Este cuento es de Andrea Ceballos. Puedes leer más de ella en la biografía al final del texto.
Tan pronto como cruzo el portón negro y anticuado, entro en un mundo color amarillo con olor a carnitas que me hace piojito. Soy niña, soy su chiquita. Tengo siete años otra vez y mis abuelos me ven como se ve a la luna cuando está completa. Arrastro los pies por el piso que revela la antigüedad de la casa. Juego a saltar las rayas que unen cada adoquín; si caigo en una, pierdo. Tengo siete años.
La pared llora. Tiene cicatrices negras de lluvia. La casita tiene marcas de nacimiento: rasguños de tanto juego y callos de tanto uso. Mi abuela gasta todo su dinero en reparar su hogar porque es la única forma en la que puede seguir cuidando de mi abuelo. Pero ésta se resiste. Grita. Grita que ahí la vida y la muerte habitan. Las enredaderas se enredan. La pintura se despega. Los baños se inundan. La tubería se oxida. La casa se arruga. Como ella, como todos. Los cimientos piden ayuda. Como ella, como todos.
Los arbustos tienen forma de cubitos. El jardinero corta cada semana el césped en el que fui niña todos los domingos con mis primos. Arranca uno a uno los limones que se reproducen de manera acelerada en el árbol que mi abuelo plantó un martes de ocio: al salir del trabajo, fue al mercado de flores en Xochimilco y compró un limonero. En los últimos años de su vida se dedicó religiosamente a ese árbol. Tal vez fue la forma que encontró de sentirse necesitado en un mundo en el que los viejos dejan de serlo. Mi abuela le regala a los vecinos esas esferas verdes de tantas que salen. Pienso que así nos saluda. Dando vida aún en la muerte.
Atravieso la puerta de madera roja con la manija antigua en el centro. La casita con olor a no-sé-qué llena mis pulmones. Tan suyo, tan único. Inhalo fuerte, como tratando de recordar de dónde vengo. Tratando de descifrar a dónde voy. Intentando conversar con mi abuelo. Busco respuestas en el pasado. Él sabe cosas que ya no recuerdo. De pronto me da calor. Ese hogar siempre ha sido caliente. Quiero que mi casa sea así, que esté caliente aún en verano.
Observo detenidamente la pared decorada de fotos familiares. Es como observar mi ADN en un microscopio. Hay una foto de mi abuela y mi abuelo en un atardecer sosteniéndose las manos. Así se ha de ver la eternidad. A la izquierda, mi tío Eugenio abraza a sus hijos y a su esposa en Navidad. A la derecha, mi tío Javier sonríe con su familia en Miami Beach. Abajo, nosotros. Pienso en esa gente. Tan lejanos y tan míos. No los conozco, no me conocen. Y, sin embargo, una parte de mi les pertenece. Las fotos que habitan la pared me recuerdan que vengo de algún lugar. Soy parte y continuación de una historia. Soy capítulo, título, o saga. En casa de mis abuelos nunca he logrado sentirme sola. Sonrío.
Camino hacía la cocina. Me viene la imagen vívida de mi abuela amasando la harina con agua para las tortillas. El olor a manteca dorada me pone la piel chinita. Mi abuelo sólo comía tortillas hechas a mano. Ese capricho le jodió las manos a mi abuela: aún con artritis y dolor de hombro, no pasó ni un día en el que no las hiciera. Un día pensé que eso era amor, pero mi definición cambió o se endureció con el tiempo y el feminismo.
Le digo a mi abuela que sus tortillas eran la cosa más rica que he probado. Trato de compensar su sacrificio con ese inútil cumplido. Intento visibilizarla después de tantos años bajo la sombra de su esposo. Me contesta que no las ha vuelto a hacer desde que mi abuelo murió. Ese día la rutina lloró porque nadie la volvió a visitar. Ese día mi abuela se despidió de la cocina porque le empezó a doler.
Abro el cajón en el que guardan las tazas. Mi abuelo las coleccionaba, entonces yo le compraba una en cada viaje. Algunas mañanas, mi viejo tomaba café diluido y con tres azúcares en la poceta de Londres; otras, en la de Nueva York; algunas, en la de España. No sé cuál era su criterio de elección. Tal vez, los días en los que más le dolían las rodillas escogía la taza del lugar más lejano para restregarle en la cara de esas cerámicas baratas que aún podía viajar sin salir de casa. Las atesoraba como sus objetos más preciados. Y cuando lo tenía un poco abandonado, me mandaba una foto de su café en una especie de “yo pienso en ti cada mañana, aunque tú no me pienses”. Mi abuela dice que me lleve las tazas, ella no las usa. Pero decido dejarlas en el cajón.
Ahí, a la mitad de esa casa, pienso en que hay cosas que resisten a la muerte. Memorias que no abandonan. Lazos que nunca se acaban. Miradas que no se callan. Tazas que no se rompen. Vida que reclama ser vista. Hay una niña de siete años que me espera cada domingo en casa de mis abuelos, aunque ya no haya abuelos, ni haya domingos, ni haya niña.
Andrea Ceballos Jaime, escritora, pensadora infinita, soñadora de profesión, nómada innata. Navegó entre mundos, pero el que siempre me sostiene es el de las palabras.





