Este cuento es de Juan José Toro García de Venezuela. Puedes leer más de él al final de la publicación.
Cuando llegamos al pozo
la mujer no se veía.- Mercedes, Simón Díaz
En San Silvestre la soledad es importante al pescar con anzuelo. Uno necesita calmarse y sentir el caudal a través del hilo que descansa sobre las manos, dejando que el agua del Pagüey fluya hasta San Vicente y se lleve podridas remembranzas que terminarán allá lejos en Apure. Suelo visitar con frecuencia este tramo que se aleja del río, la íngrima belleza de su atardecer me ayuda a extirpar malas memorias y a sacar pavones. Los peces pican y el sol se acuesta por un extremo, mientras la luna se asoma frágil por el otro, para empezar a pintar el río en una prematura oscuridad. Les juro que eso es lo que vine a ver. Estoy aquí por el sol y por la luna, por los escamosos pavones y por la cicatrizante soledad. Lo menos que iba a desear era ver a la hija de los Aguilar bañándose en la otra orilla sin pudor, como si nadie la estuviese viendo. Como si yo no la estuviese viendo.
Su pecho está descubierto, el resto de su cuerpo desnudo se sumerge en la transparencia del agua. La negra melena se acomoda sobre su espalda y, a través de los espacios que deja, se pronuncian lunares como manchas negruzcas que adornan un lomo. Una de sus manos ásperas frota toda su piel tostada y con la otra sujeta algo que desde aquí no alcanzo a ver qué es; pero, con los últimos destellos del sol, aquello que exprime adquiere un tono rojizo entre sus dedos. Ella lo observa y después se contempla a sí misma entera, dejando salir una mirada satisfecha que rebosa de orgullo por ese atractivo feroz que posee. Se le marca una maliciosa sonrisa, y se muerde los labios, afilándolos como si fueran esos sus verdaderos colmillos, perfectos para despedazar a sus víctimas. Qué detestable es.
Debería haberme ido hace tiempo, a Francisco no le gustaría que mirase a su novia así. Yo no quisiera mirarla, pero la culpa no es mía, es de ella por tener esa mala costumbre de despedazar a la gente y conservar las piezas. Y yo en cierto modo sabía que ella iba a estar aquí; los augurios me repetían que iba a aparecer. Si tan solo hubiese prestado más atención a las señales.
Cuando llegamos al pozo la mujer no se veía.
Al principio fue el cardumen de guavinas que cruzó ayer por debajo del puente en la entrada del pueblo. ¿Un río plagado de peces un veintisiete de abril? Mi abuelo les temía a estas inesperadas ribazones al final del verano. Siempre nos decía que lo único capaz de empujar al pez apureño durante la sequía era el miedo. Según él, estos fenómenos anunciaban el acecho de un gran depredador en las aguas del río. Como la multitud trató de aprovechar el milagroso exceso de peces, sacar algunos para mí no fue sencillo. Entre tanto tumulto, sin querer ignoré aquella superstición de mi abuelo.
A pesar de todo el desastre que creó la gente hostigada por la escasez, desesperada por conseguir algo para comer, logré sacar doce guavinas. Habiendo obtenido mi parte, salí del alboroto y camino a la plaza me encontré a Francisco. Lo saludé, él detalló los peces y no tardó en pedirme cuatro. No sé por qué se los di. Dijo que los pagaría apenas pudiese, que agradecía que no lo dejara morir porque tenía una cena en el hato de sus suegros, y al llegar con esto en sus manos, definitivamente se los ganaría. Jamás se había atrevido a nombrarlos, ni a ellos ni a otra cosa que tuviese que ver con ella. Debió marcarse en mi cara la insoportable inquietud que experimenté apenas terminó de explicarme su situación; pues, luego de una pausa donde no levanté la mirada, se disculpó. Hizo énfasis en que no solo pedía perdón por esta sutil estocada inconsciente, sino por todo lo que había ocurrido hace un año. Palabras serenas de “no te preocupes, disculpas aceptadas” salieron de mi boca, logrando que él se fuera calmado. Yo siempre tuve buena disposición de perdonar y olvidar. La lejanía impuesta voluntariamente me resguardaba de cualquier encuentro no deseado y me quedaba solo con la casual y amarga sorpresa de verlo por ahí mientras regreso a mi casa, limitándome a un par de palabras y a un rápido adiós. Pero, esta insignificante alusión a la tragedia profanó memorias muy bien sepultadas, reviviéndolas inevitablemente.
Me quedé en la plaza y aquella desgraciada noche me invadió por completo, por lo que traté de apresurarme a mi casa, perseguido por el miedo. Pero mi premura fue inútil, pues los recuerdos estaban irreversiblemente atados a mí. En ese momento lo único que percibí fue oscuridad, música alta y un beso.
En la penumbra las cosas funcionan por instinto. Los cuerpos se mueven acompasados y se mantienen cerca. Una de sus manos ásperas me acaricia el cuello. Sus uñas se afincan en mis venas como si quisiera arrancármelas, y la posibilidad de morir me da placer. En cada violento roce de bocas se siente la voracidad que guía la monstruosa faena hasta el amanecer. Con la luz del sol cada uno despierta del trance. En el desayuno ya todo éxtasis desaparece, haciéndose sentir el orificio en mi pecho. Me preocupo por no tenerlo, pero debo admitir que me hace feliz vérselo en las manos a ella, a la hija de los Aguilar.
Con fe la cortejo por un tiempo, sin concretar nada. A medida que nos alejamos, mi tristeza se hace más profunda, y ella aparenta ser aún más indomable. Trato de verme a mí mismo como otro sujeto que forma parte de un inofensivo recambio periódico de labios, pero me cuesta tomarme las cosas tan a la ligera, mi tronco vacío no me lo permite.
De este pesar me intenta sacar Francisco, que tiene el cargo de amigo inseparable bien merecido. Me propone organizar una celebración masiva, donde está convencido que me curaré. Yo dudo, pero me promete con firmeza que él mismo se encargará de que yo pase la mejor noche de mi vida. Y ella estará ahí, porque San Silvestre es un pueblo pequeño y todos van a las fiestas de todos.
Las sombras cubren a los invitados, la bulla comienza y así se levanta su territorio, igual que aquella vez. Las parejas comienzan a acercarse. Yo permanezco a un costado y observo con impotencia, sintiendo como me limita la falta de esa parte de mí que ella todavía lleva consigo. De pronto esta ausencia me aniquila, y con darme la vuelta entiendo las intenciones que ella tuvo desde el inicio. Fallarme tan descaradamente fue el único error de Francisco.
No era la primera vez que esto sucedía, y en este punto siempre suelo detenerme. No porque así lo quiera, más creo que mi cerebro difuminó esa imagen involuntariamente, y lo que resta de ella es una reminiscencia de oscuridad, música alta y otro beso. Lo normal es que luego pudiese continuar con mi vida, adoptando el dolor debajo del pectoral. Pero ayer no fue así, el haberlo escuchado de la voz de Francisco detonó este pensar de nuevo en la hija de los Aguilar, y le dio nacimiento a una terrible sensación fúnebre. Al llegar a mi casa, dejé los peces en el congelador y fui directo a la cama. Horas de insomnio precedieron a un casi estar quedándome dormido, y en ese limbo pensé que por fin tendría paz. No imaginé que la noche le pertenecería a ese atroz desasosiego. En mi inconsciente se invocó la imagen prohibida, y tuve la pesadilla que tanto tormento me causó anoche. La oscuridad se disipaba, la música se callaba y el beso de ella y Francisco continuaba lento. Sus cuerpos se movían acompasados. Ella tenía una de sus manos ásperas en el cuello de él, y, mientras lo acariciaba, con la otra sostenía detrás de su espalda un órgano vivo, que cubierto en sangre palpitaba vigoroso. Lo empuñaba con tal brusquedad que se comprendía con solo verlo que para ella no era más que un simple pedazo de carne.
Desperté esta mañana acelerado y salí sin avisar. Vagué por la sabana todo el día hasta que al final de la tarde me dio por venir a echar el anzuelo y contemplar la puesta de sol en este pequeño rincón del Pagüey. Soy un estúpido por siquiera considerar que sería capaz de deshacerme de este lúgubre sentimiento viniendo a pescar. Acorralado frente al barranco pienso en cuánto deseo que fuese distinta, y ha pasado tanto tiempo desde la última vez que me dirigió la palabra que fácilmente pudiese creer que es otra persona, si no fuese porque la estoy viendo frente a mí, con la agreste sonrisa en el rostro, disfrutando de tener aquel objeto apresado en la mano. A lo mejor es un harapo que usa para lavarse, pero la luz del atardecer lo cubre y luce tan vivo como el pedazo de carne. Quién sabe si será el mío, el de Francisco, que ya se lo habrá arrebatado, o el de otro pobre ingenuo que se haya dejado llevar por su juego. Lo cierto es que, bajo el cálido resplandor del sol adquiere un brillo carmesí tan similar al de la sangre, que pareciera palpitar con fuerza, al igual que lo hacía mi corazón entre sus manos.
Encerrado en mis pensamientos, me percato tarde del hilo de agua que atraviesa la corriente del río. Estando ya a unos quince metros de ella, noto que se asoman dos ojos rocosos reptantes, pintando el río de gris con sus pétreas escamas. Volteo a verla con un irremediable asco y me viene a la cabeza la superstición de mi abuelo. Me pregunto si el depredador que las guavinas anunciaron ayer será ella.
Podría avisarle. Digamos que este es el instante en el que puedo gritar y avisarle que, si no se mueve rápido, la mandíbula del insaciable animal podría destrozarla con apenas un mordisco. Con esto finalmente supe a cuál de los carnívoros adjudicarle la inesperada ribazón. Prefiero entonces no hacerle ruido y que la bestia coma tranquila.
(Barinas, Venezuela, 1999). Médico cirujano de la Escuela de Medicina Luis Razetti, Universidad Central de Venezuela. Parte de los ganadores seleccionados de la edición V de Brevelectric (2022). Mención honorífica en el premio de cuentos para jóvenes autores de la Clínica Metropolitana “Julio Garmendia” (2025). Publicado en la antología de cuentos “Pandilla Chang de jóvenes narradores” (2025). Su crónica “Ma wai José Gregorio” fue publicada en el portal de la fundación CUMIS UCV (2021). Participante en 4 ediciones del taller de “Materiales de escritura creativa” organizados por Libre Albedrío (2020, 2021, 2022, 2024).





