Perpetuo

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Para contar una historia de aventuras

de Alonso Millet

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Perpetuo y Alonso Millet
jun 22, 2026
∙ De pago

Esta crónica fue escrita por Alonso Millet. Puedes leer más del autor y sus publicaciones en la biografía que incluimos al final.


Perpetuo
Creando la mejor revista en español

[...] porque para eso se viaja después de todo, [...] para cortejar al deseo.

Terrestre, Cristina Rivera Garza

Esta es la vida de Fray Servando Teresa de Mier. Tal como fue, tal como pudo haber sido, tal como a mí me hubiera gustado que hubiera sido.

Un mundo alucinante, Reinaldo Arenas


He dado mil vueltas a cómo contar las impresiones de un viaje —mi viaje— para que posea el beneficio de esas historias que se leen durante el desayuno, como distracción en el trabajo, durante la cita fecal con el inodoro o mientras sobrevuelan horas muertas en el transporte público a merced del lector. Es decir, una historia que valga la pena contar, así como yo recuerdo mis semanas por el sudeste asiático —de las que, prometo, hablaré—.

Hacerlo a modo de crónica sería la respuesta más “acertada” —entre comillas para no denotar pedantería—; o sea, la narración de principio a fin de los hechos. No obstante, a criterio personal —y exhibiendo tantita de esa pedantería—, una crónica ha de poseer la frescura de la memoria: una narrativa recién salida del horno, con los hechos desvirgados cual palabras que adquieren una madurez física en la hoja impoluta: hechos que puedan sentirse más próximos a lo real.

Ese no es mi caso.

La libreta y el blog de notas del teléfono acumulan apuntes, entre descripciones, pensamientos, poemas concluidos e inconclusos, sueños y conversaciones de ese mi viaje alrededor de un continente ajeno, a principios de 2025. Apuntes, a mediados de este 2026, algo añejos. Fantasías nomás.

Sí, he dado mil vueltas a cómo abordar este texto, además de elaborar unos cuantos borradores: un breve prólogo de unas cinco páginas y cerca de veinte sólo para lo vivido en Ciudad Ho Chí Minh —también llamada Saigón—. Ambos fueron escritos meses después, tras un escabroso regreso a México, luego de casi dos meses viajando y con la ilusión usurpada de seis más, entre otras cosas, debido a una infernal diarrea que me mantuvo hospitalizado tres días y dos noches en Hoi An.

Abruma releer los apuntes y borradores; me pierdo en el cursor palpitante, como si emulara el suave latir de un corazón adormecido, completamente en blanco.

Quiero contarlo todo, pero ¿cómo?

Pienso en la aventura y en lo que implica tenerla. Pienso en mi viaje… ¿podría atribuirle el título de aventura? ¿Qué distingue mi experiencia de otras, en estas épocas de turismo masivo? ¿Es acaso la mirada el elemento distintivo? ¿Qué relación guarda con la aventura? ¿Qué conlleva una aventura?

¿Qué necesito para contar una historia de aventuras?

Lo primero, quizá, sea abordar ciertos términos, delimitando la conversación a dos, mismos que he sacado a bailar en pensamientos: ser turista y ser viajero. En sus diferencias, creo y espero, habitan las respuestas.


Ser viajero

The world is a book and those who do not travel read only one page, reza una cita de San Agustín en la página de una ONG destinada a realizar turismo socialmente responsable. Es vaga y suena a promesa política mexicana para con los ejidatarios.

Debo aclarar: el mundo al que el sitio web pertenece no conoce las promesas específicas del político en turno y se encuentra a treinta horas de la capital mexicana. Está igualmente rodeado por montañas, pero a ese mundo lo coordina un grupo de mujeres en Sa Pa, Vietnam, que a su vez pertenecen a las culturas locales de la provincia de Lao Cai, frontera con China. Su labor centra el esfuerzo colectivo y comunitario en la enseñanza de su arte, su cotidianidad y sus paisajes a viajeros curiosos que imagino siervos del espíritu agustiniano. Supe de ellas gracias a relatos de mi madre, quien caminó, a sus sesenta-y-pocos años, entre los senderos montañosos de la localidad.

Escuchando su experiencia, esa a la que describió como un intercambio, una inmersión cultural de escucha y aprendizaje —y no como una vulgar exhibición cuasi-zoológica— no pude evitar preguntarme, cayendo en ciegas idealizaciones: ¿sería así con cualquier viajero?

Y me pregunto: ¿qué hace a uno, viajero?

Podría aludir que ser viajero supone, para traslados de cualquier escala, lo que se conoce como ir ligero de equipaje. A manera de ejemplo: cuatro pares de calcetines, cinco calzoncillos, cinco camisas o camisetas —abandonadas y renovadas por el camino—, dos chores, un traje de baño, sandalias, una chamarra, un jogger y unos tenis tipo bota —los últimos tres, encima para cada traslado—; una cámara, quizá. También: un botiquín casero, un neceser de baño, cargadores, plumas, libretas y algunos libros para acompañar la travesía.

Podría igual aludir a los lugares donde se pernocta: hostales, algunos hoteles de medio pelo, bancas de aeropuertos, autobuses, trenes, aviones, más hostales. Podría, pero sería acotar el concepto a lo material. A una sola materialidad: la mía. Romantizarla, incluso.

Con una mochila de cuarenta litros y un bolso tipo chorizo para baratijas, fui de México a Japón, de Japón a Vietnam, de Vietnam a Camboya, de Camboya a Laos y de Laos a Tailandia. Dormí mal, dormí bien; siempre poco. Me dejé las greñas, me nacieron rizos por la humedad; el Ché Guevara habría estado orgulloso de mi barba. Eso no me acredita de facto como un ser viajero —ni como un revolucionario—.

Entonces, ¿a quién corresponde la licencia?

Un primer acercamiento a la figura del viajero la hallo, precisamente, en esa metáfora de San Agustín, a quien me inclino a dar la razón: las páginas del libro no habitan en quien viaja, sino en la lengua de esos otros a quienes visita. En ellas escucha el viajero su lectura: antes del audiolibro, estuvo la conversación. Y para que esta tenga lugar, ha de permanecer en una perpetua cirugía a corazón abierto, con el pulso atado a la disposición a vivir y la pasión por hacerlo.

Una confesión: el origen detrás de mi escapada al sudeste asiático no fue, como tal, el fuego de la aventura. Rozaría demasiado el cliché si atribuyera la causa a una idea de mundo como la de San Agustín, hoy deformada y saturada en eslogans de blogs de viaje —o de influencers— que prometen experiencias únicas, inéditas, inigualables, y que tanto sirvieron para darme una idea de mis destinos como un remedio visual para afrontar lo desconocido —ejemplo de cobardía moderna, quizá—.

La realidad es que el viaje, programado un año antes de partir, nació gracias al anuncio de boda de mi primo hermano, hijo de una tía con apodo de mes: se casaría con su novia tailandesa. La boda sería en Bangkok, donde llevan alrededor de siete años compartiendo vida. No todos los paisanos invitados a la celebración fueron viajeros; algunos fueron turistas.

Quien sí fue viajera, sin lugar a dudas, fue mi madre, con cuyo ejemplo y licencias ilustraré a este ser.

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