Este ensayo fue escrito por Sebastián Hoyos. Puedes leer más del autor y sus publicaciones en la biografía que incluimos al final del texto.
El atuendo lo dijo todo. En lugar del traje o la guayabera, llevaba una camiseta amarilla brillante con rayas rojas sobre los hombros. Es un jersey: el uniforme de la Selección Colombia en tiempos de Mundial.
O eso parecía. Más de cerca, surgían las diferencias. No tenía el logotipo del balón rojo que representa a la federación colombiana de fútbol, tampoco el del patrocinador oficial. En su lugar, a la izquierda, aparecían las palabras «Firme por la patria», en un tono oscuro; a la derecha, donde debería ir el logo de la federación, había un tigre a medio rugir.
Es el mismo diseño de base pero con elementos más intensos y llamativos. Es una Colombia con otros detalles: una nueva imagen del gobierno que han elegido más de doce millones de ciudadanos en las urnas. Llegaban los tiempos del hombre que portaba esa extraña camiseta, Abelardo de la Espriella, quien pasó de la periferia política a la Presidencia de la República en la noche del 21 de junio.
Estando solo en un escenario, rodeado por un panel de vidrio a prueba de balas, y con micrófono en mano, daba su primer discurso tras hacerse públicos los resultados. Frente a él estaban miles de personas que lo vieron llegar en una caravana triunfal que había recorrido Barranquilla por horas, recibiendo a su presidente entre arengas, gritos y aplausos: la ocasión no parecía una congregación política del común, era como si Colombia hubiera ganado la copa del mundo.
El público celebró sus palabras como el golazo de James Rodríguez en el mundial del 2014, en los inolvidables octavos contra Uruguay: “Esta es la noche en la que comienza una nueva era, un nuevo orden, la Patria Milagro”.
De la Espriella llegó a la Casa de Nariño en medio de un resultado más ajustado que el de todos los pronósticos y en la elección con mayor participación en la historia de Colombia. En medio de semejante panorama, se inauguró la época de su mandato.
Sus votantes le dicen El Tigre.
No era un tigre de papel
Aunque llevaba años moviéndose cerca de las altas esferas del poder, De la Espriella se presentó como un extraño en la política. Cultivó la imagen de un hombre sin compromisos con los partidos tradicionales, alguien que podía hablarle al país sin intermediarios, sin jefes políticos y sin caudillos de por medio. Su apuesta consistía en convencer a los electores de que no venía a ocupar un lugar dentro del sistema, sino a desafiarlo.
Al escribir este ensayo, los cómputos de la Registraduría sugieren un margen estrecho, no solo en el preconteo, también en lo que podría ser el escrutinio: una Colombia dividida en dos visiones de estado y lo que debería ser su futuro.
Por un lado, está la de El Tigre, que convirtió la seguridad en una emoción política antes que en una propuesta programática.
Más que la guerra misma, fue el cansancio social frente al conflicto lo que terminó alimentando el ascenso político de El Tigre. Supo entender que la seguridad volvería a ser el eje de la política colombiana. Así capitalizó ese anhelo de orden y construyó alrededor de esto una identidad, una estética y una campaña ganadora.
Lo esencial en su campaña política no era el tigre. Ni siquiera el eslogan. Era el gesto. La mano derecha subía hasta la frente en un saludo militar y descendía con rapidez mientras gritaba: “¡Firmes por la patria!”. En un país agotado por la violencia, la inseguridad y la sensación de pérdida de control estatal, ese gesto resumía mejor que cualquier programa de gobierno la promesa política de Abelardo de la Espriella.
Por eso, su foco estuvo orientado en imponer mano dura y hacer frente a los grupos guerrilleros y a las bandas criminales que aún perduran, e incluso prosperan, en ciertas zonas del país. Son actores que llevan sumidos varios años en una guerra a muerte por el control y el dominio de territorios en donde abundan los corredores de narcotráfico, los cultivos de coca, los reductos de la minería ilegal o el contrabando fronterizo, especialmente en la porosa frontera con Venezuela.
Hace más de un año, muy pocas personas lo tenían en el radar político. Ahora, tras este golpe sobre la mesa, millones de personas le apostaron para que tome las riendas del gobierno y les devuelva las garantías que sienten que perdieron en los últimos cuatro años de progresismo.
Le apostaron a la promesa de que el Estado volvería a imponerse en regiones como Arauca, El Catatumbo, el Pacífico, el bajo Cauca antioqueño, el sur de Córdoba y la frontera suroriental en la Amazonía. Bajo su lectura, el gobierno cedió demasiado terreno frente a los actores armados, perdiendo el control en varios territorios, al apostarle a su política fallida de ‘Paz Total’. Un intento del presidente Petro por establecer mesas de diálogo y sometimiento con las decenas de insurgencias armadas y organizaciones criminales que hay en Colombia.
Ese panorama no era nuevo. Desde hacía años una parte del electorado venía mostrando desconfianza frente a las salidas negociadas del conflicto. Esa inclinación recuerda, en cierta medida, el resultado del plebiscito de 2016, cuando una estrecha mayoría de los votantes rechazó el acuerdo de paz firmado entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC. Aunque el acuerdo fue posteriormente renegociado y aprobado por el Congreso, aquella votación evidenció que amplios sectores de la sociedad seguían prefiriendo respuestas más severas frente a la insurgencia y desconfiaban de las concesiones ofrecidas en el proceso de paz.
Más de una década después, en otra contienda nacional, volvió ese sentimiento.
La apuesta de El Tigre fue asumir que el colombiano promedio tendría a la seguridad como su prioridad superior y que querría a un presidente que se pusiera manos a la obra para restaurarla.
Había algo de verdad en su diagnóstico.
En estos territorios en conflicto convergen algunas de las principales economías ilegales de Colombia y se registraron varios de los episodios más graves de desplazamiento, confinamiento y confrontación armada del cuatrienio por las disputas que sostienen grupos armados y organizaciones criminales por el poder territorial.
De hecho, la campaña presidencial de El Tigre estuvo marcada por denuncias de presiones armadas sobre los votantes en regiones como estas.
Tras la primera vuelta, De la Espriella aseguró que existían resultados electorales atípicos en los departamentos de Nariño y Cauca, denunciando que grupos armados estaban exigiendo pruebas fotográficas del voto a favor de Cepeda para permitir el tránsito por retenes ilegales.
Según el diario El Colombiano, señalamientos similares fueron realizados por las autoridades gubernamentales del Caquetá, Antioquia, Meta y Guaviare, quienes denunciaron presuntos constreñimientos al electorado por parte de disidencias de las extintas FARC y otras estructuras armadas para favorecer al candidato del Pacto Histórico. Incluso altos mandos militares, como el mayor Erick Rodríguez Aparicio, advirtieron sobre prácticas de “carnetización” en comunidades rurales en zonas bajo influencia de grupos ilegales, como es el caso del Frente 36 de las FARC en los municipios de Angostura y Campamento, al norte de Antioquia.
Sin embargo, la promesa de restablecer el orden también despertó viejos fantasmas.
Más de doce millones de colombianos del otro lado de la balanza sienten que El Tigre representa el regreso de una forma de entender el orden que el país ya conoció y que dejó profundas cicatrices. Les incomoda que a la Presidencia haya llegado alguien que estuvo demasiado cerca de actores que protagonizaron algunas de las peores atrocidades del conflicto armado, como las masacres de El Aro, La Granja o El Salado.
Recordemos que De la Espriella fue abogado defensor de varios jefes de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC)—un grupo paramilitar de derecha que, durante la década de los ochentas, mantuvo un conflicto vivo y violento con fuerzas de izquierda como las FARC y el ELN—. De la Espriella los defendió durante el proceso de Justicia y Paz impulsado por el gobierno del expresidente Álvaro Uribe Vélez. Entre las figuras que representó jurídicamente estuvieron paramilitares de la AUC como Salvatore Mancuso, Juan Carlos Sierra y otros comandantes más.
Pero ¿por qué produce tanto temor que De la Espriella haya sido abogado de paramilitares?
Les asusta lo que ese pasado simboliza. Temen que Colombia vuelva a confundir autoridad con violencia y que, en nombre de la prosperidad, la seguridad y el orden, se retomen estrategias basadas en la confrontación militar, los bombardeos, las fumigaciones y otras políticas que durante décadas han sido objeto de profundas controversias. La misma imagen que millones de personas celebraban como una promesa de seguridad era leída por otros como el resurgimiento de una historia violenta que el país aún no termina de procesar.
Su contrincante, el candidato Iván Cepeda, profundizó esos temores en sus huestes en una rueda de prensa que convocó el 11 de junio, donde revivió antiguas denuncias contra De la Espriella por presuntos vínculos con estructuras paramilitares, acusándolo de concierto para delinquir, financiación del terrorismo y enriquecimiento ilícito.
Cuando baja la bandera
El rumbo político de El Tigre es diametralmente opuesto al del presidente saliente, Gustavo Petro, y el progresismo del partido que lo llevó al poder: el Pacto Histórico; lo mismo con su contrincante, el senador Iván Cepeda —hijo de un líder de izquierda asesinado décadas atrás, en lo que se conoció como el genocidio de la Unión Patriótica—. Quizá, su postura política solo puede entenderse por medio de esa oposición.
De la Espriella considera tanto a Petro como a los que participan del Pacto Histórico como los grandes culpables del deterioro del sistema de salud, el resquebrajamiento del orden público, el fortalecimiento de las economías ilícitas, las numerosas crisis diplomáticas que pusieron en vilo la estabilidad comercial y de escándalos de corrupción que sacudieron a la opinión pública en más de una ocasión durante los últimos cuatro años. En su discurso a lo largo de la campaña, dedicó insultos y oprobios en ataques a la izquierda y sus militantes, a quienes llama peyorativamente «zurdos».
Esos ‘zurdos’ hacen más para explicar su campaña y ascenso de lo que el discurso deja ver. Son el otro lado de Colombia.
Iván Cepeda se ganó el favoritismo del presidente Gustavo Petro y las bancadas de izquierda en agosto del año pasado, cuando una jueza condenó al expresidente Uribe —uno de los políticos más poderosos en la historia reciente del país—, a doce años de prisión domiciliaria por los delitos de fraude procesal y soborno a testigos. Esta fue la primera sentencia de un pleito de trece años que ahora se disputa en la Corte Suprema de Justicia. Cepeda inició esta disputa en 2012, cuando denunció públicamente en el Congreso los supuestos vínculos entre el expresidente y el surgimiento de grupos paramilitares en Antioquia. Uribe le respondió ese mismo año, señalándolo por presunta manipulación de testigos en su contra.
Aunque el Tribunal Superior de Bogotá absolvió a Uribe meses después de la condena inicial, ese hito catapultó a Cepeda no solo como candidato presidencial, fortaleciendo su imagen pública y mostrando, a su vez, el estado de la política colombiana. Cepeda se convirtió en el hombre que propició una condena histórica contra un expresidente de la República, un defensor de los procesos de paz en Colombia —durante el 2015 y 2016, facilitó conversaciones de paz entre el gobierno, las FARC y el ELN— y de los derechos de las víctimas del conflicto armado.
Era el sucesor predilecto de la izquierda y de las promesas de una Colombia distinta para las clases populares. Esa es la otra visión de país que entró en la contienda.
Aprovechando la popularidad del pleito contra el expresidente Uribe, Cepeda encabezó las encuestas autorizadas por el Consejo Nacional Electoral (CNE) hasta la primera vuelta presidencial. Los números lo daban como el gran favorito en la contienda electoral frente a la candidata de la oposición y la derecha que se dividía entre El Tigre y la senadora del Centro Democrático, Paloma Valencia (quien había recibido la bendición de Uribe, esperando un ‘boom’ similar al que tuvo el candidato Iván Duque en las elecciones presidenciales del 2018 tras recibir el apoyo uribista).
La historia era la de una Colombia descontenta, que buscaba justicia y que aprobaba, en cierta medida, al gobierno de Gustavo Petro. Una Colombia cuyas deudas aún dejaban espacio para la continuidad de un proyecto político de izquierda.
Pero lo que no calculó el progresismo fue que entre las sombras de las redes sociales, el algoritmo y el sensacionalismo propio de un showman, se movía lentamente De la Espriella. El Tigre iba haciendo su camino.
Su campaña política, y el equipo detrás de ella, pegó el primer batacazo el 31 de mayo cuando el Tigre, candidato del movimiento Defensores por la patria, sorprendió al ganar la primera vuelta presidencial con un total de 10,361,499 votos (43.74%), sacándole una diferencia de más de 600,000 votos a Cepeda. Ninguna encuestadora lo tenía en el radar, mucho menos los medios de comunicación tradicionales.
Desde el inicio, la apuesta del gobierno y el presidente Petro fue la misma: resolver el asunto en primera. Ganar directamente o hacerlo con un margen amplio para entrar triunfales a la segunda vuelta.
Ahora quedaban en jaque, casi al borde del nocaut.
Desde esa sorpresa, el gobierno de izquierda jugó a contrarreloj estas últimas semanas, con una necesidad latente de remontar el resultado y salir a buscar los votos del centro (los del ‘votante indeciso’), que representaron alrededor de un millón de sufragios en la primera vuelta. Ahí estaba la diferencia para achicar el margen con De la Espriella.
La presión aumentaba aún más con cada sondeo que se publicaba. Todas las encuestadoras (por lo menos, las autorizadas por el CNE) situaron al candidato De la Espriella por encima de Cepeda, incluso días antes de la segunda vuelta. El Tigre era el favorito: la tendencia decía que el péndulo político viraría de la izquierda a la extrema derecha.
La presión llegó hasta la Casa de Nariño. Petro mismo, desaforado, usó sus redes para llamar al voto. Tras la primera vuelta, lo hizo incluso para desprestigiar los resultados, señalar un presunto fraude y sugerir una elección más reñida de lo que los números mostraban, a pesar de que la institucionalidad y las misiones de observación internacional dijeran lo contrario.
Así, con un presidente con mano en la contienda y una tensa confrontación entre Cepeda y De la Espriella, el colombiano del común salió a ejercer su derecho al sufragio este 21 de junio.
Salió a dar la sorpresa.
Dos Colombias
Los resultados llegaron por la tarde. Horas después, con los cómputos de la Registraduría y el CNE rondando en los titulares de la prensa nacional e internacional, El Tigre, con su camiseta de la selección alterada, subió al escenario después de una caravana triunfal por la capital del Atlántico, en la costa norte del país.
Llegaba con la noticia de una elección reñida. El preconteo sugería un poco menos de un punto porcentual de diferencia con su rival. El reflejo de un país dividido que, por cuatro años, tendría el mandato y la obligación constitucional de gobernar.
Traía en su mano un micrófono. Habló en una voz tan fuerte que parecía cercana al grito. Sonaba afónico: como un hincha que sale de un partido absolutamente reñido.
Sus palabras, tras una campaña de señalamientos y polarización, ahora eran de unidad y diálogo con la oposición y sus bancadas. Era un golpe de realidad que le llegaba al ver que la visión del progresismo seguía vigente y con una abrumante mayoría en la ciudadanía. Para ser exactos, la Registraduría decía que se trataba de 12,708,712 personas, que representaron un 48.70% en la contienda electoral.
“Voy a gobernar para todos los colombianos”, dijo desde la tarima, desde la que sonaban arengas políticas que su equipo de campaña había copiado de cánticos icónicos del fútbol. “Para quienes votaron por mí y para quienes votaron por otro candidato. No habrá vencedores ni vencidos”, tampoco “retaliaciones o persecuciones”.
Pero sí habrá firmeza, como lo reiteró en más de una ocasión.
Una de las novelas más famosas de la literatura colombiana narra las aventuras, peripecias y abusos del colonizador alemán, Geo von Lengerke, quien emigró a mediados del siglo XIX al entonces Estado Soberano de Santander. Ahí hizo una gran fortuna creando rutas comerciales hacia Alemania. La forma como hizo los cultivos, los caminos y los entramados comerciales quedaron marcados en la tierra, como si se trataran de rayas que le salen a un tigre. De ahí el nombre de la obra escrita por Pedro Gómez Valderrama: La otra raya del tigre.
Tras los resultados de este domingo, Colombia se ha pintado de nuevo. Se abre un período de peligros, miedos y terrores para unos; pero de oportunidades y riquezas para otros, quienes esperan materializar para sus vidas una de las frases más icónicas de la novela: “vivieron como señores feudales en medio del trópico”. Ahora, se agrega una línea más sobre la historia de Colombia.
Le llegó una nueva raya al Tigre.
Sebastián Hoyos (Bogotá, Colombia) es periodista e historiador. Investiga y escribe sobre el conflicto armado, política, memoria e historia de América Latina. Es cofundador de Disco Amarillo, un estudio de creación cinematográfica.




