épica que se sintió como revancha política por la Guerra de las Malvinas: le ganó a los ingleses en su juego y con sus mañas. Se elevó la moral en un contexto de reconstrucción sociopolítica tras la feroz dictadura de Videla. No fue la mano de Maradona la que metió uno de los goles más memorables de la historia sino otra, esa que “Dios” prestó al ídolo para realizar un acto de justicia divina —aunque esta tuviera por guillotina tres postes, la red y una pelota—.
Y, a pesar de todo, la pelota no se mancha.
Decía Juan Villoro a El País: Ser hincha de un equipo es una forma laica de ejercer la religiosidad. Yo creo en esa religiosidad, en esa fe al fútbol, al juego que reúne y que desplazó el ejercicio de los leones a zoológicos públicos y privados, alejándolos del Coliseo que ahora escenifican sólo gladiadores que cambiaron espadas por botines.
A 2026, son veinte primaveras las que nos separan de aquel mundial en Alemania, cuando entendí la rivalidad futbolera entre México y Argentina; dieciséis desde el mítico Waka waka en Sudáfrica y del agridulce sabor por la victoria ante Francia para perder nuevamente en octavos contra el equipo del Messías. Una docena divide nuestro tiempo del de Brasil 2014: aún conservo el frío recuerdo del #NoFuePenal y el de la rabia en mis lágrimas que juraban odio a Arjen Robben; seis años de aquel golazo del Chucky Lozano contra Alemania y del que dicen ocasionó un pequeño sismo en la Ciudad de México, lejos del suelo veraniego ruso del 2018; casi cuatro años desde la decepción total por la eliminación en grupos del primer mundial en suelo árabe. Todos y cada uno los vi religiosamente. Tras cada eliminación, sentí la desilusión que reconoce la realidad que lo enfrenta: una vez apaciguada la efervescencia y sus burbujas, regresamos a la soledad. El panorama retoma su perfil más agresivo y deseamos con aletargante nostalgia el inicio de un nuevo partido; de un nuevo torneo. La fiesta siempre deja rastro de su desmadre.
No pienso en un llamado al boicot, a que la celebración más importante del fútbol se detenga; por el contrario, me confieso parte de los ilusos que soñamos más allá del quinto partido —ahora sexto—: más aún en suelo gringo. Es en el sentimiento que provoca este deseo donde hallo el énfasis: en el ardor por ver brillar a la selección en el país de las barras y las estrellas, un ardor intenso que encuentra combustión y aviva sus llamas, pues trata una rivalidad más allá de lo futbolístico. Por el contexto que se vive, en el cual las historias que me contaban del pasado —intervencionismo, racismo, fascismo, entre otros— comienzan a predominar en la realidad más próxima, la peregrinación a los estadios se ve interrumpida por la exigencia de visas, como si no tuvieran cada uno de los errantes una causa común, como si dentro de cada templo las únicas fronteras no fueran sino las del color de la camiseta, el amor por el escudo.
No ver esto no hace idiotas.
No pido que callemos el gemido de gol: tan sólo que escuchemos y gritemos de la misma forma al salir del recinto en el cual la experiencia orgásmica nos llevó al abrazo con un desconocido: las protestas no son para arruinar el gozo del fútbol, son para gozar el fútbol sin caer en la ruina por ello. Un partido puede ser idiotizante: la pelota se vuelve el eje del mundo y sólo pensamos en el beneficio propio, en la victoria de nuestro equipo; sin embargo, citando nuevamente a Galeano:
“[...] todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado carasucia que se sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad.”
El idiota no dejará de ser idiota si no entiende el espectáculo desde su liberación: el juego le pertenece. El gozo del cuerpo lo exige; no sólo el que juega ha de sentir la trascendencia del juego: la mirada del espectador debe mimetizar su libertad. No importan los colores del carasucia, comprenderá su gozo.
Alonso Millet es escritor y editor en Perpetuo. Quiso ser pirata; terminó jorobado, con lentes y entre garabatos. Le gustan las biografías. Fantásticas y eróticas nomás.




