Vivo en tus ojos, en su fulgor breve que insiste cada vez que me mira. Quisiera no decirme en ellos, no delatar lo que tiembla. Un beso bastaría: abrir lo cerrado, rozar ese borde donde aún dudas. No nombro la herida, pero la siento: late en tu forma de irte, en cómo retiras la luz. No te culpo. Ven. Déjame el gesto mínimo de sostenerte un instante, como si el tiempo pudiera caber en las manos. Hay momentos que no piden duración, solo verdad. El tuyo: cuando tus ojos me encuentran. Ahí existo. Ahí —quizá— también tú. Y basta: dos miradas que coinciden, un pulso compartido, algo que comienza sin saber su nombre. Si todo arde y termina, si todo se desvanece, que al menos esto quede: para amar, primero, hay que vivir.
Este poema fue escrito por Ignacio Molina.



