Este ensayo es parte de la sección “cartas al editor” donde, cada semana, nuestro editor general, JL Sabau, toma la pluma y comparte sus ideas. Si quieres hacerle una pregunta, puedes hacerlo con el siguiente botón. Todas serán contestadas, en esta sección, con si debido tiempo:
No me considero una persona religiosa. Aun así, lamento, en parte, la pérdida de la religión.
La causa la tengo clara. A eso de los quince, mi padre me regaló Así habló Zarathustra, jurando que era un libro de poesía. De ahí, todo fue cuesta abajo; se esfumaron los años de educación católica—que muy buena no sería, para ser tumbada por un solo texto—. Aunque el motivo es irrelevante. Importa la consecuencia: hoy día, no soy religioso; muchas veces, lo lamento.
Lamento esta ausencia que, en tantas gentes de estos tiempos, se ha hecho la norma. Nuestro siglo es uno en el que la religión pierde cancha; pierde espacios. Las iglesias, los domingos, tienen bancas vacías y las cruces, en cuellos por montón, son más un regalo de algún familiar que un testimonio de fe.
En general, no lamento. Incluso, lo apoyo. No compro, del todo, el argumento de Russell—es decir, que salvo un par de méritos en cuanto a calendarios, la iglesia no nos ha dado cosa alguna—; pero sí que lo entiendo. Son muchos los casos de abuso y tantos más los de tráfico de influencia como para ver las iglesias con admiración.
Sin embargo, me entristece no sentirme parte de algo mayor. Me preocupa que muchos no lo hagamos; que perdamos los momentos de introspección y que abandonemos, de lleno, el concepto de una moralidad compartida. Me agobia que dejemos a un lado la religión, de lleno, sin pensar en sus bondades, todo por sus defectos. Y así, marchemos a un mundo más frío y desolado que el nuestro—ya tan frío y desolado de por sí—.
Sobre todo, extraño la vaga esperanza que nuestros actos puedan ser parte de algo mayor; de una ambición desbordada que nos lleva a la grandeza por conducto de Dios. Supongo, podría decirse, de la grandeza literaria como consecuencia de la introspección.
Nos faltan voces así. Nos falta un Rumi que hable en verso y, en su cotidianeidad, encuentre el llamado de algo superior. Nos falta encontrarlo fuera de la iglesia; nos faltan oportunidades para encontrarlo.
Por eso me atraía la idea de Iñigo. Nos presentó un amigo en común antes de que lanzáramos Perpetuo. Yo buscaba poemas; Iñigo, escribía poesía. Acordamos cenar con su pareja y mi amigo; luego nos vimos solos.
No es un monje ya. Tampoco sacerdote. Es un tipo normal. Nos sentamos en un restaurante de una zona popular de la ciudad. Estaba lloviendo. A un costado, en un perchero, chorreaban nuestros paraguas. Llevaba, conmigo, su poemario, con las esquinas dobladas en aquellos versos que quería publicar.
Iñigo había pasado los últimos años lejos del mundo—no fuera de él, solo a su distancia—. Había meditado sobre la vida hasta que decidió volver y crear una empresa. En su camino, estuvo recluido en casas y ranchos; estuvo a horas de otras personas. Estuvo, pues, encontrándose a sí mismo como antes, quiero suponer, lográbamos con la religión. De por medio, escribió poemas; de esos, armó el poemario.
Su idea era replicar cómo, con los años, fueron cambiando sus ideas; hacerlo a modo de verso. No quería imponer. Si algo, el que imponía, era yo, hablándole de los méritos de la poesía y el propósito de escribirla. Si algo, parecía, al estar sentados, los dos, con su poemario entre nos, estábamos en nuestra propia forma de comunión. Estábamos encontrando algo mayor, por medio de la poesía. Así como, supongo, hacía mi abuela, caDa noche, cuando repasaba los salmos.
Me pegó entonces que eso era un mérito, de por sí; el de la comunión poética. El tener a dos gentes, hablando hasta el cansancio de versos y su significado. Sentí, al hacerlo, que recuperaba un pedazo de la religión; un pedazo de lo que habíamos perdido.
La pluma de Iñigo ayuda. Es de la tradición de Paz, diría yo; la de los poetas que ven al poema como método de reflexión más allá de la belleza misma. Sus poemas son para tomarlos con tiempo; para leerlos con pausas y discutirlos.
Sobre todo, como hablamos, son poemas donde lo individual se hace universal. La experiencia de Iñigo, encerrado en rincones remotos, se hace en la de cualquier otro. Es la de cualquier persona que se busca a sí mismo y que, en un poemario, es capaz de encontrarse. Espero, entonces, lo lleve a otros y, así como, en la iglesia temprana, se iban compartiendo evangelios, en esta, moderna, compartamos poemas.
Eso, en sí, es un mérito. El de querer que otros vivan el mismo viaje introspectivo. Que otros lean a Iñigo. Que otros pasen por la comunión de la poesía.
No sé si sea un Rumi. Tampoco si, con tres poemas, podríamos saldar el espacio faltante de la religión. Pero al menos, hoy, me dormiré sabiendo que vamos por buen camino. Quizá no la hemos sustituido, pero nuestra especie es capaz de encontrar sus virtudes en versos. Eso ha de ser suficiente.
JL Sabau es el editor general de Perpetuo. Puedes escribirle una carta presionando el siguiente botón:





Agradezco habernos encontrado, amigo.