Aunque sentía los efectos de estos arrebatos de pasión, la ingenuidad de sus pocos años estaba lejos de apreciar lo que le pasaba.-Ernestina o el nacimiento del amor, Stendhal.
[...] has de convertirte en un ser digno de lástima, tal que quien te vea exclame al punto: «Está enamorado.»-El Arte de amar, Ovidio.
Debajo de la regadera me acompaña la voz de Facundo Cabral. Sólo su voz: el gran hombre ya está muerto. Lo mataron. Catorce años de su cuerpo en cenizas… pero no su voz. Esa permanece. Escucho uno de sus discos en vivo; le acompaña Alberto Cortez. Escucho el poema Te quiero, antesala a la bellísima canción Después de todo y antes de nada; se me eriza la piel.
Bajo la tibia lluvia de la regadera se produce una catarsis en cada uno de mis poros: ¿cómo alguien que habla el lenguaje amor puede morir por impulso del odio? Lo que es peor, por la confusión del odio que apuntó con la pistola hacia el blanco equivocado.
Quizá sea, pienso —ahora sentado frente al escritorio, donde fueron transcritos los pensamientos post-baño—, que no todos se enamoran. No todos pasan ese umbral que permite entender Amor como lenguaje; por tanto, no todos entienden Amor como lenguaje. Yo tampoco estoy seguro de hacerlo —y si lo hago, soy un inconsistente usuario suyo—; sin embargo, encuentro motivos para intentarlo: me recorre ese cosquilleo previo al brinco desde la cima de una cascada. Y es que últimamente subo todos los días, salto todas la tardes: He de andar viviendo la lotería, pienso, pues me siento El Valiente. Con terquedad, intento sostener la oración inicial a este párrafo y me pregunto: ¿es el enamoramiento un código de acceso, un enigma a resolver para acercarse al lenguaje amor? Entonces empiezo a cavilar sobre ambos, sobre amor y enamoramiento, excluyendo al término lenguaje —aunque implícito se halle en el análisis—.
Sin ruta clara, me zambullo en aguas tan oscuras como melosas. Cuando menos, busco una aproximación, en caso de no hallar respuestas; cuando mucho, pueda y me descubra un útero donde se gesten imágenes e ideas para sopesar la angustia de sentirse encomendado: ese miedo a resbalar por otro, miedo cuyo enfrentamiento acaso suscita caer redondo como una guanábana. Dígase, también, caer enamorado.
Comienzo: amor no es lo mismo que enamoramiento. El enamoramiento no puede existir sin amor, pero éste sí puede hacerlo sin aquél. La acción y efecto de enamorarse pertenece a un círculo selecto, cuyos integrantes ignoran la licencia que les acredita como enamorados. Si la reconocen, lo hacen rechazando cualquier premeditación. En ambos casos, se siente. Se vive. El amor, por otro lado, persiste sin vacilar entre acciones y efectos.
Nota: muy distinto es el enamoramiento a la atracción. Me siento atraído por las cosas, por las personas; no me enamoro de todas. El amor es un absoluto donde la atracción y el enamoramiento suceden; la atracción pare al interés, el interés pare al enamoramiento; y éste, aunque dentro del Universo Amor, aunque nace de una atracción, no es sino un depósito del amor que nos sobrepasa. Es un filtro: no podemos contener tanto amor, por ello es que nos enamoramos. Sin válvula de escape, el exceso propicia intoxicación; los gases se acumulan: se produce un estallido. Una detonación capaz de asfixiar a todo séquito.
La entrega es fundamental para el enamoramiento. Cuando nos enamoramos, nos convertimos en un sistema de transfusiones: donamos y donamos a través de invisibles tuberías que conectan al calor con el frío, al perdón con el enojo, al miedo con ternura; que conectan un corazón con otro, tu sexo y el mío, también las cabezas. No obstante, si se olvida el trueque, si se olvida uno de recibir —o generar, que es recibir de sí mismo— el cervatillo en nuestro torso comienza a ser acosado por el acecho de una amenaza escondida entre las espinas, entre los matorrales: drenarse tanto hasta caer en narcosis.
Ya no sabemos distinguir cuándo nos enamoramos. La sobredosis médica gobierna en este mundo de espíritus dormidos: no hay dolor para el que no haya receta. Diría Facundo: la depresión no se va, sólo se distrae. Distrae del brillo que aturde, de la oscuridad que tranquiliza. Distrae de la tristeza como superación de la vanidad. Distrae del enamoramiento: sucede la explosión; el amor nos rebasa y se convierte en manía y se convierte en fanatismo y se convierte en ceguera, en pánico, en sordera, en parálisis ontológica; se convierte en contradicciones que ocasionan un corto circuito e inyectan, con finísimas agujas, el olvido hacia la causa misma del amor: la experiencia amorosa.
Enamorarse es una experiencia. Y para ser una experiencia ha de contar con una característica indispensable: el conocimiento. Enamorarse es conocer. Si se prescinde del conocimiento, el amor es un amor incomprendido. Por eso el amor es un misterio. Uno cambiante. Por eso, asimismo, enamorarse es un reto. Un reto emocionante y hermoso: duele tanto como se goza. Es un proceso masoquista de errores y levantamientos. Es un absurdo: Sísifo subiendo la montaña para volver a caer para volver a subir —¿llegará a la cima?—. Las mortificaciones conllevan autoflagelarse el cuerpo, el alma, los suspiros; reviven los cortes con la espina, aquellos que parecían sólo rasguños: insiste la hemorragia… Brotan las dudas: ¿de verdad quiero volver a subir la ladera? Un fuego abrasador arde y crea inseguridad en todo el bosque, los cielos próximos y el monte.
La inseguridad comienza en el pecho antes de pasar a las calles. Toda inseguridad es un proceso fallido de enamoramiento. Sucede, también, como parte de éste. Estar enamorado es encomendar parte de nuestro destino al de la persona u objeto amado. En realidad, enamorarse no es el reto; sí lo es permanecer en el encuentro.
El enamoramiento es un encuentro. Un encuentro que nunca han de encontrar, diría Jaime Sabines, como una prórroga perpetua. Sísifo nunca llegará a la cima, cruzará una meta en el camino: la aparición de una casualidad como absolución al monótono castigo de los dioses. Una epifanía.
El enamoramiento es una epifanía. Por tanto, no puede ser una búsqueda: nunca han de encontrar. Puede ser una espera, pero nunca una búsqueda: nunca han de encontrar. Incluso, puede que tampoco sea una espera per se, como plantea Sabines en ese poema al que no puedo dejar de hacer cita, puesto que los enamorados —para él, los amorosos— no esperan nada, pero esperan. Nunca han de encontrar. De ahí la inseguridad: no se sabe cuándo llega ni cuánto permanece ni cuándo termina; su principio intercambia papeles con el final: una prórroga perpetua. Por algo el cliché de la montaña rusa: uno siente que se está enamorando cuando, de pronto, hay un alto; luego retrocede, sube, baja, da vueltas; y en un momento dado, quizá después de cerrar los ojos por brevísimos segundos, siente la plenitud de las alturas, los vientos, los valles, los océanos: la perpetuidad…
Pausa. No todos cierran los ojos. No todos los abren. De esta forma, ninguna epifanía es igual, si bien todas tienen algo florido que las embellece. Exigen contemplación: Reyes Magos ante el pesebre del Divino Verbo. No obstante, el camino hacia el sujeto u objeto de nuestra contemplación es un camino repleto de trampas. No existe mapa del tesoro, a pesar de los testimonios de quienes han vivido la epifanía del enamoramiento. Algunas veces, el relato empezará con: Una musa se desviste en las sombras; o: Llegó en el momento exacto de la noche exacta en tiempos precisos. Otras veces —naciendo en la boca de quienes no logran alejarse de aquel incendio en el bosque, cielos próximos y monte—, comenzará con un un titubeo: el de la confesión amorosa.
El testimonio exige una confesión. Y si se titubea, más que duda es el desconcierto la fuente de tartamudez: la confesión resplandece, carga con tanta luz, es tan abrumadoramente deslumbrante, que surge como una última prueba para el cénit del enamorado. Por fin, sucederá su eclosión. Sólo queda expresar o callar: mirar al eclipse, arriesgar los colores; abrirse el pecho, obsequiar los latidos. Romper las fronteras del cariño.
La confesión es la voz del enamoramiento. Es la voz del relato. Y si el enamoramiento articula una voz, entonces ha de encarnar sentimientos, emociones: lo artificial no encuentra cabida.
La experiencia, el conocimiento, también es sensorial. Es por eso que estar enamorado —con el enamoramiento disfrazado de adjetivo—, es emocionarse hasta la lágrima. Es el malestar estomacal de la impaciencia. Es el enredo dactilar con los cabellos. Es el tic de la sonrisa inmediata…
Nada de eso existe si no se nombra. Es por ello, también, que estar enamorado supone una intención: la de nombrar el sentimiento con imágenes imposibles. Es hacer de la aparente repetición una novedad evidente. Supone estar ensoñado por la contemplación y admiración interior de quien —o de lo que— suscita el enamoramiento: un retrato en la memoria como un fotograma estático y ajetreado a su vez…
(Quizá, sólo quizá, sea éste el acercamiento más serio hacia el lenguaje amor. Pero aún hay más.)
Estar enamorado es una aventura: no es una experiencia para turistas, no es meramente una visita a placer; la habitan los viajeros. Hay una disposición hacia la otredad y creaturidad, hacia la pequeñez: tanto en su condición de enamorado como fuera de ésta, el viajero se expone al límite del Ser y de ser. Se expone al relato. Se contrasta con todos los que es, incluyéndose a sí mismo —gracias, de nuevo, Facundo—. Estar enamorado motiva un desmembramiento, un desgaste como aquel referido por Eduardo Galeano en ese libro suyo tan apapachador al cual me atrevo a parafrasear, pues nada tendría de malo, y nada tendría de raro, que se nos rompiera el corazón de tanto usarlo. Estar enamorado es dejar rastro: un par de huellas habitables.
El enamoramiento, por tanto, no puede ser un fin. Si el fin es llegar al límite del Ser y de ser, que es el otro —llámese amigo, llámese comunidad, llámese familia—, entonces el enamoramiento, el estar enamorados, es sólo un medio para trascender a una nueva experiencia amorosa.
¿Y cuál es esta buena nueva, esta trascendencia superior a los enamorados? Responder parece demasiado comprometedor. Es una responsabilidad no dependiente de uno solo: por algo el límite es el otro…
Puede que la trascendencia sea un contagio. Contagio del deseo amoroso y, consecuentemente, la posterior iniciación hacia el camino del Enamorado. Por tanto, enamorarse es igualmente una responsabilidad enorme: su punto más álgido encara, ahora sí, la búsqueda del conocimiento y su enseñanza; Un gran poder [que] conlleva una gran responsabilidad: por ello el tío Ben, ligado a la paternidad —ese enamoramiento hacia quien se ama y protege—, es el superhéroe y no El Hombre Araña, pues introduce al idiota de Peter Parker en el camino.
La trascendencia es el contagio anónimo. Llega a los protagonistas de la trama, mas no parte de ellos. Recuerdo escuchar por primera vez a Facundo decir, quedito a mis oídos y citando a Manuel Machado, mientras combatía mi cabeceo en un tren por el desierto: Lo que se pierde de nombre, se gana de eternidad. Y cuánta razón guarda en ese fonograma la voz del poeta que es trovador, o que es trovador y es poeta, pues comienza a transmutar en conocimiento en la medida en que su reflejo se vuelve reflejo de uno en el otro, del otro en uno y de ambos en otros unos y otros.
Estar enamorado es un síntoma común: si no hubiera otros enamorados, el manicomio estaría repleto de ellos. Es la atracción hacia otros enamorados —atracción que, recordemos, no implica de facto enamoramiento— lo que despierta un sentido de jauría: el aullido compartido a la luna, al sol, a las nubes.
El enamoramiento ha de inspirar enamoramientos. Encara la transmisión de nuevas exégesis del amor para nuevas exégesis del amor. No obstante, por más que la experiencia amorosa inicie con una definición particular, entender enamoramiento como un deber reclama una noción y compromiso hacia lo comunitario: de otra forma, la aproximación es totalitaria, se encierra en el espejo de Narciso. No hay posibilidad sin confrontación; la homogeneidad confunde, resta diversidad al uniforme impoluto y los relatos pierden la gracia de lo auténtico.
El Enamorado debe poseer la habilidad y la vocación para reinterpretar. Debe desenmascarar y desenmascararse. Reinventarse cada día. Debe enamorarse por encima del enamoramiento, al cual entiende como una construcción por capas. Al igual que en un sistema piramidal, es una labor continua de ascensos, estatismos y descensos abruptos. Sigue, a pesar de los resultados a favor o en contra; a pesar de su historia. Su habilidad implica discernimiento. Un infinito de realidades. También desesperación. Por lo mismo, debe estar preparado para el conflicto constante y, en consecuencia, para la tregua.
Estar enamorado es violencia, es paz, es llanto, es risa, es sueño, es beso ,es golpe, igual abrazo, igual caricia, igual coito, gemido, tropiezo, viaje, poema, canto, cuento, olvido, novela, dibujo, trazo, perro, gato, playa, bosque, memoria. Es desarmar el lenguaje, dejarlo huérfano de pausas; es armonía en el desorden; es crear sinónimos y antónimos y gramáticas y métricas y todo de nuevo. Es, entonces, un acto revolucionario: estar enamorado es cargar con la responsabilidad del futuro.
Leo lo escrito. Lo leo y pienso: Hoy estoy sesgado. Escribo desde el enamoramiento, con el rush de la pupila dilatada y el recuerdo en la lengua. Muy a pesar, ignoro con precisión en cuál fase me hallo. Da temor. Temor imaginar las subidas y bajadas, los retrocesos, las vueltas; la plenitud como instante único, irrepetible; los vientos, los valles, los océanos: la perpetuidad. Temor imaginar las mudanzas del corazón. Temor a que sucedan.
Releo una vez más y me doy cuenta de aquello implícito: el lenguaje amor es una forma de vida abstracta, como el pensamiento que la habita. Siempre hay una carencia; por consiguiente, un espacio a rellenar. Tal vez de ahí que Facundo recibió la bala: no por razón del odio, sino por capricho mismo del amor. Un capricho caprichoso y retorcido que reclamó tragedia para generar catarsis para generar compasión para generar nuevos lazos. Nuevos enamoramientos… ¿Cómo así? Pues no sé. De una manera muy cristiana me gusta pensar que en la equivocación encontró paz el asesino. Que se enamoró de su error y arrepentimiento, que profundizó en él hasta roer las fibras de su aprendizaje. Que entendió al enamoramiento como una responsabilidad, como un futuro. Que se comprometió a nuncas jamáses para bienes eternos. Pero sé que no es así. Me falta certeza y coartada.
Voy acercándome a una definición identitaria para este escrito, el cual pueda no ser otra cosa distinta a un manual de cómo con ingredientes simples, cañas cultivables en cualquier huerto, se puede endulzar la espera a esa bala que de una u otra forma llega a todos. El encuentro último con el abismo.
De eso, quizá, se trata realmente el enamoramiento.
Alonso Millet es escritor y editor en Perpetuo. Quiso ser pirata: terminó jorobado, con lentes y entre garabatos. Le gustan las biografías. Fantásticas y eróticas nomás.




