Mitigadas magulladuras bajan por todos lados, surcan espacios silvestres y los vuelven cal y concreto, hacen de la piel un cuenco abierto y sangrante. Pesadumbre que lame heridas de pus y queloides de un cuerpo azotado, latigueado, cercenado, mi cuerpo embadurnado en albores que no recuerdan a la vida, sino a otra cosa más finita, tal vez menos tediosa, seguramente más terrible. A veces tratan de socorrer no solo este cuerpo que está latigueado de culpa, sino tal vez también a todo lo demás, que es mucho peor porque blande a deshoras reflexiones que invitan a terminar con todo o hacer de todo un diván en el que sentarse para pensar todavía más. El deslumbramiento de las palabras nuevas no es más que el sinsabor de las palabras viejas, y todo lo demás está enzarzado, no pulcramente, sino con manos trémulas a un alambre de púas que aprieta entrañas de muñecas vudú. Lo más maldito que tenemos es a lo que le pertenecemos, pues no somos lo que somos sin ello. Detestar sentirlo equivale a no ser propicio para la existencia. Y qué puedo decir si lo cierto es que todo es un puñal. Y mi cuerpo es un cuenco abierto, y mi espalda un asedio salvaje de marcas de catástrofes. Ah, cómo pesa, a veces se delira tanto que todo me recuerda a la amapola. Siempre es comerse a uno mismo, y sin embargo nunca es la resolución lo que llega, tan solo el vómito. Nunca acecha lo verdadero, tan solo lo destruido y su constante tic-tac. La promesa del descanso no lleva a ningún lugar más que al abismo, y del abismo salen mil ojos y de las cortinas se forman los demonios y de las paredes la humedad tornasolada dibuja sus cuernos. Ni las Cruzadas ni el agua bendita ni la colilla apagada en la carne podría jamás explicar el porqué de la verbena. Preciso movimiento quirúrgico del blíster agitándose para dar coraje, un poco, y hacer que el tembloroso esófago continúe liberando ácidos. Se precisa más que carbono activo o que un poco de experiencia para poder enfrentarse a la existencia, y a veces pesa más que un yunque o que un cadáver cayendo con la soga al cuello. Personalmente, nada alcanza: lo que hace al erudito también vuelve lo anterior al hombre, lo mejor que podría haber pasado. Cada encuentro es único, pero cada situación engloba lo mismo: es un castigo litigado por ángeles y querubines que bailan una marcha fúnebre. Alguna vez cosas mayores surcaron estrechos y penínsulas. La voz de Dios tal vez sea la voz de un amigo, y sin embargo se ve que sus manos son frías. Oh, cómo quisiera, si Dios existe, y si escucha mi pena y si quiere que lo ame o si quiere que lo odie que permita que esta noche me libere de la consciencia, y que en mi tierra cadavérica tan solo descansen un par de flores y nada nuevo.
Lourdes Suyai López. Se crío entre el conurbano bonaerense y la Ciudad de México. En 2024 publicó el poemario El día que quise hablar con Kurt Cobain, y participa en circuitos poéticos de la Ciudad de Buenos Aires.



