Para escribir una reseña
de J.L. Sabau
Recomiendo, francamente, no hacerlo. Esa es la regla de oro. Con ese consejo sincero, llegarás más lejos que si intentaras seguir los preceptos falsamente establecidos del género. No lo hagas. No lo intentes siquiera. Si quieres escribir una reseña, recomiendo firmemente no escribir una reseña. Al menos, no como existen hoy día.
Es un debate que me compete como editor general de esta revista. Hemos discutido mucho en esta revista si deberíamos hacer más reseñas en Perpetuo. Mi conclusión es semántica—como toda buena decisión—; las reseñas, como existen hoy día, son un insulto a la palabra y deben verse con otra perspectiva. Si hemos de hacer reseñas en Perpetuo, será de otro modo.
Pido disculpas, sé que esas palabras serán mal recibidas y que, seguramente, habrá una que otra persona—inexplicablemente fanática de las reseñas—que vendrá a criticarme por lo escrito. Salvo ese grupo muy selecto de reseñoamantes, diré lo que me parece una verdad a voces: no existe humano que disfrute de leer una reseña. Al menos como se entiende burdamente la reseña. Si, con una reseña, nos referimos a la opinión de una persona sobre una obra (dígase cine, teatro o literatura), entonces sostengo lo que he afirmado. Dejemos esa definición, a secas. Nadie llega a casa, tras días largos, y abre su revista de confianza para ver lo que otros opinan de un libro. Lo mismo con películas. Sincérense, no hay de otra.
Supongo que existe un elemento de arrogancia propia. Encuentro que leer las opiniones ajenas de una obra es, en su gran mayoría, una pérdida de tiempo. Si la obra es buena, querré verla y hacerme de opiniones propias. Si es mala, querré evitarla—aunque ojo, hay mucho valor en ver algo malo y entender que es malo—. La opinión de otro no me lleva al cine; no invoca acción.
Incluso iría más lejos. En esencia, se puede afirmar que hay dos elementos a estos textos: el objeto del que se habla y el texto que se escribe a su alrededor. Si el eje central es el objeto del que se habla, ¿por qué no dejar que el lector lo consuma? Usualmente, esta decisión—ver o no ver, esa es la cuestión—se puede deducir con textos más sencillos y aledaños como la descripción al reverso de un libro o los resúmenes de películas que los cines colocan en línea.
Por algo, la reseña se ha ido muriendo en su forma burda y se ha relegado a otras formas de consumo: las video reseñas simplistas en redes sociales. Ahí, tienen otro propósito. Aparecen sin desearlas en nuestros muros; en el feed eterno de videos cortos. Se parecen mucho más a anuncios que hablan del objeto—película, libro, teatro—a opiniones genuinas. Alguien te dice qué ver así como en la calle, un espectacular te recuerda el deseo de comer una rica hamburguesa. Por algo, las redes sociales han dado a la comentocracia del cine el auge que nunca tuvieron en revistas impresas. No buscas ver videos de reseñas, te aparecen en el feed, los consumes y vas al siguiente.
La reseña simplista, la que se enfoca en el objeto y da opiniones del objeto, es cercana a la mercadotecnia o, peor dicho, a la propaganda. Se necesita para que la gente consuma un producto, pero está lejos de ser agradable. No es literatura y debe tratársele como tal. Si algo, esa es mi conclusión. Una gran mayoría de lo que hoy se llama reseñas debería usar otro nombre; deberíamos llamarlas, sencillamente, recomendaciones. Como un comentario pasajero de un amigo en una comida: «Deberías ver esa nueva película» o «No sabes cómo disfruté de este libro». Pueden salvarse, también, si se asume el propósito del género: la brevedad y la confianza en el gusto ajeno.
Lo anterior no implica un odio rampante a la reseña. Solamente hago una honestidad lingüística. Mucho de lo que existe hoy como reseña es, en verdad, recomendación. En Perpetuo las haremos, solo no les daremos el nombre que, falazmente, usan otras revistas. Nosotros recomendaremos libros con brevedad y sinceridad. Les diremos qué nos gusta y unas oraciones del porqué. No les daremos mil palabras de por qué nos gustó. Nadie quiere leer esas vainas a menos que, por compromiso, recibas el enlace de un amigo que escribió algo similar (y aun así, te recomiendo valorar tu vida y mejor mentir; solo di que te gustó y ve a nuestra sección de poesía, mejor).
¿Y las reseñas? Tienen su redención. Está en ese otro elemento que va más allá del objeto descrito: el texto a su alrededor. Si he de salvar la reseña, será por liberarla del objeto reseñado.
Cuando pienso en buenas reseñas, me vienen a la mente los ensayos que prometen ser de una película y, en realidad, son del mundo en el que estamos; los textos que son de un libro y, de verdad, son del amor o la incertidumbre o cualquiera de esas vainas que nos compete como humanos. Son ensayos que toman el objeto a reseñar como su partida, pero, en realidad, hablan de tantas otras cosas—como hacen los buenos ensayos—antes de volver. Ejemplos hay varios; David Foster Wallace escribió una vez sobre una autobiografía de una atleta cuando, en verdad, escribía de lo que significa ser virtuoso. Yo una vez escribí de la película Sátántangó cuando, sinceramente, hice un ensayo sobre la erosión de nuestra atención posmoderna. Esas son las reseñas que realmente importan, las que toman una obra como vehículo y hablan de otro tema.
Aunque cuidado, eso no implica que la obra reseñada quede abandonada. Se vuelve a la obra si así se desea. Solo que con una teoría del mundo inspirada por la obra que cambia por completo el objeto a consumir. Pienso en textos que cambian por completo cómo lees una obra; como ese ensayo sobre El gran Gatsby donde dicen que Jay Gatsby era negro; o esas teorías de Cien años de soledad donde las mariposas amarillas son, en realidad, augurios de la muerte. La reseña cambia cómo ves el mundo por medio de argumentos; de paso, cambia cómo ves una obra.
Lo mismo en lo inverso. La reseña nace de la obra; de obsesionarse con un elemento suyo o con el objeto entero. Es el ver el mundo distinto y salir a encontrarlo una vez cierras el libro o sales de la sala de cine. La obra te cambia y lo escribes; tu escritura, a su vez, cambia cómo ves la obra. Un círculo virtuoso de cambios que, al lector primerizo, puede llevarlo a consumir el objeto reseñado o no; pero, definitivamente, trata de cambiar la forma en que piensa del mundo—así como tú, esperaría, has cambiado la tuya—.
Si algo, ahí está la diferencia: en el momento de consumo. La recomendación antecede a tu consumo de la obra—si la consumes después, ¿cuál es el punto?—. La reseña tiene la facultad de cambiar tu opinión de la obra tras el consumo. El primer texto quiere que vayas a la obra, el segundo quiere hablarte de la obra para hablarte del mundo. Planeamos los dos para el Perpetuo que se viene. Solo hay que ser sinceros sobre sus virtudes.
Ahí la clave. Si quieres escribir solamente que una película es buena y por qué lo es, redúcete a unas frases esquivas, un par de argumentos y un enlace para que la gente vaya a comprar boletos. Si quieres hacer una reseña propiamente dicha, piensa en el mundo que te rodea y lo que ha cambiado de ti tras ver una obra. Las recomendaciones se escriben con buena intención; las reseñas, con ambición.
Cualquiera puede escribir recomendaciones. Para escribir una reseña…
JL Sabau es el editor general de Perpetuo. No le gustan las biografías.




